24 de febrero de 2011

La mezquindad frente al afán, la ambigua ambición, sus límites y su desdicha.



Al finalizar el español Francisco Pizarro la conquista del Perú, llegaron pronto noticias a España de los fabulosos tesoros que allí se habrían hallado. Fue por entonces, sobre el año 1532, cuando un joven vasco de Oñate, Lope de Aguirre (1510-1561), se encontraría en Sevilla -la ciudad de donde salían los navíos hacia el Nuevo Mundo- a la espera de incorporarse a cualquier expedición que le ofreciera aventuras, oportunidades y riqueza. Así acabaría llegando al Perú finalmente, pero ahora su deseo y bravura fueron creciendo aún más en un mundo violento, desmedido y ambicioso sin límites. En el año 1560 el entonces virrey del Perú, Hurtado de Mendoza, decide aliviarse de los mercenarios inquietos y molestos que las guerras almagristas y pizarristas (enfrentamientos entre conquistadores por la codicia) habrían creado en el virreinato. Para ello, idearía por entonces una expedición de conquista también muy codiciosa, imposible de desestimar por nadie: la conquista de El Dorado.

Y ahí tendría ya Lope de Aguirre su oportunidad buscada y deseada. Al poco tiempo de partir como sargento mayor de la expedición, alimentaría el descontento entre los expedicionarios de El Dorado. Desquiciado del todo, Aguirre llegará incluso a asesinar al Justicia Mayor de la expedición, Ursúa, nombrado por el virrey comandante de la empresa conquistadora. Luego de atemorizar a los demás aventureros, tuvo incluso la osadía de amotinarse contra la Corona con unos pocos cientos de soldados. En su desmedida ambición pretendía ahora alzarse en príncipe del Perú. Hasta escribiría una carta al rey Felipe II donde le expondría sus intenciones de libertad e independencia. Tiempo después, en una emboscada en la selva, las fuerzas del reino le acabarían rodeando y abatiendo para siempre. Desesperado y mezquino, llegaría a quitarle la vida a su propia hija que le acompañaba. Al final, dos marañones -soldados de su majestad Felipe II- consiguieron herirle de muerte con sus certeros arcabuces. Ahí, sólo un año después de iniciar aquella aventura imposible, acabaron las avariciosas y ruines ansias del personaje llamado por entonces... la cólera de Dios.

La actriz norteamericana Joan Crawford (1905-1977) había crecido en un ambiente humilde y deslucido, familia a la que, pronto, abandonaría su padre. Consiguió trabajar como bailarina, y, según ciertas leyendas -que algo tendrán de verdad-, hasta llegaría a actuar en algunas películas pornográficas de muy baja calidad. Años después, su marido, el famoso hijo del afamado Douglas Fairbanks, trataría de comprarlas para destruirlas. Pero la ambición de Crawford fue creciendo con los años, sin detenerse ante nada nunca. Al contrario que la mayoría, Joan Crawford transformaría su imagen a la inversa... Creada una imagen de ella al principio de su carrera más femenina o clásica, aterciopelada o convencional -que le habrían recomendado los propios estudios-, la llegaría luego a cambiar por su verdadera, áspera, marcada, menos femenina, pero, sin embargo, mucho más auténtica imagen... Algo que, curiosamente, la acabaría llevando luego al éxito. Tuvo Crawford varios matrimonios, pero sólo pudo adoptar los hijos que llegara a tener. Una de ellos, Cristina, terminaría escribiendo un libro sobre su vida en el año 1978, Queridísima mamá, del cual se hizo una insulsa película en 1981. Gracias a esa película se acabaría descubriendo, para desesperación de sus fans, la verdadera y pérfida personalidad de la actriz Joan Crawford. Su último marido, Aldred Nu Steele, fue el presidente de la compañía norteamericana Pepsi-Cola, el cual, a su muerte, le dejaría en herencia tan pomposo y poderoso cargo. En este nuevo poder tendría ocasión de desarrollar, aún más, toda esa ambición que siempre interpretara ella en sus clásicas películas.

Cuando el rey mitológico Minos decidiera crear un laberinto para encerrar al feroz minotauro, le pidió a Dédalo -el mejor constructor mitológico griego- que lo diseñase muy seguro para que no escapase nunca. Al finalizarlo, el rey, que no quería que nadie nunca supiese salir de allí, decidió incluso encerrar dentro del mismo laberinto al propio Dédalo y a su hijo Ícaro. La necesidad imperiosa de salir de allí llevará a Dédalo a idear ahora escaparse de una forma maravillosa. Crearía entonces unas alas con pluma y cera, para conseguir volar y poder elevarse y huir así del laberinto. Al terminarlas, Dédalo le ajustaría primero bien las alas a Ícaro, dejándole claro que no volase ni demasiado alto, ya que el calor del sol derretiría la cera, ni demasiado bajo, porque el agua del mar mojaría las alas, impidiéndole volar. Decidieron ambos salir por fin, y volaron juntos por encima del laberinto, de las islas de Delos y del mar... Pero cuando Ícaro creyó, al verse tan poderoso por la sensación que le llevaba a volar como un águila, poder alcanzar así ahora el paraíso..., se le olvidaría de pronto aquello que su padre le advirtiese. Se alejaría de su lado, ascendiendo peligrosamente sobre el cielo. Las ceras, que unían las pequeñas alas a su cuerpo, acabaron derritiéndose a causa del cercano sol radiante. Ícaro no pudo impedir caer al mar, y así, de ese modo, junto a su infortunado deseo, terminaría desapareciendo para siempre.

