29 de mayo de 2010

La culpa, la penitencia y el Arte: del poeta Dante al pintor Giotto.






El gran poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321) crearía una de las más grandes obras poéticas de la literatura universal, La Divina Comedia, y posiblemente, de modo indirecto, promovería así una de las más bellas obras pictóricas en los inicios del grandioso Arte italiano. La osadía de Dante por entonces de contar las pesadumbres de los condenados a su infierno con nombres y apellidos, llevaría a uno de ellos a tratar de redimirse ofreciendo toda una muy decorada capilla a su Dios. El adinerado Enrico Scrovegni (1260-1336) había nacido en la ciudad italiana de Padua y se había enriquecido, como su propio padre, por haber prestado dinero con altas tasas de interés. Arrepentido luego de ello, en el año 1303 manda construir en su ciudad natal una hermosa capilla en homenaje a Santa María de la Caridad. Con ello trataría de compensar tanto sus propios pecados como los de su literario padre, el famoso personaje involuntario Reginaldo Scrovegni. Este ciudadano de Padua fue uno de los usureros que el gran Dante Alighieri describe haber visto en el séptimo círculo del Infierno y lo retrata, poéticamente, en su obra La Divina Comedia (compuesta entre los años 1303-1315).

Pero, más que el propio arte arquitectónico, la verdadera maravilla artística fue decorar durante los años 1303 a 1306 las paredes interiores de la capilla con unos maravillosos frescos. Esos frecos fueron pintados por uno de los más célebres creadores de la edad media, Giotto di Bordone (1267-1337). Este gran pintor medieval nos dejó en esa capilla paduana una exquisita creación artística gracias a los remordimientos pecaminosos de Enrico Scrovegni y su familia. El pintor florentino revolucionaría además la técnica de la pintura pasando de los planos y arcaicos grabados bidimensionales bizantinos a una creación más natural, más humana y terrenal, casi tridimensional, mucho más vitalista. Fue un gran precursor artístico de lo que, algo más de un siglo después, florecería dándose a llamar Renacimiento.

(Imagen del interior de la Capilla donde se observan parte de los 36 frescos pintados en todas sus paredes; Imagen fotográfica de la Capilla de la Arena -llamada así por estar construida en los terrenos de un antiguo circo romano-, también conocida como Capilla de los Scrovegni, en Padua (Italia); Cinco ejemplos de motivos pintados por Giotto en la Capilla representando la vida evangélica de Jesús, en uno de ellos, la Adoración de los Magos, se ve que la estrella de Belén es el cometa Halley, por lo cual se honra al propio Giotto, que lo llegó a ver en 1301, en la Cosmografía científica; Otro fresco de la Capilla, donde el hijo arrepentido, Enrico Scrovegni, ofrece la Capilla de la Arena a la Virgen María; Imagen del cuadro Dante y Beatriz, 1883, obra del pintor prerrafaelita Henry Holiday (1839-1927); Imagen de un grabado en madera, 1450, del artista Paolo Uccello (1397-1475), donde se aprecia tanto a éste como al gran pintor Giotto.)

25 de mayo de 2010

El convulso siglo XX y el Arte: sensualidad, color y expresión.



El siglo XX ha sido una etapa artística muy compleja, heterodoxa y caleidoscópica. Dos lugares marcaron gran parte de la influencia en la creación pictórica de ese siglo: Estados Unidos y París. El primero marcado por la llamada Nueva Imagen, y el segundo por su famosa Escuela de París. Aquí he querido representar a tres pintores no muy conocidos pero que han sido ejemplo de ambas tendencias en el Arte. La Nueva Imagen fue un estilo figurativo-expresivo acorde con el neoexpresionismo europeo. Se caracterizó por imágenes cargadas de sensualidad y un cierto exhibicionismo existencial. Mezclaba elementos figurativos y abstractos; mostraba fondos con grandes franjas de color, unos trazos que, a su vez, contrastaban las figuras representadas.

La Escuela de París mantuvo un expresionismo vanguardista, con criterios ahora más libres y heterodoxos, si bien este estilo fue anterior al neoexpresionismo norteamericano. La creación es fundamentalmente pasión por expresar, y el Arte es también una pasión por admirar, por contemplar o por emocionarse... Los estilos y las tendencias son una forma de clasificar a los creadores y sus obras. A veces no es más que tratar de encajar algo para comprender y compilar el Arte. En esta muestra hay mucho más que eso, sobre todo la expresión de un siglo XX..., igual de convulso que desgarrador, igual de complejo que de seductor.

(Imágenes de los cuadros Blude Nude y Desnudo en un Diván, ambas del pintor estadounidense neoexpresionista Warren Brandt (1918-2002); Cuadros Couple y Entre el día y la noche del pintor español, perteneciente a la Escuela de París, Antoni Guansé (1926-2008); Obras del autor actual estadounidense Eric Fischl  (Nueva York, 1948): El barco y el perro del viejo y En la escalera del templo, que se enmarcan en la tendencia Posmodernista y Neoexpresionista americana, y señalan además la fuerza, el vitalismo y la intemporalidad del Arte actual y de siempre.)

