29 de octubre de 2011

Podemos elegirlo todo, excepto dónde, cuándo y cómo nacer.



Existió en la Rusia profunda y zarista de mediados del siglo XIX un tintorero que llegaría a echar de casa a su propia hija, Bárbara, cuando llegara ésta a comprometerse con un pobre y vulgar carpintero. Pocos años después, al enviudar ella, se vió obligada a regresar al hogar donde había nacido. Ahora llevando consigo a su pequeño hijo Alekséi Maksímovich Péshkov, conocido luego como Máximo Gorki (1868-1936). La infancia de este niño fue un horror, un martirio que forjaría, años más tarde, al gran creador literario que fuera Gorki. En la casa de su abuelo las envidias y recelos surgirían ahora frente a un posible nuevo heredero. Así acabaría Gorki siendo maltratado por casi todos, especialmente por su abuelo, un ser violento, frustrado y lleno de amargura. Tal sería en su infancia el amor a la Literatura que, una vez, llegaría a robar a su propia madre el poco dinero que costase un pequeño cuento de Andersen. Su madre le castigaría, pegándole incluso. Cuando su madre fallece Gorki tiene once años, y su abuelo lo obligará a trabajar fuera de casa. En uno de los muchos trabajos adolescentes que llegara a realizar, sucedió una noche que, en vez de cuidar de sus tareas, se distrajo leyendo viejos periódicos fatídicamente. La caldera, descuidada ahora por él, de pronto explotaría. Su patrona entonces le atizaría en la espalda de tal modo, con las ramas de un abeto, que tuvieron que extraer de su cuerpo hasta cuarenta y dos agujas puntiagudas del árbol.

Nuestra libertad potencial es casi completa, por no decir absolutamente completa. Podremos elegir irnos de un lugar, marcharnos o quedarnos. Podremos luchar o huir, si decidimos hacerlo, por aquello que pensamos ahora que más nos conviene hacer. Pero, también, podremos elegir quedarnos, elegir ahora continuar donde estamos..., porque, también, seremos libres de hacerlo. Del mismo modo, podremos hasta cambiarnos el nombre, o el color de nuestro pelo, o el olor de nuestro cuerpo... Podremos, si queremos, hasta cambiar nuestros orígenes; sí, llegar a ser otra persona diferente de la que nacimos. Generalmente, cuando cambiamos así, de ese modo tan radical, lo hacemos no tanto por nosotros mismos como, sobre todo, por los demás, por cómo los demás nos ven o nos condicionen. Porque es ahora cómo los demás nos ven o nos sientan lo que obliga a algunos seres a querer derivar en un cambio tan radical. Otras veces no. Otras elegimos cambiar porque nosotros queremos hacerlo, con independencia de lo que los demás opinen o quieran o condicionen nada. Es, sobre todo, cuando el cambio es interior más que exterior. Pero, en general, somos libres para elegir casi todo; no casi, sino todo. ¿Qué no podremos elegir, si queremos verdaderamente hacerlo? Muchos seres lo han demostrado en la historia. La fuerza de la decisión personal puede ser mayor que los propios adversos acontecimientos. Aunque éstos predominen a veces, siempre se puede volver a elegir, ya que la vida no es infinita ni permanente, ni odiosa siempre de por sí.

Pero, sin embargo, hay algo que no podremos elegir nunca. Es lo único. Hasta morir es posible elegirlo... Pero, nacer, no. Ni dónde, ni cuándo, ni cómo. Este es el misterio de la vida más subyacente de todos, si lo pensamos bien. ¿Por qué ahora?, ¿por qué entonces...?, ¿por qué aquí?, ¿por qué con éstos...?, ¿por qué de este modo...? No hay respuesta, ni la habrá. Estamos condenados en esto mucho más que en cualquier otra cosa del mundo. A veces a algunos seres, sólo algunos, la providencia les ha tocado parte de las alas de su destino, y han disfrutado así de un entorno maravilloso. Tuvieron la suerte de nacer así, de disponer entonces ese mundo... Otros ni siquiera sus alas pudieron volar, alegres o revoltosas, por un destino universal no ya excelente sino, al menos, sosegado y respetuoso. Pero, es que es así el único azar inexplicable, injusto y torticero de la vida. Entonces, sólo entonces, podremos acaso reelegir... Algunos maldiciendo de nuevo su reelección; otros luchando por querer hacer lo que soñaron antes, al comprender ahora la feroz diatriba desolada de sus vidas. Unos pocos -muy pocos- salvándose, si acaso, con lo que desde hace milenios el ser humano ideara: el Arte. La única cosa que transformará, tal vez, por completo, rehaciendo así un nuevo ser del todo, ahora sin connotaciones de lugar, ni de tiempo, ni de modo...

(Cuadro del pintor francés Marc Chagall, El Nacimiento, 1910, Suiza; Fotografía del escritor ruso Máximo Gorki; Óleo Amor Fraternal, 1851, del pintor francés clasicista William Adolphe Bouguereau, que tuvo la suerte de, a pesar de nacer en un ámbito conyugal enfrentado, ser enviado al cuidado y la educación de su tío, que le trató mejor y le envió incluso a estudiar a la escuela de Arte; Autorretrato, 1886, del pintor William Bouguereau; Cuadro del pintor Rubens, Nacimiento de Luis XIII, 1625; Óleo del pintor español Francisco de Zurbarán, Nacimiento de la Virgen, 1630, USA; Fotograma de la película Matar a un Ruiseñor, del año 1962, protagonizada por el actor Gregory Peck.)

Vídeo homenaje a la película Matar a un Ruiseñor, 1962:

25 de octubre de 2011

Una semblanza épica y romántica, un protagonismo femenino y una herencia europea.



A finales de la Edad Media, en pleno siglo XV, Europa comenzaría a consolidar con sus luchas nobiliarias algunos de los estados que la configurarían en la historia, y que serían luego el germen de otros nuevos estados que se conformarían años más tarde, en los siglos venideros. Esas luchas europeas, salvo en unos pocos momentos de la historia, no cesarían en los siguientes casi cinco siglos sin embargo, lo que las hizo convertirse en una de las historias más dramáticas y violentas que la humanidad haya tenido jamás en su historia. Este debe ser ahora, quizás, el precio que esté pagando este sangrado continente europeo por sus antiguos e inconfesables pecados de juventud. Burgundia fue uno de esos antiguos pueblos germanos que -situado al sureste de la Francia de finales del imperio romano- acabaría convirtiéndose en todo un gran ducado europeo, el ducado de Borgoña, a finales del siglo IX. Su feudo se mantuvo independiente gracias a la corona francesa, la cual prefirió disponer de un ducado rico y poderoso bajo su tutela real. Pero, cuando los acontecimientos navegan azarosos en la historia, éstos hacen cambiar a veces los deseos de los seres poderosos que dominan y quieren dominar más. Así fue como el primogénito de uno de aquellos duques borgoñones, Carlos I de Borgoña (1433-1477), acabaría siendo apodado por los poetas románticos del siglo diecinueve como Carlos el Temerario, el Audaz... o el Terrible.