Los deseos intensos por conseguir lo que creemos que necesitamos más que cualquier otra cosa en el mundo, han llevado a algunas personas a morir en el intento o, lo que es aún peor, dañar a otros por muy queridos y amados que pudieran ser para ellos. Es ahora la ambición desmedida. Esa actitud, tan aplaudida a veces, para aleccionar a los humanos en su caminar por la vida desatenta. ¿Qué de necesaria es? ¿Es posible vivir, alcanzar unas metas razonables, y no tener que acudir a ese deseo irrefrenable, tan desquiciado, atormentador y, a veces, suicida? La vida nos demuestra en la mayoría de los casos que, como Ícaro, no es ahora más que la medida apropiada lo que nos llevará a avanzar... sin caer en el abismo. O como en Midas, aquel rey ambicioso y codicioso, ese que, una vez, cuando ayudara a Sileno, un viejo sátiro de la corte de Dioniso -el dios mitológico griego de lo desbordante-, éste le recompensara con lo que aquél más deseara nunca: convertir en oro todo lo que tocara. Tan feliz se veía Midas ahora que nunca pensó que pudiera morir tan satisfecho. Al tocar la comida, también ésta se convertiría en oro. No pudo más y le pediría a Dioniso que rompiese ese hechizo. Éste, contando con haber dado una lección al rey, sólo le pidió entonces que se lavara su cuerpo en las aguas del sagrado río Pactolo, para purificarse así de sus mezquinas ambiciones terrenales. Desde entonces, no dejarían de acudir a ese río numerosos ambiciosos buscadores de oro. Y es que, en su virtuosa purificación, el rey Midas no pudo impedir sembrar en el sedimento del río todas aquellas deseosas, engañosas y queridas pepitas de oro.

(Cuadro del pintor inglés Herbert James Draper, 1863-1920, Lamento por Ícaro, 1898; Fotografía de la actriz Joan Crawford, 1942; Fotografía de Joan Crawford, en sus comienzos en el cine, con una imagen más suave en su rostro, 1931; Fotografía de la jovencísima Joan Crawford, 1927; Fotografía de Joan Crawford en 1943; Fotograma de la película Aguirre, la Cólera de Dios, 1972; Cuadro del pintor flamenco Frans Francken II, el joven, 1581.1642, La mesa del rey Midas, siglo XVII; Óleo del pintor Horace Vernet, Napoleón pasando revista en la batalla de Jena, 1806, símbolo de la mayor personalidad ambiciosa habida jamás.)

Vídeo de Possessed, 1947; Vídeo documental Crawford y Cristina.

21 de febrero de 2011

Los versos de un hermano generoso, diferente, lúcido, demófilo, y genial.



Manuel Machado (1874-1947) es popularmente más conocido por ser el hermano del eximio y gran poeta español Antonio Machado... que por otra cosa. Sin embargo, ha sido uno de los más originales poetas modernistas que ha dado España. Los bardos, los poetas, siempre han sido eso, cantores de los sentimientos más profundos del ser humano. Pero, además, seres humanos son también ellos mismos, con sus deseos, sus debilidades, sus temores y sus anhelos. Así viven, así crean y así desaparecen... Mas algo quedará de ellos, lo único, lo auténtico, lo permanente, lo que se siente al leer lo que ellos escribieron inspirados. Ambos poetas nacieron en Sevilla (España), pero, antes de cumplir Manuel los diez años, se marcharon ambos a Madrid. Escribiría junto a su hermano varias obras de teatro, todas en verso, como una muy conocida que fuera llevada al cine, La Lola se va a los puertos, del año 1929. Una vez, según cuentan, el gran escritor argentino Borges contestaría a un crítico español en Madrid, ¿dice usted Antonio Machado?, ¡no sabía que Manuel tenía un hermano!

Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron;
soy de la raza mora, vieja amiga del Sol...
que todo lo ganaron y todo lo perdieron.
Tengo el alma de nardo del árabe español.

Mi voluntad se ha muerto una noche de Luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...
De cuando en cuando un beso y un nombre de mujer.

En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos
...y la rosa simbólica de la única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.

Besos, ¡pero no darlos! ¡Gloria, la que me deben!
Que todo como un aura se venga para mí;
que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir.

¡Ambición! No la tengo. ¡Amor! No lo he sentido.
No ardí nunca en un fuego de fe ni gratitud.
Un vago afán de arte tuve... Ya lo he perdido.
Ni el vicio me seduce, ni adoro la virtud.

De mi alta aristocracia dudar jamás se pudo.
No se ganan, se heredan, elegancia y blasón...
Pero el lema de mi casa, el mote del escudo,
es una nube vaga que eclipsa un vano Sol.

Nada os pido. Ni os amo, ni os odio. Con dejarme,
lo que hago por vosotros hacer podéis por mí...
¡Que la vida se tome la pena de matarme,
ya que yo no me tomo la pena de vivir..!

Mi voluntad se ha muerto una noche de Luna
en que era muy hermoso no pensar ni querer...
De cuando en cuando un beso sin ilusión ninguna.
¡El beso generoso que no he de devolver!

Poesía Adelfos, 1900, del poeta español Manuel Machado (1874-1947).



