13 de enero de 2013

El amor representado por un Arte interesado, aliado, expansivo y liberador.



Había sido el Romanticismo decimonónico el que vino a transformar la representación más desinhibida, reivindicada y elevada del sentimiento amoroso más inevitable... Aunque la Literatura medieval tuvo su anticipación ya en las historias del apasionamiento más desaforado, refulgente pero a la vez marginal o revulsivo, de seres entregados a un vulgar destino insípido o deslucido, el mundo no se permitiría, sin embargo, evidenciarlo del todo claramente hasta llegado el siglo XIX.

Porque sería Dante, el gran poeta italiano del siglo XIII, quien contase la historia adúltera de Francesca de Rimini y Paolo Malatesta de Verruchio. Y pudo hacerlo sin problemas entonces porque, por entonces, muy pocos leían aún, y, además, lo contaría el poeta desde el propio infierno..., desde ese desconocido lugar que le permitiera a Dante desnudar las estúpidas rigideces de una sociedad mezquina e intolerante. En Rimini, en una pequeña población de la Emilia-Romaña italiana, vivieron los protagonistas de esa famosa y triste historia de amor medieval. Y allí, entre los enfrentamientos sociales de güelfos (partidarios del poder territorial del papado) y gibelinos (partidarios del poder imperial contrario), regiría como magistrado supremo de la ciudad el condottiero Malatesta.

Su hijo mayor, Giovanni, un hombre físicamente poco afortunado, le seguiría pronto en sus hazañas bélicas y poderosas. Así que sería él el designado para celebrar un matrimonio acordado y necesario entre aquellas dos facciones familiares. Francesca era la hija hermosa, jovencísima y obediente de Guido de Polenta. Ambas familias establecieron una unión obligada e inevitable durante el año 1275. Sin embargo, cuando Francesca de Polenta conociera poco después al hermano menor de Giovanni, Paolo Malatesta, quedaría absolutamente imbuida entonces del arrebato más desolador y poderoso que la especie humana pueda desarrollar entre sus miembros.

Paolo era todo lo contrario a su hermano: un ser atractivo, cultivado y entregado a la literatura y sus narraciones poéticas. Unas narraciones que, por entonces, la clase adinerada se permitiría orgullosa y satisfecha de poder promocionar. Y entonces sería Paolo el maestro elegido por ella para atesorar, con su lírico saber, las necesitadas frustraciones o pasiones desvaídas de su cuñada. En una famosa ópera de comienzos del siglo XX, el autor italiano Gabriele d'Annunzio describe -en su segundo acto- la escena tan paradigmática que el Arte enmarcaría luego, de modo sublime, entre las eternas sensaciones de aquel sinsentido vital. Cuando Paolo está leyéndole a Francesca un poema suyo, como en tantas otras ocasiones hiciera, sucedió entonces que toda aquella inhibición de antes se deformaría por completo, convirtiéndose ahora, irremediablemente, en un deseo ya del todo irrefrenable...

A cambio de esas otras veces de antes, ahora el verso acabaría transformándose en un beso y la pasión desanudada desbocaría así en la mayor tragedia amorosa medieval conocida entonces. En ese mismo momento, cuando ambos amantes se entregaban a su deseo, Giovanni los sorprendería a los dos, sin quererlo. Y, sin quererlo, los asesinaría a los dos, también. En aquellos años los amantes adúlteros eran condenados para siempre a la eternidad más pavorosa y desalmada. Tan sólo fue el gran Dante quien los cubriría de gloria gracias a su divino canto poético. En su gran obra literaria, La Divina Comedia, Dante los retrata elogioso a ambos, compasivo e inspirado gracias a sus hermosos, indelebles e incisivos versos medievales. Algo que después, mucho más tarde, pasaría de la palabra a la imagen, de la rima a los óleos seductores de aquellos románticos pintores decimonónicos, unos creadores artísticos ahora cómplices, inspirados e inspiradores, de toda aquella inevitable, dulce y exultante, pero del todo, muy inútil pasión.

(Óleo Francesca de Rimini y Paolo de Verruchio observados por Dante y Virgilio, 1855, del pintor francés de origen holandés Ary Scheffer, 1795-1858; Cuadro Muerte de Francesca de Rimini y Paolo Malatesta, 1870, del pintor Alexandre Cabanel, Museo de Orsay, París; Obra prerrafaelita Paolo y Francesca, 1867, del pintor Dante Gabriel Rossetti; Obra del pintor austriaco Ernst Klimt -hermano menor de Gustav Klimt-, Paolo y Francesca, 1890, Museo Belvedere, Viena; Cuadro Francesca de Rimini y Paolo Malatesta, 1837, del pintor escocés William Dyce; Obra Francesca de Rimini y Paolo, 1870, del pintor italiano Amos Cassioli; Dos obras del pintor neoclásico Ingres, Giovanni descubre a Paolo y Francesca, 1819, y detalle de otra obra del mismo autor, Paolo y Francesca, 1819.)

2 comentarios:

elpresley dijo...

Magnífica la selección que haces de obras relacionadas con esa historia de amor. Una agradable lectura.

Un saludo.

Arteparnasomanía dijo...

Gracias. Mis lectores son pocos pero auténticos. Merece seguir...

Un abrazo.

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