2 de agosto de 2012

El huérfano reflejo de lo invisible, de lo esencial..., o no se ve luego sino con el corazón.



Ya lo escribió Saint-Exupéry en su genial cuento El Principito: Sois bellas, pero estáis vacías. No se puede morir por vosotras. Sin duda un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que ella es la rosa a quien he regado. Puesto que es ella la rosa a quien puse bajo un globo. Puesto que es ella... Y se volvió entonces hacia el zorro: Adiós, le dijo. Adiós, dijo el zorro. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. ¿Cuántas dentelladas habrá que rasgar a la belleza para comprender de una vez que la auténtica, la verdadera, la más extraordinaria, la más devocional o la más sabia de todas las bellezas no es la que vemos reflejar en un espejo sino la que nos llena, sin ambages, nuestro interior? Esa misma belleza que nos transmite ahora cosas, que nos calma, que nos excita lo preciso... Que mantiene la distancia y que perdura aun en la sorpresa. Que destila el rumor de lo imposible, que sostiene siempre el bastión de lo mejor, de lo más virtuoso, de lo sinfónico, de lo medido, de lo respetuoso, de lo sencillo, de lo misterioso o de lo curioso. De lo que pasa sin más, de lo callado, o de lo que no se deja nunca abatir por lo incomprensible.

El poeta inglés Tennyson compuso en el año 1842 su obra La Dama de Shalott. Una maldición llevaría a esta dama a ser encerrada en una torre para siempre. Sólo puede ahora ver ella el mundo exterior a través de un espejo. Mientras tanto, teje y teje sin pararse a mirar lo que por el espejo ve. Porque nada de lo que observe ella ahora a través de ese espejo la impresionará. Tan sólo mira desde ahí al mundo mecánicamente, pero tampoco nunca acabará su obra en su telar con su hilo permanente... De este modo se mantuvo ella encerrada, tranquila y sosegada para siempre. Así hasta que, un día, ve ella ahora el maravilloso reflejo de un hermoso caballero -Lancelot- a través de su espejo. Entonces comienza a sentir ella dentro de sí algo parecido al dolor... A partir de ahora, no puede dejar de pensar que había perdido antes todo su tiempo... Cansada de todo se vuelve ella ahora. ¡Harta estoy de tinieblas!, se dice una vez.

Pero, sin embargo, el reflejo de ese caballero en su espejo no fue más que una vaga sombra en su delirio. Ella no lo identifica como es él realmente, tan sólo como ella lo cree ver. Es la dama la que envuelve ahora todo su mundo en un halo irreal, porque todo lo que ella ahora ve lo mira con ojos diferentes. Porque así lo recrea ella ahora todo en su mente y en su corazón. Abandonará su torre decidida, y se aventurará sola a través de las aguas de un río interminable hacia su perdición. Y el pintor prerrafaelita William Holman Hunt compone a esa dama ahora en su torre, justo en el preciso momento en el que el viento de su locura se apodera de todo, tanto de ella como de lo demás. Entonces, el equilibrio de antes, su sosiego de antes, se terminará rompiendo bruscamente. Y el autor británico la muestra a ella ahora así, junto a su madeja de hilo con todo su mundo alborotado; también su enorme cabellera oscurecida, ahora alzada y volando salvaje aquí en el cuadro. Muestra el lienzo además la pequeña imagen encuadrada de un Hércules retratado dentro de un pequeño cuadro, tomando ahora las manzanas del árbol de las Hespérides, un fiel reflejo simbólico de la virtud más sosegada frente al desastre y el error...

