30 de julio de 2012

La vida es una sombra que pasa entre el ruido y la furia... o el sosiego y la calma.



Quizá una de las tragedias literarias más conseguidas, desde las antiguas griegas escritas por Esquilo, haya sido la tan conocida y clásica Macbeth del gran Shakespeare. Aquí, en este fiel reflejo de la pérfida naturaleza humana, el autor inglés quiso descubrir, sin pudores ni delicadezas, la obsesiva ambición más criminal: el asesinato del rey a manos de su fiel servidor, el barón Macbeth. Una ambición que no perdonará nada, ni siquiera la más que atribulada lealtad, víctima propiciatoria y necesaria para escalar, sin ella, los altos muros de lo miserable. Porque así fue, porque se deja la ambición traslucir en los egoístas momentos de una sensación premeditada, donde diseñaremos la cruel estrategia de nuestro anhelado porvenir. Y en ella cabe todo: la ruin mentira, la grandiosa reverencia o la cobardía más insolente. Porque, como dirá el famoso autor inglés, no se quiere ahora hacer trampa, pero se acepta una ganancia ilegítima... Porque, continúa Shakespeare en su famosa tragedia, se quiere poseer lo que te grita: ¡haz ésto para tenerme!; y, sin embargo, terminará el bardo inglés diciendo por su literario personaje: ésto sientes más miedo de hacerlo... que deseo de no poderlo hacer.

En la última escena del quinto acto de la tragedia, cuando el desenlace más atroz se sospeche pronto por el personaje, cuando las profecías -las propias y ajenas- se adelanten, sin reparos; cuando la desgracia comience a debatirse por él entre las paredes de su refugio -lugar donde el protagonista se esconde de su posible error, de su horror y de todos los lamentos-, descubrirá al fin la nítida filosofía innecesaria: el mañana, el mañana y el mañana, avanzan a pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia los polvos de la muerte. ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha! ¡La vida no es más que una sombra que pasa, un mal actor que se pavonea y se agita una hora sobre el escenario y, después, no se le oye más...; un cuento narrado por un idiota lleno de ruido y de furia, y que nada significa!

Antes, mucho antes del final, al principio del drama, cuando Macbeth comienza a elucubrar, a solas, lo que le han dicho -y le dirán- las profecías, sus cavilaciones y su codiciosa mujer, monologaría dubitativo sobre su trágica y criminal elección: ¡Si con hacerlo quedara todo hecho! ¡Si el asesinato evitara luego todas las consecuencias, y, acabado éste, se asegurase el éxito! Pero, no; la Justicia, del mismo modo que lo hacemos, también nos presentará las mismas añagazas contra nosotros. Y se planteará el personaje además la ofuscación de su propia felonía, de su terrible traición: La víctima está ahora aquí, bajo mi casa y mi protección. Además, como su anfitrión que soy, debiera yo cerrar las puertas a su asesino y no tomar yo mismo el puñal. Ha usado él tan dulcemente su poder conmigo, con todos, tan intachable ha sido, que sus virtudes clamarían como trompetas angélicas contra el acto condenable de su eliminación.

Y continúa el protagonista, melancólico casi, diciendo en la tragedia: Y la misma piedad, semejante a un niño recién nacido cabalgando desnudo en el huracán; o bien como un querubín transportado en alas por los corceles del aire, revelarán la acción horrenda a los ojos de todos los hombres. No tengo otra espuela para aguijonear los flancos de mi elección sino mi honda ambición que salta en exceso mi cabalgadura, sobrepasándola para caer del otro lado. Así, de ese modo, el creador británico William Blake (1757-1827) se inspiraría en este Shakespeare trágico para componer su maravillosa y enigmática obra pictórica La Piedad. Este artista, pintor, grabador y místico romántico, se adelantaría muchos años a los Simbolistas creando imágenes fantásticas, oníricas, mitológicas o poéticas.

Vivimos inmersos -sin querer y otras queriendo claramente- entre el desaforado y alocado estruendo de los ritmos furiosos y lastimeros de una vida, y la sosegada calma o el tranquilo acontecer de la serena visión de otra existencia..., ésta más inspiradora, fructífera y necesaria. Pero, a veces, no tendremos la elección de nuestra mano, generalmente porque no sabríamos de antes cómo una elección comportará luego otra... La primera elección, elogiosa decisión sería posiblemente entonces, inestimable, sincera, tranquila y honesta casi; pero, luego, la siguiente elección, ¡espantosa! por sufrida, agredida y hasta vergonzosa; también, por la cobarde decisión de una primera... Y, más tarde, el horror, el deseo más inconfesable de nuestro oscuro anhelo maldecido... Porque, ¿cómo no caer a veces del otro lado de las cosas...? Posiblemente, estimando ahora la medida del impulso, esperando mejor que se quede uno sin traza, sin fuerza casi, sin llegar apenas, sin herirse, sin que ahogue otras voces, ni ademanes, ...que pasarse.

(Acuarela y tinta en papel La Piedad, 1795, William Blake, Tate Gallery, Londres; Óleo Gruta de las Ninfas de la Tempestad, 1903, Edward Poynter; Óleo Flagelación de Cristo, 1880, William Adolphe Bouguereau; Obra Sosiego en las dunas, de la pintora peruana actual Cecilia Oré Bellonchpiquer; Cuadro del pintor realista Jean François Millet, El Ángelus, 1859, Museo de Orsay, París; Obra Serenidad, 1942, del pintor británico afincado en España, Jorge Apperley, Granada.)

4 comentarios:

lur dijo...

La ambición lleva siempre consigo de la mano consecuencias nefastas. Aún así la mayoría de las veces el ansia vence a la abnegación.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Y la lucha interior y el atropello desleal a los demás, y el ruido atronador que desenfoca todo. Pero, ¡cómo los creadores supieron sublimarlo! El Arte nos ayuda a digerirlo...y a superarlo.

Un abrazo.

sacd@ dijo...

Luz y obscuridad paren sombras. Luego están las mentes estómagos que son capaces de digerir como pavos todo lo que se les ponga. ¿Qué es mejor ser pavo o gallina?. El arte, para algunos un velo de novia para otros un velo ( micología) y para los muchos algo que está ahí.
Nos sentimos solos y se necesitan a los demás para creernos que somos un algo.
Solamente son pensamientos, que cómo borbotones salen expulsados de un cerebro. Creo que ya te he dicho algo parecido.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Cada reflejo requiere de su propio espejo; y no es que lo que aparezca entonces no sea yo, es que es otro el que está delante de él. El Arte viene a ser ese espejo.

Saludos.

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