24 de diciembre de 2012

Varias formas de ver la vida... o diferentes perspectivas desde donde mirar las cosas.



Había nacido Jacques Tissot en el año 1836 en Nantes, en la bretaña francesa, y estudiaría Arte en París de la mano del gran pintor clásico Ingres. En el año 1860 París era el centro del mundo. Volvería la ciudad a relucir más brillante que nunca, gracias al Segundo Imperio de Napoleón III. Y allí, en la ciudad de la luz fragante, en la del esplendor y la fascinación más mundana, el joven pintor Tissot retrataría ese mundo maravilloso y complaciente. Y todo seguiría así, esplendoroso, hasta que la más cruel de las primeras guerras más crueles de Europa sobreviniera, inesperada, desnudando ahora la inocencia de los europeos para siempre. En el año 1870 se desbocaría entonces el horror en los campos de Francia... como nunca habría sucedido antes. La guerra Franco-Prusiana detonaría la mayor convulsión social que transformaría a Europa por completo, tanto que ésta no terminaría de sufrirlo hasta el final de la Segunda Guerra mundial en 1945. Después de la defenestración más asolada que Alemania hiciera padecer a Francia, los jóvenes franceses sólo pudieron resistir en la desesperada comuna o marchar del país.

Así que Jacques Tissot se marcharía a Londres. Y entonces cambiaría él del todo allí, hasta su propio nombre lo cambiaría por el tan británico James. Y, ahora, James Tissot retrataría a la satisfecha sociedad inglesa, una sociedad que, por entonces, comenzaría a desarrollar, gracias a la debilidad de sus vecinos, un gran imperio que la llevaría a dominar el mundo como antes imperio alguno hubiera alcanzado, ni tecnológica ni comercialmente, jamás. Y allí, en el Londres más cultivado, arrebatador y arrogante, el exiliado pintor francés conocería a la maravillosa, fascinante y hermosa Kathleen Newton. La exquisita, bella y divorciada Kathleen acabaría siendo la modelo y compañera perfecta de Tissot... durante casi toda la década de los años setenta decimonónicos. Y se dedicaría él a pintar y a pintarla... La soltura, el perfecto dibujo, la naturalidad y el realismo con el que retrataría a la alta sociedad y sus costumbres, hizo de Tissot un pintor muy demandado por entonces. Con sus lienzos mundanos llegaría a plasmar la mejor imagen de la vida de aquel Londres, una vida desenfadada, frívola y muy superficial. Una de sus obras de Arte es muy paradigmática de la sociedad que él retratase por entonces.

Su óleo Demasiado pronto, del año 1873, es una muestra de aquella sociedad tan banal. Causaría sensación la imagen escenografiada entonces por Tissot. En ella el autor nos representa el instante preciso del momento ofuscado..., ese momento en el que los invitados a una fiesta llegan antes de su hora. En la obra se observará lo incómodo de la situación, representada por los gestos y posturas de los personajes retratados genialmente. Y todo volvería a seguir así, tan maravillosamente vivido, por el pintor y su amante, en aquella sociedad... Hasta que la cruel enfermedad de Kathleen -una tuberculosis al parecer- llevaría a ésta a su suicidio en el año 1882. A los veintiocho años de edad fallecería ella dejando a Tissot en la encrucijada más pavorosa de su vida londinense. Entonces él dejaría de pintar y se volvería a París. Y tomaría luego una de las decisiones personales que más transformarían su vida y su creación. Marcharía a Palestina, donde permanecería durante casi diez años trabajando. Todo lo cambiaría entonces el pintor allí: la técnica, los colores, el trazo, la temática... y hasta su propia vida. Retrataría ahora la vida de Jesús..., tan compulsivamente, como antes lo hubiera hecho de su anterior mundo apasionado.

Existió una vez -según cuenta el Génesis- un rey de Mesopotamia, tan cruel y despiadado, que quiso demostrar entonces su poder construyendo la torre más alta y grande del mundo. Así fue como se realizaría la famosa Torre de Babel... Al parecer, las tradiciones judaicas sitúan a Nemrod como uno de los bisnietos de Noé, y, además, como el primero de todos los hombres que llegaría a ser el más poderoso de la Tierra. El primer rey, el primer señor que dominaría las tierras de la mesopotamia postdiluviana. Casi todas las versiones legendarias lo presentan como un hombre depravado, opuesto a toda divinidad o devoción piadosa. Algunas leyendas cuentan el final del malvado Nemrod a manos de Sem; otras que se arrepentiría incluso; y otras que Esaú -nieto de Abraham- terminaría decapitándolo. En el año 1882 el pintor Tissot pintaría una escena infantil de juegos como una representación de ese malvado rey bíblico sanguinario...

