9 de junio de 2010

Una historia y una batalla, un impostor, un poeta, un rey y un destino frustrado.




El 1 de agosto del año 1595, en la plaza mayor de Madrigal de las Altas Torres, provincia de Ávila, fue ajusticiado en la horca Gabriel de Espinosa, vecino de esa población y de profesión pastelero de carnes. El motivo de la sentencia a muerte fue una conspiración contra la Corona, por entonces en poder de Felipe II de España. El caso es que Espinosa, junto con oportunistas personajes portugueses de cierta alcurnia, pretendió suplantar la identidad del desaparecido soberano de Portugal, Sebastián I (1554-1578), que a la vez era sobrino carnal del rey español.

Todo empezó en el año 1578 cuando el monarca portugués, Sebastián I, decidiese conquistar el noroeste africano por entonces en manos del sultán proturco Abd el Malik. Le consultó dos años antes la empresa conquistadora a su tío Felipe II, y éste le enviaría al capitán español Francisco de Aldana (1540-1578) para que, en un servicio de espionaje -disfrazado de marroquí-, fuese a investigar a la corte del sultán en Marrakech. Las informaciones que el afamado capitán le pasara al rey español eran contrarias a una intervención bélica en la zona. Aun así, el joven rey portugués se empeñó en ir a la guerra. Felipe II, que se negó a participar, sólo pudo apoyarle enviando al mismo capitán Francisco de Aldana, a medio millar de hombres, varios caballos y algún que otro material.

El capitán Aldana había nacido en Italia y su educación y aficiones se dirigían más hacia la contemplación y la poesía que hacia la guerra. A pesar de esto, había intervenido con los Tercios -cuerpo de ejército hispano- en Flandes y en Francia victoriosamente. No pudo Francisco de Aldana entonces más que desaconsejar a Don Sebastián de Portugal la intervención bélica africana. Pero éste acabaría convenciendo a aquél con su pasión ardorosa, su decisión visionaria y su gran arrojo.

La batalla se llevó a cabo el 4 de agosto de 1578 en el enclave marroquí de Alcazarquivir. La mayoría de fuerzas enemigas y la sangría del enfrentamiento hicieron que las huestes portuguesas se dispersaran, y tanto el rey Sebastián como el capitán Aldana cayeron y desaparecieron para siempre. Nunca, realmente, fueron hallados ni identificados sus restos. Dos años después las dos coronas, portuguesa y española, acabaron uniéndose por falta de descendientes legítimos. Felipe II de España se convirtió así, gracias a su madre portuguesa, en el año 1580, en Felipe I de Portugal.

Los magníficos versos de Francisco de Aldana sólo fueron valorados entonces por los pocos conocedores de su obra, y un grandísimo poeta español desapareció para siempre. Los enemigos de la unión peninsular, la aristocracia avariciosa lusitana y las potencias enemigas de España (Inglaterra, Holanda y Francia), contribuyeron a desestabilizar aún más la por entonces gran potencia ibérica. El caso del pastelero de Madrigal sólo fue una anécdota curiosa en el desarrollo posterior de los acontecimientos. El sebastianismo que se originaría entonces, esa idea mesiánica de la venida de un gran personaje que salvaría al pueblo luso, unido también a los sucesos políticos hispanos del detestable siglo XVII, posibilitaron que la unión ibérica acabase en el año 1640..., junto ahora -del mismo modo- a la inmensa gran obra que todo un pueblo, una gran cultura y unos hombres valerosos, habrían también contribuido a crear una vez en la Historia.

(Imagen del cuadro Batalla de Alcazarquivir y Mostrando el cadáver de Don Sebastián, obras del siglo XIX, autores desconocidos; Óleo Retrato del Rey Don Sebastián, del pintor Cristóbal de Morales, siglo XVI, Museo del Prado, Madrid; Grabado del poeta Francisco de Aldana; Grabado con imagen idealizada de Gabriel de Espinosa.)

Soneto de Francisco de Aldana, poeta español, (1540-1578):

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto variar vida y destino,
tras tanto de uno en otro desatino
pensar todo apretar, nada cogiendo;
tras tanto acá y allá yendo y viniendo
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mí mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se esconde,
pues es la paga de él muerte y olvido,
y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido.

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