(Cuadro del pintor español José Salís Camino, 1863-1926, Efecto de Luna en el Mar, 1920, Colección Salís.)

20 de febrero de 2011

La pasión inevitable, a veces como una profecía autocumplida, estéril o subyugante.



El sociólogo estadounidense Robert K. Merton (1910-2003), en sus estudios sobre el comportamiento humano, llegaría a crear el concepto de Profecía autocumplida. La definiría entonces como una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad. Basado ese concepto a su vez en el teorema de Thomas, que dice: Si una situación es definida como real, esta situación tiene efectos reales. Según una leyenda recogida por el escritor romano Ovidio, Pigmalión fue un escultor griego de la antigüedad que no conseguiría encontrar belleza en mujer alguna que le arrebatara a componerla en una obra. Así que entonces decidió esculpir sin parar hasta poder llegar a crear ese modelo perfecto, ese que él entendiera, sin embargo, como del todo imposible de existir. En una ocasión, sintió ante su obra escultórica algo diferente, que la materia inerte tendría ahora un brillo y una textura desacostumbradas para ser tan solo una piedra...  Así que la tocaría y la palparía, y le pareció entonces que su superficie estaba ahora caliente. Volvió a tocarla y comprobó que lo que tocaba ahora no era más que un cuerpo sensible, que no era una piedra. Luego, para favorecer su obra aún más todavía, la propia diosa Afrodita, conmovida, le diría a Pigmalión: Mereces la dicha, una dicha que tú mismo has creado con tus manos...

En Psicología, se entiende como efecto pigmalión al suceso por el cual una persona consigue lo que se proponía previamente a causa de la creencia de que puede conseguirlo. Es como el arrebato emocional hacia otro ser distinto a uno, ese sentimiento que surgirá cuando un ser, seducido irremediablemente, acabará persuadido de que lo que siente ahora le llevará rendido a la pasión. Y ésta sólo tiene ya un único objetivo: lo amado. Algo que, además, retroalimentará, aún más, esa misma sensación de meta necesitada. Así se produce el deseo pasional, algo que desborda, subyuga y desorienta al ser que lo padece. Más tarde, ese mismo deseo desaparecerá luego, sin embargo, llevando a cabo una completa transformación del ser, algo que puede ocasionar así, finalmente, un resultado productivo... o estéril. La fotógrafa y artista francesa Dora Maar (1907-1997) conocería una tarde parisina del año 1936 al genial Picasso. Al parecer, éste la vio sola una vez en un café de París, sentada a una mesa, distraída jugando peligrosamente entre sus dedos con una pérfida navaja. Al no acertar siempre fuera de sus dedos y rozar así la navaja su mano, quedaría ahora su guante manchado de sangre apasionada... El pintor, arrebatadamente enamorado, seducido de pronto, le pediría entonces a Dora aquel guante ensangrentado. Ambos luego vivieron una atormentada, dolorosa y enloquecida pasión descarnada, absolutamente del todo imposible... o estéril.

Para que el fiero toro blanco mitológico fuese enternecido en su nueva pasión, la joven y bella Europa tuvo que predecir -que decirse a sí misma antes- que lo que ahora veía ella no era un monstruo realmente...  De ese modo se subiría ella a lomos de la bestia -un toro escondiendo al dios Zeus tras su figura-, y, queriéndola ahora tan sólo para él, se la llevaría Zeus a Europa muy lejos de su patria. Así se cuenta el relato legendario y mitológico de El rapto de Europa. Y, así, la seducción pasional obedecerá a dos engaños autocumplidos: uno, el del ser impulsivo y arrogante que creerá que lo que necesita inevitablemente es lo que ahora seduce; y otro el del ser seducido y curioso que cree, sin embargo, que lo que ahora siente es lo único que existe en el mundo para salvarle, lo único que existirá por siempre... para él o para ella. Es decir, lo único que cree ahora el sujeto pasional enamorado, ingenuamente, que seguirá ahí para siempre... después del satisfecho deseo.

(Cuadro del pintor francés Jean-Léon Gèrôme, Pigmalión y Galatea, 1890; Óleo de Edward Burne Jones, La seducción de Merlín, 1874; Cuadro del pintor actual mexicano Eduardo Urbano Merino, 1975, La Pasión; Óleo de Dalí, Personaje subiendo una escalera, 1967; Cuadro de Tiziano, El Rapto de Europa, 1560, Museo Stewart Gardner, Boston, EEUU; Fotografía de Dora Maar, Autorretrato, 1936; Cuadro de Picasso, Dora y el Minotauro, 1936;

18 de febrero de 2011

El inconformismo vital, los deseos equivocados de los seres, o la engañosa envidia de lo ajeno.



