9 de marzo de 2011

Nada se sabe realmente hasta el final de la vida, o las sorpresas de una existencia contingente.



La antigua Flandes fue una región muy excelsa en la proliferación de exquisitos creadores de Arte. Durante los siglos XVI y XVII desarrollaría una escuela que ha dado al Arte un especial, y no superado, estilo de figuras, formas, colores, gestos o miradas con sus obras pictóricas flamencas. En donde ahora la belleza, la personalidad de los retratados, los diferentes planos y su especial perspectiva habrían sido un marco genial para la propia narración de lo que contaban. Pero cuando los artistas flamencos llegaron a asimilar los influjos mediterráneos de los maestros italianos consiguieron además un efecto mucho más atrayente y colorido en sus obras. Por todo ello, con un contraste ahora de blancos, de ocres o de negros, resaltarían aún más genialmente todas sus creaciones flamencas. Las dotarían así de una aura muy cercana al observador, haciendo que este último participase de la obra con ese magistral y sugerente prodigio.

Fue el caso del pintor flamenco Gerard van Honthorst (1590-1656), un artista que, aunque nacido y educado en Holanda, con poco más de veinte años viajaría a Italia donde admiraría -y utilizaría después- las formas, los matices y colores que usara, por ejemplo, el gran Caravaggio. En 1624 crea su obra Solón y Creso, un cuadro que narra la entrevista que mantuvieron estos dos personajes históricos de la antigüedad griega. Solón fue un sabio legislador heleno de gran fama tanto dentro como fuera de Grecia. Para ampliar aún más su cultura y conocimiento del mundo, viajaría Solón durante muchos años por algunos de los reinos más cercanos a Grecia. Cuenta una leyenda que en el año 547 a.C., en una de sus visitas al reino de Lidia (actual Turquía occidental), tuvo ocasión de ver y entrevistarse con el poderoso, rico y muy afortunado rey Creso, el último monarca que tuvo ese antiguo reino del Asia menor.

Este rey había sido muy hábil al conseguir dominar las prósperas y ricas ciudades griegas del litoral jonio, situadas en la parte más occidental de Lidia. También ampliaría sus fronteras hacia el este, hasta el río Halis, con lo que obtuvo así el control del paso entre el medio Oriente y el occidente griego. De ese modo las mercancías que pasaban por su reino le ofrecían unos tributos muy considerables, algo que hizo a Creso muy rico. Fue además muy devoto de las costumbres griegas, por ejemplo al famoso oráculo del santuario de Apolo en Delfos, el cual consultaría a menudo. Le habrían sido -según él- siempre muy favorables sus profecías... La realidad era que su satisfacción y su felicidad fueron proverbiales, muy conocidas y envidiadas por todos. Así que Creso se encontraría ahora exultante y dichoso cuando Solón, el griego más sabio de entonces, le visitara aquella vez en su Palacio.

Creso, en un momento de curiosidad vanagloriada, le preguntaría a Solón entonces: ¿cuál era el hombre más feliz del mundo? Éste le contestó nombrándole a algunos grandes hombres, muertos todos, y que habrían obtenido su dicha -según sabría Solón- por sus muy ejemplares y maravillosas vidas. El rey, al no entender por qué no lo había mencionado a él, se lo inquirió deseoso y algo molesto. El sabio griego, en un gesto dudoso pero tranquilo, le respondió: Nadie puede ser considerado feliz o desgraciado del todo antes de que finalice su vida por completo. Creso quedó decepcionado con esa respuesta, comprendiendo así, en su lógica peregrina, que si no podía sentirse feliz antes de su muerte, difícilmente se podría sentir después. Dejó marchar a Solón, indiferente a su sentencia y convencido totalmente por sí mismo de su gozosa, absoluta y definitiva felicidad.

Poco tiempo después el gran emperador persa Ciro II (559-530 a.C.) amenazaría las fronteras de Lidia. Creso entonces consultó al oráculo de Delfos: ¿qué debía hacer ahora? Le contestó la profecía: Si cruzas el río Halis, destruirás un gran reino... Así que el rey Creso decidió atacar a Persia, obteniendo con ello una gran victoria en su batalla. Al regresar a Lidia pensó que bien habría conseguido ya todo lo que quería, y, tranquilo, se dedicó a sus tesoros y a recompensar a sus soldados dejándoles ir a retirarse a sus hogares. Sin embargo, el emperador persa no se conformó con el resultado de esa batalla y se avalanzaría decidido, en invierno incluso -algo inesperado-, sobre Lidia con un gran y poderoso ejército. Asediaría la capital de Lidia y su Palacio, derrotando a Creso y haciéndolo incluso prisionero. El rey lidio, fatídicamente, intuiría ya que el monarca persa acabaría ajusticiándolo. El día de su ejecución Creso sólo pudo entonces recordar las palabras de aquel gran sabio Solón, aquellas por las que éste le decía que: sólo hasta el final de una vida no se puede saber, verdaderamente, si ésta fue del todo ya feliz o desgraciada... Y, entonces, se dijo Creso convencido, ¡Ay, Solón, Solón, qué ciertas fueron tus palabras...!

En el cuadro barroco del pintor flamenco Honthorst la figura del sabio Solón responde aquí a Creso con esas palabras providenciales de su sabio aforismo... A la vez, le indica al rey lidio, señalando ahora aquí con su dedo índice derecho al propio observador de la obra, que nadie -incluso nosotros mismos, los que ahora estamos viendo el lienzo-, puede considerarse nada todavía del todo hasta que, del todo, nuestra existencia haya concluido definitivamente. Todo un extraordinario alarde, además, de cercanía y conmiseración -artística y filosófica- hacia los propios espectadores de la obra.

(Cuadro del pintor flamenco Gerard van Honthorst, Solón y Creso, 1624, Hamburgo, Alemania.)

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