29 de octubre de 2011

Podemos elegirlo todo..., excepto dónde, cuándo y cómo nacer.



Existió en la Rusia profunda y zarista de mediados del siglo XIX un tintorero que llegaría a echar de casa a su propia hija -Bárbara- cuando llegó a comprometerse con un pobre y vulgar carpintero. Pocos años después, al enviudar, se vió ella entonces obligada a regresar al hogar donde había nacido, llevando ahora consigo a su pequeño hijo Alekséi Maksímovich Péshkov, conocido luego como Máximo Gorki (1868-1936). Su infancia fue un horror, un martirio que forjaría años más tarde al gran creador literario que fue Gorki. En casa de su abuelo las envidias y recelos surgirían ahora frente a un posible nuevo heredero. Así acabaría Gorki siendo maltratado por casi todos, especialmente por su abuelo, un ser violento, frustrado y lleno de amargura.

Tal sería en su infancia el amor a la Literatura que, una vez, llegó a robar a su propia madre el poco dinero que costase un pequeño cuento de Andersen. Su madre le castigaría pegándole incluso. Cuando su madre falleció Gorki tenía once años, y su abuelo lo obligaría ya a trabajar fuera de casa. En uno de los muchos trabajos adolescentes que llegó a realizar, sucedió que una noche, en vez de cuidar de sus tareas, fatídicamente se distrajo leyendo viejos periódicos que encontraba. La caldera, descuidada ahora por él, de pronto explotaría. Su patrona entonces le atizaría en la espalda de tal modo con las ramas de un abeto, que tuvieron que extraer de su cuerpo hasta cuarenta y dos agujas puntiagudas y afiladas del árbol.

Nuestra libertad potencial es casi completa, por no decir absolutamente completa. Podemos elegir irnos de un lugar, marcharnos o quedarnos. Podremos luchar y marchar, si decidimos hacerlo, por aquello que pensamos ahora que es lo que más nos conviene. Pero, también, podremos elegir quedarnos, elegir ahora continuar donde estamos porque, también, somos libres de hacerlo. Del mismo modo podremos hasta cambiarnos el nombre, el color de nuestro pelo o el olor de nuestro cuerpo... Podemos, si queremos, hasta cambiar nuestros orígenes; sí, llegar a ser otra persona diferente de la que nacimos. Generalmente cuando cambiamos así, de ese modo tan radical, lo hacemos no tanto por nosotros mismos como, sobre todo, por los demás, por cómo los demás nos vean o nos condicionen.

Porque es, ahora, cómo los demás nos ven, o nos sientan, lo que obligará a algunos seres a querer derivar en un cambio tan radical. Otras veces no. Otras elegiremos cambiar porque nosotros queremos hacerlo, con independencia de lo que los demás opinen o quieran o condicionen nada. Es, sobre todo, cuando el cambio es interior más que exterior. Pero, en general, somos libres para elegir casi todo; no casi, sino todo. ¿Qué no podremos elegir, si queremos verdaderamente hacerlo? Muchos seres lo han demostrado en la historia. La fuerza de la decisión personal puede ser mayor que los propios adversos acontecimientos. Aunque éstos predominen a veces, siempre se puede volver a elegir, ya que la vida no es infinita ni permanente, ni odiosa siempre de por sí.

Pero, sin embargo, hay algo que no podremos elegir nunca. Es lo único. Hasta morir es posible elegirlo... Pero, nacer, no. Ni dónde, ni cuándo, ni cómo. Este es el misterio de la vida más subyacente de todos, si lo pensamos bien. ¿Por qué ahora, por qué entonces...?, ¿por qué aquí, por qué con éstos...?, ¿por qué de este modo...? No hay respuesta, ni la habrá. Estamos condenados en ésto mucho más que en cualquier otra cosa del mundo. A veces a algunos seres, sólo a algunos, la providencia les habrá tocado parte de las alas de su destino y han disfrutado, así, de un entorno maravilloso.

Tuvieron la suerte de nacer así, de disponer por entonces ese mundo... Otros ni siquiera sus alas pudieron volar, alegres o revoltosas por un destino universal, no ya excelente sino, al menos, sosegado y respetuoso. Pero es que es así el único azar inexplicable, injusto y torticero de la vida. Entonces, sólo entonces, podemos acaso reelegir... Algunos maldiciendo de nuevo su reelección; otros luchando por querer hacer, alguna vez, lo que soñaron antes al comprender ahora la feroz diatriba de sus vidas. Unos pocos -muy pocos- salvándose, si acaso, con lo que desde hace milenios el ser humano ideara ya: el Arte. La única cosa que transformará tal vez por completo, rehaciendo así un nuevo ser del todo, ahora ya sí, sin connotaciones de lugar, ni de tiempo, ni de modo.

(Cuadro del pintor francés Marc Chagall, El Nacimiento, 1910, Suiza; Fotografía del escritor ruso Máximo Gorki; Óleo Amor Fraternal, 1851, del pintor francés clasicista William Adolphe Bouguereau, que tuvo la suerte de, a pesar de nacer en un ámbito conyugal enfrentado, ser enviado al cuidado y la educación de su tío, que le trató mejor y le envió incluso a estudiar a la escuela de Arte; Autorretrato, 1886, del pintor William Bouguereau; Cuadro del pintor Rubens, Nacimiento de Luis XIII, 1625; Óleo del pintor español Francisco de Zurbarán, Nacimiento de la Virgen, 1630, USA; Fotograma de la película Matar a un Ruiseñor, del año 1962, protagonizada por el actor Gregory Peck.)

Vídeo homenaje a la película Matar a un Ruiseñor, 1962:

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