6 de agosto de 2012

El más elogioso reconocimiento al Arte: entregar ahora tu propia vida a lo que haces.



Algunos grandes creadores que lo fueron en su tiempo no fueron luego muy reconocidos, unas veces porque se anticiparon y otras porque se retrasaron, a veces, también, porque se obsesionaron y otras, quizás, porque se encasillaron... Tal vez por nada de eso, o, posiblemente, como en este caso, porque no necesitaron al Arte para poder vivir. Fue en su caso aquí todo lo contrario: el Arte les necesitaría a ellos... Cuando al pintor catalán Isidre Nonell (1873-1911) le preguntaran una vez por qué pintaba así, tan sórdidamente, por qué pintaba solo personajes marginados o parias, cuál era el sentido estético de lo que hacía, siempre contestaría el pintor lo mismo a todos: yo sólo pinto, nada más. Ante los destellos tranquilizadores y sosegados de un impresionismo cautivador, un revulsivo nuevo se apoderaría luego de algunos pintores que hicieron, de su modo de expresión, un alarde más realista y crudo de la sociedad que habitaban. Ese fue el gran cajón artístico llamado postimpresionismo. Aquí cabría todo lo que representara a los seres humanos vagando por sus vidas desoladas, oprimidas o marginadas. Desde van Gogh hasta Toulouse-Lautrec y Munch, pintores reconocidos universalmente. Pero también existieron otros menos conocidos que se impregnaron de una tendencia que vendría a salvarlos de la justificación permanente a lo que hacían: el Modernismo.

En esos momentos históricos, el paso del siglo XIX al XX, explosionaría una forma multifacética y liberal de representar una época en efervescencia de grandes cambios sociales. Situación que traería muy pronto a una sociedad desorientada y perdida. Y ahí surgirá la figura peculiarísima de Isidro Nonell Monturiol. De crear imágenes amables para una burguesía autocomplaciente, pasaría el pintor a componer rostros y escenas más profundas, marginadas, dolorosas y desgarradoras, de los suburbios finiseculares de una Barcelona industrial y lastimosa. Ahora, el color -que había sido para los postimpresionistas no una rémora sino un aliciente, para los modernistas no un obstáculo sino una expresión- Nonell lo ensombrecerá particularmente y lo llevará, así, con toda esa especial oscuridad, a una utilización más sublime y elogiosa para con sus distantes modelos antisociales. Pintaría siempre lo que quiso, sin importarle si lo aceptarían o no; crearía siempre sin preguntarse por qué... Se adentraría en su creación artística del mismo modo a como los poetas decadentistas franceses, de décadas anteriores a él, se habrían comprometido antes con sus inspiraciones. Y aun así, es posible que, a diferencia de éstos, la inmersión en su entrega obsesiva la hiciera el pintor catalán sin razones especiales: sólo porque sí, sólo porque quiso hacerlo así, sin razón alguna. ¿Hay que encontrar alguna razón del porqué se elige algo para expresar lo que se desea?

Y el poeta y escritor Mario Verdaguer (1885-1973), en una reseña sobre la vida del pintor basada en la obra de Eugenio Dors, La muerte de Isidro Nonell, escribiría una vez lo siguiente del malogrado creador catalán:

A Nonell le impresionaba hondamente el Carnaval de los barrios bajos de Barcelona, el carnaval de las calles sórdidas, rebosantes de mascarones estrafalarios. Gustaba de ver esas comparsas absurdas, precedidas de un destemplado tambor. En el carnaval de 1911, Isidro Nonell y Ricardo Canals iban una tarde juntos por la calle del Conde del Asalto. De pronto, descubrieron andando por el arroyo a una máscara extraordinaria. Traje de maja deteriorado, con deslucidas lentejuelas; chapines sucios de seda; como peineta, una pala de lavar, y, a guisa de mantilla, largas tripas de bacalao, que descendían desde lo alto de la pala hasta los tobillos. Nonell la contempló estupefacto, en su vida obsesionante de pintor, entre seres de pesadilla, no había visto jamás un engendro igual. Al lado de la máscara trágica, iba una vieja jorobada, con cara de idiota, vestida de torero. Aquella manola de pesadilla, llevaba el rostro embadurnado con harina amarillenta que acentuaba el gesto ambiguo de su boca sin dientes.

- ¡Nunca había visto una imagen tan extraordinaria de la muerte!, exclamó Nonell, contemplando aquella estantigua que rápidamente se perdió entre la multitud bulliciosa.

Nonell quedó obsesionado. Era el modelo más impresionante que había pasado jamás ante sus ojos de pintor, y, dominado por el estupor, la había dejado perderse entre la confusión de la gente. Como si intentase buscarla, se metió en las calles del Distrito Quinto. Visitó los ceñudos tugurios de la calle del Marqués de la Mina, los tabernuchos apestantes, los cuartos angostos, tenebrosos como ataúdes, separados sólo por tabiques de madera. Cubiles donde no entraba el aire, ni la luz clarificaba las horrendas pesadillas. Nonell buscaba, sin saberlo, a su último modelo para su último cuadro. Y acabó por encontrarlo. Lo encontró en su primer delirio de enfermo del tifus. La máscara llegó, para ser el modelo fatal de un cuadro que ningún pintor hubiera pintado jamás.

Una gitana bronceada había contagiado a Nonell una enfermedad terrible. Esta enfermedad se complicó con el tifus, y, en pocos días, el pintor dejó de existir. Tenía treinta y ocho años. Desde la modesta casa mortuoria, a pie y detrás del féretro, iban plañendo seis desoladas gitanas cubiertas con largos crespones negros. Eran las modelos del pintor. Antes de que el coche fúnebre emprendiese la marcha, las gitanas depositaron unas flores silvestres sobre el ataúd. En el cortejo figuraban muchos artistas y gran cantidad de gitanos, guitarristas, cantaores y taberneros, amigos de Nonell.

Eugenio Dors escribiría unas páginas admirables: La muerte de Isidro Nonell, en las que el pintor muere a manos de la horda que él hace vivir en sus maravillosos cuadros...

(Todas obras del pintor modernista Isidre Nonell: Óleo Reposo, 1904; Gitana, 1909; Dolores, 1903; Estudio, 1906; Maruja, 1907; La Paloma, 1904; Miseria, 1904; Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona; Fotografía de Isidre Nonell en su estudio, con sus modelos gitanas.)

2 comentarios:

lur dijo...

Quiero pensar que su obsesión de pintar continuamente ese tipo de personajes pudiera ser una manera de crítica a la sociedad, aunque contestara: yo sólo pinto y nada más.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Así es; pero, como tú bien has hecho, no hace falta ya contestar a lo que es evidente...

Un abrazo.

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