No sólo se enfrentaría Carlos a su propio padre el duque, sino que quiso dejar de ser tan sólo un duque para convertirse en todo un rey. Es ahora la ambición, la lucha y la decisión sin medida. Los retos que abordaría Carlos de Borgoña no necesitaron menos brío. Nunca lo dudó, nunca se amilanaría ante la terrible disyuntiva. El lema de su escudo dejaba claro su deseo: Me atrevo. Cuando la corona francesa de entonces comprendió la amenaza de este duque díscolo, supo que debía acabar con él para siempre. De ese modo, el valiente duque, justo o no, pasaría a la leyenda como uno de los más ejemplares caballeros de la historia, un ser paradigmático de aquel movimiento romántico decimonónico de siglos después. Demostraría su arrojo en batallas y asaltos, ganaría algunas, pero, sin embargo, en una frustrada ocasión bélica debió huir a uña de caballo de una de aquellas luchas terribles.

La pequeña y medieval ciudad francesa norteña de Beauvois tuvo un gran interés estratégico para los que, como Carlos el Temerario, quisieron dominar el paso hacia la norteña región europea deseada de Flandes. Entonces las ciudades medievales eran recintos cerrados, y estaban protegidas por fuertes murallas para evitar el impetuoso e infame deseo de asediarlas. Carlos de Borgoña se atrevería en el año 1472, con ochenta mil hombres, a conseguir una de las más preciadas joyas del orgulloso rey Luis XI de Francia. Pero, sin embargo, esa sería su perdición. Porque el rey francés contaría, para aquella histórica ocasión, con la impresionante ayuda de toda una mujer... La gesta heroica de aquellas gentes de Beauvois sería épica. Sin soldados apenas para defenderla, cerraron sus puertas y, desde sus murallas y torres, el pueblo de Beauvois, todos ellos, hombres, mujeres y niños, lucharían juntos denodadamente para defender su ciudad. Una de ellas, Juana Laisnè, también conocida como Juana de Hachette -hachette, hacha en francés, por el uso que le daría a esa herramienta en la defensa de su ciudad-, destacaría por su fiereza y decisión ante la resistencia contra los borgoñones de Carlos el Temerario. Gracias a esa decidida defensa, el rey francés pudo entonces alcanzar a auxiliar la ciudad, obligando al duque de Borgoña a retirarse rápidamente de allí.

Y es de este modo como un pintor suizo, Eugène Burnand (1850-1921), plasmaría en un grandioso lienzo el momento en el que el duque de Borgoña abandona con sus hombres, en un galope caballeresco y romántico, su malogrado atrevimiento y arrojo fallido. Fue el final de la tendencia romántica en el Arte, pero todavía el pintor, entonces más cercano al estilo Realista triunfante, quiso homenajear aún así -románticamente- los valores que sucumbieron entonces con aquel esforzado y temerario duque. A la muerte de este noble europeo, en el año 1477, el mundo occidental -Europa- entraría en una deriva social y existencial inevitable. Deriva que abandonaría -como Carlos abandonó aquel imposible asedio- una forma de entender entonces el honor, la dignidad o el sentimiento de nobleza, unos valores que, hasta entonces, habrían determinado la vida y los principios de vivirla.

A Carlos de Borgoña sólo le sobreviviría una única hija, María de Borgoña, heredera de todos sus territorios. Esta extraordinaria mujer contraería un histórico matrimonio. Se enlazaría con otro ambicioso noble europeo, Maximiliano de Austria (1459-1519), heredero también de un poderoso reino y, algo más tarde, de todo un imperio romano germánico. De su enorme prole de hijos, uno de ellos -Felipe de Habsburgo- acabaría siendo rey de España al casarse con una de las hijas de los Reyes Católicos hispánicos, la reina Juana I de Castilla. De esa herencia, también de esa temeridad y ambición de su bisabuelo, sobreviviría uno de los más grandes personajes históricos europeos y españoles de entonces, Carlos V, el emperador y rey. Éste quiso siempre evocar aquella caballerosidad anhelada de antes. Pero sólo pudo, a cambio, consolidar uno de los más grandes imperios que la Historia haya conocido jamás. Como aquel otro Carlos, éste se atrevería, ganaría y perdería, pero comprendería además, con los años, que la ineludible senda de los acontecimientos acabará superando cualquier deseo... Y que al final todo se diluirá, poco a poco, en la insaciable y devoradora némesis de la Historia.

(Cuadro romántico La fuga de Carlos el Temerario, 1894, del pintor suizo, realista e impresionista, Eugène Burnand, Alemania; Óleo realista, más prosaico, del mismo pintor Eugène Burnand, Bomberos camino del fuego, 1880, Alemania; Lienzo del pintor flamenco Roger van der Weyden, 1400-1464, Carlos el Temerario, 1464; Retrato de la heredera María de Borgoña, 1490, del pintor austríaco Michael Pacher, 1435-1498; Fotografía de la catedral de Beauvais, Beauvois, Francia; Cuadro Carlos V y su banquero Fugger, autor y datación desconocida, en él se observa al emperador Carlos V sentado, escuchando al banquero más rico de Europa entonces, Fugger, gracias al cual el emperador pudo financiar así gran parte de sus guerras y conquistas.)

17 de octubre de 2011

La eternidad es como el Arte: un único momento permanente; y no el error de querer dividir el tiempo en tres etapas...



En la antigua ciudad helénica de Elea, en la costa tirrena del sur italiano, nacería uno de los más grandes pensadores griegos de todos los tiempos, Parménides de Elea (530 a.C - ?), un sabio griego fundamental en la Historia de la Filosofía. Definiría él la realidad como una cosa única, compacta, inmóvil y de forma esférica. Para Parménides, la eternidad tiene sentido, pero no como algo lejano e infinito sino como una negación total del tiempo. La eternidad es -según el pensador griego- la absoluta identidad de lo real consigo mismo. De ahí la esfericidad como algo definido, rodeado en el espacio de lo real, pero sin un final nunca, sin un fin, por su absoluta falta de límites. Podremos andar y andar por la superficie esférica, pero siempre volveremos al principio, para, luego, regresar al mismo lugar de antes... Sin fin, pero tampoco sin principio. El escritor y dramaturgo anglo-irlandés John B. Priestley (1894-1984) estrenaría en Londres, en el año 1937, su obra teatral El Tiempo y los Conway. Se trataba de un relato extraordinario, algo que nadie antes se había atrevido a representar en una obra teatral: la vida de una familia en dos momentos temporales muy alejados, pero ahora justificando la narración con una alusión a la precognición, es decir, a la anticipación sensorial de algo que sucederá después.