James Tissot regresaría a París y más tarde a Londres para exponer sus nuevas obras, acuarelas la mayoría, sobre Tierra Santa. Pero, poco después, se mudará a la abadía cisterciense de Clairefontaine, en la población francesa de Bouillon. Allí acabaría sus años -fallecería él en 1902- pintando la temática espiritual que no abandonaría jamás en su vida. Una de sus obras más curiosas fue la que dibujase una vez representando la visión que tuviese Jesús desde la propia cruz en donde fuese colgado. Una audaz -y hasta sacrílega para algunos- visión de lo que el dios de los cristianos viese antes de morir crucificado. Todo un alarde pictórico y sentimental. Así dejaría plasmada en su obra de Arte el pintor la visión divina... Esa visión sobrenatural ahora que, se supone, nadie más pudiera siquiera imaginar... Salvo él, que la mostraría decidido y convencido, ahora, de que toda mirada tiene una perspectiva diferente, una perspectiva subjetiva que pueda ser vista, así, de otra forma, de un modo muy distinto y nuevo ahora, muy diferente a como la hubiésemos visto antes, en alguna que otra ocasión, en donde nuestras atormentadas vidas, tan solo, miraran una parte...

(Todas las obras de James Tissot: acuarela Vista desde la Cruz, 1896, Nueva York, EEUU; Obra Adoración de los pastores; Óleo El pequeño Nemrod, 1882; Óleo Mujer joven en una barca, 1870; Obra Recepción, 1885; Óleo La mujer de Moda; Retrato de Kahtleen Newton, 1880; Autorretrato de James Tissot; Obra Demasiado pronto, 1873; Cuadro Jesús en Betania, 1894.)

Vídeo de la película rodada en Palestina en 1912 sobre la Vida de Cristo -Del pesebre a la Cruz- por el director Sidney Olcott:

20 de diciembre de 2012

El momento del placer estético, el Arte conseguido y satisfecho o la compulsa e irredenta creación.



Poseer el momento único, ese momento que proporciona el Arte cuando el creador contempla su obra perfecta, debe ser ahora la mejor y más conseguida obra del mundo. ¿Cómo saber entonces que es ésa?, ¿cómo no pensar que podrá superarse en otra? Y, si ya es esa obra, ¿por qué perseguir compulsivamente la creación permanentemente, alcanzar la más sublime...? ¿Es que acaso no lo llega a ser nunca? Y, si lo fuera, ¿dónde está? A los creadores les deberá suceder como a los otros seres, los mortales y normales, que los hay también que sientan una honesta y sincera pulsión por obtener la creación que sea..., desde sensaciones ahora placenteras auténticas, estética o éticamente plausibles. Pero, los deberá haber también que sólo sean genios naturales, es decir, que obedezcan así a una oscura, indiferente, irrefrenable e irremediable forma de crear. Cuando a Rubens, el gran pintor flamenco, se le presentara la ocasión de componer la obra el Juicio mitológico de Paris, utilizaría de modelo a su esposa Helena Fourment, muchos años más joven que él, en un alarde ahora de belleza dominado tanto por su vida como por su arte. Creador abundante y genial, mantenía un taller donde sus alumnos contribuían a la prolífica obra del maestro. Aquí, en esta creación mitológica, su esposa Helena representará a la diosa Venus, un personaje que aquí apenas se cubrirá su cuerpo con un delicado manto rojo. ¿Cuánto sentimiento de exquisitez absoluta y magnífica, de obra conseguida y jamás superada, llegaría a sentir ya con esta creación el genial pintor flamenco?

