7 de mayo de 2012

El infausto instante eternizado en un lienzo o el Romanticismo como desvelo fugaz y atormentado.



El escritor francés Alfred de Musset (1810-1857) nació en pleno momento romántico del más romántico siglo diecinueve. Y aunque abundaría en casi todos los géneros literarios, brillaría en muy pocos, tal vez por una demasiado desubicada sensación alarmantemente romántica para un gusto ahora menos efusivo del público. Porque el mundo estaría ya más inclinado en el año 1834 hacia creaciones románticas narrativas más suaves o poéticamente glamurosas que en exceso desgarradoras. Y en el género literario más narrativo -la novela- tendría Musset una competencia feroz con los más queridos escritores Víctor Hugo, Dumas, u otros más apetecibles narradores por entonces. Su vida privada fue más chispeante y conocida quizá por mantener una de las relaciones más atormentadas y folletinescas con la famosa y seductora escritora George Sand. Musset, con su poesía tan desatada y atrabiliaria, elaboraría, sin embargo, una escabrosa lírica, una desbordada pasión romántica muy excesiva -escandalosa a veces- para un gusto general más realista por entonces, más refinado incluso o más clásico, algo que, en aquellos años comenzaba a buscarse con más interés por los lectores. No así lo vieron sus colegas románticos, que lo alabaron, respetaron y lo celebraron mucho.

En el año 1834 Musset escribe su gran poema Rolla, drama romántico muy extenso (784 versos). Relataba la historia de Jacques Rolla, un joven francés muy libertino de París, el más grande libertino de todos ellos. Un joven heredero de alguna fortuna que despilfarrase en una vida disipada, desenfrenada y fatalmente atormentada. Pudo hacerlo él así -despilfarrarla de ese modo- porque la propia sociedad parisina de entonces se lo brindaría sin inconvenientes, sin reparos y sin ninguna dificultad. Ofreciéndoselo todo con sumo gusto, hasta la última gota de su inasequible deseo, hasta el final que fuese de todo aquello que el joven más desesperadamente anhelase. El autor romántico buscaba demostrar con su poema-narrativo lo que la sociedad de finales del siglo XVIII habría conseguido causar en los jóvenes franceses con un excesivo, acelerado o fatuo resurgir racionalista y materialista. Es decir, que con la desaparición de aquella fe y virtud de antes, también con el advenimiento ahora de un placer sin amor, se habría llevado a la desesperación -sin fondo alguno que los salvara- a muchas generaciones de jóvenes europeos del siglo siguiente. Y todo ello por los efectos -según Musset- de aquel inmisericorde mal materialista e impío, de toda aquella sociedad pagana de entonces así como de toda aquella infamia racional y sin espíritu.

El gran poema romántico comenzaba diciendo: Te arrepientes de la época en que el cielo sobre la tierra caminaba y respiraba en el pueblo de los dioses... Indicaba ese verso así, desde el principio de la obra, una referencia clara a la mitología como metáfora útil para señalar ahora lo más eximio, lo más virtuoso, lo más grandioso, pero, también, ahora, lo ya perdido...  El protagonista, en su agotador desenfreno, terminaría buscando el amor prohibido, el amor más desesperado y deseoso en una joven adolescente prostituta, un ser ahora tan ingenuo y desesperado como él mismo. En su despiadado y desolado poema, Musset trataba de destacar la confrontación, la continua confrontación trágica y ambigua, entre la corrupción y la pureza. Porque tanto la joven e inocente cortesana parisina como él mismo, el joven burgués desesperado, afligido y perdido, representaban aquellos niños que, abandonados por los dioses -por los valores espirituales, sociales y éticos-, se habrían deslizado así por la peligrosa e inútil búsqueda de una belleza ilusoria.

