17 de agosto de 2010

Una muda, genial, inevitable e imposible historia de amor, filosofía y muerte.





El escritor británico Thomas Burke (1886-1945) publicaría en el año 1916 su novela Noches de Limehouse, un compendio de unos cuentos acerca de un suburbio degradado del Londres de principios del siglo XX. La narración melodramática describe un lugar marginal donde la inmigración asiática competía con los depauperados habitantes nativos. Todo eso sirvió por entonces de escenario a una inusual y atrevida historia de amor.

El director pionero más famoso del cine americano, David Wark Griffith (1875-1948), adquirió los derechos de la novela y realizaría una inédita película en 1919 muy lejos de sus grandiosas producciones (El nacimiento de una Nación, Intolerancia). En este caso la mayor parte de las escenas fueron rodadas en interior y en apenas dieciocho días. Muy dramática y dura, la película contaría con la participación de una actriz, Lillian Gish (1893-1993), que llevaría a cabo una de las escenas de terror y miedo más impactantes y verosímiles jamás rodadas... Al mismo tiempo, la interpretación de su muerte es de una asombrosa genialidad. Lillian Gish tuvo en Griffith a un mecenas que la llevaría al estrellato en los inicios del cine mudo americano.

La película escenifica una relación interracial entre un inmigrante chino y una joven londinense. Él, idealista y de convicciones budistas, perseguiría al marcharse de su país predicar el budismo como la mejor forma de vivir. Sin embargo, va a parar a un barrio pobre londinense donde ella, una joven maltratada, malvive con su padre ex-boxeador, un ser violento e incestuoso. El budista chino acabará siendo absorbido fatalmente por lo que él desea, curiosamente, cambiar. Ahora vivirá como sus vecinos, con deseos y vicios que tratar. Aun así, se encontrará una vez con la joven maltratada y quedará enamorado de ella. Pero, ahora, no puede salvarla, ni siquiera con su amor terrenal... El padre de ella, su rival, no hace sino seguir su propio, terrible e inevitable destino: acabará matando a su hija antes de que el joven oriental consiga redimirla.

La película es considerada como una de las mejores rodadas jamás. La escena que presenta el vídeo, donde la joven se esconde en el armario y el padre la busca con violenta ira, es sólo una muestra de la magistral obra de arte que es. En este fragmento se observa la maestría del director, de la fotografía (realizada por el primer director de fotografía de la historia, Billy Bitzer, 1874-1944), y de las geniales interpretaciones de sus actores.

Lirios Rotos, 1919 (Broken Blossoms)


(Imagen de la actriz norteamericana Lillian Gish; Cartel de la película Broken Blossoms (Lirios Rotos o La culpa ajena), 1919; Fotogramas de la película Lirios Rotos, 1919; Fotografías de Lillian Gish; Fotografía del director David Wark Griffith.)

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