También la esclavitud al tiempo ineludible, del cual no podemos escapar nunca, pero al que tampoco podremos culpar de nada... porque no existe, ya que todo lo vivido es lo mismo siempre, todo se vive en un único y grandioso momento permanente. Se inicia la obra en el año 1919, poco después de haber superado el drama devastador de la Primera Guerra Mundial. Los miembros de una familia burguesa británica divagan sobre las nuevas oportunidades de vivir en paz de una vez para siempre. Nunca más volverá a suceder -se dicen-, y tan pronto, algo tan horrible de nuevo. Se muestran ahora confiados y alegres. Continúa la obra teatral en otro momento temporal, cuando han pasado veinte años. En este nuevo momento, en el prebélico año de 1937, todo ha cambiado absolutamente en la familia desde el año 1919. Ninguno de aquellos sueños maravillosos de entonces fueron posible. Y lo que ahora sobreviene es, incluso, peor. No habían ellos aprendido nada. Pero, sin embargo, toda esta desgracia nueva fue ya preconcebida por uno de sus miembros en aquella lejana tarde de 1919. Y es ahora, justo cuando el tiempo vuelve a regresar... de veinte años después -en el último acto-, cuando finalizará, sorprendentemente, la obra dramática.

Su autor se basaría en un curioso ensayo, Un experimento con el tiempo, del escritor J.W. Dunne (1875-1949). Según este autor, en nuestra vida solo somos conscientes del tiempo presente, del tiempo que estamos viviendo ahora. Tanto el pasado como el futuro son solo representaciones abstractas..., o de la memoria o del inconsciente. Pero, si la conciencia pudiera ser liberada y desatada, ¿qué pasaría entonces? En los sueños, en esos periodos de dominio del inconsciente, es cuando se simultaneará el pasado, el presente y el futuro; es decir, cuando sucederá todo en un mismo instante... La sucesión del tiempo lineal es solo una recreación -por tanto algo subjetivo- de la conciencia humana. Y, por otro lado, ¿qué es la intuición? Ésta no tiene una explicación científica ni racional. La causa de ella, el porqué de la intuición, su motivo final, se ignora por completo. Sólo se sabrá, luego, el resultado de esa intuición; es decir, solo podremos intuir que eso -lo que sea que presentimos antes- pueda suceder luego en algún momento, pero no podemos probarlo antes de que pueda suceder. ¿Por qué, entonces, la intuición? No hay una causa real que la justifique. Por tanto, si no hay causa no hay tiempo realmente. Esto es la sincronicidad, el hecho raro de que dos sucesos estén vinculados entre sí, pero sin relación directa alguna entre ellos, sin una explicación racional, sin una causa formal, como si el tiempo no obligara a que existiese un antes y un después para explicarlo.

Es por eso que la esfericidad de aquel filósofo griego nos viene a ayudar a entender algo todo esto. Es el hecho de que toda nuestra vida se concentre en un único espacio, abierto y cerrado a la vez, de ida y de vuelta, de causa y efecto, algo predecible pero, también, del todo aleatorio. Que si el tiempo en esa esfera existe es, si acaso, en su localidad pero no en su globalidad... Así es, quizás, como podamos únicamente escapar entonces de la angustia del tiempo y de su terrible esclavitud. Eugenio Lucas Velázquez (1817-1870) es uno de los tantos geniales pintores españoles desconocidos. Romántico por etapa y estilo, vivió sin embargo en el apogeo de la influencia del genial Goya. Fue el aura del maestro lo que ensombrecería su fama. Pero consiguió, como buen discípulo, reflejar en su pintura dos cosas fundamentales para el Arte: la capacidad de sublimar -como hiciera Goya- la crítica de una sociedad acabada, ya superada por la historia; y, por otro lado, ser un maravilloso precursor de lo que fue el Impresionismo subsiguiente. Como en la obra dramática de Priestley, el pintor Lucas Velázquez nos ayudará a comprender que, aunque no queramos, no estamos sino esclavizados por el tiempo. Sujetos a algo que deviene en lo mismo siempre: repetir nuestros errores. Siendo autocomplacientes, además; pensando que las cosas y los sucesos que nos pasan tenderán a cambiar con el tiempo, a mejorar porque sí. Esta es nuestra terrible condena: ni llegar a entender que el tiempo no existe, ni comprender que lo que nos salvará es solo nuestra capacidad de aprender, de no olvidar..., de avanzar como si la vida y el tiempo no fuesen ya nada más que un juego de palabras.

(Cuadro Un Mundo, de la pintora catalana Ángeles Santos, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid; Óleo del pintor andaluz Guillermo Pérez Villalta, Esfera con escaleras, 1986, particular; Obra del gran pintor surrealista René Magritte, Eternidad, 1935; Representación del Uróboro, símbolo de la eternidad, serpiente que se muerde la cola; Grabado del artista holandés Maurits Cornelis Escher, 1898-1972, Mano con esfera reflectante, 1935; Óleo del pintor español Eugenio Lucas Velázquez, Sábado con desnudos, siglo XIX, Madrid; Extraordinario lienzo del pintor Eugenio Lucas Velázquez, Encadenados, siglo XIX, Madrid.)

12 de octubre de 2011

El recuerdo más épico recompone los pedazos perdidos u olvidados de nuestro atribulado espíritu.



Aquel reconocido periodista español decimonónico llevaría a nominar un premio para los que consiguieran escribir artículos que llegaran más allá de lo que, objetivamente, comunicaran con ellos. El premio Mariano de Cavia se concede en España desde el año 1920 para aquellos periodistas o escritores que con sus artículos hayan alcanzado la excelencia. En 1926 se concedió el premio a un artículo publicado en el diario ABC de Madrid el 12 de octubre de ese mismo año y titulado El triunfo de las Carabelas. Estaba firmado por Manuel Siurot Rodríguez, un pedagogo sevillano nacido en la pequeña localidad de la Palma del Condado, provincia de Huelva.

Dedicaría toda su vida a la enseñanza de los niños pobres en una difícil época en España, particularmente en Andalucía. Hoy, cuando este imprescindible oficio es tan motivo de polémica, cabe destacar ahora este homenaje por la noble, desinteresada, loable y extraordinaria vida de esfuerzo de tan eximio andaluz. Del mismo modo, homenajear también la ingente tarea que España desarrolló en América para educar a los nativos y a sus hijos, y a los hijos de los de aquí que luego siguieron allí. Esta gran labor cultural fue realizada -a veces con una iglesia útil poco reconocida- durante casi cuatrocientos años por España en América, y nunca ha sido superada por ninguna otra nación que hubiese descubierto o conquistado o colonizado jamás tierra alguna desde el alba de los tiempos.

El Triunfo de las Carabelas

En el amanecer luminoso de aquel 12 de Octubre, la Santa María, de Colón; la Pinta, de Martín Alonso, y la Niña, de Vicente Yáñez, han tocado con sus proas la tierra del Nuevo Mundo. La mañana tropical del golfo sonríe en las aguas azules, en la limpieza del cielo y en la alegría de la selva virgen. España acaba de romper la barrera infranqueable que habían construido el miedo y la ignorancia, aprovechándose de la inmensidad del mar. Esa felicidad, que sonríe en el seno de la mañana augusta, es un obsequio de la Naturaleza a los tres barcos triunfadores, que son los tres maestros más grandes de la Geografía Universal.

