12 de junio de 2011

La depresión causada por el fin de la infancia, su pérdida definitiva y el Arte.



En el año 1953 el escritor británico Arthur C. Clark (1917-2008) publicaría su novela El fin de la infancia. La narración literaria, de ciencia-ficción, describe la invasión de la Tierra por unos extraterrestres inteligentes y bienintencionados que quieren ayudar a la Humanidad. Al principio no se comunican sino desde lejos, sin ser vistos para nada. Así prometen que van a ayudarnos, y que pasados cincuenta años revelarán su completa identidad. Después de ese tiempo se muestran como verdaderamente son: físicamente aterradores. Ahora los humanos descubren, asustados e incrédulos, la verdadera apariencia diabólica de esos salvadores seres extraterrestres. Pero, sin embargo, su mensaje a la Humanidad sigue siendo evolucionador, esperanzador. Pretenden que las generaciones siguientes alcancen un nivel superior. Para ello serán ahora los niños los que se transformen... A través de un poderoso desarrollo de sus potencialidades psíquicas, conseguirán los niños unas extraordinarias facultades. A cambio, el precio por todo eso será perder la identidad individual de cada uno de ellos.

El paso de la infancia a la vida adulta ha sido escenografiado por los seres humanos desde la más remota antigüedad. La inconsciencia del rito -aún somos niños- no nos hace entender nada la esencia real de ese proceso existencial. ¿Qué puede esperarnos una vez alcancemos la madurez a lo que el fin de la infancia supone? En algunas sociedades primitivas el niño es raptado y devorado, metafóricamente, por un monstruo terrorífico. Muere así en cuanto niño y ha de afrontar además una serie de desafíos que pondrán a prueba su idoneidad para la vida adulta. Entonces adquiere el niño, o no, un conocimiento, una impronta... A partir de ahí podrá integrarse, sólo entonces, a la sociedad adulta. En caso contrario no será nada, no se le reconocerá su identidad. Siguiendo el relato de ciencia-ficción de Clark, luego de la transformación supuestamente evolutiva, ¿qué será de la especie humana después de perder la inocencia, de creerse ahora únicos y especiales? Debe ser como la sensación del infante ante la dura prueba de la iniciación. Sufre, maldice su suerte, acabará así postrado en un choque de incomprensión. La tristeza, de pronto, es seguro que le sobreviene subrepticiamente. Sin embargo, acabará todo ese proceso siendo ahora más sabio, más conocedor de los secretos de la congoja. La sabiduría conlleva siempre un despertar, ahora también en la infancia. Seguidamente, la inocencia sucumbirá luego tras los salados sabores de sus lágrimas. Pero el tenue hilo entre ambos mundos -la infancia y la madurez- continuará invisible, sin embargo, sobreviviendo ahora entre los profundos corazones de cada ser humano.

Cuando los seres humanos adultos son maldecidos por la acedia, por la depresión, por la autoanulación o por la tristeza en algunos momentos de sus vidas, es como si realizaran el proceso de aquel rito iniciático..., pero ahora a la inversa. Porque es ahora como si recorriesen el enorme trayecto que los llevará hacia atrás, hacia los albores en los que su mente infante aún estaba por hacerse, en donde la inactividad, la irresponsabilidad, la humillación, la travesura, el abandono, la purga de los gestos, de los anhelos y de la lucha eran cosas utilizadas por entonces -antes como ahora- para sobrevivir. Volvemos así, en nuestras depresiones, a ser como antes, como cuando éramos niños: vulnerables, indefensos, inconscientes. Pero, sobre todo, lo que de un modo u otro haremos ahora en nuestra depresión es querer encontrar de nuevo toda aquella inocencia de antes. Una inocencia que necesitaremos ahora para volver a vivir, para volver a perdonarnos... Hemos caído, somos culpables, pero, sin embargo, no podremos ya hacer ahora otra cosa más que intentar recuperar toda aquella decidida pureza perdida de antes. Pero, es imposible, no podemos recuperar ya nada de eso. No podemos volver a ser aquel niño, indefenso, infeliz, iniciador de vida, aun llena de incertidumbre, pero del todo inocente. Tardaremos tiempo, mucho tiempo, en darnos cuenta de todo esto. Éste será el proceso que nos atenazará durante la experiencia adulta de la depresión. Unos más intensamente, otros menos. Pero, sin embargo, al final, cuando -otra vez- consigamos, llenos de cicatrices (como entonces en nuestra infancia), asombrados (como entonces), superar el ritual reiniciático depresivo adulto alcanzaremos así dos cosas fundamentalmente: por un lado la sabiduría existencial, esa que nos permitirá avanzar sin dejar del todo la identidad personal necesaria; pero, por otro lado, romper aquel tenue hilo vital, cortar cada vez más así aquel vínculo emocional primario que nos mantenía, subyugados, a la engañosa salvación de una inocencia infantil...

(Cuadro Retrato del niño Gabriel Miró, 1882, -escritor español de carácter hiperestésico, es decir, exageradamente sensible-, del pintor español -su propio tío- Lorenzo Casanova Ruiz; Cuadro Niño con paloma, 1901, de Picasso; Óleo del pintor del barroco español Bartolomé Esteban Murillo, Niño apoyado, 1680; Cuadro postimpresionista Mujer y niño en interior, 1890, del pintor francés Paul Mathey, 1844-1929; Óleo del pintor húngaro Mihály Zichy, 1827-1906, El triunfo del genio de la destrucción, 1878, ejemplo visual aquí de la figura alegórica del sufrimiento depresivo; Cuadro del pintor español Joaquín Sorolla, Niña con flores, 1903; Cuadro Niña con naranja, 1890, Vincent van Gogh; Cuadro del pintor checo neoclásico Anton Raphael Mengs, 1728-1779, Autorretrato juvenil, 1744; Cuadro del mismo pintor en su madurez, Autorretrato en madurez, 1773; Fotografía anónima, Chicos jugando con aros en Toronto, Canadá, 1922; Fotografía del autor del blog a los seis años.)

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