19 de mayo de 2010

La curiosidad humana, las aflicciones del alma o el proceso de la sabiduría.



El antiguo escritor latino Apuleyo (123 - 180 d.C.) fue un romano muy interesado en la filosofía y en la búsqueda del conocimiento. Se iniciaría en el pensamiento platónico y en los antiguos cultos egipcios de Isis. Esta diosa egipcia buscaría una vez a su desaparecido esposo Osiris, asesinado y despedazado por su hermano Seth vilmente. Luego de encontrarlo reconstruye su cuerpo -a excepción del pene, que no se conservaba- con la ayuda de Anubis -el dios egipcio de los muertos-, y de modo excepcional concebirá in extremis a un hijo -Horus-, el dios egipcio que vengará más tarde a su padre muerto trágicamente. Esta leyenda de dioses egipcios es paralela, pero muy anterior, a la de la tradición cristiana de María y su hijo Jesús. Pero, ha pasado Apuleyo a la historia por haber escrito su novela Metamorfosis. En uno de los relatos contenidos en su obra, el conocido como El asno de oro, cuenta la leyenda de un pobre hombre con demasiada curiosidad por saber. Alguien que, al final de su vida, es transformado por los dioses malévolos en un asno por su insistente curiosidad. Pero, sin embargo, los dioses le ofrecen una posibilidad de recuperar su condición humana: que consiga como asno comerse la rosa de un jardín cuidado... Pronto descubrirá el personaje que eso mismo, comerse la bella rosa de un jardín cuidado, no es algo tan fácil de hacer, pues, a cada intento que el asno-persona hace por morder un rosal, los dueños del jardín lo ahuyentan violentamente. La moraleja del cuento de Apuleyo es la siguiente: hasta para hacer lo más simple es necesario poseer una cierta sabiduría... Sabiduría que, de por sí, no es nada fácil ya de disponer.

Pero es dentro de esa misma gran obra latina donde Apuleyo narraría otra leyenda, una por la que el escritor latino fue más conocido: la leyenda de Psique y Eros. Con un mensaje iniciático y mistérico, el autor describe ahora el mito de Psique -o el Alma-, por un lado, y el del más original y primordial de los dioses mitológicos por otro: Eros o Cupido. Este dios representa ahora en esta leyenda el conocimiento, es decir, representa lo anhelado, lo deseado, el objetivo último de cualquier buscador del saber. La leyenda, muy resumida, cuenta más o menos esto: la joven Psique era la más pequeña y hermosa de tres bellas hermanas. Su belleza era entonces comparable a su curiosidad... La orgullosa diosa Afrodita, siempre envidiosa de la hermosura ajena, decidió -para evitar que alguien fuese más bella que ella- que Psique se enamorase entonces del mortal más aberrante y monstruoso que pudiera existir. Así la condenaría a Psique al extravío más desolado de su ahora fallido fértil anhelo juvenil. Pero para poder conseguirlo, para poder llevar Afrodita a cabo su deseo tan vil, la diosa de la Belleza pediría a su propio hijo Eros -el símbolo del amor, de la belleza más sublime o de aquel conocimiento- que lanzara a Psique ahora su certera, inevitable, amorosa y despiadada flecha motivadora.

Pero, no pensaría entonces la diosa Afrodita que fuese ahora su propio hijo quien se enamorase de su cándida víctima. No solo no consiguió que Psique se enamorase de otro -un monstruo terrible-, sino que él mismo -Eros- caería ahora aturdido de ella para siempre. Para que su madre -Afrodita- no se enterase de su pasión furtiva, el taimado Eros -Cupido- amaría a Psique con una tajante condición: que ella no lo mirase a él nunca mientras estuviesen juntos. Así que sólo la cortejaba a ella de noche, a oscuras y en tinieblas, y le rogaría él siempre que nunca ella encendiese lámpara alguna mientras él la amaba... Las hermanas de Psique, al enterarse del amante desconocido de ella, le insistieron que debía saber quién era él, ya que tan sólo un monstruo ocultaría su imagen a su amada. Psique no pudo resistirse más y una noche, cuando Eros estaba aún dormido, encendería una lámpara con tan mala suerte que una pequeña gota de aceite se derramaría en el brazo de su amante dios. Entonces Eros se despertaría asombrado y, enojado al comprenderlo, se marcharía ahora para siempre.

