26 de febrero de 2013

¿Amamos verdaderamente la verdad, o la disfrazamos bellamente con el Arte?



Un cantautor español lo dijo una vez: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio... ¿Amamos verdaderamente la verdad o la tememos silenciosamente? El Arte es muy posible que haya sido desde siempre un instigador inconsciente para eludir la verdad. ¿Qué le pasaría por la mente al primer ser humano primitivo que pensara en idealizar una triste verdad con una belleza útil? Sin embargo, los griegos inventaron la tragedia -una forma de Arte- para purificarse de la vida. Según decían, la experiencia teatral de la compasión y los miedos de sus representaciones dramáticas provocaban en los espectadores la purificación emocional, física y espiritual que el alma necesitaba para contrarrestar las pasiones, esas que sus acciones y la propia vida les hacían padecer. Aunque si comparamos las dos actividades culturales, el Arte como fenómeno plástico, y el Teatro como fenómeno dialéctico, el primero ha conseguido vencer al segundo a lo largo de la historia en valor, prestigio, reconocimiento y actualidad.

Y esto, entre otras cosas, es muy probable que confirme la idea de que el Arte -representación artística plástica de la belleza como medio de ensalzar lo inalcanzable- lo que persigue de veras, básicamente, es hacernos el mundo menos convencional, menos material, menos sórdido o más sofisticado. Más elevado o admirado, y, por lo tanto, falso. ¿Nos recrearemos entonces en nuestra propia falsedad? En cuestiones sociales o morales o políticas, ¿queremos saber la verdad, la única y desnuda verdad siempre, o más bien abogaremos por un tranquilo, sosegado, acomodaticio y versátil modo de que las cosas sean?

Cuando vemos una obra Barroca del naturalismo más feroz de creadores como Rubens o Caravaggio, ¿pensaremos en verdad que la sordidez de su denuncia soterrada es más importante que la belleza que destilan sus colores o formas, o elegante y brillante manera de encuadrar una imagen? Porque esos pintores trataron de reflejar una sociedad que en nada era ideal, maravillosa, bucólica o cantarina... Pero ahora, sin embargo, cuando visionamos esas obras barrocas, ¿qué sentiremos, verdaderamente, al verlas?

(Óleo La Masacre de los Inocentes, 1612, Pedro Pablo Rubens, Galería de Arte de Ontario, Toronto, Canadá; Óleo Judith y Holofernes, 1599, Caravaggio, Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma, Italia.)

1 comentario:

elpresley dijo...

Creo que en el Arte antiguo nace como un medio de comunicación y de información que luego nosostros hemos denominado "bello" aunque la imagen realmente no corresponda a ninguna situación de belleza.

Este fenómeno se ha prolongado en los tiempos y ahora asistimos a la ceremonia del horror, entregando grandes premios de fotografía a las mejores escenas de niños moribundos, cadáveres calcinados o ejecuciones sumarísimas.

Por ello, no puedo contestar a tu pregunta: ¿qué sentimos verdaderamente al verlas?

Un saludo.

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