3 de enero de 2013

La verdadera naturaleza de lo que somos: la transformación o el cambio inevitable.



¿Cuánto valen nuestros principios? ¿Cuánto tiempo estaremos dispuestos a mantener lo que pensamos, lo que -supuestamente- creemos de verdad...? ¿Hasta cuándo seguiremos manteniendo el discurso y la actitud que un día nos iluminara como el ser por entonces más íntegro y decidido, seguro y resistente, ante los vaivenes o la veleidad del mundo? Según un antiguo adagio de sabiduría, la única forma de conocer verdaderamente a los demás -y de paso conocerse uno a sí mismo- es calzarse los zapatos de los otros, caminar por el mismo camino abrupto de los otros, y, luego de recorrerlo así, regresar tan solo y confundido, pero absolutamente transformado, como antes de haberlo emprendido sin ellos...

Relato breve: La Transformación.

Existió una vez un hombre que se enorgullecía tanto de lo que era y pensaba, que defendería siempre sus ideas frente a todos los demás para acabar así sintiéndose el mejor y el más fuerte de los hombres. Y ya desde siempre actuaría así, muy convencido de su alarde. Cuando pequeño, por ejemplo, saltaría el primero hacia el campo de los juegos, convencido de que aquello que ideara ante el resto, acabaría siendo seguido siempre por los otros. Defendería así sus propias maneras de entender la forma -la única forma- de empezarlo siempre todo. También, de idear cómo debían ser las cosas para conseguir así hacer del juego de la vida la única manera de plasmar, ante él y ante los otros, las reglas inmortales -las suyas propias- de lo único capaz de hacer posible lo que fuera, fuese lo que fuese. Porque así era como él pensaba, sentía y creía que debían de ser las cosas del mundo, cosas ahora que ya tan sólo iluminaran su figura, su mente, sus decisiones, sus ideas y su propia vida vanidosa.

Creció sumido en esa sensación y conseguiría -fácilmente- que todo aquello que le rodeara fuese como el quisiera que fuese. De ese modo, su medio ambiente influiría sin esfuerzos por cimentar las formas y maneras en que su personalidad terminara por ser encumbrada y considerada firmemente. Tuvo, eso sí, la suerte de no poseer más que aquello que precisara para iniciar la vida sin demasiadas cosas; cosas que, de haberlas tenido, le hubieran impedido ver la vida con su propia claridad... Desposeído de mucho, comprendería pronto que sólo -sin tener apenas nada- la probidad de una idea le bastaría ahora para satisfacer sus deseos poderosos. Y, de ese modo, sinceramente para con él, acabaría por convertirse en un envidiable defensor de los derechos y de la justicia de los otros, de los desarrapados seres que, como él, deambulaban por el torticero mundo desastroso.

Acabaría liderando consignas y agrupamientos sociales, movimientos que pudieran terminar, de una vez y para siempre, las malditas injusticias de la sociedad y sus maldades. Pronto su fama alcanzaría aquel prurito de su infancia, aquella singular tendencia a ser embargado por la sensación de representar lo único representable en la vida de los otros. Le aclamaban, le envidiaban, le consideraban el ser más justo, el más honesto, más capaz, inconmovible y decidido de todos. Sus miserias, sus escasas posesiones, alimentaban así las ideas -plausibles para todos- que utilizaría además siempre ante los otros, ante él y ante la vida.

Y así satisfizo su anhelo, su frustración personal y su sentido de ser en el mundo. ¡Cómo disfrutaba al comprender que, al menos, la verdad de su vida era pareja con la verdad que él creía y predicaba como la única que pudiera existir! Ya no dudaba más, ya no sentiría que su destino pudiera calmarse con otra cosa que no fuera con su firme, inamovible y fanática manera de pensar. Y todo tendría sentido... Su filosofía utilitaria le llevaría a pelear con fuerza para desposeer a otros -los poderosos- de aquello que -injustamente- otros -los desposeídos- no tendrían. ¿Quién osaría entonces siquiera alzar la voz para argumentar lo contrario? Él sabría -¿o no?- que esas ideas elevadas y sagradas compensarían, con fuerza, la desalmada circunstancia de su pobre destino.