Entonces ella -el alma desconsolada- trataría de buscarlo donde fuese. Para esto llegó incluso a solicitar ayuda a la mismísima diosa Afrodita. Ésta, la diosa envidiosa, a sabiendas de que Psique no podría superar las pruebas que le impusiera, accedió a condición de que ella -el alma vagabunda- realizara unas complejas y peregrinas tareas por todo el mundo. Ahora, con un deseo enorme y placentero, consiguió Psique -el alma buscadora- superar así, sin embargo, todas las pruebas que la diosa Afrodita le ordenase hacer para alcanzar su inevitable deseo: encontrar la más sublime belleza perdida por ella. Incluso llegaría Psique hasta bajar a los infiernos, obtener así un poco de agua de la laguna Estigia (el lago del infierno en el que tuvo que pagar, con la famosa moneda, al barquero Caronte para que le ayudara a cruzarlo) y, finalmente, llegar a conseguir un misterioso cofre de oro cerrado, uno en el que, sin embargo, no debería ella mirar nunca en su interior. Psique -el alma curiosa- no pudo resistirse a esto último, y, al abrir la caja misteriosa, se durmió ahora ella para siempre. Sólo entonces Eros la despertaría luego, después de encontrarla perdida y vagabunda, confundido ahora él y ansioso así por volver a poseer, de nuevo, toda aquella ingenua y hermosa belleza perdida de antes...

Al final todos los dioses -incluida la envidiosa Afrodita- aceptaron que, gracias a su fuerza y determinación sincera, Psique, el alma inquieta, bella y deseosa, se uniese ahora a su anhelado Eros y acabara ella por convertirse, también, en una divinidad plácida y amorosa para siempre. Las interpretaciones a esta leyenda misteriosa han sido varias pero, sobre todo, una de ellas es la más aceptada de todas: que el alma tiene que padecer aflicciones hasta poder llegar a conseguir, finalmente, su meta deseada. Pero, como en esta misma leyenda mitológica, tal vez sea necesario a veces para nosotros que en esta nuestra vida lastimera el propio objetivo deseado -el Eros del conocimiento o del amor más placentero- nos ayude ahora además a conseguirlo... La vida, sin embargo, lo justificará casi siempre: si uno honestamente desea algo bello y lucha sinceramente por ello obtiene, como el alma anhelosa, el objetivo final que uno se propuso. Lo complejo de todo esto, quizá, sea llegar a saber también qué es lo que antes, exactamente, uno se propuso...

(Imagen del cuadro Eros y Psique, 1640, del pintor Anton Van Dyck, Colección Real, Kensington Palace, Inglaterra; Lienzo Eros y Psique, 1808, Benjamín West, Colección Privada; Cuadro Caronte y Psique, del pintor prerrafaelita John Roddam Spencer Stanhope, 1829-1908.)

15 de mayo de 2010

Los sueños y sus interpretaciones, la virtud eterna o su efímera gloria.




Los sueños alegóricos fueron ya glorificados en la literatura bíblica y en los escritos griegos y persas. En el relato bíblico de Jacob, por ejemplo, se nos cuenta la intervención de la divinidad en los sueños de los hombres. Entonces, según el Génesis, Dios se presentó a Jacob por medio de un sueño. En ese sueño Jacob vería una enorme escalera que iba desde el cielo hasta la tierra, la conocida como escalera de Jacob. Los ángeles subían y bajaban por ella, y, en lo alto de la misma, Dios le hablaba a Jacob a través de su sueño, simbolizando así en la interpretación bíblica judía el vínculo de Dios con los hombres.

Los sueños fueron analizados racionalmente por los griegos. Éstos tuvieron, entre otros, a dos grandes pensadores que quisieron entenderlos y sistematizarlos. Hipócrates fue uno de ellos. Este médico griego del siglo V a.C. consideraba los sueños como un indicativo de la salud física de los seres humanos. Aristóteles en cambio, mucho más crítico, sólo admitiría que los sueños eran productos naturales de los sentidos, y cuya interpretación era, sin embargo, muy difícil de llevar a cabo.

Y luego llegó Macrobio, un escritor romano del siglo IV d.C., verdadero analizador y sistematizador de los sueños que desarrolló un exhaustivo estudio sobre ellos en su clásica obra Comentario al sueño de Escipión. Este imaginado y literario sueño sería narrado ya en la obra que escribiera, mucho antes, el famoso político y filósofo romano Cicerón (106 a.C- 43 a.C.) en su famosa creación literaria titulada Sobre la República.

Cicerón recrea el sueño que pudo tener el famoso general romano Publio Cornelio Escipión Emiliano (185 a.C- 129 a.C.) estando una vez en África. Años después de ese sueño este popular general romano arrasaría y aniquilaría definitivamente Cartago, la mayor enemiga por entonces de Roma. Consiguió también este general romano vencer el sitio de Numancia, un famoso enclave resistente celtíbero en la Hispania anterior a Julio César -situado en la provincia española de Soria-. Fue este general romano nieto-adoptivo de otro más famoso general, Publio Cornelio Escipión el Africano (236 a.C.- 183 a.C.), genial vencedor años antes en África (actual Túnez) del insigne Aníbal (247 a.C- 183 a.C.), el gran general y estratega cartaginés que cruzara los Alpes con sus elefantes. Y más tarde llegaría Freud y su interpretación psicológica de los sueños, pero esta es otra historia.

