25 de enero de 2011

El tiempo entrecruzado, la onírica belleza, la infinitud del pasado y nuestro engaño.



El cine ha utilizado siempre la literatura para encontrar la inspiración que las imágenes han necesitado -y necesitan- para llegar a emocionar con sus creaciones dinámicas. El gran productor norteamericano David O. Selznick (1902-1965), en uno de los castings que realizara a lo largo de toda su vida, se encontraría una vez con una joven extraordinariamente bella pero de gesto vulnerable... Antes de finalizar su corta actuación ante el exigente productor, la joven aspirante se derrumbaría desconsolada. Acabaría en un mar de lágrimas, decidida a dejarlo todo allí. Él, sin embargo, vería en ella algo que le hizo pensar entonces que esa mujer podría llegar a ser toda una estrella de cine. Así fue como la actriz Jennifer Jones (1919-2009) consiguiera, después de mal vivir como una modelo mediocre en Nueva York, llegar a alcanzar los primeros peldaños de su gloria.

En el año 1948 lograría ella protagonizar la película -producida por Selznick- El Retrato de Jennie, filme basado en una novela del escritor norteamericano Robert Nathan (1894-1985). En esta película la protagonista -Jennie- acabaría siendo convertida en la modelo artística perfecta para el retrato que un pintor frustrado necesitara hacer -cree él así- para alcanzar la inspiración y la belleza máximas. Cosas que, nunca antes, habría podido conseguir llevar a cabo. Con la salvedad, ahora, de que ella no existe realmente..., de que tan sólo es ella una ensoñación, una representación fantasmal del propio deseo del autor al pintarla. Tan real es, sin embargo, para el pintor esa representación, como lo son de hecho las ideas, imágenes o sonidos que los propios creadores puedan llegar a sentir. Ella permanecerá siempre joven para él, cuando ahora el pintor, a cambio, envejecerá normalmente. Jennie parece entonces venir de un tiempo indefinido... Nada muere, todo cambia; hoy es el pasado de otro tiempo, dirá en una ocasión su misterioso personaje.

Las tres etapas en que dividiremos el tiempo los hombres: pasado, presente y futuro, no son más que conceptos creados por nosotros mismos para posicionarnos, de alguna manera, con lo que no comprenderemos bien. Sólo ha existido y existe realmente el pasado, es lo único que nos ha pertenecido, y que nos referencia además, que nos sitúa así en nuestra propia historia personal... El futuro no existe. Y el presente es imposible ser medido, ser atrapado siquiera en un segundo. ¿Cuánto dura un presente? Sin embargo, el novelista Robert Nathan afirmaba en su relato: No hay distancia en esta Tierra tan lejana como ayer. Y esta es la gran contradicción de nuestro mundo: que el tiempo se parece entonces a una gran rueda que, a medida que avanza, nos alejará más y más de todo; aunque, a la misma vez, parecerá que estemos parados y distantes, como mirando una luz...

Cuando el héroe mitológico Ulises llega a la isla de Ogigia -cerca del estrecho de Gibraltar- naufraga entonces frente a sus terribles costas. Es acogido allí por la ninfa Calipso, reina de esta fabulosa y tranquila isla... Ella siente ahora, de pronto, un amor ineludible hacia Ulises, uno tan grande que acabará absorbiendo al héroe en una nebulosa temporal que hará sentir a éste transportado a otra dimensión incluso. Él debe continuar, sin embargo, navegando hacia su destino, hacia su Ítaca querida; pero, percibe ahora como si el tiempo se le hubiese del todo detenido. Está rodeado de un maravilloso, grandioso y deseado paraíso, así es como Calipso intentará hacerle olvidar ahora su impenitente destino. Llega ella, incluso, a ofrecerle la inmortalidad. Pero Ulises se niega, y no sabe él muy bien por qué, ya que lo ha olvidado todo antes... No es feliz del todo ahora, pero tampoco sabe muy bien por qué no lo es. Siente una necesidad, pero es incapaz de comprenderla. Atenea, la diosa protectora del héroe, le pide entonces a Zeus que ayude a Ulises a regresar a su destino. El dios más poderoso obliga a Calipso a que deje libre a Ulises. Ésta aceptará obligada, con todo el dolor que le supone ahora dejar partir al ser amado. El héroe se había llevado, sin él saberlo ni percibirlo siquiera, casi diez años detenido en esa maravillosa pero perdida isla de Ogigia...

Nuestra vida se pierde a veces por un tiempo que parece no existir, que parece no haber existido nunca en verdad. Y creeremos vivir incluso de otro modo, pero no lo vivimos realmente en verdad. Del mismo modo, pensaremos a veces que tenemos nuestro tiempo para siempre, como un espacio personal de algo que nunca acabará, como algo que nos pertenece, que es nuestro, y que podremos atraparlo siempre a través de un soporte vital extraordinario, el que éste sea a veces, para mantener así, ahora, toda su belleza eterna para siempre. Y todo esto, incluso, de una forma ahora que ésta -la belleza de ese tiempo- nos complazca además deseosa, poderosa y libre, a la vez que unida a nosotros, para siempre...

(Cuadro del pintor Arnold Boecklin, 1827-1901, Calipso y Ulises, 1883; Fotograma de la actriz Jennifer Jones en la famosa película Duelo al Sol, 1952; Fotograma de la película El Retrato de Jennie, 1948; Cartel británico de la película El Retrato de Jennie, 1948; Cuadro del pintor actual español Angel Mateos Charris, Futuro no, presente no, pasado, 1999; Autorretrato del pintor en su estudio, del pintor surrealista Arnold Boecklin, 1893; Cuadro del pintor Boecklin, Autorretrato con la Muerte y el Violín, 1872; Óleo del pintor actual español Guillermo Pérez Villalta, 1948, El rumor del Tiempo, 1984, Particular;  Óleo La isla de los Muertos, 1883, de Arnold Boecklin.)

Vídeo El Pen Story:

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