10 de noviembre de 2012

Una expedición española maldecida: la historia de la Comisión Científica del Pacífico.



Años después -casi cuarenta- de la pérdida de las posesiones americanas de Ultramar, la corona española de la reina Isabel II apostaría por realizar una misión científico-cultural para estrechar las difíciles relaciones de entonces con las antiguas colonias emancipadas de América. Pero, a pesar de lo que pudiera parecer, la reina española poco podía hacer frente a unos gobiernos veleidosos, cambiantes y demasiado seguros de sí mismos. Aunque el periodo liberal -el bienio progresista- de los años 1854 a 1856 había provocado ya esos posibles encuentros culturales, el nuevo gobierno fuerte del presidente Leopoldo O'donell se aprovecharía ahora de esos intentos para afianzar, algunos años después, algo más que solo unas buenas relaciones culturales. Así que en junio del año 1862 se nombraría una Comisión de profesores de ciencias naturales para acompañar una escuadra naval militar española que marcharía al océano Pacífico. La comisión científica estuvo compuesta por el marino gallego, retirado y aficionado a los moluscos, Patricio Paz Membiela, cuya sordera no le impediría dirigir la comisión; por el entomólogo y catedrático madrileño Fernando Amor; por el zoólogo y catedrático madrileño Francisco Martínez; por el zoólogo murciano del Museo Nacional de Ciencias Naturales Jiménez de la Espada; por el botánico del Museo de Ciencias, el catalán Juan Isern; por el antropólogo cubano Manuel Almagro; por el médico y disecador catalán Bartolomé Puig, y por el pintor, dibujante y fotógrafo madrileño Rafael Castro Ordóñez.

Todos salieron de la ciudad de Cádiz el 10 de agosto de 1862 a bordo de la fragata de la Armada española Triunfo. Entonces, junto a la fragata capitana La Resolución, formaban parte de una escuadra naval militar que el gobierno español utilizaría para ejercer en la zona una influencia más político-económica que científico-cultural. Se dirigieron primero a las islas Canarias para luego pasar por las islas, más al sur, de Cabo Verde; más tarde llegarían a las islas de San Vicente hasta, por fin, alcanzar Bahía en la costa de Brasil. De aquí pasaron a Río de Janeiro el 6 de octubre de 1862. Desde Uruguay fue a recogerles la goleta de la Armada española Covadonga, con lo que, al regresar con ella, pisaron por primera vez suelo hispano-americano el 6 de diciembre de 1862 en la bahía de Montevideo. Algunos expedicionarios españoles se adentraron entonces en el interior del continente, y otros continuarían en la goleta Covadonga hacia el estrecho de Magallanes. Ambos grupos se reunirían finalmente en Chile, donde estuvieron radicados hasta mediados del año 1863. Así que desde Chile recorrerían toda la costa suramericana del Pacífico hasta llegar a California incluso, para, luego, volver a las costas del Perú a mediados del año 1864. Cuando la escuadra naval mandada por el almirante Pinzón -un descendiente de los hermanos Pinzón del descubrimiento- se encontrara en las costas peruanas, un incidente local alteraría gravemente el inestable equilibrio diplomático de la zona. Unos colonos vascos que trabajaban en la hacienda Talambo -propiedad de un rico peruano-, se enfrentaron entonces con otros peones del lugar resultando de la pelea muertas dos personas, un español y un peruano.

Los ánimos desde la independencia no se habrían llegado mucho a calmar, y los diplomáticos españoles -y un gobierno peruano recién salido de un golpe- no ayudaron a resolver ese pequeño incidente, un conflicto que acabaría ocasionando finalmente una de las guerras más absurdas en las que España hubiera participado nunca. Los expedicionarios científicos españoles tuvieron además sus diferencias con los militares de la escuadra naval de la Armada. El responsable de la Comisión científica, Paz Membiela, regresaría a España en diciembre del año 1863 por los duros encuentros con el mando naval. El entomólogo Amor enfermaría en mayo de 1863 en el desierto de Atacama en Chile, y moriría en octubre de ese mismo año en San Francisco, EEUU. El botánico Isern contraería una enfermedad infecciosa en el río Marañón en 1865, falleciendo en España meses después. En marzo de 1864 el conflicto con Perú llevaría al Jefe de la escuadra naval a disolver la expedición científica. Debían regresar todos a España cuanto antes. Pero entonces cuatro de los científicos se negaron a marchar. Martínez, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern decidieron seguir con la expedición atravesando ahora, transversalmente, todo el continente sudamericano desde Guayaquil -Ecuador- en el oeste hasta llegar a la ciudad costera de Belén -Brasil- en el este. 

