21 de marzo de 2011

Sólo para el primero la gloria, engañosa, del laurel, o cuando el premio necesitado nos acucia...




Según cuentan las historias el gran poeta latino Virgilio (70 a.C.-19 d.C.) en su lecho de muerte, justo antes de expirar, le rogó al emperador Octavio Augusto que destruyese su obra épica La Eneida. En ella había relatado la gesta mitológica de la creación de Roma -basada en la tradición homérica de Troya- siguiendo incluso los propios deseos del emperador entonces. El poema cuenta cómo el héroe troyano Eneas supera sus viajes hasta llegar a Roma y termina por conquistar las tierras y pueblos que acabarán conformando inicialmente el  imperio romano. En uno de sus libros describe Virgilio el momento en el que el héroe, ya en tierras italianas, decide ahora celebrar unas gestas donde compitan y luchen todos sus hombres.

El poema virgiliano, resumido y adaptado, dice en una ocasión: Así que ánimo y celebremos todos alegre ceremonia: invoquemos a los vientos... Dispondré en primer lugar un combate de las naves más veloces, y, además, el que valga en la carrera a pie, o el que osado de fuerzas llegue más lejos con la jabalina, o con las rápidas flechas, o el que se anime a presentar batalla en la dura lucha con los puños; acudan todos y aguarden el premio de la merecida palma.

En la ensenada desde donde ahora Eneas los observa se dispondrían cuatro naves a partir para la épica competición. Al final, cuando las naves van llegando después de una lucha enconada el poeta continúa escribiendo: Unos temen perder una gloria propia y un premio ya ganado, cambiarán su vida por la victoria; a otros el éxito les alienta: pueden porque creen que pueden... Cloanto, uno de ellos, es ahora el vencedor. Sigue el gran poema de Virgilio diciendo: Entonces Eneas a todos convoca y, con la gran voz del heraldo vencedor, proclamará ganador a Cloanto, que con el verde laurel recubrirá sus sienes.

Todo va al ganador. Desde la más ancestral historia de los seres humanos la emoción de la victoria se ha asociado siempre a la supervivencia y a la lucha. Pero es más que esto, es una sensación de plenitud y de justificación que nos elevará, incluso, por encima de nuestras propias miserias... Se inicia en la infancia más precoz cuando lloramos con fuerza y resonancia para atraer la vida que queremos. Luego continúa cuando deseamos ganar la pareja sexual, algo que, siguiendo nuestra llamada genética, necesitamos entonces como lo único que -así pensamos- existe ahora en el mundo. También después, cuando arrebatamos a los demás lo que creemos que es nuestro, que es justo que es nuestro. Y, más adelante, cuando desesperados a veces urgimos a la vida a que nos rodee de triunfos, aclamaciones, orlas, aplausos o guirnaldas... Y esto es así porque ya no podremos vivir sin dejar de sentir que aún no hemos dejado de ser aquel niño indefenso, desamparado, precario y expuesto a las fuerzas telúricas del mundo y de los otros.

Sólo el estímulo del Arte y la recreación cultural que obliga nos salva. A veces, sólo a veces, nos salva de la urgencia de ser el primero, de la ineludible querencia de ser el primero, el único, el que solamente saboreará así las mieles de los laureles colocados ahora, efímeramente, en nuestra cabeza. Unas veces en público pero, también, muchas otras, sólo frente a nosotros mismos, porque somos al único que no podremos engañar nunca. La burla o la impostura del premio mal ganado sólo servirá al que busca la efímera recompensa material... Habrá otra que no requiera de orlas ni laureles, que no busque testigos, ni siquiera papeles, sólo la certeza de haberlo logrado, de, por fin, haber conseguido llegar a lo que nos urge alcanzar, irracionalmente casi, para demostrarnos a nosotros mismos que somos, que seguiremos siendo, algo más que lo que somos.

(Óleo del pintor barroco holandés Ferdinand Bol, 1616-1680, Eneas en la corte de Latino, entrega a Cloanto la corona ganadora de la carrera de naves, 1661, Amsterdam; Cuadro del pintor británico Frank Bernard Dicksee, 1853-1928, Victoria, un caballero es coronado con una corona de laureles, siglo XIX; Grabado de un relieve griego de los antiguos corredores helenos; Óleo del pintor impresionista francés Claude Monet, Las Barcas, regatas en Argenteuil, 1874, Museo de Orsay, París.)

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