El espíritu creador de la Patria española contrae en ese momento nupcias con América cobriza, la inocente, la bella. El sacerdote de ese matrimonio es Dios, y son testigos el cielo, el sol, el mar y aquellos marineros españoles que, desde la democracia de sus vidas, han escalado la cumbre más alta del honor. La Historia estaba celosa de la Poesía, y, con un puñado de hombres de carne y hueso, escribió un poema más grande y más luminoso que todas las invenciones de la leyenda.

Luego viene Cortés, y quema en la candela de sus naves una resina olorosa y nueva, que es el incienso de la Patria al inmolarse voluntariamente ante el altar de América. Viene Pizarro, que no sabe leer, y civiliza un mundo, crea un imperio más grande que Europa, y, en la noche ecuatorial, ha visto aquella Cruz del Sur, cielo novísimo, descubierto por él; cruz de brillantes, que relampaguean misteriosos como espléndida joya sideral, que era el regalo que Dios hacía en las bodas de España con América.

Y vienen Ponce de León, Balboa, Grijalba, Solís, Ocampo, Álvaro Núñez, y mil más legionarios del heroísmo y patriarcas de la civilización. Por todos la Patria del solar castellano, del poema del Cid y del Romancero, la que supo romper en la frente de almorávides, almohades y benimerinos de la soberbia de las dominaciones con el martillo de la austeridad; la España de los Fueros, de los Municipios y de las iluminaciones teológicas, trabaja en la alfarería creadora de los mundos, y al dilatar meridianos y paralelos surge el planeta definitivamente perfecto, según las leyes de la geografía de Dios.

Ahora, lo mismo que el 3 de Agosto, mis discípulos recogen esta emoción, que va llenando sus almas y perfumando sus ideas. Es el salmo de la Patria, que debe semitornarse con todos los calores y dulzuras del amor. Les digo: Para que el amor de la Patria sea perfecto ha de tener alas en su misticismo, y herramientas en su acción. Amor que no sabe volar no es amor, y, por otra parte, amor patrio que no tiene una palabra, un libro, un arado, un martillo y un cansancio de labores generosas, es un sustantivo sin substancia.

Aquellos españoles de la epopeya tenían alas y tenían instrumentos; eran místicos y trabajadores; estaban iluminados de ideales, y tenían los pies perfectamente puestos en la realidad de la vida. Este día es un grande orgullo de la Historia, y debe traer para la juventud de España y América el serio propósito de volar por el mundo de las ideas, llevando bajo las alas el instrumental práctico de la civilización.

Pero es preciso, para volar por fuera, volar primero sobre nosotros mismos en la meditación de nuestro propio destino; porque no hay ni uno solo de los jóvenes hispanoamericanos que no tenga un 12 de Octubre a que llegar en su vida; un posible 12 de Octubre, que es la revelación completa de la personalidad. A ese momento glorioso no puede llegarse si no copiamos de la Rábida, que es la cátedra más fuerte del genio español, la sencillez franciscana, la entereza maravillosa del carácter, y la generosidad, que sale limpia de todos los juicios históricos; si no nos embarcamos en las tres carabelas de nuestra memoria, entendimiento y voluntad; si no nos lanzamos al mar de la vida para vencer las tempestades atlánticas y la de los hombres, y si no estamos vigilantes para ver en la aurora del día milagroso la América que todos llevamos por descubrir en nuestra alma.

Manuel Siurot.

(Artículo publicado de nuevo en el periódico ABC de Madrid el día 12 de abril de 1927, como homenaje al premio Mariano de Cavia de 1926, concedido a Manuel Siurot Rodríguez en el año 1927.)

(Fotografía de estatua de Cristóbal Colón en el Monasterio de Santa María de las Cuevas, Sevilla, hoy convertido en Museo de Arte Contemporáneo; Fotografía de la misma estatua con el pedestal y su leyenda: A Cristóbal Colón, en memoria de haber estado depositadas sus cenizas desde el año 1513 a 1806 en la iglesia de esta Cartuja de Santa María de las Cuevas (Sevilla), erigido en 1887; Óleo del pintor francés Ferninand-Victor-Eugene Delacroix, 1798-1863, Colón y su hijo en La Rábida, 1838, USA; Cuadro Vista del monumento a Colón, del pintor andaluz Picasso, 1917, Museo Picasso, Barcelona; Cuadro El descubrimiento de América, 1959, del pintor catalán Dalí, USA.)

11 de octubre de 2011

Una redacción salvó un museo de Arte, nos salvó a todos hace más de cien años.



A mediodía del dieciocho de julio del año 1891 se llegó a producir en Madrid algo por lo que muchos españoles temblaron de pánico. Un pequeño incendio se declararía entonces en el Museo del Prado madrileño. Afortunadamente, pudo controlarse pronto y las joyas del mundo del Arte no sufrieron ni siquiera su calor. Pero, sólo tres días después -¡horror, sólo tres!- un incendio de nuevo se produciría en el Prado. También sólo sería un intento fortuito y lamentable, que no llegaría a más, y que se propagaría entonces por una de las estancias más importantes del Museo, la llamada Gran Sala de la reina Isabel II.

En los años del triunfo racionalista, académico, científico e ilustrador del siglo XVIII, el gran rey español Carlos III promovió, gracias a unos ministros extraordinarios, la construcción de un grandioso edificio para albergar instituciones académicas o científicas que entonces proliferaban mucho por las cortes europeas. El edificio, diseñado por el arquitecto español Juan de Villanueva, tenía el estilo propio de su momento, un Neoclasicismo racional embellecido por sus grandiosas columnas, un estilo requerido por las formas y maneras con las que se identificaba la época. Para cuando la gran obra finalizó, el rey Carlos III no pudo verlo entonces. Pero el monarca español no sería el único que no pudiese verlo terminado... para lo que fue originalmente diseñado. Nunca se pudo inaugurar para lo que aquellos hombres quisieron entonces hacerlo. La pronta Guerra de la Independencia española frente al invasor francés Napoleón, durante los años 1808 al 1813, lo convertiría en un cuartel improvisado para tropas. Y las propias planchas de plomo de sus tejados neoclacisistas dejarían también, en ese momento, de ser una protección a lo que pudieran albergar por entonces: todas esas planchas se convertirían en balas.

Años después de finalizar la guerra, en 1818, el nuevo rey Fernando VII -a causa de su esposa Isabel de Braganza- impulsaría la remodelación del grandioso edificio. Lo hizo para custodiar allí todas las maravillosas obras maestras de la pintura universal acaparadas durante siglos por la corona española. Con los años se ampliaron varios recintos anejos al edificio principal, hasta que se terminó un área central absidial en el año 1853 durante el reinado de Isabel II. Entonces se decide dedicar ese espacio para una nueva sala que concentrase grandes obras maestras. Ese extraordinario lugar, situado en una planta principal -lo que le permitiría observar las estatuas grecorromanas de la planta inferior-, concentraría entonces una maravillosa muestra, variada y mezclada, de la más alta generación artística nunca encerrada en espacio alguno albergado jamás.