La tristeza y el sufrimiento producidos por un desengaño ajeno pueden provocar en el ser una profunda amargura, pero el desengaño del que uno mismo es causa... es la peor de las decepciones. La mitología griega crearía una divinidad, Némesis, para tratar de equilibrar los deseos impropios que los seres mortales tuvieran alguna vez en su limitada vida. La venganza de Némesis sería atroz sobre los mortales envidiosos de los poderes de los dioses o de sus virtudes sobrenaturales. Era una forma de ordenar el cosmos, donde los humanos y los dioses justificaban todo lo que existía por entonces. Así, también, castigaría a los seres que habrían recibido demasiados dones y se enorgullecían y envanecían de ello. Cuentan los mitos que una vez existió un hermoso joven, Narciso, al cual los oráculos le habían profetizado que sólo viviría mientras no viese nunca su propia imagen. Las ninfas que admiraban a Narciso y fueron rechazadas por él, se quejaron a Némesis del desdén despiadado del joven efebo. En castigo la diosa llevaría a Narciso a desear beber agua de una fuente cristalina... Entonces, al ver él su propia imagen reflejada en el agua, quedaría extasiado y ansioso con su nuevo y desconocido deseo... Desde entonces no pudo dejar de hacerlo y admirarse (de ahí proviene el término narcisismo). Sería incapaz Narciso siquiera de mover el dulce y sereno líquido donde él -sin saberse él entonces todavía- aparecía ahora reflejado entre las aguas. De ese modo, paralizado y abstraído, sería transformado para siempre en la maravillosa flor que hoy lleva su nombre.

El origen semántico del término narciso proviene del griego narké, cuyo significado original es narcosis. Simbolizaría ese término, por tanto, la representación ideográfica -abstracta- de todo aquello que nos producirá sueño, alucinación o desvanecimiento. Algo que nos llevará a otro mundo, ahora diferente y distinto al nuestro, y donde lo que entonces seríamos -o viviríamos- no tendría nada que ver con nuestra propia realidad. El filósofo francés Jules de Gautier (1858-1942) crearía otro término para eso, bovarismo, una palabra para designar la insatisfacción crónica de una persona consigo misma, o para describir los efectos causados por el enorme contraste que un ser humano pueda llegar a tener entre sus anhelos y sus aptitudes reales. Originado el concepto por la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary (1857), donde su protagonista acabará desquiciada por una vida conyugal ausente de todo aquello que ella deseaba anhelosa. Aspiraba ella a vivir otra vida diferente, incluso a la que ella misma, por su propia naturaleza, fuese capaz de tener... Será la motivación emocional de lo que viene de afuera del ser, lo que cause la angustia del deseo más frustrado. Provocado además por el difícil equilibrio entre lo que tendremos que recibir del exterior, conocimiento, alimento, relaciones, objetos, y lo que tendremos que aportar de nuestro interior, identidad, autoestima, espiritualidad, sosiego.

Entre ambas historias, entre la leyenda mitológica y la novela de Flaubert, deberíamos encontrar una forma de vivir equidistante, una forma de existencia que no nos narcotice desde afuera, pero que tampoco nos lleve ahora a lo contrario, a un narcisismo autocomplaciente y egoísta. ¿Qué tanto de nosotros mismos tendremos realmente de propio?, y, de esto, ¿qué tanto más nos ayudará o nos envilecerá, nos humanizará o nos ensoberbecerá? El filósofo alemán Schopenhauer dijo una vez: A excepción del hombre, ningún ser de la Naturaleza se maravilla de su propia existencia. Mil ochocientos años antes otro filósofo, Epicteto (55-135), nos dejaría escrito algo que no resuelve mucho nuestro deambular vital pero que, tal vez, nos ayude algo a comprenderlo: No lo que las cosas son realmente sino lo que son para nosotros mismos, según lo que interpretemos de ellas, eso será, finalmente, lo que nos hará felices o infelices.

(Cuadro del pintor del barroco Caravaggio, Narciso, 1599, Galería Arte Antiguo, Roma; Óleo del pintor italiano Pietro Novelli, Caín y Abel, 1640; Cuadro del pintor español José Manuel Gómez, Deseo, Expresionismo Figurativo, 1992; Cuadro representando al compositor italiano Antonio Salieri, 1825, cuya comparación con el genial Mozart le llevó a la infelicidad, del pintor alemán Josef Willibrord Mähler; Fotografía de las actrices Sofía Loren y Jane Mansfield, Los Ángeles, 1957; Óleo del pintor expresionista noruego Edvard Munch, Celos, 1895.)

17 de febrero de 2011

El recuerdo, lo único que es capaz de perderse alguna vez sin echarse del todo de menos.



En el año 1944 el gran escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) publicaría su cuento Funes el memorioso. En ese relato narraba Borges el caso inaudito de un hombre que, después de haber perdido toda su memoria a causa de un accidente, al recobrar el conocimiento consigue sorprendentemente recordarlo todo con una minuciosidad extraordinaria. No puede, por lo tanto, evitar acordarse ahora de todo, es decir, alcanza a no poder olvidar nada..., ni siquiera lo que no desee recordar. Nos cuenta Borges: Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios, pero no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña, miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Y continúa el narrador: Me dijo: más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: mis sueños son como la vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras...

Con el tiempo se pierde la retentiva del recuerdo, es lo que se ha dado en llamar curva del olvido. Según este método gráfico, perdemos en pocas semanas la mitad de lo que hemos aprendido, de lo que hemos ido viviendo. Al parecer, la velocidad con que se nos va yendo el recuerdo depende de lo árido o complejo del motivo, todavía más si éste es absurdo o no tiene ningún sentido para nosotros. Después, la fatiga física causada por el estrés o el insomnio aceleran más aún la tendencia al olvido. Pero, además, es a veces el lastimero fondo emocional del pozo más abrasador, de la más absoluta decepción ahora de la vida, lo que nos lleva a cortar las amarras de la memoria. Y sólo luego una referencia obligada y persistente, necesitada o sincera, es capaz entonces de volver a elevar, desde la sima de lo más oscuro, la agridulce rémora de la imagen vivida.

