22 de junio de 2012

Lo que centrará nuestra atención de una imagen o lo que el Arte determinará nuestra mirada.



¿Por qué miramos algo más o antes que otra cosa? Los creadores diseñan su pequeño universo creativo determinando qué cosa deberá ser objeto de atención ineludible. ¿Cuál es el motivo central de una obra o hacia dónde dirigirá antes el observador su mirada? ¿Dónde centrará la atención el creador para eso?, ¿qué cosa primará en su creación?, ¿o qué sentido principal gobernará la mirada con la que miremos el cuadro? Todas esas cosas nacen de la inicial inspiración artística del creador. El motivo principal es la mágica y artificial manera de seducir, o hacer reaccionar, ante lo desconocido que el Arte y sus creadores aprovecharán. Unas veces los creadores representarán el motivo principal albergando la mayor parte del escenario creativo con algo exótico. En estos casos el pintor alcanzará -o no- una sutil genialidad al compartir esa parte atrayente o exótica con el sentido fundamental de la obra. Eugene Delacroix consigue en su lienzo Jaguar atacando un caballo hacernos fijar ahora nuestra mirada en el felino amenazador y sorprendente. Unido al jinete, ambos formarán en la romántica obra un solo cuerpo iconográfico destacable. Proyectarán así, sin distracción estética alguna ahora, la figura más emblemática y principal del lienzo romántico, esa representación que completará y justificará la obra. 

En otras ocasiones el pintor no dejará otra opción que mirar lo único que hay en la obra, aunque no atraiga inicialmente la mirada para nada. Porque todo lo demás es ahora ahí la nada... Como en esta creación modernista de Dalí, una obra de Arte impropia de él por su aparente clasicismo, con el claroscuro y estilo propios de otras tendencias muy anteriores. Pero ahí el pintor surrealista nos fuerza ahora, lógicamente, a no distraernos ya con ninguna otra cosa que no sea el único objeto representado. Sin embargo, Dalí no decepcionará. El original pintor español siempre trataría de sorprender con sus creaciones originales. En su desconocida obra Mejor la muerte que la deshonra determinará el pintor que los ojos del espectador conecten pronto ahora con su mente cognitiva. Hacerlo es fácil ya que, al no distraer con otra cosa, alcanzaremos a desvelar el misterio surrealista de su hallazgo. Luego Goya nos representa una majestuosa escena -de una época donde la enseñanza se lastraba con el castigo- compuesta con partes diferentes de un mismo concepto iconográfico: el aula dieciochesca de una escuela infantil. Aquí una multitud de niños representan todo el universo de la obra. Pero sólo el maestro ahora, descentrado, hierático y distante, justificará la sentencia grotesca de aquel mensaje artístico. Pero no será éste ni los niños ni el aula oscurecida lo que nos atraiga ahora la mirada; no, es el trasero descubierto del alumno castigado. Aquí Goya nos desnudará, sin embargo, a todos nosotros, a los que estamos viendo ahora su misteriosa obra clásica. Porque es esa escena sorprendente la que ahora nos atraerá, inevitablemente, la mirada.

Más adelante vemos una obra del pintor Thomas Cole, creador norteamericano que utilizaba el paisaje para destacar otras cosas diferentes. En su lienzo El buen pastor dibuja la figura bíblica de un personaje sagrado y su oveja, empequeñecidos ahora frente a la grandiosidad y profundidad del paisaje. Pero, a pesar de la espectacularidad del entorno natural, tan sólo son ellos ahora quienes absorban aquí el motivo que centrará la mirada del espectador buscando, tal vez, un sentido ocultamente iconográfico. Porque no son ni las montañas ni el cielo crepuscular ni el contraste de su paisaje lo que se adueñe de nuestra inquieta mirada... Después observaremos en los lienzos postimpresionistas e impresionistas de Seurat y Renoir otras cosas diferentes. En el caso de Seurat vemos una obra que distingue claramente las figuras más atrayentes. Estas son las que aparecen ahora en un primer plano, algo lógico. Pero, sin embargo, las otras figuras secundarias están ahora más iluminadas, están ahí proyectadas por la luz del sol mucho más que las otras principales -estas más oscurecidas o sombreadas-, en un efecto magistral que las representará majestuosas y justificadoras ante los otros personajes. Pero es Renoir, el gran maestro impresionista, quien conseguirá la genialidad más asombrosa con la mirada en su obra El molino de la Galette. Con este grandioso lienzo obtuvo el creador francés algo muy difícil de conseguir en una pintura multitudinaria, en una creación llena de muchos personajes diferentes y situados en distintos planos. Porque todos ellos ahora se verán aquí igualmente frente a todos, todos serán importantes en la obra, ninguno destacará por encima de nadie. Nuestra mirada está ahora absorbida por cada rostro y cada silueta, por cada forma o cada gesto o cada sensación humana retratada en el lienzo. Esta es la inspiración creativa más elaborada y genial que consigue aquí el creador impresionista: no centrar ahora nuestra mirada sino en el conjunto global de toda la obra. Es decir, en cada uno de los personajes retratados y en la multitud completa, en todos y en cada uno de los seres que, anónimamente, serán ahora justo lo único y lo más importante.

(Óleo del pintor romántico francés Eugene Delacroix, Jaguar atacando un caballo, de 1855: Cuadro Mejor la muerte que la deshonra, 1945, del pintor surrealista Dalí, Fundación Gala-Dalí, Figueras, España; Lienzo de Goya, La letra con sangre entra, 1777, Museo de Zaragoza, España; Óleo El buen pastor, 1848, de Thomas Cole; Cuadro puntillista de Seurat, Tarde de domingo en la isla de la grande Jatte, 1884, Museo de Chicago, EEUU; Óleo de Renoir, El molino de la Galette, 1876, Museo de Orsay, París.)

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