Cuando en el año 1927 el pintor español Picasso conoce a Marie Thérèse Walter en las Galerías Lafayette de París, él le dice entonces a ella que posee uno de los rostros más interesantes que ha visto nunca en su vida. La jovencísima Marie Thérèse no conocía al famoso pintor, no sabía nada de Arte. Así que Picasso la lleva a una librería y le muestra sus obras. Ella entonces queda tan impresionada que acabaría por ser su modelo y amante durante catorce años. La pintará muchas veces en su etapa expresionista y cubista. Pero el gran creador español se encuentra ahora, sin embargo, inmerso en una especial tragedia personal. Continúa unido a su mujer Olga, pero se debate ahora entre sus obligaciones maritales -seguir con Olga- o su nueva inspiración amorosa -Marie Thérèse-. Sin embargo, ese deseo, ahora de nuevo tan duradero -para Picasso-, acabaría pronto, a su vez, a manos de la escorada nueva pasión del pintor por Dora Maar. Aquella inspiración de entonces la acabaría terminando también el genio, hundida ya entre las fuertes tensiones de su pasional temperamento.

No descubriremos realmente nunca la verdad -toda la verdad de lo que sea- jamás en nuestras vidas. Tal vez, porque ni siquiera exista... Porque es muy posible que la verdad que refleje ahora mismo la vida, en sus continuas ocasiones de esplendor e inspiración que nos ofrezca, no sean nada más luego que emociones descompuestas, incompletas o deterioradas... Es seguro que, sin embargo, sea solo en la frágil emoción donde radique, únicamente, el verdadero secreto de cualquier verdad. Pero, sin embargo, la emoción no se dibujará tan sólo con los trazos elaborados -la belleza más perfecta e idolatrada- de un perfecto contorno equilibrado de nuestro mundo físicamente idealizado. Aquella emoción -la verdadera emoción- para serlo de veras no utilizará nunca las coordenadas efímeras de una explosión de sentimientos traducibles en lo físico, con su perfección tan plástica y tan divina casi. No, será ahora otra cosa, algo desconocido por ser invisible, algo esencial por ser incomprensible y por ser, aparentemente, muy necesitado... Por no saber, ni llegar a entender del todo, también, que solo ahora mismo se necesita..., pero tan solo ahora. Por ser difícil, además, de representar con los simples ojos alborotadores de lo físico. Porque sólo es belleza aquello que se apreciaba desde lejos, lo que no se traduce ahora sino con secuencias distintas de lo que parecía que era entonces, pero que, ahora, no es eso siquiera, finalmente. Que no es nada de aquello tampoco, de todo eso que, por entonces, queríamos creer que alguna vez lo fuera...

(Óleo La Dama de Shalott, 1904, del pintor prerrafaelita William Holman Hunt; Cuadro El corazón oculto, 1934, de Salvador Dalí; Óleo Santa Cecilia-piano Invisible, 1923, del pintor surrealista Max Ernst, Stuttgart, Alemania; Obra de Picasso, La bella Holandesa, 1905; Cuadro Marie Thérèse acodada, 1939, Pablo Ruíz Picasso, Colección Maya-Ruíz Picasso, París; Fotografía de Marie Thérèse Walter, amante de Picasso; Ilustración de la obra literaria El Principito, de Antoine Saint-Exupéry; Óleo Mujer en camisa, 1905, Picasso, Tate Gallery. Londres.)

4 comentarios:

lur dijo...

Tu entrada posee una belleza oculta solamente visible si se percibe a través del corazón.
Me ha encantado!! así como la pintura de William Holman Hunt con tu estupenda descripción. Muchas gracias.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Los prerrafaelitas fueron unos artistas extraordinariamente curiosos. No sólo se dedicaron al Arte, sino que fueron más allá, y en una época que iba en dirección contraria a ellos. ¿Como ahora?
Muchas gracias lur por tu agradecimiento.
Un abrazo.

sacd@ dijo...

Supongo que el Arte ahora, en ésta época de la historia de la humanidad se habla mucho de él, al tener más tiempo ocioso se le presta más atención. Pero creo que sólo algunos tienen la dicha de encontrarse inmersos en él. La belleza es huerfana los sentimientos pretenden ser sus padres putativos.
Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Siempre se ha sentido la Belleza de alguna forma, de aquí el síndrome de Stendhal. En cuanto a hablar de Arte, es quizás lo mejor que esté sucediendo en la sociedad. Porque, además, es la que está más huérfana..., y el Arte pueda ser ahora ese abuelo consolador y comprensivo.
Un abrazo.

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