10 de octubre de 2012

El Arte embellecerá la Historia, justificará la verdad inventada a veces más auténtica o sentida.



Cuando la zarina rusa Isabel I falleciera sin descendencia legítima en el año 1762, dejaría el trono ruso a su sobrino Pedro III. Éste acabaría siendo derrocado más tarde por su ambiciosa e infiel esposa, la gran zarina Catalina II. Todo se desarrollaría sin grandes sobresaltos gracias a la intervención de los hermanos Orlov: Grigori, su amante y valedor, y Alexei Orlov, su paladín más atrevido. Pero como en otras ocasiones parecidas siglos después, una mujer ahora se presentaría en París reivindicando la heredad del trono ruso. En 1772 la hermosa joven Aly Emeté Vladimirskaya acabaría afirmando que en realidad era ella la princesa Yelizaveta Alekseyevna, más tarde conocida como Tarakanova.

La bella princesa poseía un documento, al parecer el testamento secreto de la zarina Isabel, el cual le otorgaba el derecho al trono por ser su descendiente, la única hija tenida con el conde Alexei Razumovski, consorte-amante que tuviera la zarina Isabel I. Por esos años (1770) París era refugio de los polacos desterrados por la zarina Catalina II, y al conocerse la existencia de una noble opositora no dudaron en apoyarla. Cuando la zarina tuvo noticia de esta princesa -su posible prima política-, enviaría pronto a Alexei Orlov para que la llevase, fuese como fuese, a San Petersburgo. El audaz, atrevido y aventurero Orlov quedaría ahora fatídicamente con Tarakanova en su barco, luego de haberla seducido románticamente en Italia, en la toscana y litoral Livorno. Tarakanova no pudo resistirse entonces a sus encantos y quedaría enamorada de él. Éste la pediría en matrimonio para convercerla aún más, de esa forma la atrajo sugestivamente a su barco, un buque ruso amarrado en el puerto livornés. Una vez en el barco, territorio ruso, ella no podría ya escapar. Partieron entonces hacia San Petersburgo donde la zarina Catalina la encarcelaría decidida para siempre.

Fue encerrada en la primavera del año 1775 en una de las mazmorras de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, un castillo situado a orillas del caudaloso y peligroso río Neva. Allí, abandonada a su suerte, padecería momentos terribles y angustiosos. Hasta que una tuberculosis fatal la debilitara tanto que acabara con su vida en diciembre de aquel mismo año. Sin embargo, el Romanticismo ruso del siglo XIX la retrataría orgulloso como si de una heroína rusa se tratase, víctima despiadada de las veleidades y crueldades del absolutismo ruso. Así el pintor romántico Konstantin Flavitsky la pintará ahora subida al lecho de su cárcel, en una de las crecidas más espantosas que asolara el río Neva a la fortaleza rusa. Y así, desolada y vencida, totalmente ella perdida y abatida, entregaría Tarakanova su vida sin salvación posible a las heladas y traicioneras aguas del río Neva.

Pero, sin embargo, nunca crecida alguna se produjo en ese ni en el siguiente año en el río Neva. El aumento trágico de sus aguas sucedería en el año 1777, dos años después de fallecer la princesa Tarakanova. Pero eso no importaría nada al Arte, ni a su glosa épica o enaltecedora del momento dramático más encumbrador de emociones. Esas mismas poderosas emociones -las únicas- que llegaron al alma de los creadores rusos, esos pintores que apreciaron la entregada vida a manos de un poder injusto, tiránico y sacrílego para mancillar la debilidad de una belleza joven y malograda. La realidad entonces no fue lo suficientemente útil para acometer el sentido auténtico de lo sucedido..., aunque de auténtico luego sólo tuviera el sentido.

Otro creador ruso, años más tarde, trataría de llevar la realidad a niveles indecentes con la emoción, pero ahora absolutamente fiel a lo acontecido. Tan fiel y verosímil que hasta los propios oficiales rusos quisieron prohibir alguna de estas obras, tan gráficamente crudas, tan verídicamente crueles. Vaslily Vereshchagin no dudaría, sin embargo, en retratar la triste -pero nada emotiva ni épica- realidad de la guerra y sus sufrimientos. Al Arte aquí no le importará nada ahora el gesto dramático inventado, no lo buscará. Tampoco la semblanza estética será buscada frente, sin embargo, al mensaje aséptico, más real, sin añadido artístico que lo matizara, sin más valor ahora que el documento auténtico de lo que fue.

Con el Arte se consigue todo esto: retratar lo sórdido, lo verídico, lo terrible y lo acongojador. Pero, también, lo más excelso y lo dramáticamente épico, lo enaltecedor de emociones, aunque éstas sean provocadas por la manipulación torticera de lo que expresan... sin ser fiel a la verdad. Todo esto es posible gracias a la sutilidad artística de lo representado. Todo. Hasta la belleza encerrada a medio camino entre la realidad y la emoción, entre la crudeza y el virtuosismo artístico. El pintor ruso Fyodor Bronnikov lo consigue con otra obra decimonónica. En su obra Los crucificados de la antigua Roma, entre las trazas ahora de un escenario verosímil, entre las duras y crueles realidades de la Historia antigua aparecen ahora, sin embargo, la subyugación de una escena emotiva, de una emoción artística encumbradora de sensaciones humanas geniales por ser estéticas, pero, a la vez, verosímiles también por ser, además, tan históricas...

(Óleo Muerte de la princesa Tarakanova, 1864, del creador ruso Konstantin Flavitsky; Retrato de Konstantin Flavitsky, 1866, del pintor ruso Fyodor Bronnikov; Fotografía de la Fortaleza rusa de San Pedro y San Pablo, a orillas del río Neva, San Petersburgo, Rusia; Cuadro La apoteosis de la guerra, 1871, del pintor ruso Vasily Vereshchagin, Moscú; Fotografía del pintor Vasily Vereshchagin, 1902, de la fotógrafa americana Frances Benjamin Johnston, 1864-1952; Pintura de Vasily Vereshchagin, Requiem por los muertos, 1874, Moscú; Óleo Ataque inesperado, 1871, Vasily Vereshchagin, Galería Tretyakov, Moscú; Óleo Los crucificados de la antigua Roma, 1878, del artista ruso Fyodor Bronnikov.)

4 comentarios:

lur dijo...

El arte empleado como crítica social siempre ha existido, aunque es cierto que nos inclinamos más por observar la belleza, que admitir en muchas ocasiones, la cruel realidad.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Es que el Arte es, o debe ser, sobre todo expresión de belleza. Lo verdaderamente difícil es comunicar algo -real o irreal- con un atisbo mínimo de excelencia clásica, entendiendo esto por virtudes estéticas mínimas, necesarias para albergar en el ojo algún sentido atractivo de belleza. Gracias por tus comentarios.
Un abrazo.

PACO HIDALGO dijo...

En aquella época de absolutismo absoluto era díficil la crítica, pero no imposible. Y es que se puede hacer crítica con el arte. Bellísima entrada, como siempre. Un placer volver a saludarte. Abrazos desde ArteTorreherberos.

Arteparnasomanía dijo...

La más sutil, Paco, la más eficaz, esta es la crítica que hace el Arte más genial. Quizá, ahora, lo que hayamos perdido sea la actitud de verla, de mirarla con los ojos del asombro de antes.

Muchas gracias. Otro placer tener tus comentarios.

Un abrazo.

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