14 de enero de 2012

El contraste, la sorpresa, la fuerza interior y la indecorosa fragilidad de la vida.



Cuando, en una ocasión, se encontrase mirando el pintor norteamericano Andrew Wyeth (1917-2009) por una de sus ventanas observaría entonces una mujer que, arrastrándose, se desplazaba frágil y difícilmente por una de las laderas cercanas a su casa. Luego averiguó que padecía poliomielitis, y que, a pesar de eso, no dejaría ella de querer sentir el suelo bajo su piel... Entonces, pensó pintar esa escena tan estremecedora. Pero, para respetar la identidad de la mujer, ideó utilizar mejor la figura de otra mujer, incluso más joven, añadiendo a la imagen una fuerza emocional diferente... al mismo tiempo que le restaba dramatismo. Porque, ahora, se incorporaban a la imagen otros elementos añadidos: deseo pasional, fuerza adolescente, necesidad emocional o querencia interior. Y para expresar todo esto requería el pintor a otra modelo, no podía utilizar a la mujer real que viese luchar por las laderas ladeadas de su casa. Así fue como su joven esposa contribuiría, en el año 1948, a modelar la artística silueta tendida de la imagen. Pero, lo más extraordinario de la vida de este curioso creador norteamericano fue otra cosa, sin embargo, algo que él mismo llegaría a descubrir más de treinta y cinco años después de pintar aquella obra, algo que sorprendería ahora a todos, incluida su esposa: había llegado a realizar cerca de cincuenta pinturas que nunca había enseñado a nadie. Y todas esas obras de Arte habían sido de la misma modelo desnuda, un mujer misteriosa a la que trataría de proteger ocultando sus lienzos al mundo.

Al parecer, durante quince años -desde 1970 a 1985- había retratado a una mujer desnuda que vivía cerca de la casa de invierno que el pintor poseía en Pensilvania. Él la llamaba Helga y casi todas las obras eran desgarradores desnudos originales de ella. Un tema pictórico además, los desnudos, que el autor plástico no habría acostumbrado nunca a su público en todos sus años como pintor. Pero, una tarde, se lo acabaría confesando a su mujer: tenía guardadas todas esas pinturas. Ahora sólo el Arte importaba. Cuando le preguntaron a su esposa ¿por qué se lo ocultó incluso a ella?, ésta respondió: Es una persona muy secreta, él no se mete en mi vida ni yo en la suya, y ha valido la pena. Poco después se supo que Helga existía, que había trabajado en casa del hermano del pintor, que era alemana de origen, que estaba casada y que había tenido cuatro hijos y dos nietos. Sólo le molestó al final la indeseada y fastidiosa popularidad que todo eso habría adquirido luego; si bien, pensaba ella, como lo pensó siempre, una cosa: que las obras de Andrew Wyeth son bellísimas.

A veces nuestra energía interior se sobrepondrá a todo lo azaroso: a lo más escabroso, a lo más doloroso, a lo más penoso o a lo más tormentoso y difícil de la vida. Y, aun arrastrándonos, haremos entonces lo imposible por avanzar, por alcanzar la meta..., y así poder volver a salir otra vez de nuevo, poder volver a acabar por fin o poder volver a sentir de nuevo ya la vida otra vez sobre nosotros. Para, en definitiva, poder volver a empezar otra vez con la misma fuerza e ilusión de antes, o, también, para terminar por llegar adonde, antes, pretendíamos llegar ilusionados. Porque es así ahora como una fuerza poderosa y determinante nos impulsará de nuevo. Una fuerza poderosa aunque, a veces, también incapaz de obtenerse ahora con ella aquel objetivo inicial y lejano previsto antes, aquel objetivo primero que, entonces, deseábamos obsesiva y vertiginosamente..., pero que, ahora, inútilmente su deseo siquera brille ya en el horizonte de nuestra nueva realidad, salvo con otra cosa diferente... Pero, sin embargo, con ella -con esa fuerza poderosa interior que nos precipita-, al menos llegaremos a sentir otra vez nuestra piel con lo que, apenas tiempo antes, era tan sólo un mero, vago e incomprendido anhelo interior inconsistente. Pero ahora ya es lo único importante: ¡intentarlo! Porque es muy posible que luego, algo más tarde aún, se sienta incluso otra cosa diferente de lo esperado, pero seguro que no será peor... Sin embargo, en otras ocasiones diferentes, con todas nuestras posibilidades físicas dispuestas, con nuestras ágiles piernas adheridas a nuestro deseo, no podremos ahora ya sino bajar, estrepitosamente, la temible pendiente angustiosa de la vida... En ocasiones corriendo incluso pero sin llegar a entender ahora bien siquiera cómo nos sucederá a nosotros algo así, cómo descendemos ahora así, además, teniéndolo ya todo..., todo lo físico o todo lo material. Y eso es así porque ignoramos que haya algo más que nuestros propios medios físicos para conseguirlo, algo misterioso que, sin embargo, nos lleva ahora incluso a subir las cuestas sin poder apenas hacerlo, algo que no surgirá sino del sincero, honesto y prometedor esfuerzo emocional interior más poderoso.