Tanto crearía Goya que hasta muchas de sus obras han sido dudosas el adscribírselas a él; y otras, al contrario, han sido por fin devueltas a su autoría. Una de ellas lo fue La Lechera de Burdeos. Una creación que se había pensado que fuera debida no a él sino a Rosario Weiss Zorrilla (1814-1843), alumna y posible hija natural suya. Leocadia Zorrilla -esposa de Isidoro Weiss- había sido amante de Francisco de Goya y madre de Rosario. Tal semejanza de estilo tuvo Rosario Weiss con su padre, que obras de Goya siguen aún siendo de dudosa titularidad entre ambos. En el caso del gran pintor aragonés su obra es fundamentalmente sentida, nada mercantil ni industrial ni calculada. ¿Conseguiría calmar Goya, en algún momento de su vida, aquella sensación tan compulsa de creación excelsa y única con alguna de sus realizaciones artísticas más perfectas? El filósofo danés Sören Kierkegaard publicaría en el año 1845 su obra Estadios en el camino de la vida. Establecía este filósofo que el primero de ellos es el estadio estético, para luego alcanzar el ético y, posteriormente, el espiritual. Se comenzaría por un camino -el estético- y se acabaría en el último -el espiritual-, pero ahora, al conseguir por fin éste, al llegar a ese final vital no habrá ya vuelta atrás, estaremos salvados.

Sin embargo, no será tan fácil proseguir así en la propia vida personal. Porque el primero -el estadio estético- es la búsqueda inmediata del placer, la huida del dolor ahora, y en él se apegará el sujeto al momento. Si hubiese luego otra cosa aún más grandiosamente bella en el camino, no dudará el sujeto en cambiar de pronto siguiendo ahora su nueva senda. Será por tanto un ser que, en ese estadio, alcanzará a satisfacer su anhelo -o así lo creerá- pero que, sin embargo, algo más tarde, de ese mismo anhelo -o camino seguido-, pronto se cansará. Es en ese momento la desesperación más silenciosa la que sobreviene al ser. El placer, sin duda, se obtiene y se satisface, pero, entonces, algo más tarde, éste acabará desvanecido para siempre. ¿Pudieron, por tanto, todos los creadores continuar así, por los estadios subsiguientes, sin desfallecer? ¿Podremos los seres -todos, los demás también, creadores excelsos o no- saborear sin rubor ni desasosiego lo alcanzado alguna vez como lo más glorioso en nuestra vida para, a cambio, no volver a desear luego otra cosa más que la que ahora contemplamos? La vida no detendrá su argumento o rueda vital -sobrevivir- por nada nunca, pero tampoco obligará a cambiar de guión a cada instante. Sin embargo, si algo fue ya del todo extraordinario, ¿por qué volver a clamar al aire los fervientes sonidos anhelosos de una desesperada nueva forma ahora de obtenerlo otra vez? Porque, ¿qué cosa ahora extraña y maliciosa nos llevará así, una y otra vez, a ello?

(Óleo de Rubens, El Juicio de Paris, 1639, Museo del Prado, Madrid; Cuadro de Goya, Magdalena Penitente, 1797; Óleo magnífico del genial pintor del Renacimiento Rafael Sanzio, Retrato de Bindo Altoviti, 1514, Galería Nacional de Arte, Washington, EEUU; Obra de Goya, La Lechera de Burdeos, 1827, Museo del Prado; Obra Una Manola, doña Leocadia Zorrilla, 1823, pintura mural de la Quinta del Sordo, pasado a lienzo, Museo del Prado; Obra Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, 1806, del pintor neoclásico español Juan Antonio Ribera, Museo del Prado, Madrid; Óleo del pintor academicista francés Alexandre Cabanel, Cincinato recibe a senadores de Roma, 1851, este personaje de la historia de Roma -519,a.C.-439,a.C.- fue un patricio romano virtuosísimo y desinteresado, que entregó ya su sabiduría para salvar a Roma en sus conflictos políticos y bélicos, en su honor una ciudad norteamericana llevará su nombre, Cincinnati, Ohio, EEUU.)

17 de diciembre de 2012

El Arte no remediará el dolor ni sus creaciones lograrán conmover la vida... más allá que a sus autores.



