11 de enero de 2012

La esperanza y la inspiración, u otras formas de verlo ahora otra vez todo de nuevo...



En pleno momento romántico del siglo XIX un escritor argentino, uno de los primeros de su incipiente literatura, Esteban Echevarría (1805-1851), compuso en 1837 un largo, épico, emotivo y trágico poema novelesco, La Cautiva. Los autores de ese estilo desgarrador y decimonónico buscaban elementos narrativos que llevaran a golpear la emoción, a enardecer la semblanza de los gestos heroicos pero ahora abocados, irremisiblemente, a la caída. La obra literaria de Echevarría relata la sorpresiva y violenta irrupción de unos indios mapuches en una población fronteriza argentina de entonces. Luego de azorarla, toman rápidamente a una de sus mujeres y, de vuelta a sus lejanos territorios, se la llevan sola sin dejar que nada ni nadie pudiera evitarlo. Su esposo y pequeño hijo quedarían atrás. Ahora ya nada es posible, salvo buscarla. El marido de ella, un militar de campañas indias además, decide por fin aventurarse en la búsqueda.

Pero termina éste capturado también y llevado a la misma suerte que su mujer. Sin embargo, es ahora ella quien, ante un desastroso final, consigue que ambos se liberen huyendo decididos, incluso frente a la resignada y nada confiada sensación de él. ¡Han conseguido huir, han conseguido salvarse!, pero, sin embargo, es ahora el desierto, el desolado y sombrío desierto, el que acechante los espera a los dos; y, de nuevo, a volver a empezar otra vez todo de nuevo... La fuerza determinadora de su voluntad, de su esperanza, no puede ahora soslayar el abatimiento, ahora mortal, de su marido, ni el trágico final de saber que su propio hijo, atrapado por los indígenas fatídicamente, nunca más volverá a ser visto con vida. Termina el relato épico por sacrificar también, víctima ahora de la desesperanza, a la entonces muy decidida, abnegada y fuerte mujer.

Perséfone fue la diosa Proserpina romana, aquella hermosa doncella y mítica diosa de las semillas y las plantas. Una vez, descuidada y confiada, fue ella raptada por Hades -o Plutón- en una tarde ahora muy bella, tranquila y prometedora. ¿Qué habría sucedido para que entonces todo cambiara así, tan de repente, ante la brusca e inimaginable aparición de Hades? No podía ella entender ahora nada, sólo se aferraría a su ingrata sorpresa de que todo aquello que tenía, que había tenido, se acababa ya del todo y para siempre. Fue llevada ahora al inframundo, al reino profundo y tenebroso de su raptor. Éste la colmaría, sin embargo, de todas las glorias de su nueva condición como esposa de él. Pero Hades no comprendió entonces, cuando se dejó llevar por su deseo, que la diosa que había tomado para sí no podría ahora ya cubrir la Tierra con sus fértiles promesas.

Eso alteraría la vida de toda la Naturaleza, y el gran dios Zeus, empujado también por Deméter, la diosa madre de la Tierra y de la raptada, obligaría entonces a Hades a entregar a Perséfone. Pero, no aceptaría éste tan fácilmente el trato. Así que ahora Zeus sólo pudo conseguir de aquel dios subterráneo que la mitad del año fuese Perséfone a la vida, a la Tierra, regresando de nuevo al inframundo la otra mitad. De ese modo, en la tradición mitológica, aparece así la explicación de la floración, una floración primaveral que se lleva a cabo durante seis meses al año para que, en los otros otoñales e invernales seis, las semillas, ocultas, latentes y enterradas luego vuelvan de nuevo a los reinos oscuros y siniestros del Hades.

Es la esperanza, a veces, como la inspiración... Esperamos que esta última nos sobrevenga de nuevo, que pueda darnos, otra vez, el paso a pensar que todo lo que necesitamos ahora para vivir -o para crear- acabe por ser comprendido, por ser elaborado de nuevo en nuestra mente, ¡fructífera ahora! Y todo esto, además, para servir a un propósito, ineludible casi siempre: crear o vivir. Los pintores han representado la esperanza de muchas formas, pero solo George Frederick Watts (1817-1904) la compuso en su obra del año 1886 con los ojos cubiertos. ¿Es que es ciega, entonces? No siempre, otros no lo han entendido así. Pero este autor sí lo creía. Y así es como creo que es en verdad. Porque la esperanza realmente no sabe nada, ni lo sabrá. Porque todo es sorpresivo. Porque además no dejaremos -inconscientemente- que un único, un solo camino, se nos enfrente ahora indómito a nuestra desesperación. Porque es vago, también, todo lo que se asume en el momento de sentir esperanza, es incierto, es inconcreto... Como en la inspiración.

El paisaje arrebatador de un cuadro del creador Andreas Achenbach (1815-1910) nos ofrece ahora una puesta de sol luminosísima, resplandeciente en su final, casi molesta algo incluso su reducido fulgor, pero bellísima. El entorno, sin embargo, es descorazonador; un naufragio sobrecogerá a las minúsculas personas que, trabajosamente, tratan de vencer así la dura y despiadada tormenta. Toda la Naturaleza representada aquí nos asombra ahora de modo estrepitoso, tanto la difícil y embestida de una parte del lienzo como la brillante y preciosista de la otra. Pero, ambas superan aquí la vida de los hombres. No queda ya más que la aceptación del resultado de las cosas, aunque el maravilloso decorado nos haga también recordar que todo es conforme a la vida, a su desarrollo y su belleza.

