9 de febrero de 2012

El anhelo, la curiosidad, la evasión, la excitación o el distanciamiento en la mirada.



De todas las acciones humanas imprecisas, involuntarias o impulsivas -casi siempre llevadas a cabo desde un lugar protegido, solitario, evasivo o solaz-, la más primitiva, la más infantil o la más devota de todas ellas es ahora la mirada perdida... Y no es ahora ver nada en sí, no, no es eso, ya que eso exige un objetivo previo y definido, un motivo para hacerlo, una necesidad de asimilarlo o de entenderlo o de aprehenderlo. Pero cuando miramos no con los ojos sino con el pensamiento, con el deseo más bien, o con lo más íntimo de nuestra desconocida razón, entonces llegaremos a despersonalizarnos del todo y seremos así, incluso, otra cosa ya de lo que somos... Es parte de lo que sucede cuando, por ejemplo, vemos ahora un cuadro, una obra teatral o una película: no somos conscientes ya de que existimos para ver, sólo ahora lo que vemos es lo único que existe. Es nuestro inconsciente el que actúa así cuando esto nos sucede. Y entonces o la historia narrada o impresa sustituye lo que somos, o la lejanía, el fuego, la distancia, el horizonte o la fuga visual acabarán por desterrarnos de nuestra realidad inmediata.

Cuando el rey legendario Minos le prometiese al dios del mar Poseidón que sacrificaría con gusto lo que éste le ofreciese, no imaginaría el perverso rey cretense que sería un extraordinario y hermoso toro blanco. Así que, deslumbrado ahora por tal ejemplar, nada marino, decidió que se lo quedaría para él... sin sacrificarlo. La cólera entonces de Poseidón, ultrajado por la osadía, tramaría ahora su venganza. Consiguió que la esposa del rey Minos, Pasífae, se enamorara apasionadamente del temible ejemplar astado. Con un artefacto de madera parecido a una vaca -construido por Dédalo-, pudo Pasífae satisfacer ahora su deseo... Ésta quedaría encinta de la bestia y así fue como nació, mitad toro mitad hombre, el legendario Minotauro. Pero para que éste pudiese ahora vivir sin escapar, fue encerrado para siempre en el intrincado laberinto.

Y es así cómo ahora, asomado a un alto, lejano y solitario muro, el pintor George Frederick Watts pintará en 1885 al desolado Minotauro. ¿Qué mira éste ahora desde ahí? Nada. Porque no hay nada tras el laberinto, nada se verá desde el lugar donde el minotauro mira. Pero ahora, sin embargo, sospecha que algo deberá existir allí, además de él. Se siente confuso el Minotauro ahora, porque no comprende qué es eso que pueda ser distinto a sí mismo, aunque no sea ahora nada lo que él vea más allá del muro de su prisión. Al ser mitad hombre, se infiere que es esa mitad la que le lleva a alzarse y mirar, dejando por una vez la rutina alienante de su laberinto. Algo le hace además querer entender que, más allá, habrá otra cosa, deberá haber algo distinto a él. Pero ahora sólo lo intuirá... Sin embargo, la realidad es que él nada verá hacia donde mira.

¿Qué es lo que se mira cuando nada se ve? Las miradas perdidas encierran un misterio, y o está éste en lo que miramos o en nosotros mismos. Es como la imagen de la mujer que mira ahora absorta un fuego poderoso, ¿está ella poseída por él? Desde su distancia, ¿puede ahora ella sólo maravillarse, abstraida, viendo así las terribles llamaradas del horror? Las otras miradas, las clandestinas, encierran además un deseo, un anhelo poderoso. En ese caso está ahora fuera de nosotros ese misterio... Pero también hay otras cosas que se miran sin que estén... Son las cosas que queremos ver ahora... porque ya las conoceríamos de antes. Entonces nos transformaremos por completo, nos entregaremos a la pasión de quererlo ahora, de vivirlo ya con nuestro deseo. Es como el caso de un personaje de los Cuentos de Canterbury, pintado aquí por Edward Burne-Jones en 1871, la desesperada Dorigen. Esta esposa, Dorigen, se encontraba muy afligida porque no veía la llegada de su amado en un barco, para ello observaba si aparecía una nave en el lejano horizonte que le trajera a él a casa desde la guerra.

Pasaban las semanas y el posible velero no aparecería en el horizonte. Su desesperación la plasma aquí el pintor desde la habitación de Dorigen, un lugar desde donde todos los días abre ella sus ventanas desplegándolas por completo. El órgano de música, reflejado a la derecha del lienzo, es de los antiguos que requerían, necesariamente, de otra persona para que pudiese crear música... Esa es una de las formas que el autor prerrafaelita utiliza aquí para acentuar, aún más, la terrible soledad que ahora supone esa mirada... La verdad es que todos miraremos algo a veces sin ver nada. Porque o ésto -lo que miramos- no existe realmente, y terminaremos pensándolo, es decir, lo imaginaremos; o existe y lo anhelamos ahora porque no está. Aunque también, sencillamente, acabaremos dejando a nuestros ojos que hagan lo único que ellos saben hacer: mirar y mirar hacia lo lejos..., exista ahora o no lo que miramos.

(Cuadro del pintor George Frederick Watts, Minotauro, 1885, Tate Gallery; Óleo La criada cautelosa, 1834, del pintor Peter Fendi; Cuadro del pintor norteamericano Edward Hopper, Mujer mirando por la ventana; Imagen de la pintora actual americana de origen Chino, Jia Lu, Salida, 1997; Cuadro del pintor actual Scott Mattlin, Obra Figurativa; Lienzo del pintor Paul Delvaux, El Fuego, 1935; Óleo del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, Anhelo de Dorigen, 1871.)

4 comentarios:

lur dijo...

El mar es uno de esos lugares donde se queda una con la mirada perdida sintiendo como la calma va apoderándose lentamente de ti. Todo un placer ese tipo de sensación.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Es el horizonte lejano, cercano y acogedor, supongo que, además, es como un guiño a nuestra primitiva morada, de la que salimos una vez para no volver... Gracias y saludos.

sacd@ dijo...

No sé si llegó un comentario que hice a través del móvil. Lo volveré a escribir.
El mar y la tierra, un minotauro, encerrado en el laberinto humano. Lo bueno de esto que el comentario de ahora es muy diferente del que intenté desde el móvil. Cuando el cansancio intenta seducirme, me acerco con la mirada al arte o a personas como tu o usted, que me hacen descubrir nuevas seducciones, aunque el laberinto no es una trampa sino más bien una búsqueda. Saludos y hasta la próxima seducción.

Arteparnasomanía dijo...

No llegó. Pero los comentarios tienen siempre algo de nuevo. Sí, es como una forma de búsqueda. Los blogueros somos siempre "tu". Saludos.

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