23 de septiembre de 2012

La interpretación más lúcida o más real, ¿es la escondida tras un análisis o la vertida transemocional?



En la Florencia renacentista surgiría pronto un espíritu sensible, misterioso, generoso y genial, Alessandro Botticelli (1445-1510). Fue uno de los primeros creadores que utilizaron el Arte para reflejar subliminales mensajes o para expresar, sin grandes asombros ni fuertes irreverencias, lo inesperado, lo exquisitamente inesperado: la Belleza más natural, metafísica y transparente. Su taller, comenzado en el año 1470, llegaría a tener muchos seguidores que encontraron ahí el más importante espaldarazo a su inspiración. Un lugar muy moderno para entonces, rebelde incluso pero sagazmente creativo y sublimemente artístico. Este pintor florentino pasaría, sin embargo, los siguiente siglos taponado, oculto por un gusto diferente y una censura feroz. Sus obras no fueron descubiertas y su autoría reivindicada hasta casi el siglo XIX. Muchas creaciones de su taller acabarían desperdigadas por el mundo y sus obras atribuidas a otros pintores. 

Antes que él otro creador surgiría en la Italia creativa de la explosión prerrenacentista: Masaccio (1401-1428), un pintor de la cercana Arezzo y que revolucionaría los inicios del Arte. Con una novedosa perspectiva, con imágenes trazadas ahora de un modo diferente, con colores atrevidos y con un fervor más emocional y humanista, Masaccio actuará así frente a una creación antes -y durante- rígidamente establecida por la tradición. Leonardo da Vinci y Miguel Ángel le considerarían luego un maestro a seguir, pero también Botticelli y sus discípulos. Muchas de las obras creadas en aquellos años -mediados y finales del siglo XV- acabarían fijadas después en las paredes de muchos palacios decadentistas italianos. Esos edificios albergarían durante siglos inmensas obras de Arte lejos de las miradas inquisidoras de un mundo postrenacentista, entonces más intransigente ante unas obras demasiado incomprensibles y atrevidas, inspiradas en la antesala de lo que llegaría a ser la mayor revolución artística habida jamás.

Y así hasta que una pequeña pintura anónima y renacentista pasara, en el año 1816, de un palacio decadentista a otro. Giusseppe Rospigliosi (1755-1833), duque de Zagarolo, adquiriría por entonces una pintura -Rea Silvia- a la familia Amigoli de Florencia. Los Amigoli, que habrían tenido hasta un pintor en su familia -Stefano Amigoli-, catalogaron entonces ese cuadro como perteneciente al pintor Masaccio. Hasta su título lo habían deducido, audazmente, con el muy romano nombre de la mítica madre de Rómulo y Remo: Silvia. Esta leyenda latina cuenta cómo una hermosa mujer, Silvia, hija del monarca del reino mítico fundado por el hijo de Eneas -Numitor-, sería obligada por su rebelde tío -Amulio- a ser una sacrificada Virgen Vestal. Pero el dios Marte, seducido ahora por su gran belleza, la raptaría y violaría en una ocasión. Como las vestales no podían tener hijos, Amulio la condenaría a ser enterrada viva y mandaría luego asesinar a sus gemelos. El sirviente encargado de tal crimen sólo cumpliría lo primero. Se apiadaría de los pequeños hermanos y los abandonaría juntos en el río Tíber. La leyenda romana cuenta cómo fueron encontrados y amamantados por una loba, la loba capitolina.

Pero esta historia fundacional de Roma, donde una gran mujer fue sacrificada sin amparo alguno, sirvió entonces -siglo XIX- para inspirar la interpretación ahora de una escena sugerente... Porque en este cuadro renacentista aparece sola una figura sedente y humillada ante los peldaños de una entrada palaciega. Desolada y desconsolada, la figura acerca las manos a un rostro oculto ahora por éstas ante lo que parece ser una mujer atormentada, despojada aquí de sus túnicas sagradas en una dura muestra de rechazo, marginación y agravio. ¿Quién podría ser sino Rea Silvia, la virgen vestal condenada? Así que el duque italiano decadentista adquiriría, a principios del siglo XIX, esa obra convencido entonces de poseer ahora una obra de Arte de Masaccio que representaba a la famosa heroína romana.