En el relato de aquel famoso sueño escrito por Cicerón y estudiado por Macrobio se contaba, resumidamente, lo siguiente:

Cuando llegué a África nada deseaba tanto como encontrarme con Masinissa, monarca de Numidia. Cuando me presenté ante él, anciano ya, tras haberme abrazado, lloró y dijo: «Gracias te sean dadas, oh Sol supremo, por haberme permitido antes de partir de esta vida contemplar a Escipión Emiliano, cuyo sólo nombre me reconforta».

Tras regios entretenimientos volvimos a conversar hasta bien entrada la noche, en la que el anciano rey tan sólo habló del viejo general Escipión el Africano, recordaba todo sobre él, no sólo sus hazañas sino también sus dichos. Luego, cuando nos separamos para descansar, me quedé profundamente dormido. Tras lo cual ahora el viejo Escipión el Africano se me apareció en el sueño. Cuando le vi, me eché a temblar; él, sin embargo, me dijo: «Ten valor y rechaza el miedo, oh Escipión Emiliano; guarda en la memoria lo que voy a decirte».

«¿Ves tú esa ciudad -Cartago- que, obligada por mí a someterse a Roma, renueva ahora, sin embargo, incapaz de permanecer en paz sus antiguas guerras?  ¿Y el asalto al que tú irás, siendo todavía un simple muchacho? En dos años a partir de ahora tú derribarás para siempre como cónsul esa ciudad, y ese nombre hereditario -Escipión-, que hasta ahora tú tuviste de nosotros, te pertenecerá ya por tus propios esfuerzos. Además, cuando Cartago haya sido arrasada por ti, llevarás a cabo tu Triunfo y serás nombrado censor; entonces, como legado, irás a Egipto, a Siria, a Asia y a Grecia, siendo hecho cónsul una segunda vez durante tu ausencia; y, al final, llevando a cabo la mayor de las guerras, destruirás Numancia.»

«Pero, oh Escipión, para que puedas ser el más entregado al bienestar de la República, escucha bien esto: Para todos los que han guardado, animado y ayudado a su patria hay asignado un lugar en el cielo donde los bendecidos gozarán de vida permanente. Pues nada sobre la tierra es más aceptable a la deidad suprema, que reina sobre todo el universo, que las uniones y combinaciones de hombres unidos bajo la ley y a los que llamamos Estados; por tanto, los gobernantes y los jurisprudentes proceden de ese lugar y a él retornarán después».

Entonces dije yo: «Oh Africano, si es cierto que quienes han hecho merecimientos ante su país tienen, por así decirlo, un Camino abierto al Cielo -aunque he seguido los pasos tuyos y de mi padre y nunca empañé tu gran nombre- ahora, con esta tan gran perspectiva ante mí, me esforzaré aún más y con mayor atención.»

«Afánate», dijo él, «con la seguridad de que no eres tú quien está sometido a la muerte, sino tu cuerpo. Pues tú no eres lo que esa forma parece ser, pues el hombre real es el principio pensante de cada uno, no la forma corporal que se puede señalar con el dedo. Que sepas pues, entonces, que tú eres un dios en tanto en cuanto es deidad lo que tiene voluntad, sensación, memoria y previsión. Y quien así gobierne, regule y mueve el cuerpo entregado a su cargo, como la deidad suprema hace con el Universo, o como el dios eterno dirige este Universo, que en cierto grado están sometido a decadencia, así un alma sempiterna mueve el frágil y caduco cuerpo.»

Aquí dejó de hablar el Africano, y yo me desperté de mi sueño.

Cuando los más grandes y victoriosos generales romanos regresaban a Roma, después de haber ganado para ésta grandes y decisivas batallas frente a sus enemigos, desfilaban entonces por sus calles aclamados ante el pueblo y subidos, vanidosamente, en su cuádriga magna y engalanada. Pero ahora, detrás del héroe, justo subido también en la misma plataforma de su carro, se situaba adecuadamente, un poco más abajo y a su lado, un esclavo suyo para decirle ahora, en voz baja y al oído, repetidamente, que: recuerda que sólo eres un hombre..., y que toda gloria es pasajera.

(Imagen del cuadro Triunfo de Escipión el Africano del pintor Gian Antonio Guardi (1699-1760); Cuadro La continencia de Escipión de Federico Madrazo (1815-1894), el cual representa la grandeza de Escipión el Africano cuando, al ganar Cartago Nova (actual Cartagena en España) a los cartagineses, se contuvo ante una bella doncella enemiga y, evitando su fogosidad sexual, se la entregó de nuevo a su padre; Cuadro Cicerón acusando a Catilina, de Cesare Maccari (1840-1919); Imagen grabado de Publio Cornelio Escipión Emiliano.)

