20 de diciembre de 2010

El Eros bíblico y el Arte, o la sutil y bella forma de sublimar el deseo.





Cuando en el año 1562 una monja del convento Sancti Spiritus de Salamanca (España) le pidiera al monje agustino fray Luis de León (1527-1591), insigne profesor de la Universidad de esa ciudad española, que le tradujese uno de los libros de la Biblia, El Cantar de los Cantares, nunca supuso el erudito y bardo agustino que aquello le llevaría a la cárcel por casi cuatro años. En ese relato se contaban escenas de amor de un verismo y una belleza extraordinarios. También se han asociado a los amores adúlteros que el rey Salomón sentiría por su amada, en algunos casos traducida ésta como la famosa reina de Saba. Ha sido la Biblia una recopilación de escritos realizados durante casi 1000 años. Hasta el nacimiento de Jesucristo los libros reunidos en ese texto -primeramente escritos en hebreo, después en arameo y más tarde en griego- se denominaron Torá por los judios y Pentateuco por los cristianos. Luego el Nuevo Testamento completaría este último para la nueva religión cristiana impulsada por san Pablo en el siglo I. Las dos grandes fuentes mitológicas que han configurado culturalmente la civilización occidental han sido por un lado la griega, y sus obras de dioses y héroes, y por otro lado la hebrea, y sus leyendas y relatos bíblicos.

Pero, para ser unos libros en los que se basaron algunos para concienciar moral y espiritualmente al pueblo elegido y por elegir, la Biblia contiene todo un variopinto relato entrecruzado de historias de hombres y mujeres, de pasiones, seducciones, engaños, deseos, desinhibiciones, sensualidad y erotismo. Como escritos traducibles e interpretables muy antiguos, han sido susceptibles de ser observados, censurados y maquillados tanto por una tendencia rabínica como por los diferentes concilios cristianos. En el Génesis, por ejemplo -primer libro de todos-, existe además una diferente interpretación judía del siglo V que nos cuenta que Eva no existió aún en el sexto día de la creación. Y que Adán, ahora solo, unicamente por entonces con los animales, sentiría la necesidad genital de una pareja acorde con su anatomía. Entonces Yahvéh crearía, del mismo modo a como antes había creado al hombre, a Lilith, una decidida y deseosa mujer muy independiente e insaciable. A diferencia del relato de Eva, Lilith no se entendería nunca con Adán, así que ella lo abandonaría marchándose del Paraíso. Más allá del mar Rojo, Lilith se relacionaría ahora con unos íncubos (demonios), dando así lugar a una descendencia maldita en la Tierra.

Y luego llegaría Sodoma... y la depravación más alarmante a la que pudiese llegar una ciudad. Yahvéh enviaría a unos ángeles para avisar al único hombre virtuoso que la habitaba que saliese de allí, antes de que el Señor enviase toda clase de destrucción sobre la población maldita. Sólo le pedirían una cosa a cambio: que cuando él -Lot y su familia abandonasen Sodoma, no se volviesen nunca atrás para mirarla. De ese modo Lot, su esposa y sus dos hijas se marcharon antes de que las llamas del cielo sofocaran la ciudad. Pero, al llegar a una cima, la mujer de Lot no lo pudo evitar, y miró atrás. Su cuerpo, inmediatamente, se transformaría en una inmóvil piedra de sal. Después Lot y sus hijas deambularon solos durante muchos años. Entonces las hijas de Lot sintieron una irrefrenable necesidad de reproducirse, pero, ahora, sin embargo, sólo pudieron seducir a su propio padre -el único hombre disponible- en un intento incestuoso de cumplir así con su natural y genético cometido.

