16 de julio de 2012

Los contornos más reconocibles se darán a veces en la penumbra, no en la claridad.



Diría una vez el gran filósofo alemán Hegel: La Filosofía siempre llegará tarde; es como pensar sobre el mundo, surge en el tiempo después de que la realidad haya cumplido su proceso de formación y se encuentre realizada. Cuando la Filosofía pinta al claroscuro un aspecto de la vida, ya envejecido y en penumbra, éste no puede ser rejuvenecido, tan solo ahora ya reconocido... ¿Qué es o significará ver algo bien, alcanzar a distinguirlo, comprenderlo, aprehenderlo o percibirlo plenamente bien? Porque en las representaciones artísticas había -y hay- que presentar a los ojos del espectador cosas que signifiquen algo, aunque, a la vez, también otras cosas que ahora nos inspiren o emocionen bellamente... Fueron los pintores flamencos del siglo XVI los que comenzaron a utilizar el famoso claroscuro..., eso que querían ellos transmitir con trazos contrastados desde el negro en una obra. Pero, en el Arte pictórico, ¿cómo se puede comunicar tanto sin palabras? Es decir, transmitir cosas sin utilizar el lenguaje que nos permite entendernos con un idioma, y además hacerlo con la penumbra rebuscada de lo parcialmente informe. Pues con las formas contrastadas que distinguen ahora unas cosas de otras abandonando normas y leyes para disponerse a ocultar así, sin embargo, partes necesarias de su significado completo. Porque los creadores del claroscuro supieron entender pronto que el espíritu humano no requiere siempre de todos los datos de algo para descubrir su verdad oculta.

Luego, al pasar las tendencias artísticas y sus escuelas, los creadores más modernos fueron usando también aquella misma técnica pictórica, esa del claroscuro de sus maestros renacentistas o barrocos. Porque no era entonces -finales del siglo XIX- esto algo decadente ni retrógrado, ni dramático o pueril. Se representaba con ello lo que no se dice..., esos silencios estéticos que gritarán más de lo que parece. Algo que los retóricos supieron entender en el discurso hablado como un recurso valioso... para transmitir cosas sin decir crudamente la verdad. Así que, en los últimos siglos, han destacado creaciones pictóricas que, llevando el caravaggismo o el tenebrismo de antes a un progreso técnico, habrán resultado ser geniales por su inspiración intemporal, sugestiva o más cercana, intimista más bien, pero también existencial, necesaria o bellamente preciosista. Cuando los impresionistas descubrieran en la luz y sus diferentes intensidades diurnas las mejores posibilidades para llegar a lo que ellos más querían: impresionar el momento pasajero, otros creadores, los subsiguientes a su tendencia, descubrieron lo nocturno... Ahora, los postimpresionistas, con sus diferentes resultados de la noche y sus efectos alcanzaron un mayor impacto emocional interior, aún mucho más profundo y humano que antes aquéllos hicieran..., y que conectaría el espíritu del espectador con el sentido íntimo y propio de la obra.

Es por lo que Van Gogh atrapará la noche con las garras del deseo más espectacular en algunas de sus creaciones más hermosas. Y lo hizo por entonces con un escenario nocturno, un escenario que, a diferencia del diurno impresionista, dos resplandores ahora, necesariamente, se solaparán aquí: el luminoso natural y el brillante humano. El genial pintor holandés se caracterizaría por esto mismo en su rechazo al impresionismo. Él -como postimpresionista- desearía resaltar ahora más otras cosas, además de esas impresiones naturales o instantáneas. Quería añadir a lo sobrevenido del momento el sesgo humano..., ese que en una impresión pudiera acontecer ahora de un modo más profundo, más emotivo o más sensible. Su obra Noche estrellada sobre el Ródano es, quizás, donde ahora todo esto más se observe. Aquí estará el paisaje estrellado, el natural, el cósmico y el resplandeciente: un cielo acogedor, poco oscurecido por el clareado de sus brillantes estrellas. Estas relucirán exageradas con el añadido sentimental de un misterioso cósmico sentido. Pero, también ahí habrá ahora otras luces diseminadas: las humanas, las de la población humana del fondo que, como una pantalla iconográfica reflectante, parecerá ahora absorber parte del resplandor que un cielo estrellado antes emitiese.

Y el río sosegado y oscuro... Todo esto un espacio artístico que, junto al cielo estrellado de antes, ocupará ahora todo el universo de la obra. Aquí estará el río deformado, tendido así como un lienzo agradecido que a todos seducirá. En él se reflejarán también las luces, pero, ¿cuáles, aquéllas -las cósmicas- o éstas -las humanas-? Porque nada nos impedirá sentir ahora que sus alargadas trazas luminosas nos confundan así su verdadero origen... O, tal vez, se fundirán ambas -las luces naturales y las humanas- en las mecidas aguas, medio ennegrecidas, de la nocturna ribera sosegada. Y para sentir aún más lo especial de su tendencia artística, Van Gogh nos situaría cerca de nosotros -los que ahora vemos el cuadro- a unos personajes maravillados con la escena que veremos, dando importancia al componente humano representado aquí, oscurecido ahora entre las sombras por una pareja caminante que, desoladamente, buscará el sentido oculto inevitable... Porque será este, además, aquí el sentido de todo: de los mismos seres que perciben, de los mismos que comprenden, de esos que asumirán aquí todo ese visual sentido esplendoroso. Es destacable en la obra la razón oculta que, probablemente, deseará transmitirse por el autor con el oscurecido mensaje: que lo que no vemos ahora es lo que más estará ahí... Y que eso se unirá, imperceptiblemente, con los seres humanos que ahora sientan así su presencia, su necesidad, su emoción, su verdad o su desvelamiento.

(Óleo del pintor Jules Robert Auguste, Mujer Nubia, 1830; Cuadro En el espejo, 2007, del pintor venezolano Ángel Ramiro Sánchez, 1974; Lienzo de Edvard Munch, Hombre y Mujer, 1888; Óleo El monje junto al mar, 1809, del pintor romántico alemán, Caspar David Friedrich; Lienzo tenebrista del pintor barroco José de Ribera, Ticio, 1632, Museo del Prado; Óleo Muerte de César, 1867, del pintor neoclásico Jean-León Gérôme, en donde se observa que lo más iluminado no es lo más importante, que apenas se debe ver, ni distinguir, frente a lo oscurecido, el sentido -ahora solitario- real del cuadro; Cuadro Noche estrellada sobre el Ródano, 1888, de Vincent Van Gogh, Museo de Orsay, París.)

2 comentarios:

lur dijo...

Me ha encantado la manera en que narras con todo lujo de detalles la obra de Van Gogh, como siempre aprendiendo con tus entradas. Gracias por compartir.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Gracias a ti. Es que Van Gogh es un recurso inagotable e inspirador. Qué privilegio compartir...Ah, y yo también aprendo. De veras, gracias, muchas gracias.

Un abrazo.

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