12 de mayo de 2010

El Renacimiento, la belleza de la mujer, el mecenazgo italiano y el nuevo mundo.




El Renacimiento, iniciado en el llamado Quattrocento italiano (siglo XV) y desarrollado después durante parte del siglo XVI, ha sido una de las mejores épocas para el Arte y sus creadores. La belleza de la mujer fue realzada a niveles no vistos nunca antes desde la antigüedad grecorromana. Para los ojos actuales estas pinturas son todo menos figuras anacrónicas, rubensianas o barrocas, propias del otro gran movimiento artístico siguiente, donde entonces la belleza de la mujer se doblegaría a otros criterios estéticos, mucho menos clásicos y atractivos. 

Es una maravilla hoy poder observar la imagen número 9 (de arriba a abajo y de izquierda a derecha), Retrato de mujer joven, pintado en el temprano año de 1485 por el pintor italiano Doménico Ghirlandiano (1449-1494), un artista precursor, junto a Da Vinci y Botticelli, de una verdadera revolución en el arte de pintar un lienzo. La joven del cuadro dispone ya aquí de una mirada moderna, de un rostro perfecto, de un collar adecuado e intemporal, así como de un cabello equilibrado, bello, sofisticado pero a la vez sencillo. Los cuadros números 7 y 8 son del pintor Sandro Botticelli, y ambos titulados Retrato de joven mujer. Estos perfiles femeninos destacan el sesgo del semblante más arrebatador de una juventud exultante. La mirada ahora perdida, el peinado exquisito -de una moda floreciente-, y el gesto ausente de las modelos retratadas no harán más que justificar así una época reverencial, única y modélica en el Arte. 

El lienzo número 6 es también del gran Botticelli, y representa a otra mujer joven cuya modelo ha sido identificada con la hermosa genovesa Simonetta Vespucci (1453-1476). Esta mujer fue la esposa del florentino Marco Vespucci, un primo lejano del que fuera famoso explorador y comerciante italiano Américo Vespucci, cartógrafo y piloto además del Nuevo Mundo, y por lo que el continente descubierto por Colón no lleva, injustamente, su nombre sino el de aquél: América. La belleza efímera de Simonetta (fallecería de tuberculosis a los 22 años) es aquí ahora del todo maravillosa, tanto que llegaría a tener por amante al hermano del famoso Lorenzo de Médicis el Magnífico, un gran mecenas artístico éste que fuese del Renacimiento florentino más exquisito e influyente (imagen número 10)

Las pinturas 4 y 5 son del genial Leonardo da Vinci. Las miradas aquí de estas modelos nos sobrecogerán y  estimularán por igual. Son por un lado La Bella Ferroniere, amante del rey de Francia, Francisco I, y por otro La Dama y el Armiño, cuya modelo es otra amante, en este caso del duque de Milán, Ludovico Sforza. La imagen del cuadro número 3 es la única obra donde la modelo mira fíjamente al observador. Es una gran obra pictórica del desconocido injustamente Bartolomeo Veneto (1505-1555): Lucrecia Borgia es aquí la retratada por el Renacimiento, la infausta hija del que fuese papa Alejandro VI

El lienzo número 2 es del mismo pintor Veneto y representa, sorprendentemente, a una santa: Catalina de Alejandría (siglo III d.C.), una mujer al parecer extraordinaria por su sabiduría y entrega espiritual, dos cosas difícilmente solubles a veces, pero que aquí el pintor supo reflejar y donde no eludió, además, la belleza más atrayente y nada martirológica de la modelo. Por último -la primera imagen-, otra obra renacentista del genial Sandro Botticelli: Retrato de mujer joven, donde ahora la perfección y la belleza de la modelo (basada también en Simonetta Vespucci), el sugerente perfil retratado, su especial tocado y su colgante o gargantilla, la harán quizá una de las más valoradas creaciones de retratos de mujer del magnífico y famoso autor florentino. Se ha mantenido por los historiadores que las modelos de sus obras más significativas -como la del Nacimiento de Venus, imagen número 11- pertenecerán todas a un único y sugerente rostro: el de la hermosa Simonetta Vespucci

Qué curiosa época renacentista, donde entonces la excelsa belleza clásica, tanto en el Arte como en la vida, se acompasaría -simbólicamente gracias a los Vespucci- con el descubrimiento y exploración de un nuevo continente, de un Mundo Nuevo, tanto como lo fuera el descubrimiento de una ahora nueva y revolucionaria forma de pintar. Porque este otro mundo, el del Renacimiento -el de la belleza más insigne y efímera-, tendería a desaparecer, poco a poco, frente a ese Nuevo Mundo que pujaría entonces por salir y transformar, para siempre, la vida y la sociedad de los seres humanos de aquel siglo XVI. Un mundo por entonces mucho más materialista y terrenal que antes, y que, finalmente, acabaría triunfando sobre todo lo espiritual y sensual que aquellos personajes renacentistas -nacidos en la Italia del siglo XV- entendieron como la única, la más completa o la más maravillosa forma de vivir.

