18 de febrero de 2011

El inconformismo vital, los deseos equivocados de los seres, o la engañosa envidia de lo ajeno.






La tristeza y el sufrimiento producidos por un desengaño ajeno pueden provocar en el ser una profunda amargura, pero el desengaño del que uno mismo es causa es la peor de las decepciones. La mitología griega crearía una divinidad, Némesis, para tratar de equilibrar los deseos impropios que los seres mortales tuvieran alguna vez en su limitada vida. Su venganza sería atroz, por ejemplo, sobre los mortales envidiosos de los dioses o de sus virtudes sobrenaturales. Era una forma de ordenar el cosmos, donde los humanos y los dioses justificaban todo lo que existía por entonces. Así también castigaría a los seres que habrían recibido demasiados dones y se enorgullecían y envanecían de ello.

Cuentan los mitos que una vez existió un hermoso joven, Narciso, al cual los oráculos le habrían profetizado que sólo viviría mientras no viese nunca su propia imagen. Las ninfas que lo admiraban y fueron rechazadas por él en ocasiones, se quejaron a Némesis del desdén despiadado hacia ellas del joven efebo. En castigo, la diosa llevaría a Narciso a desear beber agua de una fuente cristalina. Entonces, al ver su propia imagen reflejada en el agua, quedaría extasiado y ansioso con su nuevo y desconocido deseo. Desde entonces no pudo dejar de hacerlo (de ahí proviene el término narcisismo). Sería incapaz siquiera de mover el dulce y sereno líquido donde él -sin saberse él- aparecía ahora reflejado entre las aguas. De ese modo, paralizado y abstraído, sería transformado para siempre en la maravillosa flor que hoy lleva su nombre.

El origen semántico del término narciso proviene del griego narké, cuyo significado original es narcosis. Simboliza este término, por tanto, la representación ideográfica -abstracta- de todo aquello que nos produce sueño, alucinación o desvanecimiento. Algo que nos lleva a otro mundo, ahora diferente y distinto al nuestro, donde lo que entonces seríamos -o viviríamos- no tendría nada que ver con nuestra propia realidad. El filósofo francés Jules de Gautier (1858-1942) crearía otro término para esto, bovarismo, una palabra para designar la insatisfacción crónica de una persona consigo misma, para describir los efectos causados por el enorme contraste que un ser humano pueda llegar a tener entre sus anhelos y sus aptitudes reales.

Originado el concepto por la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary (1857), donde ahora su protagonista acaba desquiciada por una vida conyugal ausente de todo aquello que ella deseaba. Aspiraría ella a vivir otra vida diferente, incluso a la que ella misma, por su propia naturaleza, fuese capaz de tener... Será la motivación emocional de lo que viene de afuera del ser lo que cause ahora la angustia del deseo más frustrado. Provocado éste, además, por el difícil equilibrio entre lo que tendremos que recibir del exterior: conocimiento, alimento, relaciones, objetos..., y lo que tendremos que aportar de nuestro interior: identidad, autoestima, espiritualidad, sosiego.

Entre ambas historias, la leyenda mitológica y la novela de Flaubert, deberíamos encontrar una forma de vivir equidistante, una forma de existencia que no nos narcotice desde afuera, pero que, tampoco, nos lleve ahora a lo contrario, a un narcisismo autocomplaciente y egoísta. ¿Qué tanto de nosotros tendremos realmente de propio?, y, de ésto, ¿qué tanto más nos ayuda o nos envilece, nos humaniza o nos ensoberbece? El filósofo alemán Schopenhauer dijo una vez: A excepción del hombre, ningún ser de la Naturaleza se maravilla de su propia existencia. Mil ochocientos años antes otro filósofo, Epicteto (55-135), nos dejaría escrito algo que no resuelve mucho nuestro deambular vital pero que, tal vez, nos ayude algo a comprenderlo: No lo que las cosas son realmente sino lo que son para nosotros mismos, según lo que interpretemos de ellas, eso será, finalmente, lo que nos hará felices o infelices.

(Cuadro del pintor del barroco Caravaggio, Narciso, 1599, Galería Arte Antiguo, Roma; Óleo del pintor italiano Pietro Novelli, Caín y Abel, 1640; Cuadro del pintor español José Manuel Gómez, Deseo, Expresionismo Figurativo, 1992; Cuadro representando al compositor italiano Antonio Salieri, 1825, cuya comparación con el genial Mozart le llevó a la infelicidad, del pintor alemán Josef Willibrord Mähler; Fotografía de las actrices Sofía Loren y Jane Mansfield, Los Ángeles, 1957; Óleo del pintor expresionista noruego Edvard Munch, Celos, 1895.)

2 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

Una entrada esclarecedora, Epicteto me parece el más acertado aunque creo que todos padecemos algo de bovarismo. O mucho.
Exquisito gusto al elegir imágenes.

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias. Nunca llegamos a saber, realmente, si acaba siendo un padecimiento o no.

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