16 de diciembre de 2011

El Arte como anticipación, como reivindicación o como sentido del mundo.



Cuando la Revolución Francesa llegara a su máximo momento de tensión, durante el año 1793, uno de sus personajes más devotamente revolucionarios lo fue el radical Jean-Paul Marat (1743-1793). Su inteligencia y capacidad política acompañaban una feroz, despiadada y cruel personalidad jacobina. Entendió, quizás antes que nadie en la historia, la extraordinaria fuerza del pueblo y sus masas para conseguir los propósitos ideológicos más personalistas, arribistas o terribles que una mente humana pudiera concebir. Su carismática influencia llegaría a ser tan poderosa y decisiva que pocos llegaron a superarle en retórica populista. Para él, que había argumentado contra la pena de muerte años antes, no tuvo ninguna duda en aplicarla tanto al mismísimo rey Luis XVI como a sus defensores y partidarios. Fue así como, a finales del siglo XVIII, Marat quiso conseguir el mayor y más radical cambio social posible para una mitad de la sociedad, sin contar para nada con la otra mitad opuesta.

El gran pintor francés que fuera Jacques-Louis David (1748-1825) alcanzaría, con su estilo neoclásico, conseguir crear obras de Arte esplendorosas y grandiosas, propias además del momento histórico que le tocó vivir. Partidario de las nuevas ideas de cambio y progreso que inspiraron inicialmente la Revolución, acabaría acercándose luego demasiado a personajes muy radicales y furibundos, como fueron Robespierre y Marat. Amigo de ambos, terminaría siendo el pintor oficial de aquel primer movimiento revolucionario francés. Había pintado al primer mártir que la Revolución tuviera, Louis Michel Le Peletier, un abogado y jurista jacobino que fuera asesinado el 21de enero de 1793 por los enemigos de esa Revolución. Así que, cuando Marat apareció poco tiempo después asesinado en su propia bañera, llamaron al pintor David para que inmortalizara ahora el momento trágico... tal y como había hecho antes con Le Peletier.

Había que encumbrar ahora, con esta muerte heroica, trágica y clásica, la figura divina del gran defensor y prohombre de la Revolución. Su amigo David lo pintará de modo magistral, enmarcado Marat con los símbolos que glosarían su sacrificio revolucionario. Un sacrificio profano, pero, también, un sacrificio divino al fin y al cabo. Como alguno de aquellos geniales cuadros clásicos que él hubiese visto años antes en la Roma renacentista y cristiana, ahora el neoclásico David deseaba representar así mismo al malogrado Marat, como un nuevo mesías caído por la gloria de la Revolución. La figura del asesinado dispone en el cuadro de David de los matices de un Cristo abatido, donde ahora la dolorosa es aquí su letal pluma junto a su bañera acogedora, matizada ésta además de lienzos blancos y verdes (símbolos de pureza y esperanza). Todo un prodigio artístico que glosaría a una ideología social que determinaría la tendencia más desgarradora y violenta que aquellos difíciles, duros y sangrientos años tuvieron, y que, luego, incluso, avanzarían más despiadadamente mucho después en todo el mundo.

Los enemigos de aquella radicalización revolucionaria fueron los girondinos, la otra mitad social opuesta de Francia. Una de ellos lo fue Charlotte Corday, una joven aristócrata francesa que estaría convencida de que Marat y su prodigiosa y pérfida personalidad influyente eran lo peor por entonces de las posibles causas a eliminar. Tal pasión ideológica la llevaría del mismo modo a querer sacrificarse también por su causa, en su caso justo por la causa contraria de lo que representaba el cuadro inmortalizado de David. Este creador, el gran pintor neoclásico francés, no la pintaría a ella entonces en su obra maestra. No, por entonces no era ella lo importante. Sólo, acaso, escribiría el pintor su nombre en un papel que el asesinado sostiene en su mano muerta. Pero todo acabará transformado con los años... y las tendencias veleidosas de la vida. Cuando cayó el terrible Robespierre y toda su maléfica revolución, el pintor David tuvo que huir de Francia.

Hasta que Napoleón llegó y lo salvó, y lo requirió entonces como al gran pintor del imperio que fuese también el gran creador David. Luego, cuando el emperador también acabase, terminaría por completo la gloria del gran pintor neoclásico francés, y, con ella, su genial obra de Arte más revolucionaria y más significativa: La muerte de Marat. Los tiempos, sin embargo, cambiaron... Todo cambió. Así que cuando el pintor academicista francés Paul Baudry (1828-1886) decidiera, muchos años más tarde, en 1860, pintar ahora un cuadro sobre la fallida primera revolución, entonces todo sería muy diferente... Ahora era Charlotte Corday la heroína, la gran defensora de Francia, la mártir que se mantuvo quieta y digna, sin huir, después de terminar con la vida del ominoso Marat. Tan sólo cuatro días después de su crimen, Charlotte Corday sería ejecutada, inapelablemente, por los revolucionarios jacobinos de entonces.