El pintor, grabador y fotógrafo madrileño Rafael Castro (1830-1865) se había formado en la prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Fernando. Y hasta viajaría a París, para aprender de uno de los pintores franceses que más influiría en los jóvenes artistas de mediados del siglo XIX, Léon Cogniet -un creador del Romanticismo como del Neoclasicismo-. Entre sus seguidores y discípulos se encontraría nada menos que el gran pintor español Raimundo de Madrazo. Rafael Castro buscaría antes de la expedición el consejo de uno de los pioneros en fotografía de viajes, el inglés Charles Clifford, por entonces trabajando en España. Estos fotógrafos decimonónicos utilizaban el colodión húmedo, una técnica que permitía un menor tiempo de exposición, aunque a cambio sus equipos, de grandes placas de vidrio e instrumentos ópticos abigarrados, les obligaban a llevar pesadas cargas durante las difíciles tomas en el exterior. Finalmente, la expedición científica española del Pacífico al menos conseguiría una importante documentación sobre flora y fauna americanas, introduciría algunos animales autóctonos en España, e incrementaría los fondos museísticos españoles con cantidad de datos naturales y culturales. Pero la realidad fue que sólo pasaría a la historia muy marginalmente, sin ninguna gloria nacional ni científica. Jiménez de la Espada se empeñaría en continuar la expedición a partir de marzo de 1864, y esta iniciativa -llamada entonces El gran viaje- le llevaría si acaso a conseguir, únicamente, un cierto prestigio académico entre la comunidad científica. La aventura no sería para menos ya que atravesaron el río Amazonas y las selvas peruanas y brasileñas, hasta llegar así a la desembocadura del poderoso río sudamericano en el Atlántico. Escribiría Jiménez de la Espada años más tarde su obra Mamíferos del alto amazonas y publicaría la monografía Especies desconocidas de la fauna neotropical.

El fotógrafo Castro Ordóñez regresó a España en el año 1864, trayendo consigo unas trescientas placas fotográficas y gran número de bocetos e ilustraciones de Brasil, Chile, Bolivia y Perú, así como de toda la costa pacífica hasta California. Mostraría, como buen creador y artista, sus discrepancias con la Comisión científica por utilizar ésta más esfuerzos entonces a la inmensidad que a la intensidad de las cosas... No podría dedicar así el tiempo que él consideraría necesario para profundizar en las costumbres y en los lugares impresionados. Al llegar a España a principios de 1865 -los restantes expedicionarios lo hicieron a finales de ese año- las autoridades le dieron la espalda, negándole cualquier retribución económica por su trabajo en la Comisión del Pacífico. El día 2 de diciembre del año 1865 se disparaba Castro Ordóñez en su domicilio de Madrid un tiro de revólver en el corazón, falleciendo así uno de los pioneros españoles en fotografías documentales de grandes viajes. La guerra del Pacífico, aquel enfrentamiento tan absurdo entre España y dos países sudamericanos -Perú y Chile-, llegaría a acabar también con el suicidio del Comandante general de la escuadra española en el Pacífico, José Manuel Pareja. Este almirante se habría sentido deshonrado por las fatídicas decisiones que llegara a tomar en un enfrentamiento naval con Chile, donde se llegó a perder la goleta española Covadonga, cuando la flota chilena era bastante inferior a la española. Tan sólo la intervención del nuevo recién nombrado Comandante general, el contralmirante español Méndez Núñez, consiguió recomponer el maltratado orgullo nacional y dejar en tablas -salvado el honor de la marina española- el desesperado conflicto naval del Pacífico. Hasta sucedería que en pleno conflicto en las islas Chincha del Perú la fragata española Triunfo, aquella en la que los expedicionarios españoles se embarcaron ilusionados en Cádiz dos años antes, sufriría un trágico accidente en noviembre de 1864, cuando un producto inflamable le provocase, fatalmente, un incendio terrible y la fragata española acabara, como toda aquella expedición maldecida de entonces, perdida ahora -sin triunfar- en aquel inmenso y lejano océano Pacífico para siempre. 

(Fotografía de algunos de los expedicionarios españoles de la Comisión científica del Pacífico, 1862; Imagen de la cubierta de la fragata Triunfo, 1862; Autorretrato fotográfico de Rafael Castro Ordóñez, pintor y fotógrafo de la Comisión, 1862; Óleo del pintor francés Léon Cogniet, Autorretrato en su habitación en Villa Médicis, 1817, Museo de Cleveland, EEUU; Fotografía de los expedicionarios, 1862; Fotografías de Rafael Castro Ordóñez: Vista del acueducto de Río de Janeiro, 1862, Fotografía de la Estación de Chañarcillo, Desierto de Atacama, Chile, 1862; Fotografía del Teatro Principal, Lima, Perú, 1862; Imagen fotográfica de los científicos de la Comisión, de izquierda a derecha: Juan Isern, Fernando Amor, Patricio Paz, Jiménez de la Espada, Francisco Martinez y Manuel Almagro; Imagen de la fragata de la Armada española Triunfo, 1862; Cuadro del pintor español Castellón, Batalla Naval de Abtao -1866, Chile-, pintura de principios del siglo XX, Museo Naval de Madrid.)
 

4 comentarios:

lur jo dijo...

La verdad es que la expedición por lo que cuentas estuvo rodeada de infortunios.
No obstante para ellos, aquel momento tuvo que ser una gran experiencia tanto a nivel personal como profesional. El no haber recibido el reconocimiento adecuado no desmerece en nada su gran esfuerzo y trabajo realizado.
Un abrazo.

Arteparnasomanía dijo...

Por supuesto, los reconocimientos públicos hacen más por éstos que lo contrario. La gloria personal y silenciosa es única, reconfortante, infinita, suficiente y trascendental.

Gracias por tus comentarios.

Un abrazo.

elpresley dijo...

Interesante y documentado tu articulo. Un saludo

Arteparnasomanía dijo...

Muchas Gracias, elpresley, sólo un bloguero sabe realmente lo complejo y extenso que puede ser llevar a otro una entrada como esta.

Saludos a ti.

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