11 de febrero de 2011

El fulgor nocturno de la imagen, la luna retratada, su luz, su sentido y el Arte.



Desde siempre la luz ha sido sinónimo de verdad, de conocimiento o de clarificación filosófica. La ausencia de ella, la oscuridad, sería por tanto motivo de desesperación, incapacidad, miedo o inconsciencia. Pero, habrá otra luz..., una luz diferente ahora donde la verdad no sea lo que más importe, sino donde el conocimiento que produzca irá incluso más allá, mucho más allá de lo que entendamos generalmente por él. Esta es la luz de luna... Cuando bastará ahora sólo iluminar débilmente un camino, una estancia, una mente o un corazón... ¿Cómo habrán representado los pintores al cambiante satélite lunar? Unos, como Dalí, sin definición ni forma alguna, donde sólo su reflejo ayudará, por ejemplo, al filósofo, al sujeto pensador destinado a presenciarla sosegado y encontrar, así, la lucidez de lo profundo... Otros, como Spilliaert, con una lejana y tenebrosa vaguedad sumida entre las brumas de una noche intempestiva, acompañada aquí además de las artificiales luces insidiosas de la ciudad. Seguirán otros, como Manet, que la contrastan ahora entre la oscuridad y la luz, entre el comienzo ambiguo de su sentido misterioso, cuando los azules celestes palidecerán, antes de morir, sobre un fondo oscurecido de pronto. Entonces su luz no iluminará del todo aún, porque ya no habrá luz, ni grandes sombras, tan sólo ausencia de color. Algunos otros pintores, como Van Gogh, pocos realmente, con la creatividad de los colores inéditos de la noche, donde aparece ahora una luna languideciente, menguante y desfigurada, todo un prodigio aquí de genialidad artística.

Pero habrá otros autores, como Rousseau, que la pintarán poderosa, completa y magnánima. En un mundo además donde, únicamente, iluminará tan solo su luz el alma de los seres que la viven...; el resto no importará, sólo ella y los seres que ilumine ahora con su luz. Y, luego, habrá otros pintores, como Allston, que la muestran creadora de formas y de sombras, como en una maravillosa competencia nocturna del sol. Aquí vuelven ahora de nuevo la vida y sus cosas a ser como antes, como cuando con el sol brillaban... Su gran reflejo lunar visible lo hará aquí todo palpitar de nuevo, pero, ahora, sin embargo, de otro modo a como la luz directa de su estrella dadivosa, el sol, lo hiciera antes. Porque aquí el paisaje se verá ahora de otra manera. Las ideas y las imágenes nocturnas se clarificarán, quizás, aún más en lo concreto, en lo importante o en lo merecedor. Es cuando lo que realmente se ve es lo que ahora se mira, y ya nada distraerá, ni deformará, ni acontecerá sin ella. Después, Turner decidirá, finalmente, que la luna emule ahora aquí a su gran dador de luz -el sol-, que con un fulgor tan exultante lo confundirá todo con su alarde. En este extraordinario lienzo del pintor romántico inglés todo se vislumbrará, todo se sospechará, todo se confundirá... El autor romántico nos muestra aquí la luna como un mero resplandor tamizado de noche, pero, ahora, poderosa, benefactora, impactante y majestuosa. Se verá ella toda, y sus efectos se percibirán, pero seguirá, sin embargo, aún la oscuridad reinando entre sus sombras. Tan sólo el ser humano cambiará el color de la noche con su fuego refulgente, aquí más cálido y vibrante, más aterrador incluso, aun mucho más seguro y poderoso.

(Cuadro de Dalí, Filosofía iluminada por la luz de la Luna y el Sol poniente, 1939; Cuadro de tinta china y pastel Claro de Luna y luces, 1909, del pintor simbolista belga Leon Spilliaert, 1882-1946; Cuadro Luz de Luna sobre el puerto de Boulogne, 1869, del pintor francés Manet; Óleo de Van Gogh, Paseo a la luz de la Luna, 1890; Óleo del pintor naif francés Henri Rousseau, Noche de Carnaval, 1886; Óleo Paisaje de luz de Luna, 1809, del pintor norteamericano Washington Allston, 1779-1843; Óleo del pintor inglés Turner, Gabarras de Noche al claro de Luna, 1835.)

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