17 de mayo de 2012

Y así, luego, después o ahora, nunca ya nada volverá a ser como antes.



Nos acostumbraremos a nuestra existencia sosegada y autocomplaciente, satisfecha y moliciosa. Pensaremos sin pensar, es decir, inconscientes de pensarlo, que todo fluye como siempre, que todo seguirá luego así de templado en su inercia, sin zozobrar, sin descubrir para nada el asombroso e ineludible estiaje de la vida. Pero, es justo todo lo contrario. Porque es más propio de la vida el intercambio de las cosas, sus derroteras formas de conducirnos hacia lo desconocido que la aparente y perenne sonrisa de un sino edulcorado... Un destino éste encubierto además en el autoengaño o en la farsa, o en la conquista inexistente de un acomodo imposible,  en el arriesgado faro aleatorio de una frágil luz que no siempre alumbrará en las oscuras y tempestuosas aguas de nuestra existencia. 

Y entonces, cuando el averno monstruoso nos acoja en su seno sin avisar, no pensaremos ahora más que en adorar, como a un dios enriquecido, las doradas esencias de lo de antes... Lo de antes, ese paraíso engañoso al que nos aferramos siempre, creyendo ahora que es lo único que existe, lo único mejor que puede existir nunca. Debemos desterrar ese sentido equivocado, debemos ahora comprender que, incluso, existió ya otro antes de antes..., y que nada quedará después de nada porque tampoco nada existiría antes ya del todo. Sólo viviremos en nuestro ánimo lo que nos parecerá creer vivir, lo que inventaremos en nuestro interior como un drama teatral sobrevenido.

¡Ah, ruinas del pensamiento!, que poco quereis recomponer ahora, con los pedazos derramados de lo roto, el nuevo acontecer..., aunque éste parezca más imprevisible y desatento. Nuevo acontecer que, sin embargo, sobrevivirá incluso a nuestro deseo, a nuestro parercer y a nuestra vida. Porque siempre habrá un antes y un después. Porque siempre una acción producirá un efecto; y porque aquellas causas, enredadas en lo misterioso del azar, llevarán siempre una despejada meta luego, queramos o no, en su trayecto vital para poder así de nuevo intentarlo. Recibirlas con las guirnaldas inteligentes de lo que puede volver a transformarse para cambiar las cosas nos servirá mejor para vivir y comprender ahora el imposible desciframiento de lo humano, de lo que somos y seremos realmente.

La historia nos lo confiesa solemne, y el Arte además lo aprovechará para recrear escenas inspiradoras. Lo que fue antes tuvo su momento, su anhelo, su pasión, su fervor, su color y su tendencia; lo que vendrá después también tendrá luego su instante, su morada, su romántico escenario, incluso -o no-, y su sentido... Porque todo valdrá para la emoción, aunque ésta no acabe aún de comprenderlo... Porque para entenderlo se necesita aceptar que aquel después se convierta luego en otra cosa, y no mantenerse así en lo que parece la pérdida infame de aquel antes. Sentida esta pérdida de antes además como la única ruina que pueda acontecernos, como un destino ahora eterno y poderoso, en exclusiva para nosotros, y que acabará así por consumirnos para siempre. Sin embargo, no es así nunca, no debe serlo, no deberemos pensar para nada en que ese deba ser el único sentido, aunque parezca el más injusto, infalible y desconfiado de toda nuestra existencia.

(Obras del pintor español del modernismo Santiago Rusiñol, La Morfina, Antes y Después, 1894; Óleo El Coliseo, 1896, del pintor británico Lawrence Alma-Tadema; Lienzo Capricho con el Coliseo, 1746, del pintor Bernardo Belloto; Óleo Una audiencia de Agrippa, 1875, del pintor Alma-Tadema; Óleo Los baños de Caracalla, 1899, de Alma-Tadema; Cuadro Arco de Constantino, 1742, Antonio de Canaletto; Óleo El amor entre las ruinas, 1899, del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones.)

2 comentarios:

lur dijo...

Cuánta razón llevan tus palabras, la vida con sus instantes que van aportando nuestro crecimiento personal.
Y como bien apuntas en tu cabecera "ya nunca volverá a ser como antes".
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Pero cuesta aceptarlo, y no por una racionalización del hecho, no, sino por una excesiva "emocionalización" del mismo. Porque ésta, la emoción, requiere casi siempre asideros. Es más fácil cambiar, con un pensamiento, una razón lógica que no una frágil y desolada emoción. Un abrazo.

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