19 de diciembre de 2011

Los arquetipos humanos: ¿modelos de lo que somos o de lo que queremos ser?



Yendo el héroe griego Ulises de regreso a su tierra, luego de luchar en la empecinada Troya, cuenta la leyenda que navegando cerca de la isla de Eolia, después de tantas luchas y suplicios, decidió arribar a sus costas para poder descansar y avituallarse. El rey de aquella isla era Eolo, dios de los vientos y las mareas, el cual los acogería hospitalariamente. Luego, al despedirse para volver a surcar aquellas difíciles aguas, Ulises recibió de Eolo un presente, un pequeño odre donde se guardaban, encerrados, todos los vientos y tempestades del mundo. Pero como casi todos los regalos escondidos, como casi todas las ofrendas gratuitas de los dioses, siempre se acabará descubriendo el verdadero precio y condena de lo que esconden. Los hombres de Ulises, ahora curiosos y avezados, llevados por una codicia imaginaria, terminaron así mirando dentro del odre. De pronto, al abrirlo, se desataron los más grandes y terribles vientos, tormentas y huracanes del mundo. Agotados, desorientados y heridos, con la nave ahora deshecha, pudieron sin embargo avistar una tranquila tierra.

Era la isla de Eea. Ulises, prudente, decidió que sólo un pequeño grupo de sus hombres explorara la isla. Tiempo después el héroe vió llegar solo a uno de sus hombres, que, asustado ahora, le narró lo que les había sucedido. Llegaron a un maravilloso palacio donde les dejaron pasar y les acogieron encantados y dispendiosos. Allí reinaba una bella, agradable y seductora mujer. Les invitaron a beber algo a todos. Pero él se negaría, desconfiado. Luego observó como sus compañeros se convertían en unos cerdos, aunque a la vez mantenían ellos razón y entendimiento. Para ese momento huyó de allí despavorido, sin mirar atrás. Ulises debía recuperar ahora a sus hombres. No lo pensó mucho y acudió a ese palacio. Pero, por el camino algo le sucedió. Los dioses, los que dirigen la vida azarosa de los hombres, le enviaron a Hermes para darle un providencial brebaje. Con esa bebida evitaría Ulises cualquier posible transformación o maldad que algo o alguien le causara. Cuando Ulises llegó al palacio descubrió a Circe, la hermosa reina de aquella isla maldita. Ella le recibió también agasajándolo con comidas y bebidas maravillosas. A Ulises, sin embargo, todo ese maleficio no le hizo efecto alguno. Circe entonces, asombrada, quedaría rendida y además enamorada, vencida ahora para siempre a los pies del héroe.

Para el famoso psicoanalista Carl Jung el contenido del inconsciente colectivo, reflejo de un inconsciente global -que es el inconsciente realmente objetivo-, lo forman todos y cada uno de los elementos conceptuales que él dio a llamar arquetipos. También los denominó imago, imágenes primordiales. Los arquetipos son en el ser humano una forma innata de experimentar los hechos o las cosas de la vida. Jung afirmaba que en el mundo primitivo existía una especie de alma colectiva. A ésta con el paso de los años, de las evoluciones, de las luchas, de los enfrentamientos, de las oposiciones, de los descubrimientos, de las carencias, de las inclinaciones o de los deseos, le surgieron así a cada persona un pensamiento fijo y una conciencia individual. Eso configuraría el comportamiento y los caminos que cada uno debía tomar. Pero nunca dejaba el arquetipo de condicionar la conducta final, esa que regía cada particular tendencia personal que se tuviera. En general, había tres grandes caminos o rasgos que condicionaban a los individuos: el camino del conocimiento, el del poder y el del amor. Por tanto, ¿qué somos nosotros realmente? ¿Qué destino, si es que existe, de modo independiente elegiremos o no nosotros? ¿Arrastraremos a nuestro arquetipo, o éste nos arrastrará, inevitablemente, a nosotros?

(Imágenes de arquetipos culturales: Óleo del pintor prerrafaelita inglés John William Waterhouse, El círculo mágico, 1886, representación de una maga; Cuadro del pintor francés Henri Fantin-Latour, Charlotte Dubourg, 1882, hermana de la esposa del pintor, una mujer decidida, fría y calculadora, nunca se casaría; Cuadro El caballero andante, 1870, del pintor John Everett Millais, representación del héroe medieval, caballero que llevará la pesada carga de liberar a los demás sin liberarse a sí mismo, Tate Gallery, Londres; Óleo Circe, 1891, del pintor John William Waterhouse; Cuadro del pintor Max Slevogt, Don Juan, 1912, personaje condicionado por un estereotipo que supera la verdadera razón de sus deseos; Óleo del pintor Waterhouse, Santa Eulalia, 1885, maravilloso escorzo de la representación del cadáver matirizado de una santa, personaje entregado hasta la propia destrucción de su ser; Cuadro del pintor Max Slevogt, Danza de la muerte, 1896, donde se representa al personaje abandonado, frívolo y autodestructor; Extraordinario cuadro del pintor Johann Heinrich Wilhem Tischbein, Goethe en la campiña de Roma, 1787, Alemania, que representa al individuo creador, inspirado, poeta y lleno de mundos y de belleza.)

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