Pero años después, cuando un historiador de Arte -Adolfo Venturi- analizara concienzudamente la imagen de esa obra, concluyó que el autor de tan enigmático lienzo no podía ser otro que el fascinante Botticelli. Y no se limitó a afirmar esto sólo, también rebautizaría la obra. Acabaría por llamarla ahora La derelitta -La desamparada-, es decir, mantendría el historiador la misma temática por la que había sido interpretada antes -un desamparo ante una injusticia-, pero cambiaría ahora la autoría de la obra y también su fecha. Ésta la situaría el historiador alrededor del año 1475, cuando el taller de Botticelli estaría en plena actuación artística. Pero, todavía se equivocaría el historiador en algo más al parecer...

A principios del siglo XX otros historiadores y críticos de Arte compararon esta obra con otras cinco muy parecidas y expuestas en diferentes museos de todo el mundo. Todas esas obras representaban un mismo tema en común: la historia sagrada del Libro bíblico de Ester, y mantenían las obras además un mismo estilo y una misma técnica pictórica: el taller de Botticelli. Pero, sin embargo, la figura a la que se hacía referencia en el relato bíblico de Ester como personaje desamparado no era una mujer... sino un hombre. En el antiguo testamento la referencia a un caso de esa escenografía desamparada sólo podría ser un hombre: el personaje bíblico de Mardoqueo. Este hombre era primo de Ester, la hermosa judía que seducirá con su belleza al poderoso rey de Persia, lugar donde los judíos por entonces habitaban. Es Ester ahora elegida por Jerjes I de Persia -sin saber éste su verdadera procedencia hebrea- como concubina de palacio y, finalmente, como esposa real. 

Los celos que esa boda real produjeron en un poderoso gobernante de la corte persa, no dejarían ahora que una extranjera y su familia obtuviesen semejante privilegio. Convencieron al rey de que expulsaran a los hebreos del reino. Y Mardoqueo, enfurecido y desconsolado, se dirigirá al palacio real ahora y, desgarrándose las vestiduras, comenzará a gritar y a pedir ser escuchado en justa prueba de la inocencia de su familia y su gente. Las seis obras pictóricas formarían parte de una serie sobre el Libro bíblico de Ester. Todas las obras tendrían, además, las características maestras de Sandro Botticelli, pero sólo una de ellas divergía ahora algo en su personal estilo pictórico... Esta obra, por lo tanto, debía haber sido realizada completamente por algún discípulo de su taller, pero, ¿de quién de ellos, entonces?

No se supo la respuesta hasta que la tecnología permitió observar lo que había grabado detrás de las capas de la pintura. Se descubrió entonces que oculto por las túnicas desperdigadas de la obra se encontraba la clave de su autoría. Dos iniciales ahora, F.L., llevarían así a un poco conocido discípulo de Botticelli, Filippino Lippi (1457-1504). Este artista llegaría al taller del maestro florentino poco después de fallecer su padre, Fra Filippo Lippi, el cual habría sido incluso maestro del maestro. Pero, no sólo fue eso... Fra Filippo Lippi comenzaría pintando frescos y lienzos sagrados para su comunidad carmelita donde profesaba como fraile. Sin embargo, la pasión arrebataría al monje toscano una vez cuando visitara el monasterio de monjas de Santa Margarita para pintar una tabla del altar. Lucrecia Buti, una hermosa novicia del monasterio, acabaría entonces enloqueciendo de amor a Fra Filippo. Así que ambos huyeron juntos y acabaron abandonando sus órdenes. Cinco años después el Papa les dispensaría, pero ambos, sin embargo, habrían quedado ya estigmatizados para siempre.

Y es por eso que su hijo Filippino trataría de cambiar ahora con el Arte esa impronta familiar tan desdichada. Y, en un alarde de inspiración desesperada, crearía ahora una obra de tal signo... Botticelli, su maestro, lo sabría y dejaría a su discípulo inspirado que pudiera hacerlo... Filippino Lippi se representaría a sí mismo en la obra renacentista, ahora él mismo desgarrado y abatido, solicitando además que las puertas de la clemencia magnánima de la vida ejercieran ya su justa benevolencia con él... Como aquel Mardoqueo de la leyenda hebrea, aprovecharía ahora el joven pintor la ocasión para expresar su lamento solitario, su desolada emoción ante la vida y su displicente e injusta forma de tocarle a él. Cuando Lippi empezaría a trabajar en esa obra tendría apenas quince años, la edad en la que una personalidad necesita de un sustento milagroso y un momento en el que la sociedad empezaría a conocerle..., y él sintiera ahora el peso tan desgarrado de su origen. 

