17 de abril de 2012

Asombrados por la traición de la belleza, de la nunca imaginada ahora crueldad de la belleza.



El día 24 de agosto del año 79 d.C. se asolaría por completo la antigua ciudad romana de Pompeya. Todos sus habitantes fueron atrapados por entonces, en aquella mañana bella y esplendorosa, entre las cálidas lavas de su refugio aparente o entre las letales nubes gaseosas de su desecho fatal. Habían soportado años antes otras erupciones, otros momentos de fulgor telúrico, pero nunca había sido como en esta ocasión. Incluso, pocos días antes de la tragedia, recibirían los efectos de algunos temblores recurrentes en su suelo napolitano. Pero, nada, sus habitantes andarían aún seducidos con sus vidas y bellezas, bajo aquel maravilloso cielo azul que inocente les cubriera... Porque, entonces, ese lugar y su montaña serían aun todo lo que ellos anhelaran en la Tierra, un espacio tan paradisíaco, tan bello, tan inocente, tan maravilloso como ese... 

¿Cómo, se deberían preguntar algunos de ellos por entonces, cómo un espacio así, tan bendecido por una belleza natural tan excelente, podría acaso dañar en algo a sus felices y admirados pobladores? Pero, es que la Belleza no ejecutará su sentido en cuestiones tan banales, no se ocupará de debilidades, de necesidades, de remilgos o sinestesias tan humanas... No, la Belleza se padece así, con todos sus efectos, los propios y los colaterales. Con sus caprichos además, que deslumbrarán inadvertidos en el ánimo admirado de los seres..., cuando no se sufran, sin embargo, a veces tan directos; con sus placenteras emociones también, que regalará en ocasiones desde lejos, desidiosa; con su generosa dedicación en exclusiva a su sentido, que nos ofrecerá displicente, sin fijar ahora límites ni fechas, caducidades ni detalles, en toda esa vanagloriosa feracidad natural de sus alardes imprecisos. Y la perdonaremos siempre, sin rencores ni aspavientos, porque es inútil hacerlo de un modo u otro. Porque ella, la Belleza, es eterna..., y, nosotros, efímeros.

Pero, cuando ahora ajena ya del todo, aunque nosotros la reconozcamos siempre como propia, nos atropelle insolente la Belleza, nos sobrepase así, injusta y desoladamente, quedaremos asombrados, sin creerlo, totalmente desfallecidos para siempre. Incluso ahora, incrédulos, pasaremos de sentir a no entenderlo. Y de ese modo, como aquellos habitantes romanos desolados, quedaremos ahora así, petrificados, permanentes ya en el barro endurecido para siempre, con toda nuestra propia y ridícula sensación vanamente enamorada... Porque todo habrá terminado para siempre, así, como entonces, ahuecado el mismo suelo también ya bajo nosotros, con las mismas esencias desperdigadas ahora de lo que, una vez, fuera por entonces toda una inmensa bella sensación indescriptible... También con esa misma sensación tan sorprendente se contemplará luego la escena malherida, justo al final de ella, cuando la visión desamparada ahora de un paisaje inerme, estéril y ridículo nos allane así la mirada deslucida de una nostalgia sin sentido. ¿Quién, diría también entonces alguien, quién pudiera imaginar siquiera entonces que, aquella maravillosa Belleza subyugante, pudiera ser ahora ya tan vil, tan cruel o tan infame?

(Óleo del pintor ruso Karl Briullov, Los últimos días de Pompeya, 1833, Rusia; Lienzo Paisaje con el Palacio de Caserta y el Vesubio, 1793, del pintor Jacob Phillip Hackert, Museo Thyssen-Bornemisza; Fotografía del volcán Vesubio en la actualidad, con las ruinas de la antigua y desaparecida ciudad romana de Pompeya, Italia.)

2 comentarios:

lur dijo...

Suele ser bastante habitual que la belleza vaya de la mano del riesgo, quizás por ello nos seduzca tanto.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Pero es algo que se ignora, que no se puede ni sospechar. La belleza es una virtud, una verdad como pocas. Pero, como la vida, indiferente a todo. Saludos.

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