25 de noviembre de 2010

La tempestad y el ímpetu: la revolución del alma o el Romanticismo.



El período histórico denominado Ilustración, situado en pleno siglo XVIII, determinaría por entonces el imperio de la Razón y de la influencia clásica representados por el antiguo esplendor racionalista y artístico grecorromano. Pero, es justamente en los años finales de ese siglo XVIII cuando algunos hombres y mujeres, artistas, creadores o filósofos, llegaron a dar uno de los giros más vertiginosos y trascendentes que haya existido jamás en toda la historia de la Humanidad, y cuyos efectos aún perdurarán en todos nosotros. El escritor alemán Friedrich Klinger (1752-1831) publicaría por entonces un drama muy apasionado, uno de amor y guerra, allá por el año 1776 y al que titularía Sturm und Drang (La tempestad y el ímpetu). En esta obra se reflejaban ya las características creativas propias del movimiento al que acabaría dando nombre con ese retórico título. Los autores de ese movimiento, entre ellos Schiller y Goethe, empezaron a afirmar un cambio radical en el pensamiento del hombre: la prevalencia de la emoción personal y subjetiva frente a cualquier otra cosa. También, la espontaneidad estética en la creación intelectual y artística frente al rígido clasicismo y racionalismo anterior. No rechazaban la razón del todo, pero llegaban a traspasar sus fronteras mediante algo parecido a la experiencia mística o la fe.

Ellos fueron denominados los prerrománticos, unos seres humanos que iniciaron las bases de lo que, años más tarde, el posterior movimiento romántico llevaría a expresar con sus creaciones el anhelo de la total infinitud de los límites de la razón y la conciencia... Ésta -la conciencia-, decían los románticos, es infinita, lo es todo y lo hace todo, es libre y está privada de todo control y rigidez. En el Arte hubo precursores del Romanticismo que desarrollarían ya una creatividad y originalidad opuesta a lo que fuera la tradición o al clasicismo estéticos. Propugnaron luego los románticos la creación imperfecta, inacabada, llena de un aura espiritual casi irreverente. Todo cambió con ellos, y sus efectos han llegado en el Arte y en la vida hasta la actualidad, anticipándose incluso a lo que fuera, mucho más tarde, el surrealismo o el simbolismo, unas tendencias artísticas que se inspirarían ávidamente en ellos tiempo después. En la búsqueda del sentido de sus deseos, llegaron a glosar las ruinas, los desastres, los naufragios, el desvanecimiento, la muerte, la soledad o el paisaje nebuloso, oscuro e inquietante... Todos elementos estéticos donde las figuras humanas apenas se percibirán o apreciarán frente a la grandiosidad, impetuosidad o fuerza de la Naturaleza. 

El pintor británico, pero de origen suizo, Henry Fuseli (1741-1825) es un ejemplo muy gráfico de esas sensaciones prerrománticas. En su cuadro La Pesadilla apreciamos el tenue paso del neoclasicismo al prerromanticismo. En la imagen se observan ya, sin embargo, los rasgos románticos aunque sin dejar de plasmar un cierto estilo neoclásico anterior, casi manierista... Otro pintor romántico, el británico David Roberts (1796-1864), es el primer artista europeo en viajar a países exóticos y orientales para recrear impresiones de la Antigüedad en un entorno decadente, pero, sin embargo, lleno ahora todo ese entorno visual de emociones y sentimientos poéticos. Aquí nos muestra el pintor británico las ruinas fenicias y romanas de Baalbeck -en el actual Líbano-, y un paisaje español del año 1830 de una población sevillana, con su castillo ruinoso y un atardecer sobrecogedor. Por otro lado un pintor francés, desconocido, Louis Girodet-Trioson (1767-1824), es el autor romántico de la imagen La revolución del Cairo de 1798, cuando por entonces los turcos declararon la guerra al conquistador Napoleón en Egipto. Se aprecian aquí ya los teatrales gestos de la composición romántica -pintura del temprano año 1810-, unos gestos que, con posterioridad, el gran pintor francés Delacroix llevaría a la genialidad más romántica de la Pintura con su obra de Arte La Muerte de Sardanápalo. Un óleo del año 1827 donde se ve cómo los esclavos comienzan a matar a las propias concubinas del sátrapa legendario Sardanápalo, para evitar con ello que sean violadas por los sitiadores de la ciudad asiria, mientras éste -el rey tirano mesopotámico- lo observa todo sin inmutarse o de un modo imperturbable o abúlico.

