27 de abril de 2012

La bondadosa libertad artística de Rubens crearía una gran obra de Arte y una lección...



Rubens probablemente fue uno de los pintores más atrevidos de su época. Pudo permitírselo, además, y fue un extraordinario creador. No sólo decoró grandes salones y palacios con la mayor sensualidad del cuerpo femenino, en un exceso ahora maravilloso y elegante, sino que además transformaría a su gusto las historias y leyendas de sus escenas retratadas. Según cuenta la mitología, Diana fue la poderosa diosa de la luz, aunque también la divina cazadora en su versión helénica -Artemisa-. Como diosa disponía de su pléyade de vírgenes, unas hermosas ninfas que dedicaban su vida y su virginidad a la divinidad:  a cortejarla reservando su castidad, a mantenerse célibes para ella. Sin embargo Calisto, una de las ninfas de la corte de Diana, sería seducida una vez por Júpiter -o Zeus- con el ardid que el gran dios urgiría siempre para ello: transformándose en otro personaje, o en la misma Diana o en su hermano Apolo; es decir, convertirse en un ser ahora confiable, muy cercano y del todo inofensivo.

De ese modo el dios impetuoso consiguió la unión imprevista. Calisto entonces quedaría encinta del dios, y, sin haberlo ella querido, ultrajaría también todo aquel voto a su deidad y defraudaría a sus compañeras. No podía ahora descubrir su estado, que lo ocultaría tras sus vestiduras mientras pudiera. Pero, una vez, cuando decidieron todas las ninfas vírgenes darse un baño cerca del monte Ménalo, Calisto no pudo evitarlo ya. Su involuntaria traición fue ahora desvelada. Y los autores mitológicos, los escritores griegos y latinos, describieron ese momento con la pulsión inevitable de una diosa que ahora, ofendida, decide expulsar a Calisto de su corte. Las versiones de los autores divergen en la forma en que la diosa lo hizo, pero todos coinciden en que la ninfa deshonrada desaparece o asaeteada por las flechas insensibles de Diana o transformada por Zeus en una estrella para siempre.

Sólo Rubens, en esta grandiosa imagen del año 1635, consigue -además de crear un perfecto, equilibrado, bello y grandioso cuadro- cambiar aquí el destino de los personajes. Ahora no se describen aquí los gestos adustos de la venganza o los justicieros momentos de una sentencia divina. No; ahora el gran pintor holandés del Barroco nos muestra a una compungida Calisto acompañada, sincera y tiernamente, por algunas de sus iguales. Y mirada y sentida además con cariño, con comprensión, dulzura, admiración y respeto por otras. Pero, sobre todo, es ahora Diana, la diosa inflexible y retadora, impulsiva, vengadora y certera, la que el pintor Rubens nos presenta ahora del todo distinta... Aparece aquí Diana con los brazos abiertos, con una expresión ahora del rostro diferente a su fama desmedida, con los gestos ahí para nada acordes a la historia transmitida. Recibe ahora así a Calisto, con toda su decidida clemencia, con total y absoluta afinidad y un muy sorprendente sosiego. Toda una sagrada lección, sin embargo, que el gran maestro flamenco supo entonces transformar ante la inflexibilidad o el desconsuelo.

(Óleo barroco Diana y Calisto, 1635, del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens, Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

lur dijo...

Quizás esa transformación a la hora de pintar a los personajes con esa serenidad y ternura se deba a la edad en la que el autor realiza la obra.
Por lo general con el paso de los años nuestro carácter adquiere matices mas benévolos.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Estoy de acuerdo, Lur, con el tiempo descubrimos que esas tribulaciones que ahora padecemos, entonces fueron ignoradas por nuestro ánimo. Toda una lección que, además, el Arte viene también a recordarnos. Saludos y abrazos.

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