Un crítico español de entonces llegaría a decir de ese lugar: Rafael y Velázquez juntos; Rubens y beato Angélico; Tiziano y Ribera, etc., todos en nefando contubernio, se perjudican de modo deplorable y sería menester tener la retina de bronce para no sacarla herida de la contemplación de tales contrastes. Lo lógico, lo natural, lo indispensable es arreglar los cuadros en orden cronológico, exponiendo juntos los de un mismo autor y después los de sus discípulos, que es el modo de hacerlos lucir más. El barullo actual es bochornoso. Cuando se celebraron los homenajes por el tercer centenario del nacimiento del gran Velázquez durante 1899, el Museo del Prado sustituyó aquellas pinturas inconexas por una selección de obras de este maestro sevillano. De ese modo pasarían gran parte de sus obras a la Sala de Isabel II. Entonces nadie protestó, tan merecido respeto traería a todos el encumbramiento del Arte español de la mano de uno de sus más grandes, creativos, originales y barrocos pintores.

El Liberal fue un periódico español que se editó por primera vez en Madrid en mayo de 1871. De muy marcado progresismo para el momento conservador vivido entonces en España, defendería una nunca vista libertad de prensa con rigor, imparcialidad y amenidad. En este diario se publicaría en noviembre de 1891 un artículo que llevaría a muchos lectores a alarmarse, dirigiéndose corriendo incluso, aquella fría mañana madrileña, hacia el Museo del Prado. Escrito por uno de los mejores redactores tenidos entonces en España, no se le ocurrió otra cosa mejor a éste que, desde la más fina ironía, llegar a las conciencias de todos para evitar lo que, según él creía, algún posible y fatídico día pudiese llegar a ocasionar la más trágica emoción universal. Escribió por entonces, entre otras cosas, esto:

.....
A las 2 de la madrugada, cuando ya no nos faltaban para cerrar la presente edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas del Gobierno civil, nos telefoneaban desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:

- El Museo del Prado está ardiendo.
.....

La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impiden entrar ahora en pormenores acerca de la fundación del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en las reseñas de sus riquísimos tesoros.

Tiempo nos quedará -si la jettatura del señor Cánovas no acaba con todos los españoles de una vez- para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden también la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial.


Sí; la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos ha sido el origen de esta tristísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debía evitarlo, por un enjambre de empleados y dependientes de la casa.

.....
Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hubo que hacer a media noche, una colilla indiscreta... y ¡adiós Pasmo de Sicilia!, ¡adiós cuadro de las Lanzas, ¡adiós Sacra Familia del Pajarito!, ¡adiós Testamento de Isabel la Católica!, ¡adiós, Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra-Angelico y desahogos de Teniers!
.....
El incendio está en todo su horrible apogeo, y el Museo del Prado, gloria de España y envidia de Europa, puede darse por perdido. Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el sitio del siniestro:
"Amigo y Director: Creo que, para ser esta la primera vez que ejerzo de reporter, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos...que pueden ocurrir aquí el día menos pensado.

Tuyo,"

Mariano de Cavia.

(Extracto del artículo La catástrofe de anoche, de Mariano de Cavia, publicado en el periódico El Liberal de Madrid el 25 de noviembre de 1891).

(Fotografía del Museo del Prado, con la estatua del gran Velázquez enfrente; Óleo del pintor flamenco David Teniers, El archiduque Leopoldo en su Galería de Pinturas en Bruselas, 1650; Óleo El Pasmo de Sicilia, del pintor del renacimiento italiano Rafael Sanzio, 1516; Cuadro Un Anacoreta, siglo XVII, del pintor español José de Ribera; Cuadro del pintor sevillano Murillo, Sacra Familia del Pajarito, 1650; todas estas pinturas ubicadas en el Museo del Prado, Madrid, España; Reproducción de la portada del periódico El Liberal, Madrid, 1879; Grabado con el retrato del periodista Mariano de Cavia.)

6 de octubre de 2011

Un gran país, México, originario de una gran nación: una historia, un desencuentro y un destino común.



La nobleza fue un premio ofrecido por los reyes para aquellos sus súbditos que habían contribuido a obtener algún logro que beneficiara a la corona o a su pueblo. En España hubo momentos históricos donde los reyes fueron más dadivosos, o más oportunistas, y otros en que lo fueron menos. Uno de esos momentos donde se entregaron más títulos nobiliarios en España fue a mediados del siglo XIV, cuando el entonces rey Enrique II de Castilla -el hermano bastardo del legítimo rey Pedro I- prometiera favores a hidalgos o caballeros de baja estirpe si le apoyaban en su lucha por la corona en el año 1369.

Uno de esos señores lo fue García Álvarez de Toledo (1335?-1370). Había sido nombrado antes por el rey legítimo Pedro I capitán Mayor de Toledo para defender esta ciudad frente a las tropas de su rebelde hermanastro Enrique de Trastámara, y decidió cambiar ahora de bando para seguir manteniendo sus privilegios así como obtener los señoríos de Oropesa y de Valdecorneja. Años después uno de sus herederos, Hernando Álvarez de Toledo y Sarmiento (?-1464), Señor de Valdecorneja, sería nombrado por el rey Juan II de Castilla primer conde de Alba de Tormes.

Un hijo de Hernando, García Álvarez de Toledo y Carrillo de Toledo (?-1488), aprovecharía otra necesidad real de premiar que tendría otro monarca castellano necesitado de apoyos. El rey castellano Enrique IV le acabaría ofreciendo en 1472, gracias a su fidelidad frente a su hermana Isabel (la pretendiente y futura reina Católica), ampliar el condado de Alba en ducado. Este título nobiliario español, ducado  de Alba, es desde entonces el más importante por su grandeza, número de títulos otorgados y heredados así como por su patrimonio y su historia.

Uno de los más grandes duques de Alba habidos en la historia de España lo fue el tercer duque, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1507-1582). Llegaría a ser gran militar y estratega español, tanto al servicio del emperador Carlos V como al de su hijo, Felipe II. Sin embargo, las dinastías nobiliarias no se mantenían siempre en línea directa -sin interrupciones de sangre- a lo largo de toda su existencia. En el caso de la Casa de Alba ha habido tres dinastías diferentes, tres familias distintas que han cambiado la posesión de dicho ducado por falta de descendencia directa o por falta de heredero varón. La primera dinastía, los Álvarez de Toledo, se acabaría en el año 1755, cuando el décimo duque de Alba, Francisco Álvarez de Toledo y Silva (1662-1739), sólo tuviera una hija como heredera, María Teresa Álvarez de Toledo y Haro (1691-1755). Al casarse ésta con un importante aristócrata, Manuel de Silva y Haro (1677-1728), este noble español obtuvo así para su familia -los Silva- la nueva dinastía aristocrática de Alba.

