21 de enero de 2011

La frágil conciencia entre la ladina tentación y el lábil, meritorio y hasta milagroso sentido.





Según nos cuenta un antiguo relato el griego Herodoto (484 a.C- 425 a.C.) -el primer compilador de historia del mundo-, existió una vez un rey de la antigua Lidia, actual Turquia occidental, llamado Candaules que vivió en el siglo VII a.C. Este rey sentía tanto orgullo y satisfacción por la belleza de su esposa que no pudo evitar la tentación de mostrarla desnuda a Giges, uno de sus más cercanos y fieles colaboradores. Porque tal cantidad de maravillas le acabó contando de ella que pensó que éste -Giges- no se lo creería a menos que la viera. Entonces le propuso que, una noche, fuese al dormitorio real y se escondiera antes que ella entrase. De ese modo lograría mirarla antes incluso de ella acostarse, así podría alabar realmente lo que antes le había contado el rey. Giges lo dudó, tuvo miedo de las consecuencias, de lo que pudiera pasarle. Sin embargo, el rey, decidido, le insistió.

Una noche Candaules lleva a su habitación a Giges. Entonces la reina llega y se desnuda. Ahora Giges contempla todo lo que, en verdad, el rey le había contado. Al final, cuando Giges comprende que debe abandonar el dormitorio, en ese momento la reina pudo ahora verlo a él mientras huía. Ella entonces, prudentemente, calló. Al día siguiente llamó a Giges y, después de contarle lo que ella sabía, le dijo que sólo tenía dos opciones: o matar al rey por haberla ofendido, y sustituirlo él; o matarse para evitar caer en otras tentaciones... que pudiera ofrecerle Candaules... Después de escucharla Giges no supo qué hacer, y volvió a dudar. Pensó rechazar la oferta pero ella insistió. Así que decidió matar al rey. Fue ahora la reina quien ocultaría a Giges en el mismo lugar en el que él había estado antes. Así mató al rey, mientras éste dormía junto a su reina.

Existe otra leyenda contada por el filósofo Platón en su obra La República llamada El anillo de Giges. Cuenta esta historia que Giges ahora era un pastor antes de entrar en la corte del rey. Una tarde, mientras guardaba su rebaño, se precipita una gran tormenta y un poderoso rayo abre una sima en la tierra, un gran surco profundo muy cerca de donde él estaba. Curioso, Giges no pudo evitar la tentación de bajar por el enorme agujero abierto. Éste le condujo a un recinto lleno de cosas maravillosas. Encontró, por ejemplo, un grandioso caballo de bronce y además, tumbado en el suelo, el cuerpo moribundo de un gigante como nunca antes habría visto. Entonces se fijó en una hermosa sortija que relucía brillante entre sus dedos. No pudo resistirse y la tomó.

Al cabo de unos días, en una de sus reuniones con los demás pastores, Giges lleva la sortija consigo. Sentado y distraído jugaba con ella en su dedo anular cuando, de pronto, la gira hacia el interior de su mano. Y entonces comienza a escuchar como los demás hablan de él, pero ahora como si él no estuviese allí: se había ocultado a los otros, se había hecho del todo invisible. Luego, al girar el anillo hacia afuera, vuelve a hacerse visible de nuevo. Asombrado y ansioso decide usarlo contra el rey en una visita a Palacio. De ese modo, invisible y seguro, pudo seducir a la reina y después matar al rey, apoderándose al final del reino. La moraleja de la leyenda es: ¿puede evitar el ser más justo la tentación de hacer lo que desee, aun en contra de los demás, al saberse seguro de que nunca será visto ni descubierto?

Decía Oscar Wilde que la única forma de resistir a la tentación es sucumbiendo a ella. En la historiografía artística casi siempre se ha representado la tentación con grandes santos virtuosos. Esa debía ser la forma, al parecer, en que se humanizaban a esos sagrados seres, consiguiendo transmitir así la lección moral propuesta. Pero, la tentación sólo existe si realmente se produce (no si se siente sin caer), si no, no es tentación, es otra cosa. La lección moral está clara, pero únicamente hay tentación si se cae en ella. Por ejemplo, La Tentación de San Antonio es un contrasentido. Porque para que lo sea debe existir, debe realizarse... Puede ser ésta más o menos fuerte, más o menos consecuente, o más grande o más pequeña, pero seguro debe ser tentación, seguro existir el hecho en sí mismo. Es decir, que sólo no se cae si antes no se ha llevado a cabo ninguna tentación. En otras palabras, los ascetas evitan llegar ni al vestíbulo de la tentación.

Los pintores de la escuela Prerrafaelita decidieron mostrar al mundo no sólo una nueva tendencia pictórica, que ellos creían idílica y perfecta, sino que propugnaron además una filosofía que proclamara un mundo diferente, una ruptura con la sociedad industrial y moderna que, por entonces -siglo XIX-, enajenaba y anulaba la libertad y la virtud de los hombres. Ellos entendían que habría que encontrar las verdaderas raíces de la sociedad, ese espacio donde la Naturaleza y el hombre pudieran de nuevo reconciliarse. En ese sentido uno de sus miembros, el pintor británico William Holman Hunt (1827-1910), conseguiría la admiración y el rechazo a la vez de la rígida sociedad victoriana de su tiempo cuando presentara, en  el año 1853, su obra El despertar de la conciencia.

En esta impresionante obra prerrafaelita una pareja adúltera, burguesa y acomodada, se encuentra ahora en una estancia íntima y personal: la habitación de un pequeño apartamento londinense en un ambiente a la vez victoriano y moderno. Ellos están distendidos, confiados, alegres. La mujer -la amante- se muestra segura pero algo inquieta, algo le oprime a ella, sin saber exactamente qué es. Está satisfecha con su vida, pero del todo ignorante del mundo exterior... En un giro de pronto hacia la ventana -reflejada en el espejo posterior-, le inspirará a ella sentir ahora, sin embargo, un despertar hacia la belleza de la vida expresada en los árboles y en la Naturaleza libre, verdadera y auténtica. Es el simbolismo aquí de un descubrimiento desasosegado, el que nos atenazará y nos complacerá al mismo tiempo. La conciencia lúcida aquí descubierta la invitará a ella -sólo unos segundos- a elegir entre la mortífera tentación de seguir como hasta ahora -protegida pero presa- o tomar la libre -pero inconsistente- huida hacia lo sensato, hacia lo prodigioso o hacia lo milagroso.

(Cuadro del pintor inglés William Etty (1787-1849), Candaules muestra su mujer a Giges, 1820; Óleo Lady Shalott, del pintor victoriano William Maw Egley (1826-1916), donde cuenta la leyenda de la virtuosa Dama de Shalott que, encerrada en una torre para tejer toda su vida, tuvo una ensoñación donde le anunciaba que si miraba en dirección a Camelot le esperaría una terrible maldición, no pudo resistirse el día que, a través del espejo vio a Lancelot, y su deseo la perdió; Cuadro del pintor prerrafaelita inglés William Holman Hunt, El Despertar de la Conciencia, 1853, Tate Gallery, Londres; Cuadro de Velázquez, La Tentación de Santo Tomás, 1632; Óleo del pintor italiano Domenico Morelli (1823-1901), La Tentación de San Antonio, 1878, Galería de Arte Moderno, Roma.)

2 comentarios:

AMPARO dijo...

Magnífico, realmente magnífico.
Me encanta.
Volveré. Si se me es permitido, claro.
Saludos

Arteparnasomanía dijo...

Por supuesto, la maravilla de los blogs libres es que todo el mundo es bienvenido, aún más los que los valoran tan amablemente. Gracias.

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