21 de noviembre de 2012

El más exquisito, el más auténtico, uno de los más grandes creadores del barroco español.



El mayor asalto y expolio al Arte español de todos los tiempos se produjo en la Guerra de la Independencia española de 1808. Los ávidos gustadores entonces del mejor Arte nunca compuesto jamás no tuvieron ningún pudor de hacerlo, y extraordinarias obras Barrocas de uno de los más grandes artistas de ese período salieron de España para nunca más volver. No, nunca no, excepto una vez; una vez en que una obra barroca española regresaría, después de ciento treinta años casi, aunque para ello hubiera que entregar otra a cambio. En 1813 salió de Sevilla el cuadro La Inmaculada de los Venerables del pintor Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). El general francés Jean de Dieu Soult arrebató, entre otras obras maestras, este exquisito cuadro barroco; un lienzo luminoso, de colores ocres, azules y blancos, como creación alguna de Arte haya podido ser compuesta jamás.

En el siglo XIX, los franceses alabarían esta obra como algo prodigioso no visto nunca antes, tanto que fue depositada en 1852 en el Museo del Louvre parisino para fervor de todos sus visitantes. De todas las inmaculadas creadas por Murillo era ésta, la de los Venerables, la única que no se encontraba en España. Así que, con ocasión del acercamiento diplomático con la Francia ocupada por Alemania en 1940, el gobierno español vio entonces la ocasión para recuperarla, junto a otras posibles obras de Arte expoliadas. Las creaciones de esplendor religioso habían dejado ya de estar de moda en Francia por entonces -entre el paganismo nazi y el modernismo cultural-, así que no se pusieron demasiados inconvenientes para cambiar una obra como esa. Es curioso pensar que el Arte se convierta a veces, más que en Arte propiamente -por su valor estético y cultural-, en una forma utilitaria de cierto atractivo ideológico transcultural.

El gobierno de Franco -y su neocatolicismo visceral- persiguió la obra de Murillo como un posible buscador de Arte renacentista persiguiera un Tiziano más. Pero, sin embargo, las autoridades francesas del gobierno de Petain -la Francia ocupada- no la entregaría por cualquier cosa. A cambio, habría que darles otra gran obra, pero, ¿cuál obra elegir? Existía un retrato de la reina Mariana de Austria -esposa del rey español Felipe IV-, de las que el pintor Velázquez realizara varias además, y que podía ser una moneda de cambio excepcional. Efectivamente, poseer un Velázquez -aunque fuese ese, no especialmente uno magistral- no admitiría discusión. En 1941 llegaría, por fin, por carretera hasta Madrid el extraordinario lienzo La Inmaculada de los Venerables, compuesta por el pintor sevillano Murillo en el año 1665 para el antiguo Hospital de los Venerables, una residencia de ancianos clérigos en la Sevilla decadente del siglo XVII.

El crítico español de Arte Antonio Manuel Campoy (1924-1993) escribiría de Murillo: Hay pintores que desde sus comienzos tuvieron su justa fama, en la que, justamente también, se mantuvieron siempre. Velázquez puede ser el máximo ejemplo de temprana celebridad y nunca regateada gloria. Otros, como el Greco, fueron sólo minoritariamente estimados en su tiempo. La valoración definitiva de éste es muy tardía, casi del siglo XX. Goya tampoco dejó de ser famoso desde sus inicios, y lo mismo le ocurrió a Picasso. Murillo, en cambio, aunque conquistó la fama en su época, la mantuvo en el siglo XVIII y la aumentó en el XIX, ha sido un pintor al que los gustos y las modas atacaron más o menos superficialmente, llegando a creerse de buen tono no sentirse atraído por su arte, y en muchos casos hasta se consideró necesario restarle méritos. Murillo, entre los menos avisados, también entre los menos sensibles, vino a ser sinónimo de cromo de la Purísima, y se tuvo por debilidad burguesa gustar de sus cuadros de feria. Las causas de este desvío han sido muchas, la primera de ellas el escaso conocimiento que ciertas élites tuvieron del maestro sevillano, luego, ese vicio español que consiste en juzgar comparando, por oposición. Si las comparaciones, como dijo Cervantes, pueden ya ser odiosas, en materia de arte lo son todavía peor, pues son tontas.

(Óleo Muchacha con flores, 1670, Murillo, Dulwich Gallery, Londres; Cuadro Tres muchachos, 1660, Murillo, Dulwich Gallery, Londres; Lienzo en medio punto El patricio revela su sueño al papa Liberio, 1663, Murillo, instalado originalmente en la iglesia Santa María la Blanca de Sevilla, Museo del Prado, Madrid; Obra de Velázquez, Retrato de la reina doña Mariana de Austria, 1653, entregada a cambio de la Inmaculada de los Venerables en 1940 al Museo del Louvre francés; Óleo La Inmaculada de los Venerables, 1678, Murillo, Museo del Prado, Madrid; Obra Las Bodas de Caná, 1672, Murillo, Birminghan, Inglaterra; Óleo La Inmaculada de Aranjuez, 1675, Murillo, Museo del Prado; Obra La Inmaculada del Escorial, 1665, Murillo, Museo del Prado; Cuadro Muchacho con un perro, 1650, Murillo, Museo Hermitage, San Petersburgo, Rusia; Obra de Murillo, El regreso del hijo pródigo, 1670, National Gallery de Art, Washington, EEUU; Óleo Rebeca y Elíecer, 1655, Murillo, Museo del Prado; Fotografía del Monumento a Murillo, Puerta de Murillo, Museo del Prado, Madrid.)

2 comentarios:

PACO HIDALGO dijo...

Injustamente tratado por la crítica de principios del XIX en adelante es, sin duda, el más exquisito de los pintores españoles de ese barrocho naturalista y ultrarrealista. Gran exposición la del Hospital de los Venerables que no hay que perderse. Un abrazo y felicidades por este excelente artículo.

Arteparnasomanía dijo...

No hay que perdérselo, ¡seguro! Qué gran artista, ¡y nos queda tan cerca! Ahora, con tanta vergüenza ajena local, es un gran motivo para el orgullo...

Un abrazo.

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