15 de marzo de 2011

La lírica como un manifiesto individual, subjetivo, poderoso y permanente.




El cambio social y económico producido en Grecia durante el siglo VII a.C. motivaría que una clase comercial, artesanal, urbana y autocomplaciente ascendiera entonces socialmente, adquiriendo así, de ese modo, un cierto poder y prevalencia sobre los demás. Eso provocaría un individualismo, una actitud personal que llevaría a que esos miembros, socialmente ahora favorecidos, se plantearan un interés especial e íntimo por lo que les rodeara satisfecho, por el conocimiento y la belleza. Porque con sus vidas desahogadas habrían disfrutado de una naturaleza más amable, mucho más que la que -injustamente- otros hubieran o pudieran haber disfrutado..., como los marginados, los campesinos, los esclavos o los parias. Así, curiosamente, llegaría a prosperar la filosofía y la lírica en el mundo antiguo griego.

En la costa de Jonia, tanto en sus islas costeras -Lesbos- como en su litoral -Asia Menor, en Teos por ejemplo-, surgieron por entonces unos poetas líricos griegos que fueron famosos por sus cantos personales, unas composiciones realizadas a los dioses, a la vida placentera o al amor. De aquí procedieron los poetas contemporáneos Safo y Alceo, y, algo después, el famoso Anacreonte. Pasaron, junto con otros, a ser llamados los poetas mélicos -de melos, canción-, aunque también al utilizar la lira para acompañar su música acabarían denominándose Lyrikos -Líricos-. Sus creaciones mélicas fueron denominadas monódicas ya que, a diferencia de las corales, se ejecutaban por una sola persona y glosarían el amor, el placer o el vino. Esos tres poetas jonios, Safo, Alceo y Anacreonte, llegarían a ser sus más importantes y conocidos representantes líricos de entonces.

Fue Anacreonte, nacido a la muerte de Safo, quien propagaría el rumor de que esta poetisa de Lesbos había llegado a mantener relaciones amorosas íntimas con otras mujeres líricas de su escuela, y es por lo que, finalmente, los términos sáfico y lésbico se dieron a conocer con ese sentido erótico. Sin embargo, se relacionaría ella también con Alceo, el otro poeta de Lesbos, aunque nunca se supo realmente cuál tipo de relación ellos mantuvieron. Éste menciona a Safo en sus versos, y llegaría a intercambiar incluso algunas canciones y odas con ella. Una muestra de las creaciones de estos tres líricos griegos de entonces son estas pequeñas composiciones poéticas:

Ya se ocultó la Luna
y las Pléyades. Promedia
la noche. Pasa la hora.
Y aún yo duermo sola.
(Safo)

No acierto saber de dónde sopla el viento;
rueda la ola gigante unas veces de este lado
y otras de aquél; nosotros por el medio
somos llevados en la negra nave.
(Alceo)

De nuevo amo y no amo,
deliro y no deliro.
(Anacreonte)

En el año 1912 terminaría el pintor español Francisco Pradilla y Ortiz (1848-1921) su obra Mal de amores, una obra encargada por un industrial vasco aficionado al Arte y gran coleccionista. En ella se describe una escena renacentista castellana de finales del siglo XV. La pintura muestra la imagen sosegada de una representación poética medieval llevada a cabo por un cancionero trashumante. El escenario pictórico está dividido aquí en dos mitades distinguibles. Por un lado una parte material, la construida por el hombre no por la naturaleza, una galería románica oscura, fría, pesimista y mayestática; por otro lado un paisaje ahora natural, libre, feraz, colorido y venturoso. La narración pictórica cuenta la historia de una mujer herida de amor, una joven atendida ahora por su dueña -su servidora- en los jardines de su lujosa estancia familiar. También ella está aquí ahora protegida por la figura tutelar, distante y adusta, de un padre vanidoso... aunque algo desconfiado y curioso. Justo frente a la joven propicia, frente a la dulce y desengañada de amor se sitúa ahora el trovador, el poeta o el cancionero. Ataviado con un laúd barroco -conocido como chitarrone romano o laúd de largo tamaño- se dispone ahora él, decidido, alejado, seguro y satisfecho, con su lírica sonora y tan romántica, a calmar la angustia irreverente, desdeñosa, vaga y solitaria, del profundo y tan lacerante desamor...

(Cuadro del pintor español Francisco Pradilla, Mal de amores, 1912, Particular, donde se aprecia en el lienzo además, al fondo, una ría de Galicia, España; Óleo de Francisco Pradilla, Lectura de Anacreonte, 1904, Museo de Buenos Aires; Cuadro del pintor británico Alma-Tadema, Safo y Alceo, 1881.)

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