Luego veremos una obra del pintor británico Turner..., y sus extraordinarios matices románticos, precoces casi de lo que será, algo más tarde, la imperiosa tendencia pictórica subsiguiente: el Impresionismo. Del mismo modo, el excelente pintor alemán Caspar David Friedrich (1774-1840) representará el Romanticismo en su expresión más poderosa, con una Naturaleza que domina, impertérrita, al hombre y sus limitaciones. En sus tres obras expuestas aquí, El mar de Hielo, Mujer ante el atardecer y Puesta de sol, nos sobrecogerán sus imágenes desgarradoras, emocionándonos al contemplarlas desde fuera de sus garras desoladoras... En ellas observamos ahora, alejados, los descriptivos o trágicos momentos románticos tanto del naufragio de un velero ante las inexorables fuerzas del poderoso hielo polar, como de la infinitud de un misterioso horizonte, o también el momento de la decadencia de nuestro astro rey sobre el mismo fondo poderoso. Esa gran estrella dadivosa de nuestro sistema solar que, minutos antes, dominaría aún todavía el cielo majestuoso con todo su refulgente esplendor. Por último, una muestra del Romanticismo español de la mano del pintor gallego Jenaro Pérez de Villaamil (1807-1856). Aquí muestro su obra Interior de la iglesia de San Juan de los Reyes de Toledo, donde ahora la perspectiva de la obra no es tan perfecta o los personajes estarán desdibujados..., y no serán ya lo importante. Porque para los románticos, para esos seres humanos que sólo verían lo esencial desechando lo accesorio, lo importante era otra cosa, algo que pasaba y que no se veía en el lienzo del todo, algo que tratarían ellos de comunicarnos lateralmente... Como que la belleza, la serena y frágil belleza, estará siempre en todo aquello que emociona o que trasciende. También en todo aquello que hace que el ser humano sea, o termine siendo, algo más que razón...

(Imagen de óleo de David Roberts, La entrada al templo de Oro en Baalbeck, 1841; Fotografía del templo de Baalbeck, 1910, Librería del Congreso, EEUU; Cuadro del pintor John Henry Fuseli, La pesadilla, 1781; Óleo del pintor francés Girodet-Trioson, La Revolución del Cairo, 1810; Cuadro La muerte de Sardanápalo, de Eugene Delacroix, 1827; Cuadro del pintor Caspar David Friedrich, El mar de hielo, 1823; Óleos del pintor británico William Turner, La tempestad y Boyas para señalar un naufragio, 1842 y 1845; Cuadro Interior de la iglesia de San Juan de los Reyes de Toledo, del pintor español Jenaro Pérez Villaamil, 1839; Óleo El Castillo de Alcalá de Guadaíra, 1830, del pintor David Roberts (paisaje de una población sevillana en el siglo XIX); Óleos de Caspar David Friedrich, Mujer ante el atardecer y Puesta de Sol, 1818.)

4 comentarios:

Nela dijo...

Estoy encantada de encontrarte, pero más de leerte
Besos
nela

PACO HIDALGO dijo...

Simplemente genial este post. Me gusta como abordas e ilustras los temas y siempre vuelvo por aquí. Un saludo desde ArteTorreherberos.

Arteparnasomanía dijo...

Gracias Nela por tu lectura afectuosa, es muy aleccionador.

Arteparnasomanía dijo...

Es tu comentario, como siempre, Paco Hidalgo, una maravillosa y magistral justificación a lo que hago.

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