8 de mayo de 2010

El misterio de un cuadro, el sentido de la vida y el asedio más largo de la Historia.



Cuando el papa Clemente IX (1600-1669) no había sido aún elegido pontífice, encargaría en el año 1636 al pintor francés Nicolás Poussin (1594-1665) un cuadro que exaltase el ciclo de la vida y sus fútiles miserias terrenales. El cuadro barroco que acabaría pintando Poussin mostraba un conjunto de personajes que representaban ahí el círculo perpetuo de la condición humana, a la vez que su relación con el tiempo y con la música (representadas en el lienzo por la infancia y la vejez). La obra barroca, como casi todas las del gran pintor Poussin, encerraría, además, un misterioso simbolismo. 

Las figuras que bailan ahí representan la pobreza, el trabajo y la riqueza (también entendida ésta como placer o lujuria). La riqueza en exceso conducirá, inevitablemente, a la pobreza (material o espiritual), así el círculo se cierra y vuelve a comenzar de nuevo. Esas figuras bailan eternamente al son de una música tocada por un anciano alado (personaje sin género, representado aquí por un ángel) y por un niño pequeño. Los personajes que danzan se dan la espalda mutuamente, formando así un círculo que mantiene y no mantiene una completa continuidad, porque no todos acabarán aquí dándose la mano del todo. Es tan absurdo eso como la propia vida: nos damos la espalda pero, a la vez, tratamos también de ofrecernos las manos... Formando de ese modo un círculo cerrado pero que, en verdad, no acaba nunca de cerrarse. 

San Malaquías fue un santo cristiano irlandés (1094-1148) que escribiría en el siglo XII unas Profecías de los Papas. Había profetizado que un pontífice sería identificado con la isla de Creta. Esta isla mediterránea estaba relacionada mitológicamente con el cisne. La referencia histórica, y curiosa, es que el Papa Clemente IX sería elegido casualmente en la Cámara de los Cisnes del Vaticano durante el año 1667, y no en la Capilla Sixtina como era lo habitual. Según la mitología helénica, en el antiguo reino griego continental de Etolia existió una bella princesa llamada Leda casada con un noble griego llamado Tíndaro. El dios Zeus y su incontenible deseo sexual se obsesionaron con la belleza de ella. Para seducirla el dios griego se convirtió en un hermoso cisne una de las noches en que Leda yacía con su esposo.  De ese modo el cisne-Zeus se acoplaría también con ella. Y de la doble unión alumbró Leda dos huevos: de uno de ellos nacieron Pólux y Helena, engendrados por Zeus; del otro Cástor y Clitemnestra, hijos de su esposo Tíndaro

Cuenta otra leyenda griega que un gigante mitológico, Talos, impedía cruelmente que nadie pudiese desembarcar nunca en la deseada isla de Creta. Sólo Cástor y Pólux lucharían, denodadamente, contra ese gigante feroz para liberar a la isla de su tiranía. Pero no fue hasta el siglo XVII cuando la católica isla de Creta sería asediada y tomada por los turcos otomanos. Ese asedio fue conocido en la historia como La caída de Candía -llamado así por su capital, la ciudad cretense asediada-. Por entonces los venecianos -como aquellos hermanos mitológicos- custodiaban la isla para toda la Cristiandad desde hacía muchos siglos. Ninguna potencia de aquellos años barrocos (Francia, Inglaterra, etc...) acudieron en su ayuda, y los venecianos tuvieron que resistir solos el terrible asedio otomano. Finalmente, cuando se decidieron las potencias europeas en actuar, fue ya demasiado tarde para Creta...

Más de veinte años se prolongaría el terrible asedio turco. Al final, los venecianos no pudieron resistir y entregaron la isla de Creta a los turcos-otomanos en septiembre del año 1669. Menos de tres meses después el papa Clemente IX fallecería, al parecer enfermo desde el mes de octubre siguiente al asedio, al conocer la fatal noticia de la caída de la cristiana Creta. El simbolismo del pintor Poussin -tan vigente como antes de la obra- se anticiparía aquí también a la frustrada posesión de una isla, a la evanescencia del tiempo y de la vida, y a la impenitente vocación de los seres humanos por tratar de hacer y no hacer nada juntos.

(Imagen del cuadro Una danza para la música del tiempo, 1636, del pintor francés del Barroco Nicolás Poussin, Colección Wallace, Londres; El papa Clemente IX, del pintor barroco italiano Carlo Maratta (1625-1713), Museo Ermitage, San Petersburgo; Óleo Leda y el Cisne, 1510, Escuela de Leonardo da Vinci, Galería de los Uffizi, Florencia; Autorretrato, de Nicolás Poussin, 1650, Museo del Louvre, París.)