Porque es en imágenes como recordaremos mejor nuestra memoria amueblada... Los recuerdos son entonces figuraciones más que palabras. Incluso los sonidos acordes de una música inevitable, o de una melodía salvadora, los representaremos mejor asociados a cosas dibujadas en la mente. Así es como luego temblaremos, por ejemplo, ante el suspense de lo que, poco a poco, iremos ignorando... desacostumbrados ya de mirarlo o de pensarlo como antes. Así es como olvidaremos: desprovistos de imágenes y de tiempo... Disconformes, confundidos, arrepentidos, cegados también, por nuestro tiempo. Caminando a veces solos frente al resto del mundo. Pero, ahora, entonces, ¿qué más que digerir ya lo asimilado de antes para poder seguir digiriendo ahora lo vivido...?

(Cuadro de la pintora española Julia Hidalgo Quejo, Memoria, 1999; Cuadro de Marc Chagal, Recuerdo de París, 1976; Óleo de Van Gogh, Recuerdo del jardín de Etten, 1890; Cuadro de Edvard Munch, Por la noche en Karl Johan, 1892; Óleo de Guillermo Pérez Villalta, Las arenas del olvido, 1989; Cuadro del pintor español Eduardo Naranjo, Recuerdo sobre la pared, 1974; Óleo de Dalí, Desintegración de la persistencia de la memoria, 1952.)

15 de febrero de 2011

La última escena en el Arte..., o la fuerza del más auténtico perfil del personaje.



A las afueras del cementerio nacional estadounidense de Arlington, en esa ciudad norteamericana de Virginia, situado entre los antiguos terrenos de la que fuese casa del que había sido histórico general confederado Robert E. Lee (1807-1870), se encuentra hoy un monumento en homenaje a los soldados sureños caídos por entonces, a los que perdieron aquella guerra civil (1861-1865). En la base de esta escultura memorial hay escrita una frase latina, inspirada de un poema de Lucano: La causa de los vencedores place a los dioses, la de los perdedores a Catón. El romano Catón el joven (95 a.C- 46 a.C.) fue un político latino que le tocó vivir en la difícil época de las luchas civiles o de poder que se desataron en Roma en los años de Julio César. Era Catón todo lo contrario a un político convencional. Su firmeza y probidad, tanto como senador, gobernador o pretor, rayarían por entonces en la obstinación más extrema. Siendo contrario a las ambiciones de César, se enfrentaría a él respaldando a los optimates (los aristócratas senatoriales) en la Batalla de Tapso (la antigua Túnez). Catón se encontraba en la cercana población norteafricana de Útica cuando le comunicaron la derrota. Y allí, decidido, obstinado por no vivir en el mundo que César representaba, intentaría acabar con su propia vida para siempre. En un alarde de terquedad, cuando sus sirvientes le atienden al verlo herido en un primer intento suicida, esperará entonces a estar solo y poder ahora culminar su muerte de una forma definitiva. Se quitaría entonces las vendas y, con sus propias manos, se desgarraría y extraería sus propias entrañas.

La finalización de la vida de algunos personajes de la historia ha sido representada por el Arte con mayor o menor acierto. Siempre se trataba de recrear la última escena de aquéllos, un momento donde los especiales rasgos de esa circunstancia recordaran la esencia biográfica más importante del homenajeado. Pero, también algunos creadores obtuvieron otra genialidad especial cuando, además, subrayaron en sus obras el carácter primordial del personaje. En el caso de la obra de Arte del filósofo Séneca (4 a.C.-65 d.C.), una pintura producida por la escuela de Rubens, se trasladará al observador la resignación, la cualidad filosófica que más expresaría este pensador romano a lo largo de su vida. Y es de ese modo grandioso como acepta ahora Séneca, sin complacencia pero decidido, su trágico y voluntario final. Con su obra Cleopatra -famosa faraona egipcia (69 a.C- 30 a.C.)-, el pintor italiano del Barroco Massimo Stanzione (1586-1656) consigue reflejar una parte fundamental de la personalidad de la ambiciosa reina egipcia. Ahora es aquí la desazón, esa actitud tan humana, la que llevará a Cleopatra, con la útil sierpe, a acabar para siempre con su cruel fatalidad. En la genial obra de Stanzione se vislumbra ahora su pudor, su intranquilidad o su desánimo, algo para lo que, finalmente, viene ahora a ayudarle a ella, apropiadamente, el áspid.

El gran escritor espasñol Cervantes (1547-1616) nunca acabaría de estar satisfecho del todo con sus creaciones literarias, nunca terminaría de escribir lo que él quería... Hasta el final de su vida, serenamente por fin, determinó también escribir y escribir... como un resorte vital ineludible. Es, por tanto, otra vez aquí la obsesión, la sosegada, discreta y maravillosa obsesión por crear, en este caso con su pluma, lo que reflejaría el Arte en su recuerdo. Dos días antes de morir, se afanaba Cervantes en escribir dedicatorias o en corregir una de sus últimas obras, Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Al conde de Lemos, uno de sus mentores, le dedicaría una en verso, presintiendo así pronto su final: Puesto ya el pie en el estribo, con ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo...

