25 de julio de 2011

El aburrimiento o el tedio como un motor de la creación... o de la maldición.





En los inicios de la civilización clásica en la antigua Grecia se comenzó a utilizar una palabra, areté, para tratar de explicar con ella el conjunto de cualidades necesarias (morales, cívicas e intelectuales) para desarrollar una vida ejemplar, honrosa, justa, deseable, valerosa o virtuosa. Aunque el término llegaría a tener una amplia aplicación -valor ante el enemigo, por ejemplo-, acabaría gracias a los filósofos griegos Platón y Aristóteles convirtiéndose en sinónimo y representación de lo que terminaron por llamar Ética. Con ese término se formalizó entonces un concepto más concreto: la conducta y los juicios de la razón que nos llevarán a distinguir (por tanto a aplicar o no) el Bien del Mal. Finalmente, como consecuencia de ello, a disponer y disfrutar de una buena y excelente vida.

Luego, cuando los siglos abandonaron a los dioses del Olimpo y los pueblos bárbaros explosionaron la civilización clásica, el cristianismo vino a sostener, traducir y justificar aquellas ideas y conceptos que el hombre seguiría necesitando para vivir. En el medievo los pensadores y teólogos de ese cristianismo, los preceptores de un pueblo entonces desorientado y necesitado de entender, crearon el pecado. Y lo crearon como resultado de una fuerza exterior al hombre, algo que acabaron por llamar demonio... Se definieron varios tipos de pecados, siete en concreto, que fueran ahora los importantes, los fundamentales, los capitales. De ese modo la civilización de la Edad Media explicó la conducta humana imputable, es decir, aquella conducta responsable que es resultado de la libertad de los seres. Se trataba de justificar entonces que la pérdida de la Gracia de Dios llevaba al ser humano a cometer esas maldades, tipificadas entonces dentro de la moral cristiana, la única moral que guiaba y auxiliaba a toda la sociedad.

No se distinguían entonces los trastornos mentales como, por ejemplo, la locura o la enfermedad mental, estos eran sólo producto del demonio. La brujería ayudó bastante a justificar toda manifestación psicopatológica, lo que hoy viene a llamarse Trastornos de la Personalidad. Más tarde, a la llegada del Renacimiento con una economía más dinámica -y gracias además a la Reforma protestante y su exagerado puritanismo-, se llegaría a identificar el trabajo con la moral y la virtud y el ocio con el pecado y la maldad... Luego, en el ilustrado siglo XVIII, comenzaría el advenimiento y desarrollo de un cientifismo para tratar de entender el mundo. Y después en el siglo XIX se consigue por fin la consolidación de la Ciencia, y se establecen los primeros mecanismos mentales y patológicos para comprender las conductas desviadas y malvadas. El Romanticismo incluso se atrevió a ensalzar a sus héroes como verdaderos personajes psicopáticos, lo que actualmente viene a entenderse como individuos -no todos patológicos- que padecerían el denominado Trastorno de Personalidad.

Cuando los grandes creadores se sienten próximos a morir alcanzan -gracias a algún resorte íntimo para permanecer más vivos todavía, quizás- a componer sus más elevadas e inmortales obras creativas nunca antes conseguidas. Cuando el gran poeta inglés John Keats (1795-1821) presintiera durante el año 1820 que su enfermedad tísica acabaría con él, escribió sus más excelsos versos conocidos como Odas, obra clásica de la Literatura Universal. Cuando el escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) supo que sólo le quedaban muy pocos años de vida, dedicó todos sus esfuerzos a realizar unas novelas geniales. Fueron publicadas póstumamente y editadas en un único y grueso volumen que la editorial decidió titularlo con el simple y enigmático 2666.

Se justificó entonces ese título por otra novela de Roberto Bolaño, Amuleto, donde uno de sus personajes dice: ...los vi cruzar la avenida Reforma sin esperar la luz verde, ambos con el pelo largo y arremolinado, porque a esa hora por Reforma corre el viento nocturno que le sobra a la noche. La avenida Reforma se transforma en un tubo transparente, en un pulmón de forma cuneiforme por donde pasan las exhalaciones imaginarias de la ciudad. Y luego empezamos a caminar por la avenida Guerrero, ellos un poco más despacio que antes, yo un poco más deprimida que antes. La Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que, por querer olvidar algo, ha terminado por olvidarlo todo.

En uno de esos capítulos que componían esa gran obra 2666, La parte de los crímenes, el autor relataba los criminales, desalmados e infames asesinatos de mujeres llevados a cabo en los últimos años en la población fronteriza mexicana de Ciudad Juárez. El escritor chileno trataría de explicarlos, muy crípticamente, con ese relato... El escrito guardaba un centro oculto que se situaría justo debajo de un centro físico... Ese centro físico sería la frontera mexicana de Ciudad Juárez. Uno de los personajes llegaría a decir de ese centro físico: En él se esconde el secreto del mundo. Bolaño encabezó su creación con una frase dura y significativa basada en un verso de un poeta maldito, francés y simbolista, Charles Baudelaire (1821-1867): Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento. Roberto Bolaño pensaba eso mismo de la sociedad moderna y de la cruel enfermedad que padecía, el aburrimiento. Y que para escapar de él lo único que tenemos más a mano es el Mal.

Esa palabra, aburrimiento, procede del latín ab-horrere, sin horror. Se entendía así el concepto para describir una existencia humana que no tiene ningún sentido, cuando no hay nada que perder ni que temer. Según dicen el aburrimiento puede llevar a acciones impulsivas, excesivas o sin sentido, y que perjudicarán, incluso, los propios intereses del que lo padece. Algunos estudios psicológicos demuestran que lo que lleva a algunas personas a tomar estupefacientes o a beber alcohol es el aburrimiento. La combinación de todo eso con la personalidad trastornada de antes consigue obtener la más espantosa de las maldiciones... Antes de que el poeta romántico John Keats cerrase sus ojos para siempre, escribió un verso inspirador y esperanzado incluido en su gran obra Oda a una urna griega. Con él consiguió plasmar el poeta lo que el Arte a veces nos ayudará a comprender: que siempre podremos elegir, y que la elección la tendremos siempre dentro de nosotros mismos:

¡Oh, pieza ática! ¡Qué bellamente
dispones sobre el mármol excelentes varones
y labradas doncellas junto a hierbas y ramas!
Tú excedes, callada forma, el pensamiento
como la eternidad. ¡Oh, fría Égloga!
Cuando la edad consuma esta generación
continuarás en medio de otro dolor que el nuestro,
como amiga del Hombre al que dices:
"La belleza es verdad, la verdad es belleza;
esto es cuanto sabes y saber necesitas".

Oda a una urna griega, 1820, del poeta inglés John Keats.

(Imagen de una ilustración de los crímenes de Ciudad Juárez, México; Fotografía de Quinn Dombrowski, Hombre aburrido, 2004, USA; Imagen fotográfica de la fiesta española de San Fermín, Pamplona; Temple sobre tabla La matanza de los inocentes, detalle, 1450, del pintor Fra Angélico, Museo de San Marcos, Florencia; Óleo del pintor francés Gustave Courbet, Charles Baudelaire, 1849; Ilustración con la imagen del escritor chileno Roberto Bolaño.)

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