La siguiente, tercera y última dinastía se produjo a la muerte de la XIII duquesa de Alba, Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo (1762-1802). Esta mujer no tuvo descendencia. El título pasaría entonces a la rama de una de sus tías, María Teresa Silva y Álvarez de Toledo (1718-1790), que llegaría a casarse con un aristócrata francés de origen bastardo real británico, Jacobo Fizt-James Stuart y Ventura Colón de Portugal (1718-1785). Uno de sus descendientes, Carlos Fizt-James Stuart y Fernández de Híjar-Silva (1794-1835), continuaría la nueva línea dinástica como decimocuarto duque de Alba. Luego, al pasar los años, se sucedieron los varones hasta llegar al XVI duque, Carlos María Fizt-James Stuart y Portocarrero (1849-1901), abuelo de la actual duquesa de Alba. Después lo heredaría el padre de ésta, XVII duque, Jacobo Fizt-James Stuart y Falcó (1878-1953). La actual duquesa llegaría a contraer un primer matrimonio en el año 1947 con el descendiente de un contable del ejército español del rey Carlos IV de España.

A veces los títulos no se ofrecían por razones bélicas sino por servicios a la Corona, fuesen éstos por razones políticas o sociales. Así fue como el hijo de aquel contable del Ejército español, Carlos Martínez de Irujo y Tacón (1765-1824), se le otorgaría en el año 1803 el Marquesado de Casa-Irujo. La curiosa historia de este alto funcionario nos lleva al sentido histórico de la entrada. Después de estudiar en Salamanca es nombrado con veintiún años secretario de embajada en Holanda para más tarde pasar a la embajada de Londres. Aquí aprende el idioma inglés y algunos conocimientos de Economía. Pero el nombramiento más importante le sucede en 1796 cuando fue nombrado embajador en la reciente nación norteamericana. En Pensilvania, entonces capital de los iniciales EE.UU, vive y trabaja defendiendo los intereses de España hasta el año 1807. Durante ese período en los Estados Unidos sucedería uno de los hechos más curiosos de la diplomacia española en la incipiente nación norteamericana.

Entre 1801 y 1805 es vicepresidente de los Estados Unidos de América Aaron Burr (1756-1836). Personaje muy controvertido, tuvo que abandonar el cargo en 1805 por problemas judiciales y acabaría por entonces arruinado. Motivado quizá por sus deudas, no se le ocurrió otra cosa que conspirar contra su propio gobierno para crear otra Nación americana en los territorios del oeste y el sur norteamericano, es decir, en lo que por entonces era parte de la Nueva España o el Méjico colonial español. Esa época, primeros años del siglo XIX, fue muy convulsa en la Historia de España. El inmenso territorio del Virreinato de la Nueva España fue codiciado tanto por la nación estadounidense como por intereses británicos o franceses; pero, también, por la incipiente rebelión de los criollos mejicanos, españoles nacidos allí que creyeron encontrar su propia salvación con la independencia de España. Tres años escasos después España se vería obligada a defender su virreinato norteamericano luchando además ahora en Europa, denodadamente, contra el feroz, potente y cruel ejército francés de Napoleón.

Aaron Burr fue un político estadounidense oportunista, un personaje taimado que había adquirido territorio en la región de Tejas, en el norte del virreinato mejicano. El presidente norteamericano por entonces, Jefferson, conseguiría denunciarlo por traición. Sin embargo, Aaron Burr se defendería muy bien de esas acusaciones y conseguiría salir indemne de los cargos presidenciales. Llegó a mantener antes de eso una correspondencia fluida con el entonces embajador español, Carlos Martínez de Irujo. El objetivo de Aaron Burr era derrocar al imperio español en norteamérica y constituir un nuevo Estado. La relación con el embajador español fue muy sorprendente, ya que ¿cómo podría participar un alto funcionario español en tamaña barbaridad para su propio país? Aunque Martínez de Irujo alcanzó fama en los EE.UU como amigo del conspirador Burr, nunca se pudo demostrar ninguna traición ni colaboracionismo en los hechos, menos aún su falta de patriotismo.

Quizá conocía los deseos revolucionarios de los criollos novohispanos y quiso contrarrestarlos con algún tipo de apoyo estadounidense. Pero le salió mal. Fue destituido de la embajada norteamericana y enviado en 1809 a Brasil, donde contribuyó a promover la defensa del virreinato del Rio de la Plata -actual Argentina- de los independentistas criollos de esa parte de la América española. La Historia de la Nueva España avanzaría por entonces inexorable y violenta con el desencuentro entre hermanos que se produjo, definitivamente, en el año 1824. México alcanzaría entonces su independencia. Este nuevo país mantuvo, sin embargo, las mismas fronteras que los españoles negociaran años antes con los Estados Unidos. Pero las conspiraciones que iniciara aquel vicepresidente norteamericano, un personaje denostado y traidor, fueron germinando, sin embargo, muy fructíferamente -poco a poco- en el inconsciente colectivo del pueblo estadounidense.

En el año 1846 los Estados Unidos no ocultaron ya su deseo expansionista ni un momento más. Se había conseguido con el tratado Adams-Onís, firmado hacía veinticinco años entre España y los EE.UU, la tan deseada por los norteamericanos transcontinentalidad, es decir, llegar al otro lado del continente, a la otra orilla norteamericana del Pacífico. De este modo España se vio forzada a ceder entonces el territorio de Oregon, al noroeste de su virreinato mejicano, pero dejaría dentro de su nueva provincia de Nueva España la California del norte y los territorios de Tejas y Arizona. Así se acordó entonces en 1820. Pero los años pasaron y la ambición anexionista estadounidense no tuvo disimulo alguno. En 1846, con una excusa cualquiera, invadieron los norteamericanos el territorio mexicano -independiente desde 1824- y consiguieron llegar hasta la capital de la nueva nación, la Ciudad de México, en el año 1847. La fuerza y el poderío norteamericanos obligaron a firmar el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, acuerdo por el cual México perdió todo el norte de su territorio heredado, más de un 55% de su superficie total original.

Así fue cómo México alcanzó su independencia, perdiendo parte de sí misma, lo mismo que le sucediera a la Nación española que le diese la vida siglos antes, que también perdería así parte de sí misma, luchando entonces por su propia Independencia. Demasiadas cosas parecidas, demasiadas cosas compartidas y demasiadas raíces en común. Porque la Historia, lo único que une realmente, es lo único que no se debería nunca perder de la memoria. Ella pronuncia, en voz alta y clara, lo que muchos oídos debieran escuchar siempre: que los pueblos pueden separarse a veces, como las familias, pero que compartirán siempre una vida, unos valores, un pasado, una cultura y un mismo corazón, cosas todas esas que nunca, nunca, sin embargo, conseguirán jamás terminar por existir.