Por último, una extraordinaria e impactante obra del pintor historicista español Eugenio Álvarez Dumont (1864-1927), Muerte de Churruca. En ella, el eximio marino y brigadier -comandante de navío- español Cosme Damián Churruca (1761-1805) aparecerá herido mortalmente al frente de su buque, el San Juan Nepomuceno, en la famosa Batalla de Trafalgar del año 1805. Aquí, en este lienzo decimonónico y épico, se muestra ahora a Churruca románticamante... con la gallardía más valerosa y responsable de entonces. A sabiendas de las fatídicas decisiones que se tomaron por el mando de la escuadra conjunta franco-española -a la que su barco español pertenecía-, no evitaría el marino español estar nunca, sin embargo, a la altura de ese deber militar incomprensible... Deber en el cual, y para el cual, fue él así educado en su infancia. En una carta dirigida a su hermano, poco antes de salir a la mar, el ilustre marino español, finalmente, le escribiría seguro y decidido: Y si llegas a saber que mi navío ha sido abatido, si llegas a saber que ha sido hecho prisionero, di, entonces, que yo ya he muerto...

(Cuadro de Pedro Pablo Rubens, Muerte de Séneca, 1636, Museo del Prado, Madrid; Óleo de Massimo Stanzione, Cleopatra, 1630, Hermitage; Óleo del pintor francés Guillaume Guillon-Lethière, 1760-1832, Catón de Útica, 1795, Hermitage; Cuadro del pintor español Víctor Manzano y Mejorada, 1831-1865, Últimos momentos de Cervantes, 1858, Prado; Cuadro del pintor español Eugenio Álvarez Dumont, Muerte de Churruca, 1892, Museo del Prado.)

13 de febrero de 2011

La percepción o cuando el creador se arriesga, o cuando lo real no es lo que importa.



En el condado inglés de Surrey se encuentra el famoso hipódromo de Epsom Downs. Utilizado desde el año 1661, este campo de carreras hípico es posiblemente el más antiguo del mundo. Pero, en el año 1778 dos propietarios rivales de caballos pura sangre echarían a suerte cómo iban a denominar esa importante competición de caballos, competición que aún hoy en día se sigue celebrando. El conde de Derby, Edward Smith-Stanley (1752-1834), y Sir Charles Bunbury (1740-1821) acordarían por entonces que la carrera acabaría llevando el nombre de aquel cuyo caballo ganase. Como lo fue el caballo Briget, el pura sangre del conde de Derby, la famosa competición hípica terminaría siendo bautizada desde entonces como el derbi de Epsom. Fue en una tarde gris y tormentosa del año 1821 cuando el pintor romántico Theodore Gèricault (1791-1824) pintaría la escena -que él mismo presenciase entonces- donde cuatro jinetes competían en ese famoso derbi británico. No era la primera vez que se pintaba un caballo en un cuadro, ni siquiera un caballo corriendo -ya lo había hecho en el año 1767 el pintor George Stubbs-, pero sí era la primera vez que se componían en un lienzo varios caballos corriendo ante un decorado natural y despejado. Un paisaje donde, en un único plano artístico, los équidos se alineaban hábilmente ante un horizonte que, como un genial recurso divisorio entre cielo y tierra, separaraba así el verde terrenal dinámico de un firmamento gris y nebuloso.

Sin embargo, no fue hasta muchos años después que se llegase a comprender algo muy importante de las representaciones dinámicas equinas: la falta de realismo en las figuras pintadas de los caballos corriendo...  Algo que el pintor por entonces -principios del siglo XIX- no pudo apenas sospechar vagamente. Nadie sabría, y menos el pintor, cómo se tenían que dibujar las patas de un caballo a pleno galope. No se podía entonces más que utilizar un recurso artístico para esos casos, como hacen con genialidad los creadores cuando se tienen que enfrentar a lo sublime: imaginar lo desconocido. El pintor francés Gèricault afrontaría también lo que, por entonces, parecía que debía ser así, como otros ya lo hicieron antes...  Pero él ahora, además, enmarcaría aquí ese error en una obra magistral de un romanticismo natural y extraordinario. Tuvieron que pasar más de cincuenta años para que un eminente pionero de la fotografía, Eadwgeard Muybridge (1830-1904), consiguiese crear, por fin, su famosa secuencia fotográfica donde mostraba cómo los caballos nunca en su galope tienen todas sus patas tensionadas, cómo no tienen al correr todos sus cuartos en tensión y desplegados hacia afuera.

Pero en el Arte eso -ser fiel a la realidad- no es para nada lo importante. De hecho, los impresionistas posteriores a Gèricault admirarían por ello -componer las cosas como se ven no cómo son- al pintor romántico francés. Los impresionistas no pensaban que lo importante fuera ser fiel a la realidad, inadecuada a veces para expresar el sentimiento artístico requerido; todo lo contrario, ellos defendían que sólo era preciso plasmar el sentido artístico percibido de lo que se pretendiera transmitir, es decir, de lo que la emoción sabría por sí sola descifrar tras cada trazo, color, movimiento, fondo o perspectiva iconográfica. Por esto mismo al Arte le dará igual que las cosas sean realmente de otra forma a como los creadores las presenten en sus obras. Nunca dejarán de ser obras que nos inspiren, aunque no tengan por qué ser exactas, ni fieles, a la naturaleza de lo que percibamos. Porque para el Arte la percepción del mundo es otra cosa diferente, se interpreta con otros criterios, con otra sensación o con otro sentido... absolutamente trascendentes.