Ya lo dijo el gran poeta romano Virgilio hace muchos siglos: La poesía no puede aliviar la angustia de vivir... Así mismo, también ya lo dijera de otro modo antes el poeta clásico griego Teócrito: El poeta elevará sus cantos a la vida sin conmoverla... Porque ésta -la vida- maldecirá con sus efectos desdeñosos la aspiración más desconsolada de los hombres. Y, todo acabará... El final de todo será que el verso inútil, el más desesperado, el más insistente, el más desgarrador, no conseguirá salvar la emoción desorientada de los seres humanos descontentos. Tan sólo, los creadores robarán a los dioses a veces el instante descarnado para poder, con ellos apenas, saborear ahora la emoción de plasmar en una obra... los deseos inabarcables del idilio imposible de los hombres. Cuando la niña Camille Claudel (1864-1943) jugara en su infancia con el barro, e hiciera con ello figuras de las cosas que ella viese, nunca pensaría que acabaría tan solo deseando vivir una humana vida más..., más que alcanzar luego la gloria de los dioses. En el año 1883 llegaría Claudel a París para desarrollar así su arte escultórico. Y, entonces, conocería a dios... El gran genio escultor y creador que fuese Auguste Rodin (1840-1917) se impresionaría tanto de su trabajo artístico que la incluiría en su propio taller.

Colaboraría Camille con Rodin como modelo y autora para terminar, finalmente, también como amante... Su relación con él -con el dios de la escultura- acabaría siendo muy compleja y desgarrada. Ella le entregaría su Arte y su vida; él, únicamente, acabaría tomando lo primero. La vida de Camille terminaría siendo un sufrir silencioso y macilento. Al desolado lamento del desamor se unirían sus crisis nerviosas. En el año 1913, a los cuarenta y nueve años de edad, la ingresarían en un manicomio del que no saldría hasta su muerte, treinta años después. Realizaría muchas obras escultóricas hasta su internamiento para, luego, nunca más crear. En una de las primeras esculturas compuestas por ella, iniciada dos años después de llegar a París, quiso inmortalizar por entonces, tan solo con la piedra y sus manos, el gesto más conmovido del desgarro más humano... Y compuso entonces su obra escultórica Sakountala. Según cuenta el libro sagrado del hinduísmo, el Mahabarata, una vez el dios de los cielos, Indra, quiso distraer de sus meditaciones profundas al sabio Vishvamitra. Para ello, le enviaría a una hermosa mujer que acabaría seduciéndolo totalmente. Ella, luego, hasta acabaría teniendo una hija de él. Una pequeña a la que el sabio abandonaría, junto a su madre, temeroso ahora de perder la virtud adquirida durante años de ascetismo.

La madre, desesperada, abandonaría también a la pequeña Sakountala en un bosque. Pero, luego, muchos años después, un joven rey la encontraría a ella ahora mientras cazaba en el bosque. Ambos entonces acabarían enamorados... El rey le entregaría a ella un anillo en señal de amor, y se marcharía luego a su reino con la firme promesa de volver. Pasaron los años y el rey no lo cumpliría. Hasta que ella, cansada, decidiera, por fin, ir a buscarlo. Por el tortuoso camino cruzaría ahora un río donde acabaría mojándose sus manos. De ese modo accidental terminaría perdiendo ella aquel anillo para siempre... Así que luego, más tarde, después de ser herida ahora incluso por bandidos, llegaría a su destino desconocida y diferente. El rey entonces no la reconocería, y ella, ahora, se volvería perdida y desolada para siempre. En el Libro del Principio (génesis hinduísta) se dice en uno de sus versos sagrados:

Ella se vió entonces envuelta en la soledad del desierto, junto a Sakountas (pájaros, en sánscrito), por eso fue ella nombrada por mí Sakountala...

Camille Claudel comenzaría en el año 1886 su obra escultórica Sakountala, y no la terminaría sino hasta dos años después. Representaba su obra la unión de dos amantes hindúes después de años de separación, una separación entonces causada, al parecer, por un maleficio ajeno a ambos. En su inspirada y versionada escultura Claudel trataría de enfrentar su obra de arte con aquella otra obra escultórica famosa de Rodin, El Beso. Porque por entonces Claudel representaría en su obra, a cambio de Rodin, al rey Dusiyanta arrodillado ahora frente a Sakountala, arrepentido él totalmente ahora por no haberla reconocido antes. A diferencia del deseo más pasional e irrefrenable de la obra El Beso de Rodin, la escultura de Camille simbolizaría ahora, genialmente, sin embargo, el desgarro padecido más atroz frente al conmovido gesto más humano del arrepentimiento...