El siguiente y último cuadro, del pintor norteamericano Edwin Church (1826-1900), nos presenta aquí una brumosa pero firme salida de la Luna en un paisaje, además, desolador y alejado. No hay nada aquí en la obra que presente ahora, en este caso, una fuerza atronadora que destruya ni abomine. Lo que pudo ser destruido una vez, lo fue ya para siempre. Pero, sin embargo, reluce ahora prometedoramente algo; algo resplandece ante los menguantes rayos solares que, incluso, se acabarán desvaneciendo por el oculto horizonte contrario, por el otro, por el que no se verá. No parece aquí haber ya nada que nos ofrezca ahora esperanza, todo son ruinas y tenebrosidad. Aunque, a diferencia del anterior, este lienzo, que como decimos no tiene a simple vista nada que nos lo suponga, posee ahora, sin embargo, más esperanza que el otro. ¿Por qué? Porque aquí todo ha pasado ya, en el otro estaba aún pasando. Ahora nada malo puede ya esperarse, estamos viviendo tan sólo lo pasado. Hasta la Luna incipiente del fondo acabará por iluminarlo todo aún más; por justificarlo todo todavía más, hasta comprender ya, serena y claramente, esas viejas formas de lo pasado, esas, ahora, nuevas formas de verlo ya otra vez todo de nuevo.

(Óleo del pintor simbolista inglés George Frederick Watts, 1817-1904, La Esperanza, 1886, Tate Gallery, Londres; Lienzo del pintor polaco Jacek Malczewski, La inspiración del pintor, 1897, Museo Nacional de Cracovia; Óleo La vuelta del malón, 1892, del pintor argentino Ángel Della Valle, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires; Cuadro del pintor italiano del barroco tardío Simone Pignoni, 1611-1698, El Rapto de Proserpina, 1650, Francia; Óleo Puesta de Sol después de la tormenta en la costa de Sicilia, 1853, del pintor Andreas Achenbach; Cuadro Salida de la Luna, 1880, del pintor paisajista americano Frederic Edwin Church.)

9 comentarios:

David del Bass dijo...

Esta muy bien el blog, no lo conocía hasta ahora, me pasaré más a menudo a leerlo. Aprovecho para felicitarte el 2012, un saludo!!

**kadannek** dijo...

Primeramente le saludo y felicito (y agrdezco) por tan "delicado" blog; Son fascinantes las pinturas y agradables las explicaciones u opiniones. Se me hace sumamente reflexivo y muy encantador.

Sobre esta entrada en particular, todas son obras geniales, pero las dos últimas me llegan con más fuerza -quizás por algo de etapadas personales-. Sin duda, es la esperanza, casi el motor principal, el impulso que nos obliga o mantiene caminando, en pro de un amanecer, de una vida más próspera, de un triunfo, de glorificar el dolor y justiticarlo. Es la esperanza, movida a su vez por la inspiración y visceversa, casi como un ciclo vicioso, quienes nos apoyan o en quienes nos apoyamos casi abusivamente para sobrellevar el peso de los días, de los infortunios y también de las alegrías. La esperanza inspira, la inspiración crea, en la creación está la vida (supongo).

Saludos cordiales, estaré por aquí otra vez.

Arteparnasomanía dijo...

También esas felicidades para ti, David del Bass. Lo que se dice o se escribe cumple su cometido cuando se escucha o se lee. La grandeza de internet es que siempre hay alguien nuevo que lo haga. Saludos.

Arteparnasomanía dijo...

Es así, Kadannek, como dices, aunque es más importante que ella, que la esperanza, la confianza. Ésta es más racional. Sin embargo, la otra nos sobreviene siempre a veces. Con los años empiezas a entender las dos, como todo. Gracias por tus comentarios. Saludos.

**kadannek** dijo...

Tal vez la esperanza y la confianza sean hijas de la ilusión. Ambas dicen "io creo en/que..", a veces guiadas por la intusión o las corazonadas tan pisoteadas hoy en día.

Saludos.

Arteparnasomanía dijo...

La esperanza viene de esperar. ¿Qué se puede esperar? Lo ajeno, lo que viene de fuera. La confianza viene de fiar en algo, también en uno mismo. Es aquí donde más se racionaliza, es decir, hay más consciencia, sobre algo. La intuición es una capacidad fundamental. Ésta es como el apetito, sólo se requiere satisfacerlo en su justa medida. Más allá puede embotar peligrosamente. Saludos.

**kadannek** dijo...

Y la conciencia-esencia puede estar enbotellada bajo el yugo opresor de la razón. Por eso hay que darle crédito a ésta y a la intuisión.

Arnedo dijo...

Otra gran entrada, como siempre.

Ayer vi la obra de Watts, Esperanza, me impresionó mucho,

Un saludo,

Jose

PD - Me he permitido añadir un enlace a este blog desde www.redescubrirelarte.com

Arteparnasomanía dijo...

Muchas gracias Jose; la verdad es que quería escribir sobre la Esperanza, y encontré esta extraordinaria obra. Para mí sobre todo, cuando una creación consigue tener tan elaborados los dos aspectos del Arte (forma y contenido), como lo consigue ésta, es cuando roza la genialidad más impresionante. Puedes enlazar donde y cuando quieras. De nuevo, gracias por venir...

Un abrazo.

Alejandro.

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