20 de marzo de 2011

La recompensa más brillante de los dioses a la más grandiosa generosidad.





Cuenta la mitología griega que Quirón fue un centauro -mitad hombre, mitad caballo- que, a diferencia de sus hermanos, poseía una sabiduría que le permitía curar, aconsejar, enseñar y consolar a los demás. Para ser el monstruo que su madre rechazase había conseguido, sin embargo, una excelencia impropia de sus orígenes más brutales e incultos. Quirón llegaría a ser médico, músico, filósofo y acabaría hasta dominando el arte de la guerra y de la caza. De ese modo crecería su fama y terminaría siendo maestro y preceptor de muchos grandes héroes de la Mitología. El gran héroe Aquiles fue uno de ellos; pero también Orfeo, Jasón, Ulises y Teseo disfrutaron de sus sabias enseñanzas en arte, caza, moral, música o medicina.

El centauro Quirón, como hijo del todopoderoso dios Cronos, era un ser inmortal. Así que sus enseñanzas a los demás debían ser una inevitable y bella forma de justificar toda esa sabiduría acumulada, ese conocimiento que, sin parar, crecería y crecería con los años. Debía él, por tanto, necesitar transmitir con ella la insoportable conciencia de la vida permanente. Pero una vez, cuando uno de sus famosos alumnos, el poderoso Heracles, sin querer -accidentalmente- le hiriese a él con la punta de una flecha envenenada, comprendió Quirón el verdadero valor del sufrimiento. Ese veneno era la propia sangre emponzoñada de la Hidra y, por ello, sin antídoto y fatal. La Hidra era una terrible serpiente vil y asesina de muchas cabezas a la que el propio Heracles -Hércules en Roma- mataría en uno de sus encomendados y difíciles trabajos para liberarse.

La herida de Quirón fue nefasta y letal, pero como no podía morirse -era inmortal- padecería el más duro e infinito de los tormentos para un ser. Ni siquiera su sabiduría le pudo ayudar. Ni pudo curarse ni pudo calmarse, ni pudo esperar nada de la vida ni del mundo. Su dolor era permanente, imposible de padecer a un mortal ya que éste, al menos, al morir habría sucumbido con él su dolor, habría acabado ya con éste al acabar así su vida para siempre. No pudo más el centauro Quirón entonces que sublimar su propia sabiduría. Comprendió él que la única forma ahora de poder superar todo ese sufrimiento era dejar de ser inmortal...

La poderosa venganza del gran dios Zeus cuando Prometeo robó y entregó luego el fuego a los hombres fue despiadada y brutal. A parte de castigar a la humanidad con los males de Pandora, ordenaría al dios Hefesto -Vulcano en Roma- que encadenara a Prometeo en uno de los más altos riscos de la cordillera del Cáucaso. Allí enviaría el dios Zeus todos los días a un águila, a una fiera alimaña voladora para que le devorase, poco a poco, las entrañas al titán. El destino de Prometeo estaba designado y su muerte era tan sólo cuestión de tiempo. Entonces Zeus echaría una maldición al titán amigo de los hombres: Su tortura duraría sólo hasta que alguien consintiera sufrir en su lugar, padecer como él, pero, ahora, de una forma libre y voluntaria.

Heracles avisaría a Quirón de la decisión de Zeus. El sabio centauro lo vió claro entonces, se cambiaría decidido por Prometeo, cediéndole ahora a éste su propia y sensible inmortalidad... De ese modo Quirón pudo escapar ya de su eterno sufrimiento. Dio un último suspiro, y, al fin, descansó. A cambio, los dioses premiaron al centauro desdichado situándolo ahora entre los cielos del universo, en una de las constelaciones más brillantes que hoy lleva su nombre. También así, gracias ahora a su decidida generosidad, conseguiría el centauro Quirón permanecer ya, para siempre, de nuevo inmortal, brillante y poderoso...

(Fotografía de las estrellas Omega Centauri, de la constelación Centauro, Observatorio Sur Europeo, 2008; Óleo del pintor irlandés James Barry, 1741-1806, La educación de Aquiles por Quirón, 1772; Cuadro del pintor barroco holandés, Dirck van Baburen, 1595-1624, Vulcano encadenando a Prometeo, 1623; Grabado con la imagen del Centauro Quirón, cambiando aquí su inmortalidad con Prometeo; Óleo del pintor alemán Christian Griepenkerl, 1839-1912, Prometeo, siglo XIX.)

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