29 de febrero de 2012

La expresión de lo absurdo en la vida puede ser una sutil forma de belleza artística.



El zar Iván IV de Rusia (1530-1584), más conocido como Iván el Terrible, fue el primer gran zar de la Rusia moderna, emprendida ya desde el Renacimiento. Con él, el estado ruso ampliaría sus fronteras medievales y trataría de organizar una administración más centralizada. Aunque también tiranizaría a los pueblos bajo su poder con la mayor crudeza entonces conocida. El gran pintor ruso Iliá Repin (1844-1930) consiguió plasmar esa Rusia histórica en sus obras combinando un Realismo académico, colorista y profuso, con una excelente dramaturgia social y psicológica muy efectista. Con su pintura Iván el Terrrible y su hijo, el pintor ruso fue capaz de componer una magnífica obra, tanto en el sentido histórico como en el antropológico. Porque aquí se observa como un padre, el zar Iván, auxilia con el rostro destrozado de dolor a su propio hijo -también llamado Iván- ante su cuerpo abatido y sangriento. Lo abraza y lo aprieta, incluso contra su pecho, como tratando ahora de detener la muerte inevitable y absurda de su hijo. La escena es tan realista que los gestos y heridas nos abruman ante el drama cruento de lo que acaba de suceder.

Es su heredero, su favorito, lo mejor de sí mismo, lo que ahora sostiene entre sus brazos; lo que podría prevalecer luego, cuando él desaparezca. Pero ahora, sin embargo, todo ha acabado para siempre. Y lo sostiene el padre de rodillas, como pidiéndole a su Dios que no le deje morir, que le perdone todo y que no termine así con sus deseos. Pero el hijo está ya exánime, aturdido, incomprendiendo por qué su padre le acoge ahora así, tan compungido, sin dejar que la vida se le escape. ¿Cómo es posible?, debe preguntarse el hijo moribundo, ¿cómo es posible que no lo hubiese querido antes? Porque ha sido él, su propio padre Iván, el que un momento antes le había golpeado ciego de ira, llevado por un desaforado y violento carácter. No es esto lo que parece, sin embargo, expresar aquí el pintor en esta excelente representación artística, pero esa fue la realidad -tan absurda- de lo que por entonces sucediera.

Otro pintor realista, en este caso estadounidense, Winslow Homer (1836-1910), sería también de los que, con mayor sensibilidad y sutileza, expresaría en sus obras el sentido de la contradicción, del contraste o de la absurdidad de la vida. Con un fondo de Naturaleza salvaje, expone en esta obra de Arte a los seres humanos muy cerca del abismo, pero, a la vez, los muestra muy lejos de las propias emociones que ese mismo abismo suponga. En su pintura Al Rescate del año 1886 sitúa a dos mujeres y a un hombre en la escena pictórica. Los tres se dirigen a algún lugar que se ignora, que no aparece en el cuadro de la imagen. Parece una playa ese lugar, aunque las raras olas de una orilla inhóspita e incomprensible no lo sugieren..., y no nos inducen siquiera a pensar algo parecido. Pero, es que no se mueven ellas, o se mueven muy lentamente las mujeres ahí. Mujeres que están aquí juntas y caminando despacio. Pero el hombre, sin embargo, sí avanza mucho más deprisa. ¿Qué puede ser eso?, ¿por qué ellas están así, casi detenidas, si incluso están más cerca que el hombre del motivo acuciante, pero ahora invisible en la escena? No hay respuesta. El autor no lo despeja. Somos nosotros, los espectadores, los que ahora deberemos deducirlo. Y es que vamos a veces por la vida así, descompasados, desorientados, ciegos, ridículos casi, por el sendero de un destino inapreciable. O nos dirigiremos por un impulso primitivo y solidario o, a cambio, por nuestra infinita y solitaria curiosidad decidida.

Es como en su otra obra El Vendaval, del año 1893, donde Homer nos representa a una madre con su pequeño hijo en brazos. Una mujer ahora que camina, muy tranquila, por la orilla peligrosa de un mar embravecido. Y, sin embargo, ella no está aturdida aquí, ni asombrada, sólo sostiene firme y segura ahora a su pequeño. No abandonará el lugar corriendo, no dejará, ni deseará alejarse ahora del peligro. Sólo la mirada de ella se fijará, detenida, en el fenómeno natural como si fuera eso una belleza indefinible..., así, justo al lado mismo del peligroso precipicio, desafiándolo incluso. La mirada del pequeño se dirige ahora, absurdamente, hacia nosotros, hacia los que miramos, sorprendidos, el cuadro. Y nos mira él ahora como queriéndonos advertir de algo que ni él mismo comprende, como deseando el pequeño, inconscientemente, tan solo querer él sí alejarse de allí.

El gran creador prerrafaelita John Everett Millais (1829-1896) compuso en el año 1856 una impactante, asombrosa, bellísima y muy alentadora obra, La muchacha ciega. Ante un paisaje grandioso por su belleza, producido justo después de un fuerte aguacero, una joven, de espaldas al paisaje, parecerá ahora presentir, sin verlo, el extraordinario arco iris dibujado en el profundo cielo, un fenómeno que ella, desde luego, ni ve ni nunca podrá ver. Pero, hay otras cosas que sí le permitirán entrever lo sucedido. Sus manos, por ejemplo, palparán la húmeda hierba; su olfato percibirá la información que su cerebro necesita ahora para diseñar la imagen que grabará, ansiosa, su mente avivadora. Hasta el aleteo imperceptible de una mariposa -que se aprecia aquí en el cuadro- le indicará que ha escampado lo bastante y no lloverá más. Su acompañante y lazarillo, a espaldas por completo del arco iris presentido necesitará, a cambio, girarse ahora para verlo. Porque para esta pequeña niña ahora, sin embargo, es el arco iris lo único que existe, lo único que, con sus ojos asombrados, pueda, verdaderamente, tan solo ella percibir...

(Óleo del pintor Winslow Homer, Al Rescate, 1886; Cuadro del pintor ruso Iliá Repin, Iván el Terrible y su hijo, 1885, Moscú; Obra del pintor español actual Dino Valls, Autorretrato, donde al parecer la propia modelo se autorretrata, ¿cómo lo hará, construyéndose o autodestruyéndose?; Óleo La muchacha ciega, 1856, del pintor John Everett Millais, Birmingham, Inglaterra; Cuadro de Winslow Homer, El Vendaval, 1893; Extraordinario óleo del pintor ruso Iliá Repin, ¡Qué Libertad?, de 1903, en donde una pareja baila, ¿segura?, pensando que son libres en medio de las traicioneras aguas del río Neva.)

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