22 de octubre de 2012

Un cierto rubor de consistencia y un fuerte mensaje necesario: la tregua del Arte.



El gran novelista español Pérez Galdós escribiría un ensayo en el año 1889 a propósito de un viaje que realizara a Inglaterra. En un artículo describe una parte del país: Entre Newscastle y Birmingham el viaje es entretenidísimo pues se pueden admirar las catedrales de York y Durham. Después se atraviesa una de las comarcas fabriles más interesantes, la de Hallamshire, donde campea Sheffield, la metrópoli de los cuchillos. Sin detenerme recorro esta región contemplando la inmensa crestería de chimeneas humeantes que por todas partes se ve. Y luego llego a Birmingham, ciudad populosa, una de las más trabajadoras y opulentas de Inglaterra. Un poco más alegre que Manchester, se le parece en la febril animación de sus calles, en la negrura de sus soberbios edificios y en la muchedumbre y variedad de establecimientos industriales. La estación de este formidable emporio industrial es de tal magnitud, hay en ella un vaivén tan vertiginoso de trenes y gentío tan inquieto, que no me extrañaría que perdiera el sentido quien, desconociendo la lengua y las costumbres, quisiera indagar una dirección en aquella Babel de los caminos humanos.

Cuando el pintor inglés John Martin (1789-1854) quiso representar la imagen de cómo pensaba que debía ser el fin del mundo..., se inspiraría en la negrura humeante y despiadada del horizonte más desolador de la región inglesa de Birmingham. Había visitado el pintor el llamado País Negro, una zona de la West Midlands entre Birmingham y Wolverhampton. Durante la Revolución Industrial del siglo XIX se convertiría en una de las zonas más ferozmente industrializadas de Inglaterra. La denominación País Negro (Black Country) fue una expresión originada en 1840 y  debió su nombre a causa de la gran cantidad de hollín negro de las abundantes industrias pesadas de la región. Y es así cómo, en el año 1853, crearía el pintor británico John Martin su apocalíptica obra de Arte El fin del mundo

En las reseñas que el museo Tate Gallery dedica a este cuadro hace mención al libro del Apocalipsis -capítulo 6- para insinuar su influencia en el autor de la obra: Y vi cuando abrió el sexto sello y se produjo un gran terremoto, y el sol se puso negro como un saco de crin y la luna entera se puso como sangre; y las estrellas del cielo se cayeron a la tierra como deja caer sus brevas la higuera por el viento. Y el cielo fue cediendo como un rollo que se envuelve y todas las montañas e islas fueron removidas de sus lugares. Y los reyes de la tierra y los ricos y los fuertes y todo siervo y todo libre se escondieron en las cuevas y entre las peñas de las montañas. Y decían a las montañas y a las peñas: 
¡caed sobre nosotros y escondednos de la faz de aquel que está sentado sobre el trono!; porque ha llegado el gran día de su ira, y, para entonces, ¿quién podrá sostenerse en pie? 

Los motivos inspiradores hacen a los pintores de virtual enlace entre un mensaje consistente -la obra de Arte- y un ser necesitado de tregua sosegada -el espectador deseoso-. Y es así como buscaremos en el Arte, de modo a veces inconsciente, la reconfortable sensación de ese alivio. Esté encerrado ese alivio entre las obras protegidas de un museo o entre láminas de un catálogo infrecuente, desperdigado o incompleto. Por eso internet -sus imágenes de Arte- nos reconfortará y ayudará, rápidamente, a encontrar lo requerido cuando sintamos la insidiosa orfandad de otro destino... Nos acerca entonces a la creación determinada, la que se aviene a sostener ahora nuestro espíritu. Y el Arte que veamos nos descubrirá entonces zonas increíbles por el auxilio del talento, del color, de la forma, o del contraste y la sorpresa de algún mensaje desvelado. Esa es la tregua... Esa que necesitaremos a veces entre la acción o la emoción de una vida desatenta. Esa que nos participará a comprender otra visión de las cosas insensibles, de las que parecen luego otra cosa cuando son ahora vistas con el Arte, con la aguda visión de lo que, antes, solo los autores inspirados descubrieran también que existen ya otras formas de mirarlas...

