2 de abril de 2011

La idealización, la rectitud, la virtuosidad..., y, después, llegaría el Barroco.




Una de las curiosidades de la historia del Arte fue el hecho de que un motivo religioso llevara a originar uno de los movimientos artísticos más rudos, sensuales, toscos o desaliñados que hayan existido. Así fue como la Iglesia Católica a finales del siglo XVI fomentaría o auspiciaría un estilo artístico más cercano al pueblo y más lejano, por tanto, de las exquisiteces refinadas del sugerente y altivo Renacimiento. Había que llegar ahora no al noble o al cultivado, no, había que conseguir que todo el mundo pudiese confiar y adoctrinarse mejor con un mensaje teológico diferente, un mensaje con el que el Arte contribuyó de una forma como nunca antes se había llegado a conseguir. De este modo los pintores contratados por la Iglesia Católica tuvieron que humanizar, vulgarizar, emocionar o identificar el nuevo espíritu que la Contrarreforma inspirara para tratar de frenar el impulso herético luterano, éste mucho más clásico, formal, o inexistente en el Arte. Pero fue una tendencia incomprendida y denostada, que ni siquiera se consideraría como tendencia sino hasta mucho después de comenzar a serlo. El nombre, Barroco, le fue dado más tarde y no por sus autores sino por los críticos, que vieron en la deformidad de una perla de ostra -llamada barrôco por los portugueses- el mejor símbolo para denominar ese período artístico, una época que se extendería desde el año 1600 hasta el año 1750.

Esa actitud despectiva hacia el Barroco duraría hasta finales del siglo XIX, cuando algunos historiadores del Arte mostraran entonces su verdadera grandeza. Así, el Barroco fue tildado como el exceso, la irregularidad, la impureza, lo recargado o lo abrupto. La Arquitectura barroca marcaría visualmente más, quizá, todo ese extraordinario período. Y en ella la Iglesia Católica derrocharía medios para distinguirse del clasicismo más aséptico, ese estilo que defendiera desde antes la Reforma protestante. La Pintura, como un objeto de lujo por aquellos años, tuvo que ser financiada entonces por la Iglesia para decorar esas mismas nuevas edificaciones religiosas, estableciendo un claro perfil sagrado a las obras conocidas por el vulgo. Sin embargo, en los encargos de la nobleza a los pintores barrocos se mostraría todo el furor sensual tan colorido y tan exultante de lo más profano. Porque ahora no eran ya caballeros o damas virtuosos -como en el Renacimiento-, héroes perfectos, castos o idealizados, los representados, no; ahora se plasmarían en las obras de Arte barroco la atrocidad más humanizada, la sordidez de lo bello. Por ejemplo, en la leyenda mitológica del rey de Tesalia, Ixión, no se vendría ahora a ensalzar la gloria del buen héroe, no, para nada, sino la del personaje equivocado, la del ser malogrado en sus defectos, en sus delirios o en su alienación. De ese modo, el pintor del Barroco José de Ribera realizaría en el año 1632 su obra Ixión. Aparece ahora aquí el personaje barroco como un hombre corriente, desdibujado, oscurecido incluso, tendido boca abajo sufriendo el tormento que los dioses le han otorgado.

En esta muestra de imágenes artísticas contrapuestas, donde se comparan obras barrocas con sus similares del Renacimiento, se observan las diferencias de ambas tendencias del Arte. La pulcritud, la serena y rigurosa posición del Renacimiento, contrasta aquí con la pulsión, por ejemplo, de la pareja que Rubens retratara en 1618 en su obra barroca La unión de la Tierra y el Agua. Ellos dos están ahora aquí mirándose sin pudor alguno, relacionándose aquí los dos de otra forma distinta a la de antes -la clásica-, ahora más irreverente, más sensualmente perversa incluso. En las obras barrocas de Venus y Cupido -de los pintores barrocos Sustris y Luca Giordano-, vemos a una Venus del Barroco -la del pintor Luca Giordano- arrebatada ahora en su sueño, mucho más deseable, y espiada esta vez no por un pulcro caballero sino por un impulsivo sátiro. Las figuras retratadas en el Arte del dios latino Marte y del héroe bíblico David también contrastan aquí entre una época artística y otra. Cuando el renacentista Botticelli pinta al dios de la guerra mitológico lo hizo entonces estilizado, joven, alejado incluso de la realidad con su propio sueño. Sin embargo, los artistas barrocos -Luca Giordano y Velázquez- dibujarían al dios Marte o en un segundo plano, y claramente menos atractivo, o lo retratarían cansado, meditabundo, menos juvenil, más anodino, o casi insignificante. Fue el Barroco toda una explosión de visceralidad y de realismo, de cercanía y de vulgarización, pero, también -y esto es lo que más define al Arte-, la mejor forma artística de sublimación de las emociones, de los deseos, de las miserias, de las pasiones, de las heroicidades frustradas, de los arrojos, de las imperfecciones o de las cosas que nos reflejan más a los humanos -y al mundo- como realmente somos. Aunque, y en ésto es quizá donde venga más maravillosamente el Arte a salvarnos, con una ahora genial, arrebatadoramente hermosa, arrogante y hasta justificadora forma de hacerlo...

(Cuadro Barroco de José de Ribera, Ixión, 1632; Cuadro Renacentista El Sueño del Caballero, de Rafael Sanzio, 1505; Composición Adán y Eva, del pintor renacentista Alberto Durero, 1507; Óleo Barroco de Rubens, La unión de la Tierra y el Agua, 1618; Cuadro Venus y Cupido, 1565, del pintor renacentista-manierista Lamber Frederic Suster; Cuadro Barroco de Luca Giordano, Venus y Cupido con Sátiro, 1663; Cuadro renacentista Jupiter abrazando a Calisto, 1540, del pintor Andrea Schiavone; Óleo Júpiter y Calisto, 1655, del pintor barroco holandés;Everdingen, 1621-1671; Cuadro renacentista Dánae, 1553, de Tiziano; Cuadro barroco Dánae, 1636, de Rembrandt; Cuadro Las tres Gracias, 1503, del renacentista Rafael Sanzio; Óleo Las tres gracias, 1635, de Rubens; Cuadro Nacimiento de Cupido, 1560, de la escuela renacentista de Fontainebleau; Cuadro del barroco, Nacimiento de San Juan Bautista, 1625, de la pintora Artemisia Gentileschi; Cuadro de Botticelli, Venus y Marte, 1483; Óleo de Luca Giordano, Marte, Venus y Vulcano, 1670; Cuadro de Velázquez, Marte, 1640; Fotografía de la escultura renacentista de Miguel Ángel Buonarroti, David, 1504; Cuadro barroco David contemplando la cabeza de Goliat, 1610, de Orazio Gentileschi.)

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