9 de septiembre de 2011

La emoción interior más sincera y la verdad estética, o el sentido auténtico de Belleza.



La verdad se ha definido a lo largo de la historia de acuerdo siempre al pensamiento vigente en cada época. Aunque siempre existirá un concepto para definirla, una característica especial que nos ayudará a distinguirla. Así la verdad se entenderá por ser la realidad oculta frente a la apariencia visible. Es decir, lo que es en sí algo frente a lo que parece ser. Lo auténtico frente a lo recreado, a lo que tan sólo parecerá ser..., pero que no es. En Filosofía, por ejemplo, han existido muchas y diferentes formas de definir la verdad. El filósofo alemán Heidegger afirmaría una vez: La verdad no es primeramente adecuación al intelecto, se adhiere mejor al sentido primitivo griego de la verdad como un desvelamiento del ser. Y esto se produce tan sólo en su estado de autenticidad.

Inevitablemente al hablar de Estética hay que hablar de Belleza. Pero ésta -la Belleza- no es más que una noción muy abstracta. Y esto mismo, la abstracción, no es más que llegar a separar la esencia de algo concreto de sus otras cualidades no esenciales, para tratar ahora de representar solo aquélla -la esencia- de alguna forma en nuestra mente inquieta. Por tanto, la Belleza sólo es una parte de la verdad, una parte esencial, pero sólo una parte. Es muy probable que los elementos más estéticos configurados en la mente del homo sapiens desde el principio de su evolución lo fueran como un rechazo a lo diferente, a lo distinto, a lo malicioso o a lo más peligroso de la vida.

Porque entonces lo deforme o lo inarmónico -se vería en los enfermos, mal nacidos o accidentados- se habría relacionado así con lo rechazable o arriesgado, por ser algo doloroso o mortal. Así es muy lógico pensar que el hombre siguiera una senda de acercamiento y valoración hacia lo bello, siendo ahora lo bello expresado en todo aquello que representara un equilibrio en la naturaleza. Armonía que el hombre observaría en su propio entorno natural, en una Naturaleza desbordante pero con sentido, una Naturaleza que relacionara lo bello con lo equilibrado, con lo hermoso, con lo más satisfactorio o con lo más benefactor.

Pero en el Arte -lo que nos ayuda quizá más a comprender la vida- podremos ahora inferir una corriente artística que fluye desde las cavernas primitivas y alcanza hasta el Renacimiento. En este último momento histórico se llegaría a conseguir la mayor cota de belleza surgida nunca de la mano o mente de un hombre. El Manierismo, por ejemplo -tendencia renacentista muy acentuada-, llegará a deformar la belleza renacentista más excelsa, la más clásica, la más exquisita o la mejor. Esto sucede siempre en el desarrollo de toda actividad humana: cada vez se tenderá más y más a evolucionar sin medida, alterando el propósito inicial de todo. De ese modo el Manierismo alcanzaría un cierto artificialismo, un cierto grado de abstracción demasiado intelectual.

Un siglo después del Renacimiento sobreviene en el Arte su contrario, su freno o su oponente. Ahora el Barroco surge para ayudarnos a comprender que la Belleza es relativa en los conceptos o ideas, pero no en las formas representadas, el único equilibrio universal de lo estético. Caravaggio es uno de los autores pictóricos más importantes de ese período artístico tan largo. Este pintor milanés subraya la realidad no solo interior de las cosas sino, sobre todo, la existente crudamente en su exterior, en la más natural, sórdida y dura vida de los seres. Esto es el Naturalismo, o sea, reproducir la realidad tal cual es, sin recortes físicos, ni emocionales; una tendencia artística que reaparecería dos siglos y medio después de Caravaggio.

Esta tendencia artística naturalista nos manifiesta qué es cada cosa y cómo es realmente, sin mejorarla, sin cambiarla, sin añadir nada a lo representado de ella, pintándola tal y cómo es en el mundo, sin complementos añadidos. Y esta es una de las contradicciones del Arte: aquello que nos emociona -que nos gusta, que admiramos- es independiente del concepto formalmente representado, de aquella idea plástica primigenia que se enfrentaba a lo que nos amenazaba antes en nuestra primitiva existencia paleolítica. Entonces, ¿dónde está la verdad estética? Imposible definirlo sin equivocarse. Quizá lo que debemos hacer es dejar que nuestro emocional sentido auténtico interior nos guíe ante las diferentes señales de belleza que se puedan presentar a nuestros ojos. Sólo así seremos entonces más sinceros, más justos o más auténticos con la verdad.

(Óleo del pintor italiano Ignace Spiridon, 1860-1900, Odalisca; Cuadro del pintor surrealista argentino, nacido en italia en 1932, Vito Campanella, La odalisca; Óleo Española y Caballo andaluz, del pintor contemporáneo español José Manuel Merello, nacido en Madrid en 1960; Óleo del pintor Caravaggio, El dentista, 1637, Palacio Pitti, Florencia.)

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