(Cuadro de Gèricault, El Derbi de Epsom, 1821, Louvre; Óleo de George Stubbs, Bay Molton montado por John Singleton, 1767; Óleo de Kandinski, El jinete azul, 1903; Cuadro de Washington Allston, El vuelo de Florimell, 1819; Cuadro de Degas, La salida falsa, 1872; Fotomontaje de la secuencia Caballo en Movimiento, hacia 1880, del fotógrafo Eadwgeard Muybridge; Óleo La estampida, 1908, del pintor norteamericano Frederic Remington 1861-1909.)

11 de febrero de 2011

El fulgor nocturno de la imagen, la luna retratada, su luz, su sentido y el Arte.



Desde siempre la luz ha sido sinónimo de verdad, de conocimiento o de clarificación filosófica. La ausencia de ella, la oscuridad, sería por tanto motivo de desesperación, incapacidad, miedo o inconsciencia. Pero, habrá otra luz..., una luz diferente ahora donde la verdad no sea lo que más importe, sino donde el conocimiento que produzca irá incluso más allá, mucho más allá de lo que entendamos generalmente por él. Esta es la luz de luna... Cuando bastará ahora sólo iluminar débilmente un camino, una estancia, una mente o un corazón... ¿Cómo habrán representado los pintores al cambiante satélite lunar? Unos, como Dalí, sin definición ni forma alguna, donde sólo su reflejo ayudará, por ejemplo, al filósofo, al sujeto pensador destinado a presenciarla sosegado y encontrar, así, la lucidez de lo profundo... Otros, como Spilliaert, con una lejana y tenebrosa vaguedad sumida entre las brumas de una noche intempestiva, acompañada aquí además de las artificiales luces insidiosas de la ciudad. Seguirán otros, como Manet, que la contrastan ahora entre la oscuridad y la luz, entre el comienzo ambiguo de su sentido misterioso, cuando los azules celestes palidecerán, antes de morir, sobre un fondo oscurecido de pronto. Entonces su luz no iluminará del todo aún, porque ya no habrá luz, ni grandes sombras, tan sólo ausencia de color. Algunos otros pintores, como Van Gogh, pocos realmente, con la creatividad de los colores inéditos de la noche, donde aparece ahora una luna languideciente, menguante y desfigurada, todo un prodigio aquí de genialidad artística.

Pero habrá otros autores, como Rousseau, que la pintarán poderosa, completa y magnánima. En un mundo además donde, únicamente, iluminará tan solo su luz el alma de los seres que la viven...; el resto no importará, sólo ella y los seres que ilumine ahora con su luz. Y, luego, habrá otros pintores, como Allston, que la muestran creadora de formas y de sombras, como en una maravillosa competencia nocturna del sol. Aquí vuelven ahora de nuevo la vida y sus cosas a ser como antes, como cuando con el sol brillaban... Su gran reflejo lunar visible lo hará aquí todo palpitar de nuevo, pero, ahora, sin embargo, de otro modo a como la luz directa de su estrella dadivosa, el sol, lo hiciera antes. Porque aquí el paisaje se verá ahora de otra manera. Las ideas y las imágenes nocturnas se clarificarán, quizás, aún más en lo concreto, en lo importante o en lo merecedor. Es cuando lo que realmente se ve es lo que ahora se mira, y ya nada distraerá, ni deformará, ni acontecerá sin ella. Después, Turner decidirá, finalmente, que la luna emule ahora aquí a su gran dador de luz -el sol-, que con un fulgor tan exultante lo confundirá todo con su alarde. En este extraordinario lienzo del pintor romántico inglés todo se vislumbrará, todo se sospechará, todo se confundirá... El autor romántico nos muestra aquí la luna como un mero resplandor tamizado de noche, pero, ahora, poderosa, benefactora, impactante y majestuosa. Se verá ella toda, y sus efectos se percibirán, pero seguirá, sin embargo, aún la oscuridad reinando entre sus sombras. Tan sólo el ser humano cambiará el color de la noche con su fuego refulgente, aquí más cálido y vibrante, más aterrador incluso, aun mucho más seguro y poderoso.

(Cuadro de Dalí, Filosofía iluminada por la luz de la Luna y el Sol poniente, 1939; Cuadro de tinta china y pastel Claro de Luna y luces, 1909, del pintor simbolista belga Leon Spilliaert, 1882-1946; Cuadro Luz de Luna sobre el puerto de Boulogne, 1869, del pintor francés Manet; Óleo de Van Gogh, Paseo a la luz de la Luna, 1890; Óleo del pintor naif francés Henri Rousseau, Noche de Carnaval, 1886; Óleo Paisaje de luz de Luna, 1809, del pintor norteamericano Washington Allston, 1779-1843; Óleo del pintor inglés Turner, Gabarras de Noche al claro de Luna, 1835.)

9 de febrero de 2011

La fantasía humana, nuestro recurso más necesitado para imaginar el deseo.