(Óleo del pintor mexicano Gerardo Murillo, El Paricutín, 1946, México, representación del volcán del mismo nombre situado en el estado mexicano de Michoacán; Cuadro del pintor español Arturo Souto Feijoo, Iglesia y jardines de Acolmán, México, 1951, Santiago, España; Retrato del III Duque de Alba, 1549, del pintor Anthonis Mor; Grabado del primer Marqués de Casa-Irujo, siglo XIX; Fotografía del XVI Duque de Alba, Carlos María Fitz-James Stuart Portocarrero, siglo XIX; Óleo del pintor francés Adolphe Jean-Baptiste Bayot, Ocupación de Ciudad de México en 1847 por EEUU, 1851; Fotografía del Palacio Presidencial mexicano, antiguo Palacio virreinal, Plaza del Zócalo, Ciudad de México, 1996; Fotografía de la Avenida de la Reforma, Ciudad de México, 1997; Fotografía de la iglesia de la ciudad de Taxco de Alarcón, Estado de Guerrero, México, estilo barroco colonial español, 1997; Fotografía del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México, 1996; Imagen fotográfica de la plaza del Zócalo en la capital mexicana, 1996; Cuadro de Frida Kahlo, El abrazo de amor del Universo, de la Tierra -México-, Yo, Diego y el señor Xo, 1949, México; Cuadro de David Alfaro Siqueiros, Caminantes, México; Fotografía de la ciudad de Dolores-Hidalgo, Estado de Guanajuato, México, estatua del cura Hidalgo y su grito de independencia, 1997; Fotografía de la entrada a una vivienda en la población mexicana de Tecozautla, Estado de Hidalgo, México, antigua puerta y entrada original del siglo XVIII de una casa novohispana, 1997.)

2 de octubre de 2011

Una escuela en la Historia del Arte y una ciudad española llena de Historia.



Durante la Segunda República española los conflictos sociales culminaron en algunos desgraciados incidentes artísticos, como los prendimientos de fuego que se produjeron en algunos templos religiosos del país. En Sevilla por ejemplo, durante el difícil año de 1932, se quemó por completo la antigua iglesia de San Julián. En el incendio se perdieron el Retablo Mayor del siglo XVII, varias tablas del pintor del renacimiento sevillano Alejo Fernández (1475-1545) y se dañaría una pintura sobre tabla, Virgen de Gracia, del pintor sevillano del gótico final Juan Sánchez de Castro (siglo XV). Sánchez de Castro fue realmente el iniciador de la escuela sevillana de Arte. Trabajó en la decoración del Alcázar sevillano durante el año 1478. A partir de él se desarrolla toda una forma de transmitir pasión y estilo artísticos que han durado casi quinientos años. Grandes y conocidos maestros pintores fueron algunos, geniales y menos conocidos pintores, lo fueron otros. En una línea cronológica ascendente empezamos con el mencionado Alejo Fernández. Al parecer de origen alemán, aunque nacido probablemente en España, su estilo está influido por la pintura flamenca de entonces, finales del siglo XV y principios del XVI. Con su obra Anunciación este creador sevillano se encuentra entre su estilo gótico y una nueva tendencia que revolucionaría pronto el Arte: el Renacimiento.

Siguiendo con los pintores sevillanos del siglo XVI descubrimos a Luis de Vargas (1505-1567), original de Sevilla, aunque formado en Italia en el entorno del gran creador renacentista Rafael. Sus creaciones influyeron en las nuevas maneras de pintar en España que se consolidaron en la primera mitad de ese siglo mercantil y explorador sevillano -el siglo XVI-, cuando por entonces las carabelas colombinas comenzaran a surcar el río Guadalquivir camino del Nuevo Mundo. Después de él, en pleno inicio de la edad dorada española, surge un pintor plenamente renacentista, Alonso Vázquez. Aunque nacido en Ronda (Málaga) en el año 1564, crea muchas obras en la Sevilla de finales del  siglo. Al final de su vida acabaría por marcharse a Méjico, acompañando al entonces virrey Juan de Mendoza, y moriría en la Nueva España en extrañas circunstancias durante el año 1608. Su original y grandiosa forma de pintar sería precursora, tal vez, de los orientalistas y románticos de siglos posteriores a él. Poco después, un genio de los que nacen pocos en el mundo surge de pronto en Sevilla: Francisco de Zurbarán (1598-1664). Nacido en Badajoz, entonces parte del reino de Sevilla, realizaría grandes obras religiosas para la Iglesia. Pero fue un especial creador, un gran maestro que llevaría el arte español y sevillano a la más alta cota de genialidad del Barroco en su período inicial.

Pintores desconocidos son aquellos que no han sido muy originales o que no han proliferado mucho, o que sus obras han sido absorbidas por el tiempo y sus tendencias veleidosas. Uno de ellos lo fue Sebastián de Llanos Valdés (1605-1677). Desarrolló toda su obra en Sevilla, donde al parecer nació. De cierto estilo tenebrista muy correcto, estuvo a la sombra contemporánea, sin embargo, de otros autores de mayor envergadura, lo que le impidió llegar a ser más relevante en el Arte. Pero esta es una de las curiosidades del Arte: si se nace o se crea en un tiempo -fue contemporáneo de Murillo- donde otros creadores hacen lo mismo y lo hacen mejor, la injusticia artística sobrevolará por encima de aquellos y el desconocimiento brillará aún más que la propia riqueza intrínseca de esas obras y creadores. El gran Murillo (1617-1682) es sin lugar a dudas la figura fundamental de la escuela sevillana. Aquí destaco ahora una obra no muy conocida de él. Fue un pintor al que los críticos han encorsetado demasiado en la pintura religiosa. Pero, él creó mucho más que eso. Gran parte de su creación artística no religiosa se encuentra fuera de España, seleccionada entonces -por manos poco honestas- para adornar las paredes de los grandes salones o museos de Europa y América. Sin Murillo la pintura sevillana no hubiese alcanzado la importancia que tiene.

Lucas Valdés (1661-1725) fue el hijo del gran pintor sevillano Valdés Leal. Es el hijo otro desconocido en el Arte. En esta muestra he preferido destacar sólo al hijo, por desconocido injustamente. Casi siempre -a veces sin querer- los genios han tapado, acomplejándolos, a sus propios descendientes artísticos. No era muy frecuente, sin embargo, este caso entre los pintores entonces, el siglo XVII. En los años antiguos no sucedían esas odiosas comparaciones, tan abundantes hoy en día. Supongo que porque los creadores aún no habrían llegado a creerse dioses. Pero además porque, quizás, la virtud personal era más que una palabra manida y los padres se enorgullecían de que sus hijos pudieran saber y hacer lo que ellos, o aun más. Siguiendo a los desconocidos pintores de entonces, ahora otro autor sevillano de principios del ilustrado siglo XVIII: Bernardo Lorente Germán (1680-1759). En el año 1730, durante su período más creativo, retrata al tercer hijo varón del rey español Felipe V. Este pintor fue seguidor de la escuela de Murillo, pero, sin embargo, pronto se dejaría seducir por las nuevas formas de plasmar Arte en ese nuevo siglo, algo que cambiaría absolutamente todo lo anterior.

