27 de agosto de 2009

Una planta americana, una fábrica sevillana, un pintor español y un escritor inglés.





Con el descubrimiento de América se introdujeron en España muchas plantas autóctonas de ese continente nunca antes vistas en Europa. Una de ellas fue el tabaco. La ciudad de Sevilla mantuvo durante los siglos XVI, XVII y principios del XVIII el monopolio comercial de esta planta con el Nuevo Mundo. A lo largo del siglo XVI empezaron a crearse pequeñas manufacturas de polvo de tabaco por toda la ciudad. En 1620 se decide por razones sanitarias y monopolísticas centralizar todas esas pequeñas industrias en un sólo edificio de carácter privado y situado intramuros de la ciudad. En 1684 dejará de ser privada su producción y es cuando la fábrica de tabacos pasará a ser administrada directamente por la Hacienda Real.

Es en el año 1725 cuando surge la necesidad de ampliar la fábrica considerablemente, dada la enorme demanda en Europa de tabaco. Para ello se cambiará su emplazamiento a extramuros de la ciudad, en una gran superficie ahora para que de albergue así al edificio más grande jamás construido hasta entonces en España, después del Palacio Real del Escorial. La obra se inició en septiembre del año 1728 y no finalizaría completamente hasta el año 1770, ¡casi cuarenta y dos años después! Llegaron a trabajar en la manipulación del tabaco hasta 6.300 mujeres en su época de mayor auge; no admitiéndose menores de dieciséis años y no habiendo límite para la jubilación; las mujeres daban a luz en la fábrica y criaban a sus hijos ayudadas por sus compañeras. Eran registradas a la salida cada día para ver si llevaban algo de su labor escondido entre sus cuerpos.

Gonzalo Bilbao y Martínez (1860-1938) fue un extraordinario pintor sevillano de cierta influencia impresionista propia de su época modernista. Realizó uno de los más famosos cuadros sobre las cigarreras sevillanas en su Fábrica de Tabacos. Cuadro de una maravillosa composición, casi velazquiana, muy efectista además por su colorido y su fuerza escénica. Años antes un escritor inglés, Richard Ford (1796-1858), que había llegado a España por razones sanitarias (su mujer precisaba un mejor clima), reflejaría por entonces en una literatura de viajes los trabajos de aquellas famosas cigarreras sevillanas del siglo XIX:

Los fabricantes de puros en España son, de hecho, los únicos que trabajan de verdad. Los muchos miles de manos que se emplean en esto en Sevilla son principalmente manos femeninas: una buena obrera puede hacer en un día de diez a doce atados, cada uno de los cuales contiene cincuenta cigarros puros; pero sus lenguas están más ocupadas que sus dedos, y hacen más daño que los puros. Visítese el local. Muy pocas de ellas son guapas y, sin embargo, estas cigarreras cuentan entre las personas más conocidas de Sevilla, y forman clase aparte.

Tienen fama de ser más impertinentes que castas; llevan una mantilla de tira especial, que está siempre cruzada sobre el rostro y el pecho, dejando sólo la parte superior, o sea sus facciones más pícaras, al descubierto. Estas damas son objeto de un registro ingeniosamente minucioso al salir del trabajo, porque a veces se llevan la sucia hierba escondida de una manera que su Católica Majestad nunca pudiera haber soñado.

(Imagen del edificio de la antigua Real Fábrica de Tabacos, hoy sede de la Universidad de Sevilla, Sevilla, España; Cuadro con la imagen del pintor sevillano Gonzalo Bilbao; Fotografía antigua de las cigarreras, finales del siglo XIX; Imágenes de los cuadros Las Cigarreras, 1915, e Interior de la Fábrica de Tabacos, 1911, ambas obras del pintor Gonzalo Bilbao, Museo de Bellas Artes de Sevilla; Grabado con el retrato del escritor inglés Richard Ford.)

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