En el año 1878 la Academia de Bellas Artes de París en su famoso Salón de París, rechazaría la obra de Arte que el joven pintor Henri Gervex (1852-1929) se atreviera a presentar entonces a concurso. La escena elegida para el lienzo -titulado también Rolla- situaba a una joven desnuda en la habitación de un hotel parisino -hasta aquí nada malo-, pero, sin embargo, había algo ahora mucho más peligroso en el cuadro: la obra mostraba a la joven en una actitud clara de comercio sexual con un cliente. Porque el simple desnudo femenino, tan artístico, clásico y academicista en la época, no podría ser por entonces un motivo real para aquel rechazo. Debía ahora ser otra cosa diferente. El motivo verdadero era el instante erótico reflejado en el lienzo. Era ese momento eternizado en el lienzo donde ahora se mostraba -para una época tan puritana- una escena moralmente muy cruda, muy real, sensual y totalmente ahora desvelada. Porque ella no representaba -como en los cuadros clásicos de antes- a una diosa mitológica o a una Venus maravillosa dormida más. No, pero, él tampoco era ese héroe mitológico consagrado a salvarla o sujetado a adorarla. No, ahora los dos jovenes eran dos seres reales y normales en un mundo real desenfrenado. Dos seres además vulnerables ahora que, en ese instante maldito, buscaban y representaban, sin embargo, otra cosa muy diferente, lo que el poeta más desgarradoramente romántico quisiera por entonces criticar pero que la sociedad no admitía mostrarlo de ese modo, aunque fuese ahora tan artísticamente bello y clásico.

La romántica escena plasmada en el lienzo representa el momento en el que Jacques Rolla, después de haber dilapidado las últimas monedas de su vida, esas mismas con las que ahora él podía alcanzar las caricias de una amada idealizada, se levanta de la cama innominiosa, se viste, se acerca a la ventana y, mirando hacia afuera, a la ciudad degradada y decepcionante, espera ahora, resignado, el fin de toda esperanza o belleza. Luego -en este mismo instante fijado ahora en la obra- la mira a ella, a la pasión que sabe que no podrá ya seguir amando más. Hasta aquí mantiene el pintor fijada y eterna la escena romántica en su obra de Arte realista. Más tarde, según el poema de Musset, terminará el joven Rolla quitándose su propia vida luego de haber besado, poco antes, el cuello dormido, bello y delicado de su joven y desesperada amante. El poeta romántico describía así, en un solo y maravilloso verso apasionado, el momento eternizado que plasmaría el pintor francés en su obra de Arte: Rolla se volvió entonces a mirarla. Ella, cansada, se había dormido de nuevo; huyeron así ambos del mundo, de las crueldades del mundo. La niña en el sueño, el hombre en la muerte...

Hoy en día, ante las profundas convulsiones de esta sociedad nuestra tan llena de incertidumbres, no deberían sernos ajenas del todo las sensibilidades de aquellos creadores sensibles de siglos anteriores, unos autores lúcidos y expresivos que plasmaron ya la terrible irresponsabilidad de los que mal dirigen -o influyen- la sociedad en la que vivimos, de los que dirigen la vida de los otros, de todos, de los más jóvenes o de todos esos seres que pensarán luego vivirla, algún día, sin sobresaltos. ¿Cuándo se castigará la negligencia de hacer creer a los demás que lo único viable y salvador es lo que, únicamente, salvará y dará a los que deciden, hacen o crean esas oportunidades vanas de los otros? Porque los demás, los otros, los que sufren anónimos, inocentes, desconsolados o desesperados sus decisiones malditas sólo podrán recordar, si acaso, esos momentos terribles en los que su inocente o errónea confianza les abrazaba cándidamente y, a veces, hasta mortalmente en un alarde por entonces prometedor, absolutamente seductor, infame, o falsamente suficiente.

(Óleo del pintor francés academicista Henri Gervex, Rolla, 1878, Museo de Bellas Artes de Burdeos; Retrato del escritor Alfred de Musset, 1854, del pintor Charles Landelle, Castillo de Versalles, Francia; Cuadro Ophelia, 1908, del pintor Henri Gervex.)

No hay comentarios:

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...