Otro pintor sevillano del siglo de las Luces lo fue Domingo Martínez (1688-1749). Fue un creador más fiel al barroco final español, entonces muy significativo todavía en España, primera mitad del siglo XVIII. Grandes obras realiza Martínez que realzan además la magnificencia de un pueblo -el español- dado excesivamente al lujo, al recargamiento, o al adorno barroquiano más dorado y poderoso. Este es el período histórico-artístico de la vuelta al esplendor imperial hispano perdido casi un siglo antes. Ahora se señala y se busca demostrar un nuevo poderío imperial, ese poder político y militar que el longevo y decidido rey Felipe V trajese de nuevo al anciano imperio español. Pasamos al siguiente siglo, el siglo que, quizá, más pintores sevillanos posiblemente haya dado al Arte: el siglo XIX. Para España, y Sevilla particularmente, fue un siglo artístico muy prolífico, creativo y original, pero también muy desconocido. Empezamos con el pintor sevillano Antonio María de Esquivel (1806-1857). Aunque sometido al influjo romántico europeo de su época, tuvo en Murillo a su maestro más inspirador, del que se valió para expresarlo en sus obras. A pesar de iniciar su actividad en Sevilla, acabaría sus días en Madrid donde conseguiría dar a conocer más su obra en el mundo. Fue un extraordinario pintor que supo combinar la fuerza del Romanticismo europeo, muy poderoso entonces, con las sutiles técnicas antiguas de su querida escuela natal.

Luego vemos más pintores de este mismo siglo XIX que trataron de reflejar ahora el paisaje en un lienzo, cada uno con la tendencia artística propia de su momento. Creadores que expresaron lo que era la tendencia impresionista pero ahora con rasgos de la escuela a la que sus maestros pertenecieron antes. Una muestra aquí de obras de ese siglo con pintores desconocidos algunos y conocidos otros. Como Manuel Barrón y Carrillo (1814-1884), gran paisajista romántico andaluz. Como José Jiménez Aranda (1837-1903), de familia de pintores ilustres e influido además por tendencias que venían de fuera más que por las autóctonas de sus contemporáneos andaluces. Sin embargo, supo equilibrar la técnica europea con la fuerza andaluza de sus ancestros. Le sigue aquí José García Ramos (1852-1912), un creador propiamente regional. Con él se inicia una forma local y costumbrista de pintar lo andaluz, lo sevillano, más propio de una época y de sus costumbres locales.

Más tarde, pero muy seguido, viene otro autor regionalista sevillano pero paisajista y universal a la vez: Emilio Sánchez-Perrier (1855-1907). Fue un pintor naturalista, es decir, un autor que expresaba la realidad más feroz de lo que él veía. Esta tendencia -el naturalismo- fue un estilo artístico importante en la época del pintor, finales del siglo diecinueve. Otro pintor naturalista, no muy conocido fuera de Sevilla, pero destacable por la peculiaridad de su temática regional, lo fue el sevillano Gonzalo Bilbao Martínez (1860-1938). Sus obras de las cigarreras, por ejemplo, han pasado a la Historia del Arte más de lo que él, posiblemente, pudo entonces sospechar. Sus cuadros de la antigua Fábrica de Tabacos sevillana, recreados en la obra literaria de Bizet, son extraordinarias muestras de un impresionismo sevillano más universal. Por último, tres pintores desconocidos que merecen más reconocimiento del que tienen. Rafael Senet (1856-1926), excelente paisajista, clasicista y orientalista creador sevillano. Otro es José Arpa Perea (1858-1952), longevo pintor sevillano, paisajista original, muy detallista y colorista, más conocido fuera que dentro de España.

Finalmente un creador que, aunque nacido en Gibraltar, desarrollaría gran parte de su vida en Sevilla, donde pintaría sus calles, costumbres y paisajes. De un impresionismo particular, con suave tendencia andaluza y española, Gustavo Bacarisas y Podestá (1873-1971) fue un pintor cosmopolita gracias a su nacionalidad británica y sus frecuentes viajes por Europa. Al final de su vida regresa a la ciudad andaluza que más le marcaría en su trayectoria artística. En ella quiso acabar sus días pintando con sus coloridos, vibrantes y marcados semblantes andaluces. Estilos todos ellos, sin embargo, de una tendencia que surgiría muchos siglos antes, cuando la ciudad soleada y mágica del sur de España comenzara a percibir entonces que el Arte de pintar era algo más que seguir una determinada tendencia artística, o que participar de una forma particular de decorar un altar o una tabla, o incluso una vajilla o un retablo, era, sobre todo, una manera de sentir y de creer muy especial en el Arte de plasmar un color, una sombra o un trazo artístico en un lienzo.

(Óleo del pintor Alonso Vázquez, San Pedro Nolasco redimiendo cautivos, 1601, barroco; Cuadro del pintor Gonzalo Bilbao, Interior de la Fábrica de Tabacos, boceto, 1911, modernismo; Grabado con parte de la pintura sobre tabla Virgen de Gracia, del pintor Juan Sánchez de Castro, siglo XV, originalmente situada en la iglesia de San Julián de Sevilla, trasladada en 1932 a la Catedral de Sevilla, gótico tardío; Óleo del pintor Lucas Valdés, Retrato milagroso de San Francisco de Paula, 1710, barroco tardío; Fotografía de la iglesia de San Julián de Sevilla totalmente destruida, 1937; Cuadro del pintor sevillano Alejo Fernández, Anunciación, 1508, gótico-renacentista; Obras del gran Francisco de Zurbarán, Visita de San Bruno a Urbano II, 1655, y San Hugo en el refectorio, 1655, pleno barroco sevillano; Óleo del pintor Sebastián de Llanos Valdés, San Jerónimo penitente en su estudio, 1669, barroco; Cuadro del gran pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo, San Jerónimo penitente, 1665, barroco; Gran obra del pintor Luis de Vargas, Prendimiento de Cristo, 1562, renacimiento manierista andaluz; Gran obra del pintor Domingo Martínez, Carro de la Común Alegría, 1748, barroco tardío; Óleo del pintor Bernardo Lorente Germán, Retrato del infante Felipe, 1730, barroco tardío; Cuadro del pintor Antonio María de Esquivel, Retrato de niño con caballo de cartón, 1851. romanticismo; Cuadro del pintor sevillano Manuel Barrón, La cueva del gato, 1860, romanticismo; Óleo del pintor Emilio Sánchez-Perrier, Triana, 1889, realismo; Cuadro del pintor sevillano José García Ramos, Malvaloca, 1912, modernismo andaluz; Óleo de José Jiménez Aranda, Retrato de Irene Jiménez, 1889, realismo; Cuadro del pintor José Arpa, Chumberas en flor, 1890, paisajismo; Óleo del pintor sevillano Rafael Senet, Canal de Venecia, 1885, clasicismo; Magnífico cuadro del pintor Gustavo Bacarisas, Plaza de San Pedro de Roma, 1955, modernismo; Óleo del pintor Gonzalo Bilbao, Las Cigarreras, 1915, modernismo; Todas estas obras ubicadas en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, salvo la indicada en otro lugar.)

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...