15 de abril de 2011

La gesticulación más seductora que existe, su mística, su frivolidad y su Arte.




La holandesa Margaretha Geertruida Zelle nacería en la provincia neerlandesa de Frisia en el año 1876 y moriría, fusilada, en París el 15 de octubre del año 1917. Cuando cansada de una vida matrimonial malograda y deslucida decidiera seducir con su danza oriental a toda Europa, comenzaría a utilizar entonces el famoso nombre de Mata Hari... Nombre que, según ella misma contaba, le fue dado al nacer poco antes de que el mortecino vientre de su madre terminara con ésta. Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años el día de mi nacimiento. Por ello los sacerdotes me pusieron Mata Hari, que quiere decir Pupila de la Aurora. Su madre fue una hermosa mujer oriunda de la isla de Java, entonces una colonia holandesa. Su padre, el comerciante holandés Adam Zelle, mal cuidó su orfandad materna hasta que Margaretha cumplió los dieciocho años. Entonces un anuncio en un diario de La Haya fue su salvación: Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales.

Cuando los portugueses llegaron a la India en el siglo XV descubrieron con grata sorpresa unas jóvenes doncellas nativas que bailaban, desde muy niñas, consagradas a las diosas Durgá y Kálí, las diosas Párvati de su religión hinduista. Los portugueses las llegaron a llamar entonces bailadeiras, que derivó luego en bayaderas. Es por eso que bayadera hace referencia a mujeres que dedican su vida a la danza como una manifestación religiosa y que se denominan en la India como Devadasis... Dentro de los escritos sagrados hindúes -Los Vedas- los más populares y dedicados al gran público, Los Puranas, mencionaban ya el sistema sagrado de las Devadasis. Hasta el siglo XI estas mujeres gozaban de gran prestigio social, perteneciendo a las castas superiores. Únicamente se dedicaban a danzar para sus diosas y consagraban su culto. Con las invasiones que asolaron la India a partir del siglo XII los templos se empobrecieron y las Devadasis acabaron convirtiéndose ahora -además de seguir con sus funciones sagradas- más en vulgares cortesanas..., por lo que también terminaron por prostituirse.

Esas Devadasis pasarían entonces a pertenecer a las castas inferiores. Las familias empobrecidas ofrecerían ahora a las diosas a sus hijas menores, y las presentaban en los templos a todos aquellos que más pagaran por ellas. Estos hombres se convertían en sus protectores y vivían con ellas o las dejaban vivir cerca de los templos, donde ellas cuidarían de sus hijos habidos con el protector o con otros de los muchos encuentros cortesanos. Las prácticas terminarían desviándose hacia abusos muy calamitosos por parte de los desaprensivos que, ahora, las utilizarían a ellas desde la pubertad para su total y voluptuoso deseo. De ese modo, cuando los ingleses gobernaban la India, se llegó a prohibir esa maliciosa práctica de los templos y de sus devadasis en el año 1934, aunque no consiguió erradicarse del todo la costumbre. Hoy en día en algunos lugares de la India se siguen ofreciendo niñas al templo de la diosa Yellamma. Y esto es así porque las familias pobres siguen pensando que con ello -además de obtener el beneficio económico de los encubiertos proxenetas- consagran de esa forma su hija a la diosa, una tradición que creen les otorgará -como antaño- un cierto reconocimiento social.

En el centro de la India, en Khajuraho, se llegaron a construir en el siglo XI unos templos dedicados a homenajear el matrimonio sagrado entre los dioses Shiva y Párvati. Son casi veintidós los templos desperdigados que todavía quedan allí, edificaciones donde sus relieves eróticos explícitos -mostrando algunas Devadasis desnudas- son una belleza del Arte hinduista de aquellos años, un siglo antes de que las invasiones mongolas acabaran desmantelando una gran parte de aquellos sagrados templos. Años después el imperio mogol -éste musulmán- terminaría por destruir también muchas de las obras artísticas hinduistas. Afortunadamente quedaron estos templos que, desde 1986, son protegidos por la Unesco como un maravilloso Patrimonio de la Humanidad.

Desde el Neolítico -del 7000 a.C hasta el 4000 a.C. aproximadamente- el ser humano a representado la danza en imágenes, bailes entre hombres y mujeres como una manifestación social necesaria, vinculadora, fértil, agradecida o placentera. En una de las pinturas parietales -cavernícolas- de ese periodo histórico se observan cómo las extremidades de las figuras humanas surcan el aire al ritmo de algo que produciría sonidos para acompañarlos. Luego la cultura grecorromana nos dejaría en el Arte clásico latino los famosos frescos de Pompeya -en el siglo I- para conmemorar al dios Baco, un dios grecorromano que enaltecía los movimientos como un éxtasis para alcanzar el nivel supremo con la divinidad y sus misterios. Hasta el Renacimiento no volveríamos a ver ninguna iconografía que mostrara a los humanos moviéndose así, aunque ahora de una manera más irracional, alocadamente casi, sin sentido, sin los gestos aún elegantes ni armoniosos.

Tuvo que llegar el Neoclasicismo para que los ademanes del baile representados en un lienzo comenzaran a poseer la belleza de sus propios movimientos, los pasos de baile que habían evolucionado. Seguidamente el Romanticismo apasionaría aún más los compases y añadió una cierta manifestación dinámica que los llevaría a ser más sentimentales, más entusiastas. Por fin se consiguió luego, algo más tarde, unir a las parejas para que, a solas -sólo dos y juntos-, pudieran socialmente comunicarse, todo un extraordinario avance cultural. A final del siglo XIX y comienzos del XX se fraguó una revolución en el baile, donde ahora los salones, sobre todo los de París, fueron el escenario que las personas utilizaron para desatar sus deseos de bailar desenfrenadamente. Más tarde se refinaría aún más, se erotizaría el baile hasta regresar a aquellas promiscuas danzas de las Devadasis. Y así continuaría la danza en el Arte hasta que la Abstracción de los años contemporáneos mostrara en sus lienzos los mismos trazos de aquellos humanos neolíticos, esos primigenios seres que al abrigo de sus grutas imaginaran ya, vívida y deseosamente, los movimientos más sutiles, rítmicos o sensuales de sus cuerpos.

(Imagen de una fotografía con una pareja danzando en equilibrio; Óleo del pintor español Eduardo Chicharro (1873-1949), Bayaderas indias; Fotografía actual de un templo de Khajuraho, India; Fotografía de uno de los relieves eróticos de estos templos de Khajuraho, India; Imagen de una representación -Danza fálica- de pintura Parietal neolítica de las Grutas del Abrigo de los Grajos, en Cieza, Murcia, España; Fresco pompeyano, Danza a Baco, siglo I; Cuadro del pintor holandés Pieter Brueghel el joven, Danza de bodas, 1616; Óleo de Goya, Baile a orillas del Manzanares, 1777; Cuadro del pintor español Joaquín Sorolla, El Baile, 1916; Óleo del pintor impresionista francés Toulouse-Lautrec, Baile en el Moulin-Rouge, 1890; Cuadro del pintor actual argentino Sigfredo Pastor, Patio de Tango; Óleo del pintor francés Renoir, Baile en la ciudad, 1883; Postal francesa de 1906 con una ilustración de la famosa bailarina y espía Mata Hari, París; Cuadro abstracto del pintor actual español Julio Gómez Biedma, Baile de mutantes.)

Vídeos de Danzas Hindúes y Orientales, y del Templo de Khajuraho:

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