Según la mitología grecorromana el dios Júpiter tuvo una vez un hijo adúltero con la bella joven Alcmena. El pequeño Hércules tuvo que ser criado por el poderoso dios, ya que su esposa no lo aceptaría nunca. Pero, entonces, ¿cómo alimentarlo, cómo hacerlo ahora ya sin madre? Fue cuando Júpiter -Zeus en Grecia- idearía una estratagema para que su verdadera esposa Juno diese de mamar al pequeño sin que ella lo percibiese. Así que, cuando Juno estuviese una vez dormida, le colocaría Júpiter el bebé ahora entre sus pechos. De este modo Hércules pudo ser alimentado con la leche poderosa de la diosa. Pero, una noche desabrida, Juno se despertaría de pronto. Entonces ella, ante la sorpresa enorme de lo que pasaba, sólo pudo hacer un gesto impulsivo, un movimiento de repulsa, inconsciente y espontáneo. Alejaría así al pequeño Hércules de su pecho, impúdicamente, y brotaría, decidido y veloz, el blanco y fructífero líquido lechoso hacia todo el Universo... Esta fue la leyenda mitológica que contaría la creación, en el firmamento, de las riadas de estrellas que formarán La Vía Láctea. El pintor flamenco del Barroco Pedro Pablo Rubens crearía en el año 1637 su pintura La Vía Láctea. Junto a otras sesenta y tres obras, esta curiosa obra barroca adornaría el pabellón de caza del rey Felipe IV de España. Este pabellón real, llamado por entonces Torre de la Parada y situado no muy lejos de Madrid, acabaría teniendo un total de ciento setenta y seis obras pictóricas años después, en pleno siglo XVIII. Para el siglo siguiente la mayor parte de esas obras acabarían en un nuevo y grandioso museo, un edificio que fue antes Real Gabinete de Historia Natural, construido por el arquitecto ilustrado Juan de Villanueva, y adaptado luego como museo de Arte de Pinturas por el rey Fernando VII en el madrileño Paseo del Prado.

Aunque no es conforme a la medida literaria de lo que se crea una vez -y que no se debería luego añadir nada-, sí lo es a la verdad manifiesta..., esa misma verdad que de una semblanza parcial o desafortunada de algo importante no se evidenciaría entonces, algo que ahora, sin embargo, pueda así ya -añadiendo este párrafo sensible- poder rectificarse. Es por eso que -a posteriori- quisiera incluir en esta entrada este añadido texto. Y poder así destacar, claramente, esto: que una imagen artística puede ser entendida a veces solo como una representación iconográfica, aséptica, estética y utilitaria, para acompañar así una inspiración crítica de una obra de Arte; pero, sin embargo, también es, sobre todo, una representación vinculantemente emocional y relevante para algunos seres humanos que puedan haberla sufrido o padecerla... La primera imagen de la entrada, el lienzo de Andrew Wyeth denominado El mundo de Cristina, expuesto aquí de modo utilitario para simbolizar la lucha interior ante las fuerzas materiales que podamos o no disponer a veces, es, sin embargo, una de las imágenes de simbología más dura de toda la Historia del Arte. Una imagen que simboliza la más terrorífica sensación de soledad ante el desgarro terrible de los que la sufren. Representa la atormentada figura de una afectada por poliomielitis, enfermedad que, hasta hace poco, fue de las peores de la Humanidad. Actualmente superada por fortuna en su prevención, pero dramática en todas las personas que aún la padecen. Para ellos, como para todos los que sienten alguna afección que les impida en algo vivir, no sólo debiera el Arte acercarse a comprenderlos sino que, también, nuestra consideración y respeto deberían ser expresados claramente en semblanzas que, como ésta, no supieron hacerlo antes de que alguien nos lo hubiese recordado, luego, sincera y amablemente.

(Cuadro del pintor norteamericano Andrew Wyeth, El mundo de Cristina, 1948, Museo de Arte Moderno, Nueva York; Obra del mismo autor, Invierno, de 1946; Lienzo de Andrew Wyeth, Amante, 1980; Cuadro de Andrew Wyeth, Desbordamiento, 1978; Cuadro del pintor Frederic Edwin Church, Aurora Boreal, 1865; Óleo del pintor Rubens, La Vía Láctea, 1637, Museo del Prado, Madrid; Fotografía Aurora Boreal y la Vía Láctea, Islandia, 2011, derechos de Iceland Aurora, Photo Tours.)

3 comentarios:

Joaquinitopez dijo...

Te sigo habitualmente aunque no deje comentarios. Realmente sabes hacer unas selecciones artísticas algo más que buenas o muy buenas.
Sin embargo, hoy voy a dejar un comentario que espero no te ofenda ni te moleste, vamos que en tus criterios de moderación no chirrie. Es sobre el primer cuadro y la lectura que ofreces. Como afectado de poliomielitis (enfermedad que nadie parece recordar, gracias a la vacuna) creo que se te escapa la angustia de esa muchacha. En parte sin duda por que la enfermedad se ha minimizado y no conocemos hoy el horror que supone. Pero esa chica es una de las imágenes más aterradoras de la historia del arte. La memoria común borra los miedos que ya no necesita y ahora esa criatura queda despojada del espanto de esa realidad que quizás nunca nadie supo ver a menos que lo compartiera.
Un abrazo y permite que te felicite por la coherencia de tu blog.

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias por tus comentarios, Joaquinitopez, añaden más aún, o mejor, complementan lo que faltaba. El Arte es esférico, y tiene todas las facetas que queramos resaltar de su expresión. Yo aquí quise resaltar la simbología de la lucha, fundalmentalmente interior y no física, que representaba la fuerte imagen de Andrew Wyeth. Pero, quisiera incluir a esta entrada todo lo que dices, con todo mi reconocimiento, afecto y gratitud. Un abrazo especialmente.

Joaquinitopez dijo...

Seria un honor que lo hicieras. Un abrazo.

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