¿Cuál, entonces, debía ser la verdadera interpretación del personaje de la escena? ¿Aquella ultrajada y mítica virgen vestal sacrificada?; ¿el honrado y sentimental personaje hebreo ante su causa?; ¿o el desdichado reflejo del origen de un autor ante su infausta vida? ¡Qué más da...! Que se denomine el cuadro quizá con un género -femenino- concreto es, posiblemente, el único error imperdonable. Lo demás sólo es el hecho del sentido simbólico de lo que una imagen representa, de lo que desea expresar con su sentido iconográfico: el desamparo más rotundo; la soledad más incomprendida, el fatal momento desesperado donde, ahora, el ser grita y rompe y cae, y se dirige además así hacia el lugar poderoso donde le escuchen... Y qué mejor cosa entonces para ello que un lienzo mediador y conveniente, el lugar ahora más solemne y permanente, el más rápidamente emocional para llegar, ¡y tan pronto!, a las conciencias insensibles de la gente.

Lienzos de la tragedia por las gradas
tendidas a cordel. Se han congelado
el rosa, el siena, el gris. Desventurado
el que tiene las puertas clausuradas.

Clausuradas están. Soñar espadas
contra el bronce tenaz es un pecado
de inocencia. No hay llave ni candado
que te abran paso al reino de las Hadas.

No te tapes la cara: nada puedes
hacer contra la faz del abandono
si ya pasó el umbral de tus retinas.

Por más que trates de abolir el trono
de la ausencia con llanto, las paredes
del dolor ya han formado cuatro esquinas.

Poesía La derelitta, del poeta y pintor español Aníbal Núñez San Francisco (1944-1987).

(Obra La Desamparada -La Derelitta-, 1475, Filippino Lippi, Taller de Botticelli, Palacio Rospigliosi, Roma; Óleo Ester, 1841, Théodore Chassériau, Museo del Louvre, París; Cuadro Virgen con el Niño y un Ángel, 1445, Fra Filippo Lippi, Galería de los Uffizi, Florencia; Cromolitografía del pintor italiano Gabriele Castagnole, Amor o Deber, 1873 -donde se representa el amor entre el pintor renacentista y su amada novicia; Detalle del rostro de la Virgen de un cuadro de Sandro Botticelli, Madonna de la Granada, 1487, donde se aprecia una imagen tan natural y terrenal del rostro típico botticelliano, parecido al de su diosa Venus; Detalle del rostro de la Venus del Nacimiento de Venus, 1485, Botticelli; Óleo Madonna de la Granada, 1487, Sandro Botticelli, Galería de los Uffizi, Florencia; Obra El Nacimiento de Venus, 1485, Sandro Botticelli, Galería de los Uffizi, Florencia.)

4 comentarios:

lur dijo...

La interpretación, derivada de la emoción suscitada en la persona que lo observa, será al final, el éxito de su creador.
Ese es mi humilde punto de vista.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Y tienes razón, cuanto más el creador se acerque al punto de vista del receptor mejor creador será. Esto querrá decir que su obra ha conectado universalmente con el público, lo que a fin de cuentas es la genialidad.

Gracias por tus comentarios. Saludos.
Un abrazo.

Melodi y su sapiencia dijo...

Hola, muy buenas tardes, ¿cómo se presenta la semana? Espero que genial, al igual que tu bello e interesante blog. Me ha gustado mucho esta entrada y algunas de las anteriores (las que he tenido tiempo de ojear, claro), ¡muy buen blog! Ya tienes una seguidora más. Te deseo mucha suerte y espero que pronto subas un nuevo texto con el que nos vuelvas a sorprender. ¡Enhorabuena!

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Un gran abrazo desde Málaga (España).

Arteparnasomanía dijo...

Gracias por tu amable comentario. Aunque la inspiración es fugaz e incomprensible, trato de seguirla para que, luego, parezca que es ella la que hace lo que las horas consumen por ti.

Un abrazo.

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