Los reyes de Israel fueron grandes héroes que, como el dios mitológico Zeus, dejarían desatadas sus pasiones con toda clase de historias adúlteras. La Biblia recoge el relato de Betsabé, hermosa esposa de Urías, de la cual queda el rey David tan enamorado que no sólo comete adulterio, sino que asesina a Urías en un intento desesperado por poseerla totalmente. Mucho antes se cuenta en el Génesis la historia de Judá -hijo de Jacob-. Éste tuvo tres hijos, Er, Onán y Selat. El primero se casaría con la bella Tamar, falleciendo antes de poder tener con ella su primer hijo. Según la tradición judía, la mujer del hijo fallecido debía casarse inmediatamente con el hermano del finado, para enmendar así el frustrado destino familiar. Pero Onán -el siguiente hermano-, conocedor de la ley que le impedía reconocer los hijos que tuviese con Tamar como suyos propios, se negaría a yacer con ella. De ahí proviene el término onanismo, o la práctica de eyacular solo o sin sentido. Así que como el otro hijo -el otro hermano- aún era pequeño, Tamar toma la decisión desesperada de seducir a su suegro, sin que éste lo supiese, pasándose ahora por una misteriosa y seductora concubina -ramera-; por fin, conseguiría así ella quedarse embarazada de ese necesitado y salvador linaje.

Otra Tamar de la Biblia fue la hermosa y bella hija del rey David y su esposa Maacá. Su hermanastro Amnón, el hijo que David tuvo con su otra esposa Ahinoam, no pudo evitar la irrefrenable pasión que sintiera ahora por la bella y sensual Tamar. Así que, como no podría poseerla, la forzaría una noche atrayéndola a sus habitaciones y allí acabar por violarla. Otra leyenda, la de José, hijo también de Jacob, nos trae otra historia de pasión incontenida. Cuando José fuera secuestrado por sus hermanos y desterrado a Egipto consigue él luego, gracias a sus habilidades adivinatorias y su buen juicio, trabajar para Putifar, un alto funcionario de la corte egipcia. Pero la esposa de éste siente ahora por José un deseo irresistible, deseo que la lleva a obligarlo a estar con ella. Aquí la determinación virtuosa de José, el negarse a yacer con la esposa de su jefe, le acabará suponiendo la cárcel por el despecho malicioso de ella. Sin embargo, su providencialismo y habilidad le ayudarán a salir del presidio egipcio, incluso ahora muy resarcido y disculpado. Y así continuará el bíblico relato..., hasta llegar cerca del nacimiento de Jesús, cuando Herodes Antipas (20 a.C- 41 d.C.), tetrarca de Galilea, sentiría entonces una cruel y despiadada atracción por Salomé, la hija de su mujer Herodías.

Sólo quedarán Adán y Eva, los únicos seres que fueron manipulados en su deseo; probablemente no querían sufrirlo ni padecerlo -ese deseo-, aunque ellos se desearían solo con la pasión con la que estarían llevando a cabo, únicamente, el designio generador de su especie... Pero, entonces, algo les trastornaría a ellos, algo ajeno a ambos les hizo traicionar su destino placentero, natural y sosegado. Sólo ellos fueron los que tuvieron que sufrir por algo que no surgió ya de su propia determinación. La simbología imaginaria e iconográfica los representa a los dos con la reptil sierpe que los acabará manejando. Aunque también la seductora Lilith, según otras versiones, fuera entonces la culpable de que la pareja estable, tranquila y satisfecha, fuese, al fin, desterrada, marginada, ultrajada y despojada de aquel paraíso idílico en el que vivían tranquilos. Pero, en verdad, ¿sólo fue así, o quizá alguno verdaderamente lo quiso...?

(Óleo del pintor simbolista Franz von Stuck (1863-1928), Adán y Eva; Cuadro del pintor barroco Simón Vouet (1590-1649), Lot y sus hijas; Imagen del cuadro del pintor barroco italiano Guercino (1591-1666), José y la mujer de Putifar; Cuadro del mismo pintor, Amnón y Tamar; Óleo del pintor inglés figurativo Edward John Poynter (1836-1919) Visita de la reina de Saba al rey Salomón; Cuadro del pintor prerrafaelita John Collier (1850-1934), Lilith; Cuadro del pintor francés Vernet (1789-1863) Tamar y Judá; Cuadro del pintor Franz von Stuck, Salomé.)

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