La fantasía fue inicialmente un género en la historia de la literatura. Se podría definir como una narración que mezcla elementos irreales o sobrenaturales con personajes reales que lo viven. Lo viven como si fuera la misma vida real y ellos lo sintieran así verdaderamente...  Que creen ellos que lo viven realmente, aunque estos mismos personajes no sean capaces luego de reproducir lo sentido por ellos mismos, de llevarlo así a la realidad con los demás, con los otros, con los que no lo padecieron ni lo vivieron antes de ese modo. Es, por tanto, muy transgresora la fantasía, no cumplirá las normas de una Naturaleza ordenada y realista. La Literatura fue una excusa maravillosa para dar rienda suelta a esos deseos inalcanzados... El escritor ruso Dostoievski escribiría una vez: Lo fantástico debe estar tan cerca de lo real que uno casi tiene que creerlo... En las celebraciones del carnaval veneciano, por ejemplo -unas vivencias públicas absolutamente privadas-, esas mismas normas rígidas y reales de la Naturaleza o la sociedad son, sin embargo, totalmente vulneradas y consentidas por todos.

Es probablemente en el carnaval donde se vea más el sentido de lo que una fantasía ensoñadora pueda llegar a representar en la vida real. Porque es hacer ahora, desde el anónimo encubierto, lo imposible tan sólo una vez al menos, siendo transformado el deseo en una realidad momentánea y virtual. Es por esto que la fantasía es un proceso psíquico donde el espacio y el tiempo se congelan, se detienen así en el ser que ahora lo siente o percibe. Todo le sucede al ser además en un mismo momento, aquí y ahora. En la fantasía sucede todo de inmediato, generalmente cuando el aburrimiento sobreviene en un estado ahora de especial sensibilidad. Para establecer ahora qué se entiende por fantasía, sea del tipo que sea, hay que acudir al planteamiento psicológico. Según éste, la fantasía es la capacidad de combinar imágenes mentales que, sin embargo, corresponden a percepciones tenidas anteriormente por el individuo. Son experiencias pasadas, vividas de alguna forma pero que en la nueva representación adquieren un contenido que no tenían antes. Porque ahora la imaginación es, en la fantasía, la fuente principal de lo desconocido en realidad, de lo que sólo es sospechado, pero que nos atrae ahora sin explicación y de un modo inevitable.

El deseo aviva la fantasía cuando el aburrimiento o la necesidad nos llevan a satisfacerlo. Pero es importante distinguir dos clases de deseos: el deseo calmado sostenido por la fantasía, y el deseo brusco buscado desde la realidad. Aquél es más placentero, se da éste antes incluso de que se produzca porque se desarrolla más lentamente, y provoca sensaciones más satisfactorias. Sin embargo, el último deseo, el originado desde la realidad brusca, únicamente tiende a sofocarlo como sea, ávido de calmarlo a costa de lo que sea. Para la fantasía no hay límites ni normas, ni presupuestos obligados. La libertad es necesaria desde el momento inicial de la fantasía. Además ésta evocará los recuerdos -a veces muy transformados-, donde ahora el objeto fantaseado se muestra igual de deseado que siempre, sin menoscabar ni disminuir su importancia, a pesar del tiempo pasado o de las experiencias que se hayan vivido con el objeto deseado, o sin él. Los grandes creadores del Arte han tratado de expresar a veces lo más inexpresable: la fantasía que hay detrás de una imagen. Cronológicamente, se ha ido avanzando en la sofisticación fantasiosa de la imagen: el Simbolismo, el Surrealismo o el Neosurrealismo, han conseguido acercarse más que otras tendencias artísticas a la fantasía representada iconográficamente en un lienzo. Y esto es así porque la fantasía reina en el imperio de lo irreal, en el imperio de los sueños. Cosas estas además que sólo se han podido plasmar en un lienzo desde la más absoluta modernidad...; aunque hayan existido artistas -muy pocos-, sin embargo, que lograran hacerlo incluso desde el Renacimiento.

¿Qué posibilidades le quedará a la fantasía en un mundo donde la edición virtual ha llegado a niveles de una gran recreación? ¿Podremos seguir manteniendo la capacidad individual para desarrollar fantasías? Los primeros generadores de fantasías fueron los relatos de la mitología antigua. Después, los romanceros y los novelistas se encargaron de desarrollarla también en sus obras. Cuando oímos o leemos algo que nos seduce nos imaginamos todo lo demás; esta capacidad de la imaginación es esencial para poder fantasear. Ahora, sin embargo, cuando todo nos llega en una realidad virtualmente completa, ¿seguiremos imaginando nuestras fantasías personales? El cerebro es tan maleable y dispensador que no podemos afirmar ni desmentir una respuesta. Posiblemente, el deseo seguirá siendo esa necesaria fuente inasequible para la fantasía. Esa fuente que nos permita así idealizar el anhelo -infantil o adolescente- tan irresistible para la fantasía. Ese mismo anhelo que nuestro inconsciente, además, habría motivado ya en esos pocos momentos personales de alucinación surrealista.

(Cuadro de Dalí, Muchacha del Ampurdán, 1926, San Petersburgo; Óleo del pintor ucraniano actual Michael Garmash, 1969, Fantasías a la hora del té; Cuadro de Dalí, Joven virgen autosodomizada por los cuernos de su propia castidad, 1954; Óleo del pintor alemán actual Michael Triegel, 1968, Ariadna durmiente; Óleo del pintor francés del barroco Guido Reni, El Rapto de Deyanira, 1621, Louvre; Cuadro del pintor simbolista polaco Jacek Malczewski, 1884-1929, Polonia, 1914; Óleo de la pintora actual española Daniela Velázquez, Carnaval de Venecia, 2003.)

Vídeo Nuit Blanche:

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