Cuando el pintor Manet quiso manifestar la ceremonia de un instante, pensaría que nada lo haría mejor que impresionar sólo a los sujetos que miran frente al motivo principal... no reflejado ahora en la imagen. Su obra El ferrocarril tratará de plasmar la entrada estremecedora de un tren en su estación. Pero nada en la obra indica que sea una estación lo que se vea, ni una línea de ferrocarril o un tren lo que en ella se refleje. Sólo se verán dos personas. Una, una joven sentada que nos mira indolente; otra, una niña -la única que mira lo que no vemos- de espaldas a nosotros. Ésta mira a través de una reja hacia lo que parece una estación. Una enorme nube de humo -lo único que insinua lo titulado- ocultará gran parte de ese fondo invisible... Fondo donde no terminaremos por ver nada que aclare lo que se oculta en la obra. Porque no hay aquí otra cosa más que rejas, edificios o plantas. Pero, sin embargo, el autor lo deja muy claro con su título: lo que pinta será un ferrocarril... Lo mira la niña..., ella es únicamente quien nos ayudará a entenderlo. Incluso su hermana nos confunde, ¿por qué no se sorprende ella también y mira lo que pasa detrás? Ahora sólo es ella aquí una modelo sosegada -como nosotros, observadores de esa tregua del Arte-, lejos del feroz acontecimiento de su espalda.

La extraordinaria obra del pintor modernista español Romero de Torres, La buenaventura, nos muestra aquí los gestos pasionales de un deseo representado. Con el exquisito encuadre de todo el conjunto y un primer plano que se sale..., observaremos ahí a una echadora de cartas y una joven desatenta. En el fondo del encuadre se reflejará la acción del abandono pasional de una pareja enamorada. Pero luego ella se lamentará..., y se situará compungida ahora, resignada y melancólica, frente a la sonrisa insidiosa de la echadora de cartas. La creación manejará aquí dos tiempos en dos escenarios superpuestos. Pero sólo el paisaje de uno de los dos escenarios existirá subordinado ahora en el universo del otro. Ambos escenarios compartirán la obra pero, sin embargo, sólo uno existirá... Y existe ahora porque el otro lo requiere. Servirán ambos para transmitir lo mismo, porque son lo mismo y son dos cosas diferentes. Y el Arte lo conseguirá hábilmente porque nos devuelve un sentido diferente y, también, el mismo sentido que todo lo encuadra... Del mismo modo que antes con Manet, lo acabaremos entendiendo. Como entenderemos también que la vida y el Arte no son más que dos instantes solapados. Una -la vida- que viviremos claramente, otro -el Arte- que requeriremos, a veces, para sobrellevar aquélla, para calmarla, pero, también, para trastocarla, asimilarla o sublimarla.

(Óleo El Ferrocarril, 1873, Manet, National Gallery de Art, Washington, EEUU; Cuadro Crepúsculo sobre un lago, 1840, Turner, Tate Gallery, Londres, aquí el pintor romántico Turner nos presenta una escenario indefinible, tan sólo el color recrea lo que la imaginación alumbra vagamente; Obra del pintor británico John Martin, El fin del mundo, 1853, Tate Gallery, Londres; Óleo La buenaventura, 1922, Julio Romero de Torres, Museo Thyssen, Málaga.)

2 comentarios:

lur jo dijo...

Lo primero agradecerte la forma tan amena de explicar las obras. Genial la entrada!!, como siempre.

Al observar una de las pinturas, me da por pensar, qué gran emoción tiene que producir, colocarse a contemplar ésta magnífica obra, tan representativa del pintor Julio; todo un lujo.

Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Y yo agradecer el agradecimiento. Si, por supuesto, pero también observarla como lo haces ahora. Cuán más resolución mejor, pero puedes hacerlo, puedes emocionarte de igual modo. Esta es, sin duda, una gran revolución.

Un abrazo.

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