Los años pasaron y la vida continuaría con sus azares inmaduros, sus motivos misteriosos y sus alardes sin sentido. Pero un día recibiría la noticia más inesperada de su vida. Acababa de ser tocado por la diosa fortuna. Millones de euros, cientos de millones, osaron terminar en sus manos para siempre. Ahora podría disponer de todo lo que quisiera -sin justificarlo con palabras- para cambiar así la vida de los otros, porque la suya era inconmovible, definida, ajustada a sus deseos altruistas... Inicialmente, así pensó de lo que la vida le ofrecía inesperada. Todo podría ahora además ser justificado, llevar así a la realidad aquellos motivos sagrados que le hicieron lo que era, un ser especial para con los otros.

Pero, todo era ya del todo ahora diferente... Porque no es lo mismo clamar en el desierto que sentir que éste ahora quedará muy lejos de tu vida. Al principio quiso mantener sus compromisos, quiso diseñar el sentido de su vida y de los otros con los mismos planteamientos que habría defendido siempre. Pero pronto las contradicciones suplantaron a los principios... ¿Cómo argumentar con hechos las ideas altruistas cuando aquéllos -los hechos- son contrarios ya a los intereses mantenidos en un sentido -las ideas- ahora muy diferente?  

Cuando, una mañana, se dirigieron a él para que llevase a cabo, con los otros, lo que esperaban, sin dudar, que él haría sonriente, descubrieron con sorpresa que él no estaba para nadie... Había desaparecido para siempre. Lo buscaron, lo llamaron, esperaron anhelosos que su mesías sobrevenido acabara por cumplir con sus principios permanentes. Pero, nada, nunca apareció. Se había desvanecido, como la esperanza de los otros en aquella mañana gris y displicente. (Fin)


A finales del siglo XVI el emperador del Sacro imperio Romano Germánico, Rodolfo II, encargaría al pintor veneciano Veronese (1528-1588) un gran cuadro sobre el amor y sus terribles desdichas... Se inspiraría entonces el pintor en un relato del mítico Hércules, aquel héroe griego -Heracles- siempre enfrentado por sus deseos opuestos y contradictorios. En una ocasión, el personaje mitológico debía elegir ahora entre el vicio o la virtud. Pero, como él era un gran héroe, el creador veneciano lo pintaría entonces eligiendo, decidido, la virtud y no el vicio. Aunque, finalmente, en el cuadro, el vicio -representado por la atractiva mujer de falda roja- acabará rasgándole ahora una de las medias al céntrico personaje mitológico..., y, así, obligándole a volverse a éste, inseguro ahora el héroe griego de todo aquello que debiera, obstinada y justamente, sin embargo, él siempre realizar muy convencido...

(Óleo Alegoría de la Virtud y el Vicio, 1580, Paolo Veronese, Colección Frick, Nueva York, EEUU; Obra Transformación, 1981, del pintor Francisco Peinado; Cuadro Las tres edades de la mujer, 1908, del pintor Gustav Klimt, Roma, Italia; Óleo Las tres edades del hombre, la vejez, la adolescencia y la infancia, 1940, Salvador Dalí.)

2 comentarios:

elpresley dijo...

Leyendo esta entrada no he podido evitar asociarla con las teorías del famoso psicólogo estadounidense Solomon Asch sobre el conformismo.

¿Cuanto valen nuestros principios? ¿Cuanto estamos dispuestos a mantener lo que pensamos?

Pues lamentablemente a lo mejor hay que dar la razón al Sr Asch y responder como él que: Depende. Depende de la presión real o imaginada a que nos someta una persona o un grupo de ellas.

Si a esa presión le añadimos esas tres edades que titulan esos cuadros que nos traes, lo tenemos difícil.

Una entrada para reflexionar. Un abrazo, amigo.

Arteparnasomanía dijo...

Y el Arte además nos ayuda a reflexionar desde la belleza de sus formas. Gracias a ti amigo bloguero.

Un abrazo.

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