3 de mayo de 2010

La evolución del Arte en el desnudo recostado de la mujer.



Luego de que los romanos impregnaran sus frescos con imágenes eróticas, desde los primeros años de la época de Augusto (siglo I d.C.) hasta la caída de Roma, la historia del Arte occidental se mantuvo desierta en desnudos humanos hasta casi el siglo XV, es decir, durante toda la larga Edad Media.

El pintor italiano Antonio Puccio Pisano (1395-1455) perteneció a una de las primeras escuelas pictóricas del Arte que, tímidamente, iniciaron los desnudos en sus lienzos. Fue el período inmediatamente anterior al Renacimiento, llamado escuela Gótica italiana. Con el precursor Puccio Pisano inicio este parcial y diacrónico paisaje artístico del desnudo tendido femenino a lo largo de la historia moderna y contemporánea. La primera imagen (de arriba abajo y de izquierda a derecha) es su peculiar obra La Lussuria del año 1420, un grabado en pluma y tinta marrón sobre papel expuesto actualmente en el museo Galería Albertina de Viena.

La escuela del Renacimiento, siguiente tendencia artística en este escueto itinerario del Arte, es representada aquí con el autor italiano Giorgione (1477-1510) y su óleo Venus dormida (1510) -Museo de Dresde, Alemania-. Continúa el gran pintor Tiziano (1477-1576) como ejemplo típico del Manierismo más purista del siglo XVI, con él sigue este parcial recorrido exponiendo aquí su famoso óleo Dánae (del año 1500), una leyenda mitológica de la cual pintaría varios este pintor veneciano; la obra utilizada aquí se encuentra expuesta en la Galería de Viena, Austria.

Goya (1748-1828) es el siguiente autor con su famosa obra Maja desnuda (1800) -Museo del Prado, Madrid-. Pintada esta magnífica obra dentro del indefinido período que fue el Neoclasicismo -aunque Goya también perteneció a la escuela Romántica-, una  etapa artística que recorrió a saltos desde mediados del siglo XVIII hasta casi la mitad del siglo posterior. Hay por ello otra escuela artística que marcaría una tendencia más romántica en ese movimiento neoclasicista, el Neoclasicismo/Romanticismo, cuyo representante aquí expuesto es Charles Emile Durand (1837-1917), creador francés que pintó el siguiente óleo de la entrada en el tardío año 1900. Dánae es el título también de esta magnífica obra clásica-romántica, porque ahora el personaje tiene aquí unos rasgos más melancólicos e idílicos, más propio de la apasionada tendencia romántica, una tendencia muy dispersada durante casi todo el siglo XIX gracias a su gusto por el público -obra expuesta en el Museo de Bellas Artes de Burdeos-.

El Impresionismo no se prodigó mucho en desnudos, más bien en paisajes y naturaleza, sin embargo el pintor francés Renoir (1841-1919) crea en 1897 este recatado -como lo fue el propio Impresionismo- desnudo de mujer, Bañista dormida, actualmente en una colección privada de Suiza. El Postimpresionismo, reacción artística al movimiento impresionista -un cajón de sastre de muchas tendencias modernistas-, también muestra aquí un desnudo tendido muy personal y modernista con este óleo colorido sobre cartón del gran genio español Dalí, Desnudo en un paisaje del año 1922, expuesto en la colección Gala-Dalí, España.

El Simbolismo fue una escuela o tendencia artística situada a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, movimiento que expresa más que nada el símbolo exterior del concepto, esa metáfora pictórica que el autor desea manifestar o agudizar más que otra cosa, esa representación onírica que el autor desea plasmar esencialmente en su obra. En esta ocasión con el pintor austríaco Egon Shiele (1890-1918), un creador considerado expresionista -el romanticismo modernista- pero que muestra en esta obra, Desnudo yacente con medias negras (1911), sin embargo, unos rasgos que se encuadran más en la tendencia Simbolista.

La Escuela de París estuvo situada en un período artístico a principios del siglo XX, un momento artístico que se influenciaría tanto del Postimpresionismo como del Expresionismo posterior. Mantuvo un representante fundamental: Modigliani (1884-1920), creador que pinta este impactante y sugestivo Desnudo acostado del año 1900; de la colección Mattioli, Milán. El Modernismo hispano tiene un representante genial en Julio Romero de Torres (1874-1930), artista que dominó casi todas las tendencias pictóricas de su época. En este caso con una obra de la Vanguardia Histórica-Realista, La nieta de Trini, del año 1929, Museo Julio Romero de Torres, Córdoba, España. Por último un representante del Surrealismo más clásico, el pintor belga Paul Delvaux (1897-1994), que en el año 1934 pinta este óleo maravilloso de una mujer dormida, Desnudo en la playa, ubicado actualmente en la Galería Derom de Bruselas.