(Escultura Sakountala, Camille Claudel, 1888; Fotografía de Camille Claudel, 1884; Cuadro del pintor hindú Raja Ravi Varma, Mahabarata, Nacimiento de Sakountala, siglo XIX; Fotografía de Camille Claudel esculpiendo su obra, siglo XIX; Composición de fotografía artistica, de la fotógrafa española Lola Martínez Sobreviela, En el Jardín de Sakountala, 2008; Óleo Sacerdotisas, 1912, del pintor expresionista alemán Emil Nolde; Fotografía de Camille Claudel pocos años antes de fallecer en el manicomio.)

14 de diciembre de 2012

Pero aquellas que el vuelo refrenaban, aquellas que aprendieron nuestros nombres, ésas no volverán.



El Arte tiene la virtualidad de recordar nuestros rostros, de mantener el pasado fijado ahora en los ojos del porvenir... ¿Qué si no fue el impulso obsesivo de plasmar en lo que fuese las imágenes compuestas de nuestros antepasados primitivos? Así comenzaría el Arte, siendo un auxiliar de la memoria, un vínculo entre los muertos y los vivos, entre los recuerdos y la desmemoria. Navegaremos con la proa de nuestras vidas sosteniendo la mirada, sin embargo, tan sólo en el reflejo pictográfico de lo exquisito, de lo bello, de lo armonioso o de lo más magistralmente creativo. Por eso mismo tan sólo recordaremos mejor lo maravilloso..., lo que más nos impresionará la vista gratamente. Y, así, los creadores de Arte consiguieron satisfacer además su propia vanidad, su propio recuerdo creativo y artístico, solazando eterna ahora la belleza de lo vivido o de lo existido o de lo imaginado... en los ojos admirados y sorprendidos de sus efímeros espectadores.

El artista norteamericano Ray Donley (Austin, Texas, EEUU, 1950) evocará en sus obras tanto el pasado como el presente. Genuino creador actual, consigue inspirar las inquietudes contemporáneas de lo humano con el genio inmortal y mágico de sus clásicos maestros eternos (Rembrandt, Caravaggio, Ribera, etc...). Porque para él lo humano primará siempre sobre cualquier otra representación o característica que incorpore la creación artística. Son, ahora, los rostros humanos -a veces ocultos-, pero también las obsesiones, las emociones, las frustraciones, las cualidades aparentes, la fugacidad de lo vivo o la fragilidad del momento lo que, armoniosamente, compondrá en sus obras de Arte contemporáneo. ¿Hay otra forma mejor de crear obras, después de haber alcanzado el Arte a reinventarse y prosperar a veces en el vacío, que aquella que combine ahora magisterio y audacia artísticas?

Cuando el gran poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) se encontrase ante la encrucijada de enfrentar un Romanticismo empalagoso y decadente, con el deseo irrefrenable de expresar ahora las emociones humanas de esa forma novedosa que él lo haría, alcanzaría el poeta español la gloria sin saberlo. En sus palabras conocidas y en sus verbos desgastados, supo inspirar Bécquer genialmente el sentido universal, permanente y emotivo de lo más humano. A veces clasicismo y modernidad se han abandonado a sí mismas, enfrentadas por un inculto proceder manipulado. Son tan compatibles ambas tendencias como los contrarios necesarios, como el renacer y la destrucción, o como la existencia y el recuerdo... Gustavo Adolfo Bécquer supo combinar todos los elementos más eternos de una creación literaria, como lo hicieran también aquellos maestros del Barroco en sus lienzos inmortales. Así, el poeta español compuso versos que no sólo sonarían bien, sino que encerrarían lo más auténtico, profundo, intemporal y desgarrado que el ser humano haya sentido, sienta o sentirá jamás. En su Rima LXI, pocos años antes de él desaparecer, dejaría el romántico poeta español escrito esto para siempre:

¿Quién, en fin, al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
quién se acordará?

(Óleos del pintor norteamericano Ray Donley: Tristán, 2011; Isolda, 2011; Figura con capa amarilla, 2009; La crisis, 2010; Figura en rojo, 2011; El sueño, 2012; Figura con máscara blanca -Amelia-, 2010; Figura con Dupatta -larga bufanda asiática-, 2012; Tres máscaras blancas, 2012; La Perdida, 2010; La máscara de la cordura, 2011; El origen de la conciencia en el discurso de la mente bicameral, 2010.)

