25 de febrero de 2012

La inútil búsqueda inevitable, o quizá el único sentido sea no hallar nunca nada.



El gran compositor Franz Liszt crearía en el año 1851 un poema sinfónico, uno donde narraba la historia de un noble héroe ucraniano, Iván Mazepa (1639-1709). Este famoso cosaco tuvo la osadía de enamorar a una bella noble polaca. Por la terrible afrenta cometida -no hizo sino ultrajarla para los polacos-, sería atado desnudo a un caballo salvaje que, perseguido por lobos, no pararía de correr hasta llegar a Ucrania...  Los románticos creadores de principios del siglo XIX lo tomaron como modelo de obras desgarradoras donde la pasión, anudada a la fiereza, sería un ejemplo de la propia violencia desaforada de la vida. Y el pintor francés Horace Vernet lo demostraría gráficamente en su obra Mazepa y los lobos, una imagen artística que, como metáfora del inútil deseo -no podemos hacer nada para evitarlo-, nos representaría la fuerza poderosa de lo que a veces nos arrastra -el caballo sin gobierno- junto a la fuerza vil y monstruosa de lo que, a la vez, al mismo tiempo, nos amenazará despiadada (los lobos asesinos). Y es así como ahora nada podremos hacer ya, ni siquiera evadir la mirada de lo que nos persigue por donde, sin querer, ahora nos llevan. De ese modo, atados a nuestra necesidad, desbocados por nuestras pasiones, dirigidos sin poder decidir, acabaremos llegando adonde no querríamos hacerlo nunca...

Es como la permanente vuelta de las cosas, de los momentos repetidos o de las sinfonías azoradoras, agotadas también de tanto oírlas. Porque volveremos otra vez a lo mismo sin saber siquiera que lo hacemos, sin tener ninguna sensación que nos haga pensar ahora que alguna cosa nos lleve, por fin, a un último destino. Pero no, no es así, porque volvemos y volveremos a recorrer, de nuevo y para siempre, toda esa trayectoria repasada de la vida. ¿De cuál vida?: de la misma vida repetida de siempre. Es como la rueda inevitable de esa fortuna vital imaginaria, una rueda que no tiene fin ni principio. Y, sin embargo, a ella nos aferramos siempre, sin saberlo, sin quererlo; porque siempre nos anudarán los deseos, los intentos, los fracasos, los si acaso, los porqué no, los volvamos de nuevo..., o los así ahora lo haremos mejor. En el siglo XII se iniciarían, en la Literatura medieval, las leyendas caballerescas de héroes buscadores de un ideal imposible. En una de esas leyendas se basaría un medieval escritor francés, Chrétien de Troyes, para narrar la tradición del Santo Grial. Había que conseguir establecer entonces una meta imposible, un conjuro universal y sagrado por el cual esos caballeros lo dieran todo, incluso su propia vida, hasta no parar de obtenerlo. ¿Y qué mejor motivo que la ambivalente sangre de Cristo, algo tan legendario y divino, tan poderoso y tan humano? Pero lo que a esos caballeros-héroes les motivaría sobre todo sería la búsqueda de algo especial, de un ideal muy elevado e imposible, algo por lo que a ellos les mereciera la pena vivir o morir.

Y así, por ejemplo, se acabaría enfrentando Perceval, el mítico caballero artúrico -miembro de la legendaria mesa redonda del rey Arturo-, a las calamitosas y duras escaramuzas de su aparatoso destino. Un lugar éste donde fluía el único camino hacia la inútil e imposible conquista inconsistente. Inconsistente porque ¿quién podría encontrar algo tan sagradamente inexistente aquí, en esta Tierra de mortales? Pero como en todas las leyendas imposibles, sí habría un caballero, otro héroe artúrico, Galahad, que lo llegaría a conseguir... Y no pudo este caballero ser mejor recompensado entonces que, elevándose ahora sobre los demás humanos, y sobre la Tierra misma, terminar desapareciendo en brazos de lo sagrado, de lo angelical -algo absolutamente inhumano además, del todo inexistente-, para, a través de una esfera diferente y celestial -imposible regresar para contarlo-, alcanzar así a llegar, por fin, a ese destino anhelado y poderoso. Porque es únicamente de ese modo como lo no encontrado, lo que es imposible de conseguir desde el ámbito de lo terrenal, será ahora descubierto: dejando los rasgos humanos que nos llevaron a buscarlo.  Es decir, dejando ahora la existencia, la propia vida terrenal, lo único que les obligaría a esos desolados seres a sentir, insistentemente, la desquiciada, poderosa y obsesiva tentación de lo imposible...

(Óleo del pintor Horace Vernet, Mazepa y los lobos, 1826, Museo de Bellas Artes de Avignon, Francia; Cuadro El caballero del Santo Grial, 1912, del pintor Frederick Jubb Waugh; Lienzo del pintor Jean Delville, Parsifal; Óleo del pintor Edward Burne-Jones, La rueda de la Fortuna, 1883, Museo de Orsay, París; Cuadro La rueda de la Fortuna, 1940, de Jean Delville; Cuadro del pintor William Blake, El torbellino de los amantes, 1824.)

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