La Historia del Arte nos demuestra cómo los creadores han reflejado la emoción de su expresión según su tendencia o estilo temporal, pero también plasmando algo más que sobresale en la propia obra, y que dependerá tanto del momento en el que ellos mismos vivieron como la pasión de querer comunicar lo que ellos mismos desearon... Y donde esto último, la mayoría de las veces, fue independiente de que sus coetáneos lo quisieran ver así o no.

(Sólo un dato de curiosidad: ¿por qué algunos pintores dibujarán a sus modelos de derecha a izquierda, o al revés?; es decir, o con la cabeza en la parte derecha del cuadro, según el espectador, o justo en la parte opuesta... Por ejemplo, en esta muestra, los pintores Puccio, Goya, Renoir, Dalí y Delvaux pintaron sus modelos desnudas al contrario que los otros, de derecha a izquierda. Entonces, ¿eran zurdos, o así situaron ellos el mejor perfil de ella, o...?)

2 de mayo de 2010

El deseo, la curiosidad, los dioses y el destino.



En la actual Turquía, en la región de Anatolia central, se situaría ya el antiguo reino de Frigia, coetáneo de la Grecia homérica de los dioses y las ninfas. Fue Frigia también cuna de dioses, que luego tanto Grecia como Roma asimilarían a su cosmogonía mitológica para llegar a entender el mundo. Entre aquellos, dos dioses significativos fueron importados por Grecia desde Frigia: la diosa Cibeles y el dios Atis.

Cibeles fue considerada como la Gran diosa madre, la diosa de la fertilidad que compartiría con Júpiter (el Zeus romano) el poder sobre la reproducción de todos los seres. Atis, sin embargo, era un dios-pastor frigio muy bello, y por el que Cibeles concebiría ya un gran amor platónico. La diosa le encargaría una vez proteger su culto, para ello le ordenaría que debía ahora mantenerse casto y célibe. El apasionado Atis no pudo evitar sentir entonces una atracción irresistible por la bella ninfa Sagaritis, y acabaría ya uniéndose a ella, fatalmente.

Afectada e indignada por tal afrenta Cibeles terminaría matando decidida a su rival, provocando así en Atis una locura tal que éste se automutilaría sus genitales en una crisis de terrible pasión. Otra leyenda de la diosa Cibeles contará cómo ésta, arrepentida ahora, resucitará a Atis en forma de pino, un hecho que en la mitología se relacionaría además con el origen de los misterios orgiásticos y órficos de la resurrección.

Atalanta fue una muy bella doncella mitológica que se oponía celosamente al matrimonio. Cuenta la leyenda que su padre,Yaso, tan sólo desearía tener hijos varones por lo que, cuando ella nació, decidió abandonarla para siempre. Atalanta sería amamantada entonces por una osa y recogida luego por unos cazadores, éstos la educaron en el arte cinegético consiguiendo que llegara a ser una certera manejadora del arco. Su belleza y castidad llegarían a enloquecer a los hombres, que desde entonces la acosarían sin cesar. Atalanta idearía ya una estratagema para evitarlos: los que la pretendieran deberían competir con ella en una carrera. Si uno de ellos resultaba ganador, obtendría su mano -cosa improbable, ya que Atalanta era la criatura más veloz de toda la Tierra-. Si, por lo contrario, el audaz pretendiente fuera derrotado, moriría decapitado sin remisión.

Hipómenes -nieto del dios Poseidón- deseaba tanto a Atalanta que acudió a la diosa Afrodita para que le ayudase a conseguirla. La diosa estaba además ya muy celosa e irritada por la belleza casta y pura de Atalanta. Entonces Afrodita le ofrecería a Hipómenes tres manzanas de oro, y le aconsejó que las dispersara en la carrera sólo cuando estuviese compitiendo junto a ella. La veloz Atalanta, sorprendida e intrigada por esas manzanas doradas, no tuvo más remedio ya que detenerse y mirarlas, perdiendo así definitivamente la carrera. Con este hábil engaño, pudo Hipómenes conseguir por fin su deseado amor.

Algún tiempo después, ambos amantes llegarían a profanar incluso un santuario de la diosa Cibeles, al dejarse llevar ahora por sus pasionales y desinhibidos impulsos amorosos. El gran dios Zeus, muy enojado esta vez, los transformaría ahora unidos al carro de Cibeles en dos hermosos leones para siempre. En la mitología griega se creía ya por entonces que los leones sólo se unirían sexualmente a los leopardos, y es por esto que Atalanta y Hipómenes jamás volvieron a amarse. Con todo esto, después de todo, Atalanta terminaría ya consiguiendo por fin aquel impertérrito y peregrino deseo inicial.

(Imagen del lienzo Hipómenes y Atalanta, 1612, del pintor Guido Reni (1575-1664), Museo del Prado, Madrid; fotografía de la fuente La Cibeles, plaza de la Cibeles, Madrid; imagen de un fresco procedente de Pompeya, Atis y las Ninfas, Museo Arqueológico Nacional, Nápoles, Italia.)

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