11 de diciembre de 2012

El expresionismo triste de una danza o la plasticidad corporal de la música.



El mundo se transformaría extraordinariamente hace cien años: la aviación, el automovilismo, el cine, la danza, la música, la pintura..., toda manifestación técnica y cultural alcanzarían por entonces unos niveles y una personalidad no vistos antes en la historia. Durante el verano del año 1889 tres pintores en el norte de Alemania, enardecidos por ese cambio cultural y el enfrentamiento con los cánones oficiales, decidieron fundar una escuela para poder crear su nueva tendencia artística: Worpswede. Rechazaban el academicismo rígido y clásico de sus antiguos maestros. Ahora, a finales del siglo XIX, en plena Naturaleza descubrirían ellos un paisaje diferente así como la libertad más completa para componer una vida feraz y desenvuelta. Imitarían ahí lo que en Francia había llevado a cabo años antes el pintor Pierre Rousseau (1812-1867) y su conocida Escuela de Barbizon. Pero surgirían también creadoras en esa zona de Alemania a finales del siglo XIX. Fue el caso de la pintora Paula Mondersohn-Becker (1876-1907) que se instala en el año 1897 en Worpswede, la colonia cercana a Bremen donde esos pioneros del Expresionismo comenzaron a revolucionar la forma de transmitir Arte en la historia. Esos artistas se dejarían influir desde un barroco Rembrandt o un postimpresionista Van Gogh, hasta filósofos y poetas como Nietzsche o Rilke. Utilizaban los colores y las formas plásticas de un modo simbólico, no real. Años después el sur de Alemania vendría a ser el centro de esa gran transformación artística en el mundo del Arte. En Munich, por ejemplo, un grupo de pintores verían entonces en el azul y los caballos los motivos principales de su especial inspiración innovadora artística.

Era la libertad más expresiva, la creación más impactante, la exteriorización ahora de la introspección del creador, una nueva forma de expresar que se podría alcanzar ahora con el Arte. Fueron los pintores Kandinski, Marc, Klee, etc... Era lo espiritual del Arte lo que entonces ellos deseaban más que otra cosa subrayar con sus obras. Y de ese concepto espiritualista del mundo y del Arte surgiría también la danza de finales del siglo XIX. Esta expresión artística comenzaría incorporando la libertad más expresiva a los movimientos del cuerpo y su coreografía. Se trataba de comunicar lo que el interior del ser había logrado reprimir durante tantos años. Así que ahora era la espontaneidad, la teatralidad, la liberalidad o la gestualidad lo que marcaría el desarrollo artístico finisecular de la danza. Estos bailarines utilizaban los estilos, colores o formas que los pintores expresionistas preconizaban entonces. Sus escenarios se llenaban con esa estética remarcada de las obras expresionistas. Multitud de pintores expresionistas se dedicaron a decorar los escenarios teatrales de aquellos atrevidos Ballets. Uno de esos bailarines innovadores lo  fue Alexander Sacharoff (1886-1963). Nacido en Ucrania, se educaría sin embargo en París con clases de interpretación que derivarían en una danza interpretativa extraordinaria. En Munich comenzaría Sacharoff a bailar en pleno ambiente expresionista. Con Kandinski y algunos compositores de música atrevidos crea el concepto de Arte sinestésico: aquel que baila colores y dibuja movimientos...

