12 de julio de 2012

No ignores tu belleza, para que quedes aún más confundido por tu fealdad.



Fui capaz de sobrevivir porque fui capaz de amar; lo amaba todo..., una noche estrellada, la odiosa gangrena, la brisa suave del atardecer o la terrible serpiente venenosa; la hendidura hedionda de una herida o la luz sublime de un amanecer... ¿Cuánto de semejanza hay en las cosas opuestas de la vida?, ¿cuánto de necesario en la enfrentada complementación de lo contrario?, y, sobre todo, ¿cuánto de valioso a veces para la vida en la sórdida, escatológica, obtusa y cruel infelicidad...? Cuando en el siglo VI comenzaron las degradaciones morales propias de una sociedad en pleno proceso de transformación o deterioro -la caída del imperio romano por un mundo bárbaro e impredecible-, Benito de Nursia (480-547) decidiría abandonarlo todo y refugiarse en una gruta inaccesible del valle de Aniene, a las afueras de la ciudad de Roma. Establecería él luego las reglas monásticas que fueron famosas por su ascetismo, rigurosidad y eficiencia. Su mensaje por entonces era restaurar al hombre, para lo cual el aprendizaje que ofrecía de la caridad comprendía varios grados de humildad. Suponía, además, tomar conciencia y conocimiento de sí mismo. Para conocerse, decía san Benito de Nursia, no hay que ignorar la lucha que se da en el alma rota, entre lo que permanece de bueno y el desgarro acaecido por la maldad heredada... Así que, entonces, los maestros de sabiduría de su primigenia orden benedictina aconsejaban a los postulantes conocer su propia miseria: No ignores tu belleza..., para que quedes aún mucho más confundido por tu fealdad.

La manumisión fue una práctica post-esclavista que se desarrollaría en Europa durante muchos siglos. Consistía en liberar de la esclavitud al servidor que, durante toda su vida, no había conocido la libertad. Y si desde la más lejana antigüedad había existido la esclavitud y ésta no dejó de existir hasta casi mediados del siglo XIX, había sido mucho el tiempo en que se llevaría a cabo esa práctica de la manumisión en Europa. En uno de sus viajes a Roma durante el año 1650, Velázquez pintaría su obra de Arte Retrato de Juan de Pareja. Se trataba este personaje, Juan de Pareja, de un esclavo morisco del famoso pintor barroco español. Había entrado al servicio del gran maestro en el año 1630, y llegaría a aprender tanto de Velázquez que alcanzaría Juan de Pareja a ser un pintor reconocido, fiel seguidor además de su tendencia naturalista. Velázquez lo liberaría cuatro años después de haberlo pintado en su retrato. Pero para ese momento, cuando ahora lo retrata antes de haberlo liberado incluso, habría conseguido el gran pintor español dejar marcada en su obra toda la grandeza, dignidad y prestancia del modelo retratado.

Cuando el pintor impresionista Edgar Degas decidiera retratar a su amigo el pintor Henri Michel-Lèvi, trató entonces de compendiar en una imagen toda la compleja personalidad del retratado. Este pintor singular, Henri Michel-Lèvi, aun en pleno momento impresionista se habría decantado, sin embargo, hacia escenas más artificiales o menos naturales, algunas incluso de interior, por lo tanto lejos de la esfera impresionista del momento, más propia ésta de exteriores y de modelos naturales. Así que Degas -en una actitud crítica- compuso ahora su retrato pintando a Lèvi en su estudio y dirigiendo una mirada desafiante al espectador, rodeado además de sus cuadros y artilugios de pintura. Junto a él aparece una muñeca o maniquí que representaba aquí el desprecio que el arte impresionista tendría por la imagen humana y su figuración. Pero fue lo que sucedió después lo que realmente haría famoso al cuadro. Ambos pintores se habían retratado mutuamente y regalado luego cada uno su obra a cada cual. Sin embargo, Michel-Lèvi acabaría vendiendo su curioso retrato, aquel que le había hecho su colega Degas. Éste, agraviado, decidió ahora devolverle el suyo dejándolo, decidido, a la puerta de la casa del díscolo pintor.

La fuerza de la personalidad subyacente de cada uno de nosotros relucirá, de alguna forma, y en ocasiones, en la propia imagen que de nosotros mismos tendremos y expresaremos. Unas veces con la desinhibición propia de lo que de nosotros mismos no ignoramos; pero otras con la naturalidad existente de la belleza que de nosotros mismos, sin querer, relucirá sola. Ambas cosas poseeremos: lo que sabemos que somos y lo que nos sale sin saberlo. Pero en algunos casos, en muchos, ignoraremos que ambas cosas poseemos. Y es que, como en el dualismo de la vida -la tendencia o doctrina de los dos principios inmanentes, independientes y antagónicos-, vagaremos transportando las necesidades y las potencialidades de nuestra propia existencia desconocida. Así fue como alguna filosofía oriental, la de los antiguos chinos, hablaban ya del wuji, o del principio de todo, cuando al surgir la Tierra las cosas aún no estarían diferenciadas en el mundo. A partir de ahí, de ese principio, las cosas evolucionarían en pares, es decir, siempre opuestas en esencia, y así vivirían, enfrentadas ambas sin saberlo. Pero al final, a su muerte, volviendo luego esos mismos seres a fundirse en el pléroma o unidad primordial, aquella misma unidad de la que habrían emanado antes ellos mismos y todos los demás elementos del universo.

(Cuadro del pintor simbolista lituano Mikalojus Konstantinas Ciurlionis, El Zodiaco, Sagitario, 1907; Obra del pintor barroco holandés Govert Flinck, 1615-1660, discípulo del gran Rembrandt, Susana y los viejos, siglo XVII; Cuadro del pintor actual español Moisés Rojas, Madrid, 1946, Naufragio, en donde una representación de lo perdido, de lo hundido o desgarrado aparece, sin embargo, de un modo diferente gracias a la creación del artista, porque aquí los colores vivificantes y alegres del conjunto, de todo el conjunto, hace ahora que el sentido final de lo que representa sea justo lo contrario de lo que titula...; Dos obras del pintor español Gustavo de Maeztu, 1887-1947, Alegoría de don Juan Tenorio, 1926, y Los novios de Vozmediano, 1915, Museo Gustavo de Maeztu, Navarra, España, aquí se muestra la dualidad de la pareja y de sus motivaciones ocultas; Lienzo Retrato de Juan de Pareja, de Velázquez, 1650, Museo Metropolitan de Nueva York; Fotografía de la muchacha afgana Gharbat Gula, del fotógrafo Steve McCurry, 1984, ejemplo de belleza natural; Óleo Artista en su taller -el pintor Henri Michel-Lèvi- , 1873, del pintor impresionista Edgar Degas.)

4 comentarios:

lur dijo...

Quién tuviera la valentía de Benito de Nursia renunciando a la rutina que nos impone esta sociedad para dejarse conducir por lo que nos dicta nuestro espíritu.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Aún requiere más compartir ambas cosas, porque, ¿a qué renunciar si tenemos dentro la posibilidad de ocultar nuestras sombras con el brillo poderoso de nuestro potencial?

Saludos.

lur dijo...

Considerándolo desde ese prisma quizás lleves razón, no obstante cuando el renunciar a ello se convierte en el objetivo anhelado surgen las dudas.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Puesto a renunciar,lo que sí creo es que nunca se debe renunciar a evitar dejarse arrastrar por rutina alguna. Si para ello hay que hacer algo, lo que sea, hágase. El Arte -en todas sus muchas facetas- viene a auxiliar siempre. Un abrazo!

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