La grandeza artística los creadores la consiguen, además de por su genialidad estética, cuando se anticipan a su propio tiempo artístico... Doménicos Theotocópoulos -El Greco- (1541-1614) ha sido uno de los más grandes pintores de la Humanidad. Quizá, el más anticipador de todos. En esta muestra suya -la primera imagen de la entrada-, su obra titulada Vista de Toledo, el autor español de origen griego consigue, en el temprano año de 1614, toda una extraordinaria obra expresionista, anticipada así la creación artística unos trescientos años casi. Para su época, debería haber sido difícilmente comprensible saber qué pretendía realmente expresar con ella, con sus trazos y sus colores inéditos, el pintor cretense. A su lado, la comparo ahora con una excelente fotografía titulada Paisaje (de la web tumblr-media bookmarking). De ese modo, observamos ahora cómo un Arte y otro consiguen lo mismo: asombrar y emocionar... Aunque la causa en ambos es muy diferente: uno es una creación de la nada, sólo de la mente de un hombre; el otro surge de una creación también, pero de algo ya existente, de una Naturaleza maravillosa, pero existente.

Más adelante, incorporo dos imágenes de dos obras del siglo XVIII de un mismo personaje histórico: María Luisa de Parma, reina que fuera de España al casarse con el rey español Carlos IV de Borbón. En la primera imagen, mucho más joven María Luisa, aparece ella ahora hermosa y radiante, como la pintara así el pintor neoclásico alemán Anton Raphael Mengs (1728-1779) en el año 1765, año de su matrimonio real con sólo catorce años ella. El otro cuadro, también de la reina española, lo pinta el genial Goya en el año 1789, cuando la reina habría perdido ya su lozanía juvenil, así como toda su dentadura... En este caso el Arte viene a reivindicar ahora una belleza zaherida. Seguidamente, otra obra de Arte anticipadora -sin saberlo entonces siquiera su autor- de una extraordinaria fotografía actual, caso que viene a comparar también ahora un Arte con otro. El pintor ruso Iván Aivazovski (1817-1900) consiguió plasmar en el año 1882 una hermosa puesta de Sol en la exótica, romántica y exultante ciudad turca de Constantinopla. Sin embargo, la actual y excelente instantánea fotográfica Atardecer y Mar (de TrekEarth) justifica ahora aquí el óleo de Aivazovski con los calificativos más anticipadores de lo que cien años antes tan sólo una creación humana pudiera, fiel y bellamente, por entonces conseguir...

Cuando el duque de Alba recomendase al rey español Felipe II en el año 1559 los oficios de la pintora italiana Sofonisba Anguisciola (1532-1625), ninguno de los grandes pintores de la corte española pudo imaginar entonces la gran capacidad artística de ella. Llegaría a retratar al monarca español en algún momento de su vida, se supone que alrededor de 1580, en un famoso cuadro histórico. Retrato que no acabaría catalogado en el Alcázar Real madrileño -lugar donde se custodiaban entonces muchas obras artísticas- a nombre de esa pintora italiana, sino al de otro pintor, el pintor español Pantoja de la Cruz. También, se pensaría durante algún tiempo que había sido el pintor español Alonso Sánchez Coello, y no aquella, el autor de tan regio retrato, quizá por el parecido estilístico de la obra con este pintor, su maestro -el de Sofonisba- en la corte española, al que ella siguió en su carrera artística en España. Hasta el año 1990 no se afirmaría, categóricamente, la verdadera autoría de este famoso retrato del rey Felipe II: la extraordinaria pintora que fuera Sofonisba Anguisciola.

(Óleo de El Greco, Vista de Toledo, 1614, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York; Fotografía Paisaje, de la web tumblr-media bookmarking; Cuadro Retrato de María Luisa de Parma, del pintor Anton Raphael Mengs, 1765; Óleo del pintor Goya, María Luisa de Parma, 1789; Cuadro Constantinopla, 1882, del pintor ruso Iván Aivazovski; Fotografía Atardecer y Mar, de TrekEarth; Cuadro Autorretrato con Bernardino Campi, 1550, de Sofonisba Anguisciola, con la curiosidad de dibujarse la pintora a la vez con su primer maestro italiano, el pintor Campi, utilizando el inédito recurso de ser pintada por el mismo a la que ella retrata; Óleo Felipe II, 1580, de la pintora italiana Sofonisba Anguisciola, Museo del Prado; Cuadro del pintor francés David, Muerte de Marat, 1793, Bruselas; Óleo del pintor academicista francés Paul Baudry, Charlotte Corday -muerte de Marat-, 1860, Nantes, Francia.)

2 comentarios:

PACO HIDALGO dijo...

Te deseo lo mejor para estas fiestas y un año nuevo con mucha salud y mucho arte y creatividad. Abrazos desde ArteTorreherberos.

Arteparnasomanía dijo...

Y prosperidad..., que necesitaremos todos. Porque la creatividad, afortunadamente, es casi lo único que se acrecenta, a veces, en la dificultad. Un abrazo.

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