En el año 1913 conoce a la bella bailarina alemana Clotilde Edle von der Planitz (1892-1974). De origen aristocrático, cambia su nombre por Clotilde von Derp para pasar desconocida por un público ávido de belleza. Se complementarían ambos tanto en sus danzas que decidieron unir sus propias vidas. Sería una unión de conveniencia ya que la ambigüedad sexual de Alexander fue evidente durante toda su vida. Sus representaciones de baile causaban furor en un público anheloso de ver algo nunca antes visto en un escenario. El expresionismo alcanzaría con ese tipo de danza a romper todo formalismo corporal o de vestuario que existiera hasta entonces. El cuerpo se representaba con todas sus formas naturales, transparentes o translúcidas... Clotilde von Derp bailaría una vez la obra musical La tarde del Fauno, una representación que diera fama al más grande bailarín de entonces, el polaco Vaslav Nijinsky. En su novela Danzas Tristes (2002) el escritor uruguayo-venezolano Ugo Ulive hace decir al protagonista de su relato: , imagínate, la obra consagrada de Nijinsky, el más grande de todos... Yo no podía creer que se atreviese, y fui a verla lleno de escepticismo. Allí estaba ella, envuelta en una túnica transparente pintada con trazos rojos, como manchas de sangre; tenía entre sus manos una tela también rojiza que manejaba con sensualidad increíble... Porque de eso se trataba, de una inmensa masturbación pública, mucho más atrevida que la de Vaslav. Estaba la mayor parte del tiempo sentada en el suelo y se ondulaba, se retorcía, se arqueaba, jugaba con el trozo de tela hasta que lo arrojaba lejos y, separando las piernas, mostraba todo el esplendor de su cuerpo, se regodeaba en su propia belleza, poseída del amor por sí misma en un éxtasis de placer, en un trance que compartía con el espectador fingiendo no darse cuenta, o como quien da una limosna..., fue la obra maestra de Clotilde.

(Obra El sueño, 1912, del pintor del grupo expresionista El Jinete Azul, Franz Marc, Museo Thyssen Bornemisza, Madrid; Fotografía de los bailarines Clotilde y Alexander Sacharoff, 1913; Cuadro Ballet ruso, 1912, del expresionista August Macke; Retrato de Rainer María Rilke, 1906, de Paula Mondersohn-Becker; Retrato de Clara Rilke-Westhoff, 1905, de Paula Mondersohn-Becker; Óleo Alexander Sacharoff, 1909, de la pintora Marianne von Werefkin; Fotografía de principios de siglo XX, Clotilde von Derp -Clotilde Sacharoff-; Fotografía de Alexander Sacharoff y fotografía de Clotilde Sacharoff, principios siglo XX.)

5 de diciembre de 2012

Y la realidad tendió a transformarse en un sueño...: lo fragmentario o la ineficaz experiencia.



¿Cuál es el Arte perfecto? ¿Cuál será la más completa obra de Arte que, como la vida, contemple ahora todos los elementos que precise para serla...? Porque también la vida, la existencia vivida por los humanos, será, como el Arte, una forma de invención... Que luego ésta sea provocada por el sujeto o forzada por la sociedad dependerá de la noción del sentido de experiencia que tengamos. Porque todo lo vivido por el ser humano es resultado de aquello que le sobreviene de afuera o de aquello que construye dentro de él. Cuando el Arte reapareciera de nuevo en la historia -Renacimiento-, durante las postrimerías del medievo, la vida del hombre y el mundo que le rodeaba estaban inseparablemente unidos o entrelazados. Se representaría entonces todo -sobre todo lo religioso- con una muy clara identificación antropológica -antropocentrismo-. El hombre comenzaría en el Renacimiento a ser el centro de todo lo existente, y su vida y sus cosas no dejarían de ser el único motivo fundamental de cualquier representación estética concebida.

Sin embargo, algo más sucedería luego en la vida del hombre, mucho después de aquel sagrado Renacimiento. El Realismo -que comenzaría incluso en el Barroco-  culminaría del todo luego, mucho tiempo después, a mediados del siglo XIX. Y ya no se podría ir más allá en la técnica ni en el sentido de lo que era, verdaderamente, la representación del mundo y sus elementos estéticos. Sería por entonces el Naturalismo -la descripción más completa y veraz de la vida y de las cosas del hombre y de su medio- el enfoque más realista en el Arte, el que más reproduciría los modelos exactamente igual a como eran en la naturaleza. Pero, entonces, surgiría una pregunta muy desestabilizadora para los propios creadores: ¿existía otra realidad más allá de la luz que les llegara a ellos de esos mismos objetos a sus ojos? Sí, sí que existiría. Y el impresionista Monet alcanzaría a demostrarlo muy pronto. Así fue como la realidad terminaría por transformarse en un sueño... Y este fue el gran salto que la humanidad diese por entonces en la Modernidad estética y en su pensamiento.

