21 de agosto de 2011

El arraigo y la gestación del mal: un cruento día de Corpus Christi y el necesario idealismo.



La luz solar de esa mañana era deslumbrante cuando Borja Benítez llegó a su domicilio. Había salido la noche anterior para acudir, como muchos jóvenes aficionados, al concierto Festival ComeBack de música electrónica que se celebró en el estadio sevillano de la Cartuja durante aquella madrugada. Todo como siempre, como cuando otras tantas veces salía con sus amigos a divertirse. A sus veintidós años Borja era un joven normal. Con su interés por los equipos de vídeo y televisión, había trabajado como montador de cámaras, y, días antes incluso, había llevado a cabo un reportaje videográfico sobre la tradicional fiesta del Corpus Christi. Pero, sin embargo, esta vez algo fallaría, algo no fue igual que en otras ocasiones. Posiblemente no había sido la primera vez que, cuando iba a celebraciones parecidas, tomase alguna droga habitual en esos entornos. Es seguro que así fuera otras veces y que no pasara nada; pero, sin embargo, en ésta no, esta vez no...

Los setenta y ocho años de Efigenia Gómez los disimulaba bien gracias a su enjuta, delgada y baja figura. Esa mañana, nada temprano sin embargo, el destino -¿el azar?- la llevaría a cruzarse en el camino de su joven vecino Borja. La maldad más desaforada, incomprensible, oscura, psicótica y espantosa se descubrió desenfadada y sin sentido esa tranquila mañana. En algún momento de ese encuentro casual Borja empujó, obligó o persuadió a Efigenia, que vivía sola, hasta la puerta de su vivienda y entraron. Lo que sucedió entre ese instante y el hecho posterior sólo el asesino lo sabe. La atacó, la agredió, la violó y la acuchilló en veintiuna ocasiones hasta morir. Luego de deshacerse del arma blanca en un contenedor de basura subió a su vivienda, se desnudó y se acostó, como siempre hacía cuando regresaba tarde de sus correrías juveniles.

Ante la juez de instrucción juró que no recordaba nada de lo que había sucedido. Sólo que por la tarde, cuando se despertó, se sorprendió de las manchas de sangre que cubrían sus piernas. Se duchó entonces y se volvió a dormir. Fue su padre, al llegar más tarde a la casa, el que le obligó a denunciar el hecho a la policía, casi doce horas después de haberse producido. Hoy, un año más tarde, la fiscalía mantiene la acusación de asesinato y violación. Los forenses médicos aseguran que Borja es perfectamente normal en su psiquismo, y que su consumo tanto de drogas como de alcohol aquella fatídica noche no son ningún atenuante, ni motivo impune, para no asumir la responsabilidad autónoma de sus actos.

Según el filósofo alemán Friedrich Schelling (1775-1884), idealista convencido: el mal es un principio independiente de Dios -el Principio, el Cosmos, la Naturaleza-, y está dentro de todos nosotros. Ninguna otra criatura de la Naturaleza reúne en sí a la luz y a la oscuridad, al fundamento y a la existencia, afirmaba el filósofo. En el Hombre está todo el principio oscuro y, a la vez, toda la fuerza de la luz. En él están el abismo más profundo y el cielo más elevado, o ambos lugares. Continúa el filósofo alemán diciendo: Cuando el hombre deja de ser un instrumento de la voluntad universal es cuando surge el mal. Aquí se contrapone la voluntad individual con la universal, ésto explica el mal como un intento de la voluntad individual de alejarse del centro.

Por fin, y para tratar de entender algo más todo esto, nos dice el filósofo español actual José Antonio Marina: La Humanidad tuvo un momento decisivo en la Grecia de los siglos VIII a III a.C., época Axial. La figura aterradora del poder -el Dios, los dioses, la deidad- se concibió como buena. Sin comprender lo que esto supuso para la Humanidad, seremos injustos con las religiones. Dios era una utopía y el papel de las utopías no es prometer un mundo mejor, sino afirmar que el presente puede mejorar. Lo que supone la fe en Jesús, lo que me hace sentir cristiano, es sólo una afirmación optimista, y contra toda lógica y toda experiencia: el bien es más poderoso que el mal. Una confesión humilde, trágica, precaria y esperanzadora, y cuya verdad sólo depende de mí.

(Cuadro del pintor Edvard Munch, El asesino, 1919, Noruega; Óleo del pintor Vermeer, Joven interrumpida en su música, 1660.)

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