13 de febrero de 2011

La percepción de las cosas, cuando el creador se arriesga o cuando lo real no es lo que importa.






En el condado de Surrey, un condado al sureste de Inglaterra, se encuentra el famoso hipódromo de Epsom Downs. Este campo de carreras hípico es posiblemente el más antiguo del mundo: se utilizaba desde el año 1661. Pero, en 1778 dos propietarios de caballos pura sangre rivales echarían a suerte cómo iban a denominar en adelante esa importante competición de caballos, competición que aún hoy se sigue celebrando. El conde de Derby, Edward Smith-Stanley (1752-1834), y Sir Charles Bunbury (1740-1821) acordarían por entonces que la carrera acabaría llevando el nombre de aquel cuyo caballo ganase. Como lo fue el caballo Briget, el pura sangre del conde de Derby, la famosa competición hípica terminaría siendo bautizada desde entonces como el derbi de Epsom.

Fue en una tarde gris y tormentosa del año 1821 cuando el pintor romántico francés Theodore Gèricault (1791-1824) pintaría la escena -que él mismo presenciase-, donde por entonces cuatro jinetes compiten ahora en ese famoso derbi británico. No era la primera vez que se pintaba un caballo en un cuadro, ni siquiera un caballo corriendo -ya lo había hecho en el año 1767 el pintor George Stubbs-, pero sí era la primera vez que se dispuso en un lienzo varios caballos corriendo ante un decorado natural y despejado. Un paisaje donde ahora, en un único plano, los équidos se alinean hábilmente en el horizonte delimitado, formando aquí con éste un genial recurso divisorio entre el cielo y la tierra, separando aquí el verde terrenal dinámico de un firmamento gris y nebuloso, y destancando así la carrera sobre todo otro motivo fundamental de la obra.

Sin embargo, no fue hasta muchos años después cuando se llegase a comprender algo importante de las representaciones equinas: la falta de realismo en las figuras pintadas de los caballos corriendo. Algo que el pintor por entonces -principios del siglo XIX- no pudo más que sospechar vagamente. Nadie sabría, y menos el pintor que lo crease, cómo se tendrían que dibujar las patas de un caballo a pleno galope. Y no se pudo antes más que utilizar un recurso artístico para esos casos, como hacen con su genialidad los creadores cuando se tienen que enfrentar a lo sublime: imaginar lo desconocido... El pintor francés Gèricault afrontaría también lo que, por entonces, parecía que debería ser así, como otros ya lo hicieron antes. Pero él ahora, además, enmarca aquí ese error en una obra magistral de romanticismo natural. Tuvieron que pasar más de cincuenta años para que un eminente pionero de la fotografía, Eadwgeard Muybridge (1830-1904), consiguiese crear por fin su famosa secuencia fotográfica donde mostraba cómo los caballos nunca en su galope tienen todas sus patas tensionadas, cómo no tienen al correr todos sus cuartos en tensión y desplegados hacia afuera.

Pero, en el Arte esto -ser fiel a la realidad- no es para nada lo importante nunca. De hecho, los impresionistas posteriores admirarían por ello -pintar las cosas como se ven no cómo son- al romántico Gèricault. Aquellos impresionistas no pensaban que lo importante fuera ser fiel a la realidad, inadecuada a veces para expresar el sentimiento artístico. Todo lo contrario, sólo era preciso plasmar el sentido artístico real de lo que se pretendiera transmitir, es decir, de lo que la emoción ya sabría, por sí sola, descifrar tras cada trazo, cada color, cada movimiento, cada fondo o cada perspectiva iconográfica. Por eso mismo al Arte le da igual que las cosas sean realmente de otra forma a como los creadores las presenten en sus obras... Nunca dejarán de ser obras que nos inspiren, aunque no tengan por qué ser exactas ni fieles a la naturaleza de lo que percibimos. Porque para el Arte la percepción del mundo será otra cosa diferente, se interpretará con otros criterios, con otra sensación o con otro sentido trascendente.

(Cuadro de Gèricault, El Derbi de Epsom, 1821, Louvre; Óleo de George Stubbs, Bay Molton montado por John Singleton, 1767; Óleo de Kandinski, El jinete azul, 1903; Cuadro de Washington Allston, El vuelo de Florimell, 1819; Cuadro de Degas, La salida falsa, 1872; Fotomontaje de la secuencia Caballo en Movimiento, hacia 1880, del fotógrafo Eadwgeard Muybridge; Óleo La estampida, 1908, del pintor norteamericano Frederic Remington 1861-1909.)

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