Pero, todo salto conllevará siempre un riesgo a torcer en algo el conjunto perfecto, a fragmentarlo. A partir de finales del siglo XIX los postimpresionistas -Van Gogh, Gauguin, Cezanne, etc...- consumaron la escisión de casi todo lo habido antes en el Arte con sus nuevas creaciones modernas. De casi todo..., de la vida, de la verdad, de la belleza y, por supuesto, del propio Arte. ¿Qué habría sucedido entonces ya, por ejemplo, con aquella representación magnífica de Rembrandt, aquella extraordinaria obra maestra donde una escena cotidiana y real -La ronda de noche, 1642-, consiguiera mostrar una vez el Arte total, el más perfecto, el más completo quizá nunca alcanzado en la historia? Porque a partir del rompedor pintor Cezanne (1839-1906), el mundo del Arte y su representación visual dejarían de ser un todo equilibrado y completo para iniciar ahora, así, el descalabro más imparable y desolado de su propia fragmentación...

Y la cuestión ahora es, ¿se podrá desligar la vida, sus creaciones y sus sentimientos de la propia experiencia real de los seres? Es decir, ¿se puede separar la vida personal de la sobrevenida luego en un mundo ajeno que nos contrasta o nos define al albur de lo azaroso o sublime de un destino? Porque si el Arte completo, el más conmovedor, el más significativo -aquel excelente barroco de Rembrandt-, el más sublime, el más magistral, no está fragmentado, ¿cómo podremos entender ahora una vida plena y completa si ésta, por el contrario, sí que lo está...? ¿Cómo podremos apreciar lo auténtico y completo de una vida elogiable si hoy estará además ya todo envasado, o adocenado, o incluso con alguna fecha insidiosa de vulgar caducidad...? El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) diría una vez esto: ¿Qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta a ella? Y, por otro lado, Goethe, el gran poeta y escritor romántico alemán, también nos dejaría escrito: Todo lo que el hombre se dispone a hacer, ya sea fruto de la acción o de la palabra, tiene que nacer de la totalidad de sus fuerzas unificadas; todo lo aislado es recusable. Por eso para la idea clásica de experiencia lo fragmentario era rechazable, era condenable, inaceptable... Sin embargo, la era de lo completo -como todas las épocas- estaría destinada a morir.

Cuando los soldados europeos se dirigían por primera vez a los campos desolados de la terrible Guerra Mundial del año 1914, recordarían heroicos y nostálgicos las épicas gestas guerreras de sus ancestros románticos de antes. Sólo que, esta vez, no sería ya así... Para ese terrible momento bélico, habría sobrevenido la más sangrienta, triste, devastadora y fragmentaria forma de morir en un campo de batalla. El mayor de los miedos de esos guerreros modernos no fue el miedo a la muerte o a las propias heridas, no, el mayor miedo de ellos fue por entonces ser malogrados por la mutilación, por el despedazamiento de un proyectil o por el desgarramiento de una explosión devastadora, por la fragmentación en definitiva. ¿Hemos conseguido comprender ya, por fin, que sólo la cercanía a la experiencia más auténtica, completa y conmovedora es la única capaz de mejorarnos -de cambiar prometedoramente- el futuro, nuestros sentimientos y nuestra propia creación? Walter Benjamin lo expuso de este modo en uno de sus ensayos (Experiencia y pobreza, 1933): El fragmentado, el mutilado, no puede seguir funcionando ahora ya como si fuera el mismísimo Goethe camino de Nápoles (un viaje romántico, artístico y exitoso de Goethe a Italia en el año 1786), sino saberse y redefinirse ahora como pobre o como bárbaro, y proceder así por el camino del desgarramiento y de la fragmentación...

(Óleo La ronda de noche, 1642, Rembrandt, Amsterdan, Holanda; Cuadro Rocas cretáceas de Rügen, 1818, de Caspar David Friedrich, Alemania; Óleo Álamos a orillas del río Epte, 1892, Claude Monet; Lienzo de Paul Cezanne, Las grandes bañistas, 1905, Fundación Barnes, Merion, Pensylvania, EEUU; Obra de Marcel Duchamp, Desnudo bajando la escalera, 1912, Museo de Arte de Filadelfia, EEUU; Fotografía de Marilyn Monroe en la biblioteca, experiencia falsa de pose diseñada; Obra Fragmentación, actual, de la pintora argentina María Ganuza.)

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